100 días en el mercado de cambios

En el marco aún del insólito conflicto entre el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner con el sector del campo presentamos un balance y análisis de la situación, centrada en mercado de cambios, realizado por José Alfredo Nogueira, Corredor de Cambio y autor del libro “Las Reglas del Juego. La increíble historia del mercado de cambios en la Argentina” (Argenta), y columnista de Sitio al Margen.

A fines de marzo la pelea del Gobierno con el sector del campo ya ocupaba las primeras planas de los diarios y Guillermo Kohan, director de El Cronista, en un párrafo de la nota publicaba el 27 de ese mes decía: “Dijo muy bien Cristina que todos los argentinos sufrimos la devaluación y los salarios bajos para sostener el dólar alto, y gracias a ello se beneficia el campo con sus exportaciones. Es una verdad a medias. En realidad, el país y sobre todo los más humildes pagan directa o indirectamente el dólar a $ 3,18 para que el Estado (y no el campo) se pueda llevar 90 centavos por retenciones. Es el Gobierno el que se beneficia por el dólar alto”.

Y en aquellos días comenzó a percibirse las primeras señales de que se acercaba el final del “dólar alto”, pero no como ocurrió luego realmente. Ya el Mercado Unico y Libre de Cambios operaba fuertemente presionado y condicionado por la crisis desatada, observándose en el mercado mayorista una importante reducción de la oferta de dólares y una mayor demanda que la habitual de los fines de mes. Esa situación obligó al BCRA a vender cuando el peso/dólar se cotizaba a $ 3,1750, mostrando que ese era el precio máximo permitido.

Pero la crisis también tuvo eco en países vecinos, llamando la atención las palabras del jefe de Asesoría Macroeconómica del ministerio de Economía del Uruguay, Fernando Lorenzo, quien afirmó que la política de retenciones a las exportaciones argentinas “es violatoria del Mercosur”. Mientras, Martín Lousteau, en ese momento ministro de Economía, debió suspender una reunión con inversores y analistas en Miami para no exponerse a fuertes críticas, porque la sensación predominante hacia la Argentina, según informó desde allí el corresponsal de La Nación, era más de “hartazgo e indiferencia que de enojo”, luego de más de un año de conflicto en el Indec.

Las primeras consecuencias del conflicto desgastaron las políticas relacionadas con la economía y también revivió las discusiones sobre el sistema cambiario vigente desde 2002, que ahora recibía críticas hasta de quienes fueron sus impulsores y acérrimos defensores durante los últimos años. Y este fue, precisamente, el tema que preocupó a los operadores del mercado de cambios y fue motivo de comentarios diversos. Todo se inició con una nota aparecida el miércoles 9 de abril en El Cronista y que en uno de sus párrafos decía: “Entre los economistas cercanos al gobierno se piensa en una especie de desdoblamiento cambiario con un dólar comercial barato para el comercio exterior y uno financiero más caro para el resto de las actividades. Algo similar al modelo venezolano pero a esto se le sumarían la creación de una Junta Nacional de Granos y una Junta Nacional de Carnes para que el estado intervenga en el mercado comprando dólares baratos a los exportadores”. A esto se agregaron luego rumores de que se establecerían diversos y determinados tipos de cambio, pero lo cierto es que tales especulaciones, calificadas en forma unánime como un verdadero disparate, al filo de la semana fueron desmentidas por funcionarios del área de Economía y del propio BCRA.

Mientras, el mercado de cambios operaba en un escenario donde prevalecían el mal humor y la incertidumbre, tanto por la innecesaria agresividad de las intervenciones del BCRA como por su manera tan particular de hacerlo, sin tener en cuenta las más elementales normas que todos respetan incondicionalmente en los países civilizados. Un ejemplo de ello fue su ya habitual costumbre de poner en las pantallas del sistema electrónico Siopel precios diferentes a los que se operaban para cambiar abrupta y arbitrariamente las tendencias libremente establecidas hasta ese momento por la oferta y la demanda.

A principios de mayo el Gobierno no cumplió el acuerdo de reabrir las exportaciones de carne y ese fue el motivo para que se tensara, nuevamente, la relación con el campo. En el exterior, el semanario inglés The Economist publicaba un artículo titulado “Cristina en la tierra de la fantasía”, en el que sostenía que la administración de Cristina Fernández “luce desorientada”, “ha provocado una revuelta impositiva por parte de los agricultores” y “los inversores muestran poca confianza en el gobierno”. Por su parte, Morgan Stanley proponía dejar de calificar a la Argentina como “país emergente” para evaluarla en una categoría inferior denominada “mercado de frontera” (frontier market).

A mediados de mayo el Mercado Unico y Libre de Cambios revivió casi las mismas sensaciones de las fuertes crisis sufridas por la Argentina en 1989 y finales de 2001, aunque esta vez no por un motivo económico sino por la inconcebible pelea del Gobierno con el sector del campo. Largas colas en las casas de cambio para comprar dólares, temporario desabastecimiento de billetes, amenazadores llamados telefónicos desde el BCRA al mejor “estilo Moreno”, gran nerviosismo y creciente mal humor entre los operadores y banqueros, mientras se acrecentaba el retiro de depósitos, aumentando la iliquidez, y las tasas comenzaban un nuevo derrotero alcista, aparentando todo un típico “clima de corrida”. Por otra parte, aumentaba la demanda de dólares en el mercado oficial y en el informal, cotizándose el billete a $ 3,22, el tipo transferencia mayorista a $ 3,1950 y el paralelo a $ 3,30. Mientras, el BCRA esta vez actuaba con suma agresividad para bajar el precio del dólar, cumpliendo así Redrado, supuestamente, una enérgica orden dada en ese sentido por Néstor Kirchner. Después de cerrar el lunes el Banco Nación su tipo vendedor de transferencia a $ 3,1770, terminó cerrándolo el viernes 16 de mayo a $ 3,1460.

