Asturias 1934: El testimonio de Laureano Riera Díaz

Asturias 1934

Jorge Rigueiro García (1), de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, comenta y analiza aspectos de la situación en Asturias en la década del 30, en los prolegómenos de la célebre revolución, desde la particular visión de Laureano Riera Díaz, un anarquista asturiano que vivió muchos años en Buenos Aires y que dejó una extensa e interesante autobiografía.  

En los prolegómenos de la Revolución en Asturias de 1934, la dura situación y calidad de vida del campesinado y sector obrero minero asturianos, abonaron una situación que desembocaría en revueltas y planteos revolucionarios. El “problema asturiano”, el cual no es nuestro propósito analizar, serviría como “modelo a escala” de lo que vendría después en toda España. Aunque la Guerra Civil lo opacase en principio, merece la pena una nueva, profunda y vivificante lectura por parte de los estudiosos. (incluso muchos “especialistas”, que lo desconocen olímpicamente, eclipsado por el torbellino más atractivo de lo que vino después).

Asturias 1934En ese camino de estudios particulares y más profundizados que los estudio macro, pueden aparecer ribetes de una magnitud interesante, que permitan interpretar muchos patrones de conducta más “generales” por parte de los actores sociales. Por eso, echamos mano de la autobiografía de un lúcido luchador libertario que ayudará a entender gran parte del proceso histórico y mental de los protagonistas de la Revolución asturiana de 1934.

El género biográfico ha sido cultivado a lo largo de los siglos con mayor o menor grado de suerte, siendo la autobiografía que nos ocupa de una gran riqueza. Rica como pieza literaria en sí y vívido como testimonio de una vida dedicada a la acción y a las ideas. Laureano Riera Díaz, argentino por nacimiento, español y asturiano por ascendencia, pero fundamentalmente cosmopolita por ideario, ocupa nuestra atención al momento de ayudar a reconstruir mínima y modestísimamente algunos aspectos de la vida campesina en la Asturias de los años previos al estallido de la Revolución de 1934.

Nuestro objetivo no será analizar la extensa autobiografía de Laureano Riera Díaz, aunque requiera más de una mención a lo largo de este artículo; sino la semblanza que realizará desde el llano en los años previos al estallido revolucionario en su amada -y hasta extraña- Asturias. El texto completo de sus memorias como sereno anarquista y lúcido (aunque ingenuo) analista de los tiempos que le tocaron vivir, están distribuidos en tres tomos dividios en períodos de su vida y en los lugares por los que pasó, ya sean la Argentina, España o Uruguay. Fueron editados los dos primeros, manteniéndose sin publicar aún el tercero; siendo el período temporal que analizaremos el correspondiente al comprendido entre 1914 y 1921, pues es el que tiene relación con las jornadas que nos convocan. (2)

Riera Díaz nació en Pergamino el 23 de Mayo de 1908 en el seno de una típica familia de inmigrantes asturianos pobres que luchaban por su lugar bajo el sol y por el progreso de sus hijos, aunque un oscuro episodio de violación por parte de un cura hizo que su madre naciera de madre soltera y su misma hermana ingresase en un convento para “expiar tal pecado”

Fue el mayor de cinco hermanos, uno de los cuales falleció a poco de nacer y esa mayoría respecto de tres hermanos lo transformaría en el “hombre de la casa” al frente de dos mujeres y tres niños, cuando su padre debió retornar a la Argentina a partir de 1914, dejando su prole en casa materna y bajo el mando de un hombre de tan sólo ocho años.

Luego de sus primeros años en Pergamino, en los que su padre trató de abrirse paso con su almacén “El Tropezón” (luego de los consabidos años de alquilar piezas y pasar privaciones antes de acceder a la propiedad), un ajuste de cuentas con uno de los tantos criollos borrachines que lo frecuentaban, significó que se vendiese el local y la familia en pleno cruzase el mar y volviese a la casa materna de los Riera, donde la abuela Matilde los alojaría hasta su muerte en 1921.

Tras un penoso viaje en tercera, los Riera llegaron al puerto de Gijón (lugar odiado por los ovetenses, pero a la vez envidiada salida al mar) y desde allí en tartana hasta el pueblo de Piñera, donde la abuela Matilde esperaba con una olla humeante de leche con castañas. Payuca en Buenos Aires, gallego en Pergamino y americano, indiano o argentino en Asturias, Laureano comenzó la segunda infancia en la tierra de sus padres, sin ser finalmente la suya ninguna de ellas por la fuerza de las circunstancias, cosa que cimentó un espíritu ávido y libre, que acabaría enrolándolo en las filas de “la idea”.

