José Ortega y Gasset y la Revolución Asturiana de 1934

Jose Ortega y Gasset

El particular y elocuente silencio que José Ortega y Gasset realizó en referencia a la revolución que tuvo lugar en Asturias en 1934 es el tema del siguiente texto que Horacio Bonelli, de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, presentó en las jornadas académicas que la Universidad de Buenos Aires dedicó al 70º aniversario de la mencionada revolución.

Vamos a abordar, muy brevemente, la siguiente pregunta: ¿qué dijo Ortega y Gasset (desde ahora sólo Ortega) de la Revolución asturiana? Probablemente la mayoría sepa que Ortega, en realidad, no dijo nada. Tamaño problema entonces. Sobre todo en virtud de haber planteado mal la pregunta.

Ortega y Gasset por Ignacio ZuloagaEn realidad Ortega abandona la faena política hacía 1933 y, por eso, aquella incógnita debiera transmutar en ¿por qué Ortega abandona el Foro hacía 1933? Bucear las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. Puesto que, muy probablemente, algo semejante a esas razones habría de ser lo que, en definitiva, Ortega hubiese expuesto (de haber querido) en cuanto al acontecimiento asturiano del “34. Más, para continuar agravando el panorama, los problemas no cesan. Puesto que las razones no podemos obtenerlas de declaraciones más o menos taxativas al respecto; antes bien, deberemos “rastrearlas” de las distancias existentes entre lo proyectado, lo ideado y lo deseado por Ortega en cuanto a la II República y, al fin, lo ocurrido. Una suerte de enfrentamiento (comparación si se quiere) entre la República deseada y la República posible (huelga decir que la idea viene de la lectura de Natalio Botana). Cómo, además, indagar la eficacia o fracaso de ciertas herramientas analíticas orteguianas que, a la sazón, se proyectaron al futuro ideado. Advirtiendo también, y esto no dejará de ser relevante, las peculiaridades de una generación del “14 que, bien o mal, tuvo en sus manos los destinos de buena parte de lo ocurrido al segundo intento republicano. Al menos en el bienio inaugural conducido por Azaña.

Antes de ir directamente a las ideas políticas de Ortega, mencionemos algunas cuestiones biográficas que, aunque poco relevantes en el conjunto de tan complejo existir, nos servirán de indicios. Para 1907 Ortega tiene su primera columna en El Imparcial ( ese periódico familiar donde su padre realizó la mayor parte de su actividad. Fundado en 1869 y llegando a ser el periódico más importante de la Restauración: con una tirada de 77.000 ejemplares en 1890), y ataca a un hombre político: La Cierva. A propósito de la reforma de las costumbres públicas. De aquí quedémonos con que el señor La Cierva acierta en un solo punto con Ortega, la única acción posible sobre la costumbre es quitarla; pero quitar una cosa no es reformarla. Lo único reformable es el factor, nunca el producto. Lo reformable es el carácter a través de la circunstancia vital de los hombres. Por ende, desde temprano, reformismo y mejoría de la circunstancia vital serán, si bien con reserva, el norte de Ortega.

Manuel AzañaJoven que, con aproximadamente 25 años, no elige a pequeños hombres para lanzarse al ruedo. Contrariamente interpela a personajes de primer orden, de la más altas esferas de la administración española. Dicha actitud, de por sí, entraña cierto desdén por las reglas de conducta de la época. Que un joven como Ortega, que hacía unos años había obtenido su licenciatura en filosofía en la Universidad Central de Madrid (1904) y que para 1907 concluye sus estudios en Alemania en la Universidad de Leipzip. Ataque la figura de anquilosados hombres es significativo. Ubica, según dejamos entrever, delante la formación académica y detrás la acumulación de años, cargos, vínculos y cierta maltrecha experiencia. Desde ahora será ese criterio, el de hombre leído, conocedor de la materia que dice manejar y no un advenedizo o improvisado, con probado curso de honor, lo que habilitará a quiénes deseen tener un lugar relevante en los debates nacionales. Eso muestra, desde los inicios de su actuación intelectual en el marco de la vida política de España, la voluntad de recambio que Ortega promueve. En fin, excelencia académica y, junto a ella, la ciencia como herramienta de estudio y comprensión de la realidad –tal como la va a ir entendiendo Ortega, muy lejos de un Leopoldo Von Ranke. Debían ir abriendo surco en tierra tan árida y renuente.

