Unamuno y la heroica batalla del Paraninfo

Miguel de UnamunoEl conflicto que arrasó España entre 1936 y 1939, comúnmente conocido como Guerra Civil Española, fue prolífico en batallas y sangrientos combates. Pero también resultó fuente de numerosos enfrentamientos ideológicos e intelectuales, muchos de los cuales tuvieron tan cruentos desenlaces como los conflictos militares. Uno de ellos, nos lo recuerda nuestro redactor Gabriel Cortés, relatado por el célebre historiador británico Hugh Thomas, tiene la particularidad de amalgamar el coraje físico al valor intelectual.

Miguel de UnamunoValiente es aquel que enfrenta al peligro de una muerte segura en el momento súbito y dramático de la batalla, aquel que desenvaina su afilada bayoneta para batirse bestialmente en la profundidad de un monte español contra otro hermano o más silenciosamente soporta la desesperada vigilia del combate hasta que la primera bengala surcaba el horizonte del campo de muerte.

De estas magnas actitudes me hablaban mis mayores, ex combatientes de la Guerra del ’36 al ‘39, cuando a mediados de la década del ochenta en cálidas sobremesas mezcladas de aromas de carne asada y materiales de construcción, los interrogaba sobre el significado del valor y la valentía ante situaciones límites como la mismísima guerra. Sin duda esos hombres de “pedra e ferro” le rendían culto al valor de la fuerza física y emocional, dado por las situaciones que habían atravesado, convirtiéndose en ejemplos vivientes de cómo se debe enfrentar un drama, superarlo y a la postre convertirse en un silencioso portavoz de la concordia y el pacifismo confesional, tan apartado del politizado militante.

Carmen Polo de FrancoDe esta manera, este concepto lo guardé por años dentro de mí estructura valorativa hasta que tuve la oportunidad de toparme emocionalmente con la valentía surgida de la disciplina intelectual, donde su campo de desarrollo y madurez se encuentra materializado y cuajado en años y años de claustro y biblioteca donde los instructores más enconados no lucen estrellas ni jinetas, sino solo la autoridad de sus ideas y su verbo: Aristóteles, Santo Tomás, Cervantes, Quevedo, Descartes, Rousseau, Moro, Galdós, Feijoo, entre otros.

De esa valentía que hablamos en este artículo es la actitud póstuma y genial que despierta en un hombre que ha esperado algo más de su patria y que, además, se siente cansado y vencido; la misma España lo ha llevado a ese estado.

Jose Millan AstrayPero es en ese preciso instante donde todo cambia, su vocación y talento ingresa en un proceso mayéutico y descarga toda su verdad y sentir, aunque le lleve la vida misma. Se encuentra viejo, descarnado y depresivo, pero su vocación de sabio vasco y salmantino lo enerva a luchar contra la sinrazón y trata, al mismo tiempo, de mantener encendido un débil candil de cordura en esa España teñida de rojo y azul que comenzaba a desangrarse por miles de sus hijos.

Quizás lo mejor, y para entender en forma más clara y profunda el significado universal de esta conducta, sea transcribiendo los hechos acaecidos el 12 de Octubre de 1936 en el paraninfo de la Universidad de Salamanca en los actos celebratorios del Día de la Hispanidad, de la mano del historiógrafo británico e ilustre hispanista Hugh Thomas, que en su trabajo denominado la “Guerra Civil Española”, nos hará vivir en carne propia el valor de la verdadera valentía ante la muerte y la fuerza de los trasnochados.

 Paraninfo de la Universidad de Salamanca
Paraninfo de la Universidad de Salamanca,
testigo de la “última lección” de Miguel de Unamuno…

 

“… Otro hecho notable que conmovió las líneas de batalla fue el cambio de actitud de los más eminentes intelectuales de la España anterior a la guerra. En su mayor parte se encontraban en la España republicana al ocurrir el alzamiento. Firmaron un manifiesto en el que se pedía apoyo para la República. Las firmas de este manifiesto incluían las del médico y biógrafo doctor Marañón, el embajador y novelista Pérez de Ayala, el historiador Menéndez Pidal y el prolífico escritor y filósofo José Ortega y Gasset. Sin embargo, el efecto de las atrocidades republicanas y de la creciente influencia de los comunistas hizo que estos hombres, que habían tenido una parte tan importante en la creación de la República en 1931, aprovecharan cualquier oportunidad que tuvieran a su alcance para marchar al extranjero. Una vez allí, retiraron su apoyo a la República”.