Las descripciones de los lugares y personas que hace Laureano son de una riqueza y luminosidad vitales a pesar del paso del tiempo, de lo pobre de su formación académica y de las escasas luces que él mismo se endilga en repetidas oportunidades, con encantadora modestia, lo que no le quita efectividad y firmeza de trazo.

Desde el principio del texto, el autor sentirá respeto y profundo cariño por las mujeres que marcaron sus primeros años: su abuela, su sufrida madre María, y más tarde la infinita bondad y fragilidad de Isolina, su hermana. Luego, todas las mujeres con las cuales él ha tenido algún tipo de relación, las describe con pulcra caballerosidad, omitiendo detalles que pudiesen menoscabar su feminidad o dignidad; resaltando las más de las veces, rasgos que las pintan con los correspondientes claroscuros y dejando al lector el resto de las conclusiones (3). Respecto de su padre tuvo palabras de admiración, luego de haber superado la etapa de rechazo por su mediocridad, violencia, ebriedad y falta de sensibilidad, amándolo a la vez que sintiendo pena por ser la vívida imagen del fracaso y despotismo masculino propios de los de su raza. Sus hermanos Antonio y Ramón son opacos, brutos, nobles fuertes y secundarios.

La pequeña propiedad familiar en Piñera, al igual que la mayoría de las pequeñas fincas rurales, era de muy exiguas proporciones, debido a las divisiones de herencia, además de pobres y limitadas en la producción. Esto obligaba a la continua tarea de abono y acopio de hojas, cáscaras, ramas y estiércol, siendo de apenas 1 ha o menos, con la casa solariega de piedra con pocas habitaciones en el alto, muchas camas para los familiares visitantes y una gran cocina comedor con el infaltable fogón a leña en el centro, cuyo fuego era permanente. Pocos cacharros, embutidos secándose y ahumándose y un tinajón con agua de río completaban el mobiliario de la cocina, pero a pesar de la sencillez, el aroma a lejía y a chocolate invadían la modestia de la casa.

Hay continuas referencias a la lengua coloquial en la que se comunican los mayores: el bable, que se intercalaba con el español pero sólo para lo íntimo, lo tradicional, lo masculino o lo obsceno. Para la Iglesia y el respeto: el castellano.

La dieta campesina estaba compuesta fundamentalmente de frutas secas, leche, caza menor, manzanas (y, obviamente, la célebre sidra asturiana), poca carne vacuna, embutidos y queso. Se debían pagar impuestos a la Guardia Civil por la faena de cada cerdo (el llamado fielato), cosa que significaba una maniobra grupal de toda la comunidad para chacinar el mismo cerdo flaco en varias oportunidades y así burlar la odiada requisa oficial.

Las ropas, viejas, usadas y recicladas haciendo prendas nuevas de cosas viejas y sólo había un atuendo dominguero para la Misa y las fiestas. Respecto de las fotos familiares, éstas eran sacadas una vez por año y usualmente eran tomadas para ser enviadas a los parientes lejanos, prestándose entre paisanos y conocidos las prendas, a fin de una mejor presentación “en sociedad”. Objetos de valor eran la navaja (en ambos sexos), algún rosario para las mujeres y pistolones en algún refajo de joven pendenciero; además de un posible reloj con cadena en el bolsillo, heredado de padres a hijos. Por lo demás, ropas de paisano y alpargatas o nada en los pies para los más chicos en crecimiento.

Entre las observaciones más interesantes que Laureano joven hizo de su entorno era que el común del campesinado asturiano no se sentía español, puesto que significaría estar al servicio de un rey, del Estado y de la banca –jesuita o no- de la iglesia y de la nobleza. Se era español para caer en reclutamiento forzoso y morir en alguna guerra africana o de la reciente Cuba, pero no había pertenencia a España a la hora de abrir escuelas u hospitales. La guardia Civil era sólo una presencia hostil que se llevaba mineros huelguistas encadenados a las sillas de la montura o presenciaban el mentado pesaje de cerdos.

El hambre, el atraso, la permanente miseria y la presión estatal hacían soñar a todo asturiano con un mundo posible mejor en América, donde se comiese todos los días, los hijos estudiasen y donde se pudiese ahorrar lo suficiente como para establecerse de bolichero sin arañar una magrísima tierra arisca y pobre. También se quería huir a América para escapar de la pesada presencia del rey, del aparato estatal, de los curas y la represión policial.