Retomemos ahora el análisis propuesto hace unas líneas atrás. Lo primero que diremos, entonces, son las ideas “políticas” más determinantes que entrado el siglo XX se hizo el joven Ortega de su terruño, primeras dos décadas en que fue capaz de impugnar la casi totalidad de lo hecho durante la Restauración y mucho más atrás también. Indicando “cuando las cosas no pasan un poco todos los días, se acumulan para pasar todas en uno” y, frecuentemente, de modo traumático. En efecto, sostuvo de las derechas españolas: “¡Vuestras deudas son terribles señores! No se trata de que hayáis cometido errores en la administración de España, de que os hayáis equivocado en la política de España. Vuestra responsabilidad es mucho más grave. Habéis tenido en vuestra mano el Gobierno y el Ejército, el Consejo, la Escuela, la urbe y la campiña; durante centurias habéis ensayado el temple de los cetros, triturando con ellos las semillas generosas de una mejor cosecha espiritual. (…) Sois los gerentes de la historia moderna de España, sois los responsables, no de un error administrativo, no de un error político, sino de la ominosa decadencia de una raza.” Falló, sin embargo, cuando dijo de ellas (las derechas): “De una manera o de otra, ordenada o caóticamente, van a ser eliminadas de la dirección de nuestra raza. La eliminación ha de tener la rudeza y la ejemplaridad de un castigo (…) Vuestro fracaso alcanza dimensiones históricas y es preciso que las tenga también su expulsión”. Más las derechas no sólo poseían un ingente apoyo de la población, sino que crearían partidos políticos, alianzas, y, una vez ganadas las elecciones de 1933, se prestaron a desarmar parte sustancial de las disposiciones dictadas por las Cortes del primer bienio republicano.

José Ortega y GassetOtro punto es el siguiente, en aquellos años el laicismo fue una de sus metas y, como reconoció en más de una oportunidad en las páginas de El Sol (anótese, quizá el periódico más progresista de amplia llegada al auditorio español de entonces), cumplió un rol pedagógico. Así, en cuanto a la enseñanza jesuítica (que Ortega en parte recibió, puesto que era uso común que aún los hijos de familias burguesas liberales recibieran algunos años de instrucción religiosa), a finales de 1910 realiza Ortega un comentario a propósito del nuevo libro de Pérez de Ayala. No sólo aprueba la temática del autor sino que va más allá declarando que el mayor vicio de los jesuitas “…y especialmente de los jesuitas españoles, no consiste en el maquiavelismo, ni en la codicia; ni en la soberbia, sino lisa y llanamente en la ignorancia”. Por lo demás la novela autobiográfica que tiene como tema la infancia y la educación en los colegios religiosos españoles ha suscitado obras notables como las de Miró y de Azaña (éste, por cierto, en El jardín de los frailes, es más indulgente frente a la enseñanza dada por los Agustinos del Escorial). Se trata, sin embargo, en Ortega y Azaña, de hombres de la generación del “14.

Julián BesteiroSi Ortega fue claro en cuanto a su posición personal frente a la confesión católica, también lo fue con la necesidad de fundar un nuevo sistema político, de mejorar las condiciones reales de existencia de los hombres para que pudiesen forjar un mejor carácter; nunca dejó demasiado claro el nivel de “apertura” específico que dicho sistema político debía adoptar; ni el instrumento (electoral o no) más adecuado a utilizar.

Durante el postrer año de la Monarquía, algunos eminentes intelectuales españoles dirigieron frecuentes llamamientos a favor de la unidad nacional. El más destacado e influyente de ellos fue nuestro hombre, solicitando reiteradamente la creación de un amplio “frente nacional”, una especie de súper-partido que representase a todos los españoles poco menos que como una entidad colectiva. Existe de ello una declaración bastante contundente en El Sol (Madrid) del 6 de diciembre de 1930 y su correspondiente crítica por Julián Besteiro en El Socialista el 6 de enero de 1931.

