Breve historia del tipo de cambio

José Alfredo NogueiraSitio al Margen se complace en publicar, a modo de adelanto, el presente artículo que forma parte del tercer capítulo del libro “Las Reglas del Juego. Mercado de Cambios y Operaciones con Divisas”, cuyo autor es José Alfredo Nogueira y que próximamente saldrá al mercado editorial con el sello Argenta.

:: Del patrón oro a la gran depresión

A medida que el dólar fue perdiendo su liderazgo en el mundo de la primera posguerra, el oro comenzó su carrera en pos de un nuevo reinado, favorecido por la demanda que se produjo cuando importantes regiones de Europa y Medio Oriente y, posteriormente, los Estados Unidos y el Japón, permitieron su libre negociación.

En las cada vez más nutridas filas de los “fanáticos del oro” se difundieron, entonces, un sinnúmero de ilusiones acerca de este metal. Incluso, la mitología popular le asignó una aureola de verdad eterna, atribuyéndosele, además, atributos tales como la disciplina, la constancia, la estabilidad y la inmutabilidad.

Muchos, también, llegaron a afirmar que la “edad de oro” duró desde el comienzo de la historia escrita hasta épocas recientes, período que se distinguió por el crecimiento y estabilidad económicos, tipos de cambio fijos, certidumbre y bienestar general.

Todo ello no fue nada más que una enorme fábula. La adhesión generalizada al patrón oro, lejos de remontarse a épocas inmemoriales, sólo duró 35 años, desde 1879 hasta 1914. Esa prosperidad mundial se basó en los tipos fijos de cambio y éstos, a su vez, dependieron del patrón oro.

Pero, en realidad, no fue el sistema de patrón oro por sí mismo, ni siquiera el sistema vigente de tipos de cambio fijos los que lograron el éxito económico de aquella época. Más bien, el descubrimiento casual de yacimientos de oro en el Africa del Sur resultó ser el factor que llevó a crear el exitoso mecanismo monetario que posibilitó y favoreció las grandes inversiones, con una oferta mundial de dinero en rápido crecimiento. Cuando ese dinero se destinó a la adquisición de las nuevas tecnologías todas las naciones pudieron, entonces, crecer y mantener una balanza de pagos favorable bastante regular a pesar, y no gracias, a los tipos de cambio fijos.

Sin embargo, se puede afirmar que detrás de la fachada engañosa de la Edad de Oro, el patrón oro clásico llevaba consigo la semilla de su propia destrucción. Terminada la primera guerra mundial el mecanismo monetario comenzó a deteriorarse y el poder del oro empezó así su ciclo declinante.

El período entre las dos guerras se caracterizó por su inestabilidad, conviviendo durante ese lapso sistemas cambiarios con tipos fijos y fluctuantes. Por ejemplo Francia tuvo tipos de cambio fluctuantes hasta 1926 y luego tipos rígidos hasta 1936. Gran Bretaña utilizó tipos de cambio fluctuantes desde 1919 a 1925, tipos fijos hasta 1931 y de nuevo fluctuantes hasta el comienzo de la Segunda Guerra Mundial.

En 1925 Gran Bretaña retornó al patrón oro y de esa forma su divisa se transformó en moneda de reserva para muchos países que creyeron en el resurgimiento del sistema.

En verdad lo que se puso en marcha fue el nuevo concepto que se denominó “patrón cambios-oro”, con el propósito de restablecer la supremacía financiera y banquera británica.

La libra y el oro debían mantener una estrecha relación para que la moneda inglesa pudiera representar el papel de “dinero universal”. Fue este uno de los peores errores monetarios del siglo veinte.

Muy pronto Inglaterra comenzó a pagar el costo de mantener una moneda sobrevaluada: estancamiento de las exportaciones, reducción del crecimiento económico y desempleo.

El día en que comenzaba el otoño de 1931, después de una serie de quiebras de bancos en el continente europeo, una fuerte fuga de reservas obligó a Gran Bretaña a suspender de nuevo la convertibilidad de su moneda, la que pierde, entonces, un treinta por ciento de su valor.

El mundo recibió con estupor la noticia de que nuevamente se había abandonado el patrón oro, produciéndose un caos que fragmentó el orden monetario internacional en una serie de bloques monetarios competidores y hostiles. Resultó el preludio de la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo Gran Bretaña, gracias a tener ahora un tipo de cambio realista, comienza a experimentar resultados económicos favorables y, en cinco años, su producción industrial creció un 44,5 por ciento.

Franklin Delano Roosevelt fue elegido presidente de los Estados Unidos de Norteamérica en noviembre de 1932 y asumió el cargo el 4 de marzo de 1933. Cuarenta y ocho horas después EE.UU. abandonó, para siempre, el patrón oro mediante un decreto que estableció su embargo, la prohibición de su tenencia por parte de particulares y el famoso “feriado bancario”.