Con todo, hacia 1915, el dinero ahorrado por Laureano padre se acabó y como no podía mejora la producción en Piñera, debió volver a Argentina a remontar la cuesta una vez más; como a los 14 años, dejando a su esposa e hijos pequeños en casa de su madre y luego los mandaría buscar.

A poco de quedar sin padre, se calmaron las visitas sociales de familiares y allegados para observar el fenómeno de los “argentinitos” que hablaban con cantito y vestían como los odiados señoritos bien de Oviedo, opuesta en su hidalguía y provinciana riqueza a Gijón, creída el centro de toda Asturias. Empezaba la verdadera vida del campesino asturiano:

“Para ser un auténtico jefe de familia en la que hay un solo hombre adulto, y que está integrada por una anciana, una mujer y cuatro niños, sin disponer de patrimonio ni rentas, y con unos pedazos de tierra desparramados en parcelas pequeñas y distantes entre sí, se necesitaba saber construir carruajes, arados, rastras, yugos; labrar la madera, sacando tablones y tirantes de los troncos de los robles, encinas, fresnos y castaños; conocer las propiedades de cada parcela de tierra, tener nociones de climatología, y de las propiedades de las plantas frutales, saberlas podar y curar, y recoger y sazonar los frutos extraídos: manzana, trigo, maíz, olivas, castañas, habas, higos, avellanas y muchas otras producciones, del rubro frutas y vegetales; se necesitaba saber tallar la piedra; y muy fundamentalmente manejar el ganado vacuno, lanar y porcino, es decir productos lácteos y cárnicos, cueros y derivados.

Se necesitaba allí saber producir sidra, utilizando las manzanas propias y el lagar. Curar y partear los animales domésticos.” (4)

Asturias 1934En esas condiciones, los hombres eran duros, fuertes, curtidos, de pocas y muy expresivas palabras, mientras que las mujeres eran robustas, blancas y rosadas, piadosas, analfabetas y buenas administradoras del dinero. La beatitud era un bien esencial y la religión ocupaba lugar preferencial en la vida social, ya que

“…a los rezos de mi abuela debían sumarse las misas y los sermones dominicales, en la iglesia de la parroquia de Fresnedo y en la capilla de Nevada, donde todos los años se realizaban las famosas novenas de San Juan, que eran fiestas nocturnas y diurnas con bailes, rifas y calesitas. Romerías con canciones de ciego y romancero astur-castellano donde se narraban las hazañas de nuestros antepasados, que derrotaron a romanos y moros y limpiaron a España de herejes, judíos, otomanos y otros malditos invasores, importadores de credos y costumbres satánicas, como las de Sodoma y Gomorra.” (5)

A pesar de esto, la sorna y la crítica social hacia el clero estaba en boca de todos los hombres, pues cuando se pasaban de sidra, cantaban “El cura de mi parroquia / tiene la sotana rota / se la rompió en un guijarro / por correr tras de una moza”.

Cuando describe a ancianos y mujeres de su tierra, no ahorra pinceladas inteligentes en la descripción, ya que los ancianos eran

“… antiguos mineros que se habían salvado de algún desastre; ex guerreros, a la fuerza, en Marruecos o Cuba; labradores que tenían su descendencia desparramada por el mundo, y esperaban la muerte, tranquilos, sin temor y sin apuro; ex indianos que nunca jamás retornarían a América para hacer de peones y servir de risa de la gente que los llamaba ‘gallegos’, ¡gallegos, ellos! No faltaría más. Se reían de todo.

¿Y las muyerucas y muyeronas? Esas campesinas montañesas que hacían el trabajo de los hombres que no tenían, menos el de herrero o carpintero, y que traían sobre un rodete puesto en la cabeza los cántaros de agua de La Fontanina, sin sujetarlos con las manos; que manejaban la guadaña, la horquilla, el rastrillo, el arado y la rastra, la azada y la pala; que sacaban enormes sábanas y cobertores del tanque de la lejía y los retorcían con manos y brazos que parecían de acero; esas mujeres que no conocían el baño, ni los afeites, ni los colorinches, porque les sobraban los que natura pródiga les daba, y que no eran barbudas como las pintan, porque tenían los ovarios en muy buen funcionamiento; esas mujeres también cantaban, como respondiendo a los frailes, mientras afilaban la guadaña en las praderas o colgaban la ropa al sol: ‘Estate quieto rapazón / no me tires del refajo / si quieres algo de provecho / mete la mano por debajo’” (6)

Respecto de las pocas letras que recibían los niños de esta aldea, cabe mencionar la “escuela del manco”, quien daba clase en un cobertizo de su casa, al lado del gallinero y donde enseñaba las primeras letras a los niños campesinos con durísimos métodos didácticos. Como sólo durante parte del invierno los niños tenían algo de tiempo libre para asistir a clase, éstas eran esporádicas, memorísticas y sumamente represivas, aunque siempre dadas en español.