Alfonso XIII, rey de EspañaSe trataba, en efecto, de una proyección algo ingenua en semejante marasmo político, una alternativa poco viable o fructífera considerada desde el presente. Una propuesta del reino “orteguiano” que, si tenía ánimo de resolver una situación que a la postre degeneraría en tragedia. Lo cierto es que, para no pocos de los españoles exaltados de entonces, aparecía como una idea demasiado tosca, pobre y deleznable. Confinada al mundo de un voluntarismo y dirigismo con intenciones de aunar en un mismo firmamento a sujetos históricos que, por constitución, jamás hubiesen compartido el mismo estandarte. Floja lectura de la realidad que resulta, en vistas de observado en los primeros tiempos de Ortega, algo llamativa. Había observado, en más de una ocasión, la dificultad de evitar los conflictos. Que la violencia se haría necesariamente presente (y de paso daría la victoria a quienes la requiriesen con sólida justicia?) en una España no muy dispuesta a dejar los espacios de poder para la construcción de una nación más progresista y solidaria con sus moradores. Pero no. A inicios de la República Ortega pone el acento en un signo que si siempre le fue propio, en ocasiones supo soslayarlo. Ahora cree que es posible (o al menos parece desearlo y bregar por ello) evitar el enfrentamiento liso y llano. Lanzando consignas que tienen más que ver con un pedido de fraternidad de sujetos históricos que, sin más ánimo que el ajeno, estaban deseosos, antes que nada, de marcar las distancias que la historia les había ido forjando en el espíritu. Deseosos de responsabilizar a quienes creían culpables y responsables de la decadente situación ibérica, ávidos de exorcizarse ellos y a una España ultrajada. Y haciéndolo en vos alta, sin miramientos y decoro.

Ortega estimulaba, lo diremos nuevamente, y la realidad española lo desmentiría en cada ocasión, la posibilidad de crear una suerte de “super-partido” capaz de aunar “todas” las voluntades ibéricas. Como eficaz herramienta de una “elite” que condujese los destinos hispánicos, una suerte de objetivización de una “conciencia colectiva” que contase con el músculo joven de la península.

Gral. José Sanjurjo SacanellNada se aprestaba demasiado y cómo veremos, a la proyección de Ortega.

Se trataba, en términos gruesos y sintéticos, de una República de ilustrados, de los más capaces, de aquellos de ser incapaces de descifrar el enigma de la vida en el Foro y, en cambio, ejercer la fina, elocuente y transparente oratoria parlamentaria. Siendo unas Cortes selectas el órgano capaz de crear la nueva España.

Pero veamos ahora un poco de historia en el más estricto sentido de la palabra. Ella nos mostrara algunas de las imposibilidades que venimos anunciando. Luego volveremos a la difícil articulación de las argumentaciones de Ortega.

Para abril de 1931 las grandes ciudades de España votaron republicanismo. Sólo un ministro aconsejo resistir. Las memorias del general Mola, el último en sumarse a los conspiradores contra el Frente Popular en 1936, revelan una fuerza de Policía mal preparada y peor equipada para luchar contra la sedición, que incluso tenía que utilizar taxis para acudir a contener los disturbios estudiantiles; por si fuera poco, el general Sanjurjo, jefe de la Guardia Civil, otro conspirador en 1936, no pudo garantizar al monarca la lealtad de sus hombres. Sin una fuerza de Policía y tropas dignas de confianza, las manifestaciones callejeras en las capitales de provincia habrían derribado a la Monarquía por la fuerza. El Rey, sin llegar a abdicar formalmente, abandono el país. “Hasta la Marina –se quejó a lord Londonderry- me abandonó”.

Niceto Alcalá ZamoraEl Gobierno Provisional que el 14 de abril se hizo cargo del poder, lo componía el grupo de conspiradores republicanos que se había reunido en San Sebastián en el verano de 1930. Era una composición que daba muy pocas indicaciones reales sobre su política futura. El primer ministro, un antiguo monárquico liberal, Niceto Alcalá Zamora, aspiraba a constituir un Gobierno moderado, respetuoso para con el sentimiento católico y no muy diferente de alguno de los gobiernos progresistas liberales de la Monarquía; pero aquel gabinete incluía también republicanos militantes y socialistas que querían cambios reales en la sociedad.