Gral. Francisco Franco Bahamonde“Un camino enteramente contrario fue el seguido por el filósofo vasco Miguel de Unamuno, autor de “El sentido trágico de la vida” y portaestandarte de la generación del 98. Como rector de la Universidad de Salamanca, se encontró al principio de la guerra civil en territorio nacionalista. Todavía el 15 de Septiembre, continuaba apoyando el movimiento nacionalista en su “lucha por la civilización contra la tiranía”. Pero el 12 de Octubre había cambiado. En esta fecha, día de la Fiesta de la Raza, se celebró una gran ceremonia en el paraninfo de la Universidad de Salamanca. Estaba presente el obispo de Salamanca, se encontraba allí el gobernador civil. Asistía la señora de Franco. Y también el general Millán Astray. En la presidencia estaba Unamuno, rector de la Universidad. Después de las formalidades iniciales, Millán Astray atacó violentamente a Cataluña y a las provincias vascas, describiéndolas como “cánceres en el cuerpo de la nación. El fascismo, que es el sanador de España, sabrá como exterminarlas, cortando en la carne viva, como un decidido cirujano libre de falsos sentimentalismos”. Desde el fondo del paraninfo, una voz gritó el lema de Millán Astray: “Viva la muerte”. Millán Astray dio a continuación los habituales gritos excitadores del pueblo: “¡España!”, gritó. Automáticamente, cierto número de personas contestaron: “Una “. “¡España!”, volvió a gritar Millán Astray. “¡Grande!”, replicó su auditorio, todavía algo remiso. Y al grito final de “¡España!” de Millán Astray, contestaron sus seguidores “¡Libre!”. Algunos falangistas, con sus camisas azules, saludaron con el saludo fascista al inevitable retrato sepia de Franco que colgaba de la pared sobre la silla presidencial. Todos los ojos estaban fijos en Unamuno, que se levantó lentamente y dijo: “Estáis esperando mis palabras. Me conocéis bien, y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir. Porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia. Quiero hacer algunos comentarios al discurso – por llamarlo de algún modo – del general Millán Astray que se encuentra entre nosotros. Dejaré de lado la ofensa personal que supone su repentina explosión contra vascos y catalanes. Yo mismo, como sabéis, nací en Bilbao. El obispo – y aquí Unamuno señaló al tembloroso prelado que se encontraba a su lado – lo quiera o no lo quiera, es catalán, nacido en Barcelona”. Se detuvo. En la sala se había extendido un temeroso silencio. Jamás se había pronunciado discurso similar en la España nacionalista. ¿Qué iría a decir a continuación el rector? “Pero ahora – continuó Unanumo – acabo de oír el necrófilo e insensato grito, “Viva la muerte”. Y yo, que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían, he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. El general Millán Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero desgraciadamente en España hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta el pensar que el general Millán Astray pudiera dictar las normas de la psicología de la masa. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo como se multiplican los mutilados a su alrededor.” En este momento, Millán Astray no se pudo detener por más tiempo, y gritó: “¡Abajo la inteligencia!” ¡Viva la muerte!”, clamoreado por los falangistas. Pero Unamuno continuó: “Este es el templo de la inteligencia. Y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho.” Siguió una larga pausa. Luego con un valiente gesto, el catedrático de derecho canónico salió a un lado de Unamuno y la señora de Franco al otro. Pero esta fue la última clase de Unamuno. En adelante, el rector permaneció arrestado en su domicilio. Sin duda hubiera sido encarcelado, si los nacionalistas no hubieran temido las consecuencias de tal hecho. Unamuno moría con el corazón roto de pena el último día de 1936.” (1)

Quizás, no valga seguir acumulando ideas en prolongados sintagmas para expresar tanto valor. Solo me quedo con el recuerdo de un entrañable amigo, el cual, tan entusiasta por estos temas como quien suscribe y estando de vacaciones por Salamanca, se acercó hasta la Universidad para recorrer sus instalaciones. Luego de ingresar permaneció un cierto tiempo en el paraninfo, percibió un imparable escalofrío que recorrió todo su cuerpo y su alma. El viejo vasco se encontraba allí, sus palabras siguen resonando: hondas y perdurables por los claustros de la antigua universidad de los campos de Castilla.

Unamuno en la Universidad de Salamanca
Miguel de Unamuno, recorriendo el claustro de su querida Universidad de Salamanca, testigo de su última clase ante el general Millán Astray y sus acólitos…

:: Referencias ::

(1) “La Guerra Civil Española”, Hugh Thomas, España contemporánea, Editions Ruedo Ibérico – Libro IV Apartado 42, Páginas 294 a 295. – Extracto de los sucesos: “Unamuno’s last lecture” de Luis Portillo.

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