“Pero su destreza mayor consistía en lo siguiente: tomaba a los muchachos del flequillo, que nos dejaban cuando nos cortaban el resto del pelo a cero para que no juntáramos piojos, con la mano izquierda. Era imposible zafar. Con la derecha tomaba la vara, y daba sin mezquindad. Las espaldas y las nalgas y a veces las piernas de los alumnos quedaban marcadas por unos hermosos y colorados cordones. La letra entraría o no, pero el frío salía que era un placer, una estufa maravillosa. Y a falta de pan… Porque el rey, los ministros de la corona y los obispos, que eran los amos de España, necesitaban la renta pública para conservar los restos del imperio y mantener los cuarteles y conventos para mayor gloria de la cultura española, y no iban ellos a gastar carbón, ni siquiera el asturiano, para calentar el ambiente. Si en España no había cuartos de baño ni siquiera en las casas de los señores por razones de ética filosófica cristiana, era cuerdo y prudente que no hubiera escuelas en las aldeas, y que en las poquísimas que existían no era menester las estufas, que afeminan a los hombres; y para extraer carbón de las minas, pescar en el Cantábrico, hacer de quintos en Marruecos o abandonar la madre patria para poblar América, o criar gochos y allendar vaques, no hacían falta tantas letras. Por eso, cuando los ingenuos y afrancesados republicanos quisieron sembrar de escuelas a España, los jerarcas de la santa madre iglesia y los generales que cuidan nuestro honor dijeron no, en julio de 1936″. (7)

Tampoco había médicos en la aldea, por lo que la curandería y la tradición eran la mejor receta. Incluso, el tener piojos era un símbolo de buena salud, ya que no atacaban a los niños limpios ni a los enfermos (cabe aclarar que los piojos “con raya al medio” eran considerados como de raza y atestiguaban la buena salud y sangre del portador).

Respecto de la visión que tenía sobre el funcionamiento social, Laureano notó que los asturianos eran celosos hasta la patología respecto de sus mujeres, consideradas su posesión. Casados o no, exigían absoluta fidelidad de ellas cuando iban a probar suerte a América, y éste era el momento donde empezaban a merodear parientes y curas, ya que

“…dejaban a sus prometidas y a sus esposas expuestas a los apetitos libidinosos de parientes, vecinos, señores, señoritos y curas; principalmente de los curas, que con su pretexto del amparo espiritual y terrenal, y las ventajas del confesionario, se dedicaban a cortejar a las mujeres que tenían sus maridos en América. Los sotanudos eran unos padrillos tremendos. Bien comidos, mejor bebidos, sin el desgaste físico del trabajo ni el mental del estudio o de las angustias que originan los problemas económicos, vivían en plan de sementales. Digamos de paso que ésta debe ser una de las raíces del anticlericalismo de aquellos hombres sin formación intelectual que pueda conducir al ateísmo. Podrán de posar de abstemios los curas viejos, reumáticos y gotosos, ecrofulosos y gordinflones /…/, pero los curas sanos y fuertes eran una incitación permanente al `pecado’” (7)

Cuando estaba próxima a fallecer la abuela, se decidió volver a la Argentina. Hubo que ahorrar, tener dinero para el pasaje, pero como no alcanzaba con lo obtenido en la explotación agropecuaria, Laureano tuvo de trabajar en las minas con apenas trece años.