En abril de 1931, aparte de unos pocos monárquicos desconsolados y de derechas, aislados además, sólo dos grupos importantes no aceptaron las premisas del parlamentarismo burgués; el sindicato anarcosindicalista, la C.N.T. (especialmente cuando estuvo dominado por los anarquistas activistas de la F.A.I..) y los carlistas de las provincias vascas y de Navarra. Cuyos principios condenaban todo gobierno excepto la Monarquía “tradicional”, católica y antiparlamentaria.

Aún dadas las condiciones descriptas, las dificultades que entrañaba la supervivencia de la naciente II República eran ingentes. Nadie había esperado tanto de la República como los intelectuales. Republicanos en su mayoría y de espíritu liberal, estaban ansiosos de ser útiles a la nueva España. Ortega marcó el camino al organizar su “Grupo al Servicio de la República”, formado por un conjunto de profesionales que se ofrecieron para ayudar a redactar las leyes e incluso para ocupar ciertas funciones ministeriales. Esperaban que la justicia política traería consigo la justicia social, y que el progreso y la ilustración convertirían a España en una república modelo. Pero la realidad española resultó mucho más refractaria a aquellos moldes teóricos de los que todos suponían. La decepción fue extraordinaria. Comparando la República que habían anhelado con la realidad de 1933 Ortega bien pudo exclamar: “¡No era esto!”. Mucho más si tenemos presente las deterioradas condiciones que trajo consigo el año 1934.

Gral. Primo de RiveraLo cierto es que no pocos “orteguistas” no olvidaron la noción del partido nacional superador de los partidos, que habían propugnado en 1930. Y en 1932 varios miembros del grupo trataron de reactualizar aquella idea. El principal fue el catedrático de derecho Alfonso García Valdecasas, uno de los diputados “orteguistas” en las Cortes Constituyentes. Éste y sus amigos constituyeron el Frente Español, partido encaminado a salvar la República de los dogmas de la derecha intransigente, de la izquierda radical y del centro doctrinario. Si atrajo a ciertos nacionalistas, el frente español no dejo de ser un nuevo sondeo de unos cuantos ex liberales que buscaban una especie de consolidación nacional de nuevas formas políticas. Pretensión superadora no exenta de cierta soberbia y de una ingenuidad manifiesta, como si el sólo voluntarismo ilustrado fuese capaz de anular lustros de historia que mello la conciencia de hombres provenientes de las más diversas latitudes de la península. Imposibilitando cualquier intento por soslayar las voces de sectores ya renuentes a dejarse dirigir, cada cual con proyectos propios para el futuro ibérico. Esa pretensión fue anunciada ya en las primeras dos décadas del siglo XX y, entonces, advierte sus dificultades. Expone Ortega; “nuestra sociedad (refiriéndose al siglo XIX) es toda ella obra muerta.” No pesa sobre América nuestros males, “no pesa sobre ella la Iglesia, la aristocracia genealógica, el arcaico espíritu militar, las añejas burocracias, ni las derechas.” Todo lo inactual, superado, muerto, va a ser raído del haz de la tierra y bajo ella sepultado. tras esta ingente eliminación de lo viejo, quedarán las sociedades constituidas únicamente por elementos en pleno vigor… etc. En efecto, aquí aparece hasta cierta redención que acontecería en España, sabemos que así no fue y, a nuestros fines más inmediatos, resulta bastante improbable la construcción de una España cuya médula institucional y social estaba constituida, mal que nos pese, por las fuerzas sociales que serían, siempre de acuerdo Ortega, desterradas. El concurso de diversas fuerzas es, aún a desgano, requisito de funcionamiento de una República con cierto anhelo de pluralidad. Más aún en una República que nació menos por un profundo anhelo republicano de la sociedad que por los horrores administrativos pretéritos (sea la Restauración, sea la dictadura de Primo de Rivera).

Ramiro Ledesma RamosEn realidad, independientemente de la ausencia de sangre o tragedia en el relevo del régimen político, el clima era, para quién supiese mirar, bastante sombrío. Una casi anécdota, probablemente cierta, pinta de cuerpo entero el cuadro. Tratase de que Ramiro Ledesma Ramos (que impulsó la publicación de un semanario titulado “La Conquista del Estado”), consiguió sacar su publicación gracias a un donativo procedente de los fondos para la propaganda monárquica del gobierno del almirante Aznar, que precedió a la caída de la Monarquía. Al parecer los informadores políticos de Aznar creían poder utilizar al grupo de Ledesma para crear una división entre los intelectuales liberales.