De ahí en más el BCRA cambió su estrategia e inició una fuerte acción en el mercado para revaluar el peso, mientras subían las tasas de interés, dando la sensación que se iniciaba un nuevo proceso aplicando esta vez recetas ortodoxas tan criticadas anteriormente. Pero ello fue sólo un espejismo, porque rápidamente arreciaron los rumores afirmando que aquella acción del ente monetario, que se aseguró fue denominada “operativo escarmiento”, tendría como único objetivo “hacer perder plata a los que especularon con la esperada carrera alcista del dólar y que el campo reciba menos por la venta de sus granos en el exterior”. Así, en la primer semana de junio el Banco Nación cerraba su tipo de cambio vendedor de transferencia a $ 3,0680.

Mientras, trascendía que “el Gobierno está dispuesto a vender hasta USD 5.000 millones de las reservas si hace falta para bajar el precio del dólar hasta $ 3″. Sin embargo, tal aseveración no podía medirse en la práctica porque el BCRA escondía información sobre el movimiento de sus reservas, echando mano a una serie de artilugios contables que incluyeron préstamos de corto plazo obtenidos del Banco de Pagos Internacionales, de Basilea, contra garantía de títulos públicos.

Por otra parte, las reservas sumaban al cerrar la primera quincena de junio USD 47.709 millones, mostrando una pérdida, desde el máximo de USD 50.517 millones el 27 de marzo, de USD 2.808 millones y el BCRA continuó su acción, infructuosa, para lograr calmar al mercado. Primero, instrumentó un sistema de préstamos en dólares a siete días para las entidades, bajo la modalidad de pases activos, a los efectos de disminuir la demanda en el mercado. También, inexplicablemente, continuó interviniendo fuertemente en el mercado de futuros, vendiendo para fin de ese mes a precios por debajo del contado. Tampoco dio resultados ni el aumento de la cantidad de patrulleros en el microcentro porteño ni los allanamientos en bancos y casas de cambio realizados por orden judicial el martes 3 de junio, en busca de “asociaciones ilícitas”.

Mientras, los precios de las acciones y títulos públicos seguían cayendo y ya no quedaban en el sistema, prácticamente, créditos de mediano plazo a tasa fija y los bancos reconocían una fuerte desaceleración en los hipotecarios y personales. También se conocía que en los últimos seis meses habían salido del país capitales por un total de USD 19.902 millones.

Frustración, desánimo y mal humor fueron los sentimientos que exteriorizaron los operadores del mercado de cambios argentino en las jornadas transcurridas hasta el fin de la semana pasada, signadas por los fracasados intentos de lograr un encuentro entre el Gobierno y el sector del campo para poner fin al conflicto, prolongado peligrosamente. Para colmo de males, la agresiva acción del BCRA en el mercado, con sus extemporáneas intervenciones para satisfacer la demanda de dólares, contribuyó a exacerbar aún más los ánimos.

Para colmo de males Néstor Kirchner volvió a inmiscuirse en el tema al amenazar públicamente a un grupo de industriales que “si no acompañan al proyecto del Gobierno, podemos hacer que el dólar baje hasta $ 2,80″. Por otra parte, el BCRA adoptó el viernes 20 otra medida insólita, como lo es el de permitir a los bancos que utilicen los fondos de terceros depositados en sus cuentas en el exterior, mientras el día anterior se efectuaron llamadas telefónicas a las tesorerías de los bancos para preguntar por qué había tanta demanda de dólares billetes.

La realidad que aquellos funcionarios parecen ignorar es que todavía persistía, en bancos y casas cambio, la demanda del billete verde por parte del público en general y que el mercado bursátil argentino seguía perdiendo inversores al mayor ritmo en ocho años.

Como corolario, Martín Redrado se dio el lujo de decir el miércoles 18, en una conferencia pública, que el primer paso que dio el BCRA “ha sido estabilizar el mercado de cambios, pues sin esa garantía cualquier inyección de liquidez corría riesgos de aumentar la corrida especulativa. En ese sentido -agregó- nuestra participación desactivó la intranquilidad que había permeado inclusive a los ahorristas más pequeños”. Evidentemente, esas afirmaciones sonaron como una premonición, porque todavía no había ocurrido ni lo uno ni lo otro. Y por ahora, lo más probable es que el BCRA siga empujando para revaluar aún más el peso.

Todo lo sucedido nos hace recordar que nadie le puede ganar al mercado cuando este actúa basado en los fundamentos de la economía y en hechos políticos consumados. Hay que convencerse de que el tipo de cambio no es un fin en sí mismo ni puede fijarse según parámetros voluntaristas, sino que es sólo consecuencia de aquellos factores citados.

En estos cien últimos días hemos comprobado que con la sinrazón y los caprichos no se puede gobernar el país y que ahora sólo queda volver a transitar por el camino del diálogo, la cooperación y el acuerdo, que nos permitirá volver a la concordia y el crecimiento que todos necesitamos y anhelamos.

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