“Y a la mina de carbón me fui. Estaba cerca. Por supuesto que no manejé pica, barreno ni dinamita. Teníamos que cargar cestos de carbón con pala ancha y transportar los cestos unos cuantos metros y volcarlos en una vagoneta que estaban en la punta de los rieles en dirección a la galería o socavón. Acostumbrado a cargar a hombros y espalda desde el suelo sacos más pesados, aquello era robo –como decimos los argentinos. Después de llenado el cesto, otro compañero ayudaba a ponerlo sobre los hombros. Los hombres eran cariñosos con los guajes. Nos enseñaban a trabajar sin burlarse de nuestra impericia y nos decían que no corriéramos ni nos fatigáramos. Y eso que trabajaban a destajo o por contrata en aquella mina. No recuerdo a cuánto ascendía el jornal. Pero cuando a casa con los primeros duros, mamá lloraba de alegría y hasta la abuela me perdonó el ateísmo que me había pronosticado… pero para más adelante, después que ella muriera y estuviéramos en América. /…/ Las gestas heroicas de los mineros que reventaban tanques de guerra y tomaban cuarteles con cartuchos de dinamita confirmaron mi amor por ellos. Yo ya los había convertido en mi corazón y en mi alma en hermanos míos, en compañeros, al margen de banderías partidarias. Y el pueblo asturianos también. Por eso cantaban: ‘Madre mía los mineros / Qué guapos chavales son / pero tienen la desgracia / de morir sin confesión’” (8)

Ya en otra oportunidad, tuvo la ocasión de ver un espectáculo que lo marcaría para el resto de su estadía en Asturias:

“Dos guardias civiles, con el mosquete o carabina corta terciada a la espalda, el sable colgado de la silla, la pistola en la canana charolada y reluciente, el tricornio con barbijo, venían montados en sus caballos, a paso lento, por el camino central de la aldea. Pasaron muy cerca de la casona de la abuela. Cada uno de los caballos arrastraba prácticamente a un hombre con las manos esposadas juntas y atadas a la silla de los caballos. Caminaban a tropezones, como si fueran de mala gana o estuvieran cansados o heridos; sin gorra y con el cabello revuelto. Cuando pregunté quiénes eran, mi abuela satisfizo mi curiosidad: ‘Son mineros.¿No ves las botas?’” (9)

Para finalizar, si bien la pluma de Laureano es la de un adulto, conserva toda la inocencia de un niño, aunque en repetidas oportunidades recurre a la memoria de alguno de sus hermanos para un mejor resultado del relato. No escatima descripciones agudas y sentidas; no usa lenguaje alambicado o referencias innecesarias; su fe es básica y elementalmente humanitaria, mientras que su experiencia se va enriqueciendo con el correr de los años. (10) Trató de reseñar con exactitud y justicia lo visto en la tierra de sus mayores, creando un panorama útil para los fines de estas jornadas con pinceladas fuertes que nos muestran a alguien con la profunda sensibilidad de un artista, pero con los pies bien puestos sobre la tierra.

Decida el lector, si sobre tierra asturiana, o argentina.

Muchas gracias.

Camara Santa de Oviedo (1934):: REFERENCIAS ::

(1) Texto de la comunicación dada el 28 de Octubre de 2004 en la Facultad de Filosofía y Letras – UBA, en el marco de las Jornadas por el 70 aniversario de la Revolución de Asturias de 1934.

(2) El primer tomo abarca desde su nacimiento hasta 1925, el segundo hasta 1977 y el tercero hasta la década de 1990. Los tomos editados son de una tirada de apenas 500 ejemplares, desconociéndose la editorial. El primer tomo está brevemente prologado por Héctor U. Del Gíudice, cuyo mayor mérito parece ser el de ser pergaminense, recomendando a sus paisanos la lectura del libro por el color con el que están pintados los relatos relativos a Pergamino.

(3) Es interesante resaltar que con esta conducta, Laureano pretende separarse del tradicional modelo machista de la sociedad en la que le tocó moverse, respetando de una manera “no tradicional” a las mujeres.

(4) RIERA DÍAZ, Laureano: Memorias de un luchador social; Bs. As., S/D, 1979, pág. 59.

(5) RIERA DÍAZ, L.: Op. Cit., pág. 63.

(6) Idem. Págs. 64-65.

(7) Idem, págs. 69-70.

(8) Idem; págs. 109-111.

(9) Idem; Pág. 102.

(10) Curiosamente, durante el período en el cual estalló la Revolución de 1934, él vivía en Argentina, pero no dejó en su segundo tomo referencia alguna del acontecimiento o un recuerdo para con su gente de Asturias.

:: Nota Aclaratoria

Sitio al Margen presentó un dossier con las ponencias expuestas en las jornadas académicas sobre el 70ª Aniversario de la Revolución en Asturias en 1934, los pasados 27 y 28 de octubre y 1º de noviembre de 2004. Fue organizado por integrantes de la cátedra Historia de España de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Tanto los organizadores como quienes realizaron las ponencias autorizaron a que Sitio al Margen tuviera el honor de publicar sus trabajos y así poder difundirlos por Internet.

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