Muy probablemente Ortega no conociese éste hecho que, por lo demás, escapaba a sus reales posibilidades. Sin embargo es indicativo de que, junto al cuadro transparente de las diversas fuerzas que se disputaban la palestra política, a diestra y siniestra, queriendo convertirse en protagonistas del escenario político o con alguna pretensión de demanda o negociación efectiva. Si a esas transparencias de enfrentamientos sumamos los hechos ocultos por sus actores, como el indicado más arriba en cuanto a los presuntos móviles de la financiación de la publicación de Ledesma, obtenemos un panorama sobradamente desalentador en vistas de la propuesta orteguiana. Máxime cuando parte importante de los intelectuales republicanos desquiciaban las prácticas políticas que en breve indicaremos.
Volvamos ahora, para ir concluyendo, a la difícil articulación de las argumentaciones de Ortega. Si éste expuso también la necesidad de una reforma agraria, tampoco dio mayores precisiones al respecto, evitando, a diestra y siniestra, excesos. Moderación y proposiciones en ocasiones demasiadas genéricas nos impiden, en más de un punto, descifrar más o menos con certeza lo deseado por Ortega.

Los inconvenientes respecto de éstas pretensiones fueron manifiestos, primero y estructuralmente hablando, la realidad española presentaba un conjunto de fuerzas políticas (o con anhelos de constituirse en…) que iría desbordando, paulatinamente, el marco de la República. Dándose un fraccionamiento por izquierda y derecha que creaba un difícil mosaico de sectores incapaces de aunar objetivos, criterios afines y formas semejantes de legalidad y apego al principio de autoridad republicana. Una gimnasia de las impugnaciones hacía estallar, rápidamente y en virtud de las disidencias internas, cualquier pretensión de homogeneidad posible.

Ortega hacia 1929...Segundo, Ortega utiliza, recurrentemente, la idea de una elite que, en sentido estricto, no existía. No realizaremos aquí, ahora queremos decir, una impugnación moral del exclusivismo que promueve la administración en manos de una elite, sólo apuntaremos que existían variadas elites. A veces reducidas en una o dos figuras relevantes en torno de quienes se afiliaban unos u otros grupos. Algo similar ocurría con la constante apelación a los jóvenes (supuestos sostenedores e incluso partícipes de la nueva elite) que construirían la nueva España. Los jóvenes se distribuían entre partidos de todo el arco político, sin ser rehenes exclusivos de ninguno de ellos. En efecto, en 1931 los sectores más fervientemente republicanos de la población española los constituían los estudiantes universitarios con mentalidad política y la intelectualidad (en esto Ortega no se equivocaba). Pero si la Asociación de Estudiantes Católicos contaba normalmente con una mayoría de los estudiantes, los más dinámicos y enérgicos pertenecían a la Federación Universitaria Escolar (FUE), asociación estudiantil de carácter socialista liberal fundada en 1927 y que en 1931 llegó a constituir una auténtica fuerza política nacional. Sin embargo las mediocres realizaciones del gobierno de Azaña desilusionaron a algunos jóvenes socialistas y en 1932 empezó a extenderse en las filas de la FUE un sentimiento de rebeldía. Cuando en marzo de 1933 cerca de 400 estudiantes de bachillerato y universitarios de Madrid decidieron afiliarse a un sindicato de las JONS, fue evidente que la FUE ya no podría aspirar a contar con la adhesión de todos los estudiantes laicos. Los estudiantes fueron el núcleo activo del primer sindicato de Falange, el Sindicato Español Universitario (SEU). Un apoyo más, del edificio de Ortega, se desmoronaba.

Finalmente, antes de pasar a las consideraciones finales, veamos muy brevemente, so pena de que algún lector decida deshacerse de mí rápidamente, algunos de los rasgos distintivos de la generación del “14.

Es la generación de Ortega y Gasset una generación que podríamos llamar de “oratoria parlamentaria”, tajantemente opuesta a la anterior, del “98. Con todo sus desdén por el sonido de las palabras. Ortega define su propia aspiración intelectual en tanto político como orador con objetivos que trascienden la escena inmediata. No debemos olvidar que ésta generación deseaba cambiar la forma de vida nacional e intentaba acercarse a grupos sociales muy diversos. Habiendo en España dos medios para ello: el periódico y la conferencia o discurso. Y a ellos dedicara gran parte del tiempo y energía. La propia formación humanística y religiosa de esos hombres tuvo mucho que ver, con ejercicios de oratoria y argumentación.

Ramón Pérez de AyalaLa II República ofrece para 1931 un hecho inédito en España, tratase de un gobierno que gobierna con el Parlamento, elegido mediante una consulta verdaderamente libre y “universal”a la nación española. Pero no se trataba de una supremacía absoluta del Parlamento (como quizás hubiese deseado Ortega), sostener ello implicaría una tesis jacobina o ultrarreaccionaria. Antes bien, se trataba de un régimen nada “geométrico” que tuviese elementos adecuados para la transacción y el acuerdo entre grupos muy diversos y opuestos. Frente a ello, los hombres del “14 decidieron renunciar a ciertos mecanismos que pudieron servir para la transacción y el acuerdo. Tratase de un odio literal a los pasillos –“los infectos pasillos parlamentarios”- porque creen que las maniobras en ellos falsifican o destruyen el “juego limpio” de las contiendas visibles en el salón de sesiones. Odian también a los “comités” de partidos. Representaban desde su mirada, la vieja política. Esto muestra la relativa falta de experiencia política de algunos hombres del “14, puesto que “manejar” a los múltiples y poderosos pequeños caciques parlamentarios (urbanos y regionales) implica el trabajo de “pequeña política” de pasillos y comités.

En fin, los escritos políticos de Ramón Pérez de Ayala muestran cabalmente éste punto. Y lo mismo ocurre con los escritos que analizan la actuación de Manuel Azaña.

Concluyamos diciendo que, quizás, los liberales eran mucho mas centralistas de lo que puede suponerse, incluso de lo que pueda suponer el mismo Azaña. El mundo legal de los fueros locales y regionales era, para el liberalismo, un residuo medieval a eliminar. Baste indicar para ello que Azaña se opone muy explícitamente a la posición más bien irresoluta de Ortega. Cataluña y los demás países españoles pueden solamente (decía Ortega) “conllevarse”, mas no hay “solución” verdadera para el problema de sus relaciones. Así, los clivajes en torno de las autonomías y las cuestiones religiosas fueron, antes que nada, cuestiones que volvieron inviable el presunto súper partido de Ortega.

:: Consideraciones finales.

Aún con sus distancias, puede decirse, sin demasiado riesgo, que Manuel Azaña fue la más fina creación y el más excelso exponente político, con poder real queremos decir, de las ideas intelectuales de la generación del “14. Y muy probablemente, su “jefe” intelectual, Ortega, entendió que con su deterioro y en virtud de sus propios herrados pronósticos, ya no quedaba mucho por hacer. Muestra, si se quiere, una suerte de intolerancia de Ortega frente a la adversa circunstancia. Queremos decir con esto que no es capaz de rehacerse a sí mismo para continuar jugando algún papel constructivo en la República.

OviedoSegún Paulino Garagorri los escritos de Ortega que abarcan de 1908 a 1918 ocurren bajo una España conmocionada por las revoluciones militar y social que brotan en 1917. La nota ideológica predominante en esos primeros años de actuación es la proclamación de un “liberalismo socialista”, un liberalismo “fronterizo con la revolución”, ya que juzga inevitable optar entre un “sistema de la revolución” y los “revolucionarios sin sistema”, y son éstos últimos los extremos a diestra y siniestra. Serán los asturianos de 1934 unos “revolucionarios sin sistema” o, más indulgentemente, representaban la opción del “sistema de la revolución”. No lo sabemos, queda a ustedes la tarea, si es que les interesa. Sólo sugerimos que si las ideas de Prieto para el “34 pudieron parecer exacerbadas para Ortega y, si esas mismas ideas terminaron a la derecha de lo que finalmente se intentó, entonces el “levantamiento” de los mineros asturianos debe haber sido, el menos en su fuero interno, impugnado.

El hecho es que Ortega nada tenía para decir en 1934, los marcos propicios para su acción en la República ya habían estallado en 1933. Los simplismos de la realidad política, la reducción de la realidad a batallas en el foro o ágora, como en las calles, sindicatos, comités y pasillos de las Cortes. No eran los canales adecuados para la expresión orteguiana. Siempre dispuesta a buscar auditorios selectos en universidades nacionales y extranjeras, siempre inclinado a utilizar las publicaciones en El Sol. Éstas le permitían ir publicando, en varias ediciones, cosas que, de otro modo, debía ponerlas “de una vez por todas” en un libro. Sus ritmos de reflexión, de erudición, lo hacían un espécimen sumamente adverso a los alocados apuros de la república. Además siempre quedaba la posibilidad de dirigirse a más reducidos y selectos lectores con la publicación de algún texto.

Digamos, sin embargo y en honor de la ecuanimidad, que entrañable empresa fue la práctica de utilizar sus dotes de filósofo para ensanchar el campo político, para intentar llevar a mejor puerto posible el buque republicano. Pero no le alcanzaron ni las fuerzas, quizás porque requería de una auténtica convicción republicana que exigía poner a su servicio la vida misma. Ni los ánimos, probablemente malhumorados por tanta verborrea, incongruentes como disparatadas proposiciones políticas que minaban las praderas de España. Un signo más de su selectivismo intelectual y, si se quiere, de cierta intolerancia al contexto que lo anidaba. Ni tenía, porque no decirlo, ciertos conocimientos profundos de las realidades históricas de España. No se trata de empañar, ni en mínima medida la erudición de hombre tan leído y sagaz para cuestiones tan escabrosas como la filosofía y aún de ciertas percepciones de la realidad histórica europea e ibérica. Sin embargo carecía del preciso conocimiento de determinadas realidades hispanas que pudiesen haberlo guiado mejor en la búsqueda de una República viable, gobernable y progresista. Nunca logro entender del todo bien las intrigas dentro de las fuerzas armadas, tampoco supo bien de los miedos que algunos sectores radicales de izquierda tuvieron de que en España ocurriese lo mismo que en Austria o Italia.

José Ortega y GassetAun no viendo la imposibilidad de sus ideas, algo que por lo demás no merece demasiado reclamo en vistas de que el devenir presenta circunstancias imposibles de conocer. Lo cierto es que, si en 1934 sólo nos habla su silencio, algo nos indica. Al menos supo, antes que nadie (independientemente de la valoración que de ello queramos hacer), el trágico destino que esperaba a la nación española. La encrucijada histórica que, por desgraciada y vertida de sangre, Ortega esquivó. Su semblante no lo deseaba y, por lo demás, su simiente ya había sido depositada en otros lugares que, a la larga, darían sus frutos. Para que empañar los vítores logrados, aún cuando Azaña pudo acusar, tiempo después, a su generación de haber adoptado la actitud más cómoda ante el Desastre –“como aquí nadie sirve para nada, como todo está perdido, ¿qué me va a pedir usted a mí?. Y Azaña quedó algo solo, al menos sin Ortega.

:: Cierre

Anotemos, ahora como cierre, que Ortega vivió rodeado de un sin número de estudiosos y hombres propensos, al menos en parte, de ponderar algún tipo de cambio para la petrificada realidad española. Acorazado de lo más excelso y selecto de la intelectualidad española, es muy difícil, aún para un hombre poseedor de finas herramientas de percepción, no dejarse influir –incluso gustosamente, por cuanto respondía a su ánimo- por la posibilidad de una rápida y contundente transformación.

Esas compañías pudieron hacer pensar a Ortega que España estaba preparada y contaba con los hombres requeridos por la implantación de la modernidad, del reformismo. Que esos hombres existían, tenían predisposición y, probablemente, fuesen la punta de iceberg de unos celtíberos que, llegado el instante, se harían oír. Pero no se trataba más que de un espejismo constitutivo de realidad tan selecta como la que le toco vivir. No sólo porque parte importante de la intelectualidad española con alguna afinidad republicana desconocía (o incluso negaba) los usos y artilugios políticos capaz de volcar al balanza hacía los propios intereses. Sino porque la España oficial aún se fundamentaba en realidades consuetudinarias, en millones de individuos que más acá o allá de coincidir con alguna variación de la realidad. En general no poseían alfabetización alguna y se encontraban absolutamente desvinculados de los pormenores de los avatares políticos, reduciendo su existencia a la principal dificultad que enfrentaban, la supervivencia cotidiana. Sobre todo en virtud de los atrasos y las condiciones económicas que la guerra creaba al interior de la península. La España vital, en definitiva, tardaría en constituirse. Y si puede pensarse que la acción de republicanos, anarquistas, socialistas y otros componentes de la sociedad española han sido cabal manifestación de la España vital. Aún siendo así, sus discrepancias fueron tan manifiestas y la acción de la España oficial tan contundente, que ésta continuaría reinando.

Madrid en 1934...Por lo demás, el hecho de que Ortega no señalara con precisión a esos hombres -y en más de una ocasión los demandará, sin encontrar un claro eco a sus palabras-, es indicativo de la endeble constitución de los sectores llamados a la nueva era. Pudo haber creído que iban a aparecer, que así como él trataba con ellos, caminaba los pasillos de los claustros académicos y compartía las redacciones periodísticas, España encontraría en su geografía las capacidades necesarias. Pero aquí entra a jugar un tema referido más arriba, esa tendencia de pensar a los sujetos impulsadores de cambio como coincidentes en cuestiones vitales. Que la imposición de la modernidad significaba usos y costumbres compartidas. Pero ¿en qué coinciden los obreros de alguna gran ciudad que reclaman mejoras en las pagas con la utópica república de los anarquistas o con los profesionales de medianos ingresos que desean la imposición de una república moderada. Nada mas equívoco que evocar una “concientización colectiva” capaz de amalgamar realidades tan diversas y dispersas. Las distancias en temas vinculados con los cambios que la vieja España necesitaba era tan grande como las formas en que un Leopoldo Von Ranke en el viejo mundo y, muchos lustros más adelante, un José Luis Romero en el Nuevo Mundo, encararían la indagación histórica. Claro que éstos no llegarían ni a entrever el enfrentamiento armado, muchos de aquellos –por supuesto con diferentes grados de responsabilidad-, si.

:: Nota Aclaratoria

Sitio al Margen presentó un dossier con las ponencias expuestas en las jornadas académicas sobre el 70ª Aniversario de la Revolución en Asturias en 1934, los pasados 27 y 28 de octubre y 1º de noviembre de 2004. Fue organizado por integrantes de la cátedra Historia de España de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Tanto los organizadores como quienes realizaron las ponencias autorizaron a que Sitio al Margen tuviera el honor de publicar sus trabajos y así poder difundirlos por Internet.

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One Response to José Ortega y Gasset y la Revolución Asturiana de 1934

  1. SALAS CHINCA says:

    Muy interesante e lustrativa la vida del señor José Ortega, aún seguimos buscando en la actualidad la República que no tenemos, quitar una cosa es eliminarle por que no la deseamos o por que llanamente no se puede cambiar el producto, de que nos serviria reformar este sino sería igual, no podria alcanzar la linea que deseamos de ella.
    Aun seguimos abriendo surco en tierra árida y renuente en busca de ideas, formas, encuentros donde tengamos una fórmula maravillosa, quiza mágica para la administración del estado señor Horacio Bonelli; tal vez es frustrante conseguirnos con lucha encarnizada sobre hechos pasados y que nuevamente se siguen repitiendo en busca de una República perfecta, quiza los errores de la administración involucrar mucho la religión, el fantismo, dar un enfoque muy político y menos analista, estadísticamente para resolver problemas que al igual que los del señor Ortega en el pasado los seguimos presentando en la actualidad. Seguimos buscando el voluntarismo, el buen enfoque de la justicia para solventar problemas reales y complejos.
    Aun andamos detrás de la historia de grandes lideres, en busca de hombres de honor, humanistas, hombres que siguen lanzando consignas para levantar ánimo y forjar espiritu, parece mentira pero la historia del señor Jose Ortega, está muy actualizada, andamos en busca de atributos, de talento natural, lejo de conspiraciones absurdas, todos aun andamos en busca de la República deseada , quizá civiles y militares caminan por calles con la esperanza de ver el rostro de la esperanza para seguir la huella que nos llevará al mejoramiento de la sociedad, algunos se inclina por el socialismo, otros creen que las dictaduras son mejores, quien sabe, lo cierto es que debemos de tener mucho cuidado con lo que deseamos, este podría ser nuestra carcel o nuestro sepulcro.

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