Durante el período 1925-1931 los países del “bloque del oro” tenían monedas depreciadas, con un notable progreso de su producción manufacturera. En cambio, los países bajo el patrón de la libra esterlina – Canadá, Japón y los escandinavos – soportaron duros períodos de estancamiento o de bajo crecimiento. Entre los años 1931-1936, sin embargo, se produce la situación inversa, mostrando los países del “Bloque del Oro” índices declinantes de crecimiento porque sus monedas estaban sobrevaluadas, mientras el Reino Unido y los países que habían devaluado tuvieron un elevado aumento de su producción.

En octubre de 1936 el gobierno izquierdista de Leon Blum, en Francia, devalúa el franco en un 26,4 por ciento en medio de agudas presiones sociales. Al año siguiente la situación empeora significativamente, perdiéndose los beneficios de aquélla depreciación de la moneda y Blum se ve obligado a renunciar. Lo sucede el gobierno de Chutemps que decreta la libre flotación del franco francés, comenzando así una nueva era en la que nunca más se volvería a la rigidez de los tipos de cambio.

Sin dudas, el período entre las dos guerras se caracterizó por una evidente incapacidad de los gobiernos para implementar políticas fiscales y monetarias coordinadas para alcanzar y mantener elevados índices de empleo, haber incurrido en el error imperdonable de adherir a sistemas de tipos de cambio fijos y de mantener la sobrevaluación de las monedas.

El mundo aprendió que aquellas políticas eran ahora formas muertas. ¿Definitivamente?

:: Bretón Woods y el “desequilibrio benéfico”

La Segunda Guerra Mundial trajo consigo el control de cambios en todas partes y terminó con una buena parte de lo que restaba del elemento de cooperación en las relaciones monetarias internacionales. Al final de esa contienda la mayoría de los países beligerantes – especialmente los perdidosos Alemania y Japón – sufrían diferentes grados de destrucción y sus economías dependían, casi exclusivamente, de los productos que se fabricaban en los Estados Unidos. Este, en cambio, había consolidado su economía, producía y usaba tecnología de avanzada, operaba al máximo de su nivel de capacidad con una eficiencia admirable y entre 1946 y 1949 pudo acumular excedentes en su balanza de pagos de, aproximadamente, 32.000 millones de dólares.

En 1943 los Estados Unidos y la Gran Bretaña comienzan las negociaciones tendientes a instaurar un sistema monetario libre, multilateral y estable, para evitar caer nuevamente en el colapso de los sistemas cambiarios de los años treinta, basados en el patrón oro, y las políticas nocivas que caracterizaron a ese período.

En el mes de julio de 1944, mientras las fuerzas aliadas avanzaban en territorio francés, en Bretton Woods, New Hampshire, Estados Unidos, representantes de cuarenta y cuatro naciones se reunían para crear un nuevo orden monetario internacional.

Los puntos fundamentales del acuerdo fueron:

* Se vuelve al sistema de tipos de cambio fijos, estableciéndose como patrón oro el precio de 35 dólares la onza de fino, debiendo los países signatarios del acuerdo definir las respectivas paridades de sus monedas según esa relación.

* Los tipos de cambio no debían sufrir modificaciones mayores al uno por ciento, en más o en menos, salvo en el caso de “desequilibrio fundamental”, situación que exigiría una devaluación o una revaluación.

* Los gobiernos se comprometían a intervenir en los mercados para sostener el valor de sus divisas, pudiendo, como alternativa, proceder a ajustar la economía interna y tomar severas medidas de austeridad para corregir los desequilibrios entre la oferta y la demanda.

* Los bancos centrales enfrentarían los desequilibrios transitorios con reservas denominadas en oro y dólares estadounidenses.

* Se dispuso la creación del Fondo Monetario Internacional, que tuvo efecto en 1946, con el propósito de que actuara como “supervisor” del nuevo sistema y actuara como prestamista, a través del también flamante Banco Internacional de Reconstrucción y Desarrollo – denominado más tarde Banco Mundial – ante los países que incurrieran en déficit transitorio en sus balanzas de pago. También, otros de sus objetivos, eran el de fomentar la expansión del comercio, el pleno empleo y la cooperación internacional, lo que dio lugar, más tarde, al Acuerdo General de Comercio y Tarifas (General Agreement on Trades and Tariffs, GATT).

Así el dólar norteamericano se constituyó en la moneda de reserva, desempeñando un papel fundamental en este nuevo sistema. Además, su libre convertibilidad en oro lo transformó, indirecta pero realmente, en un patrón de paridad y en la moneda mundial. Más tarde los EE.UU. asumirían también el manejo internacional de los desequilibrios del sistema, adoptando el papel de banquero central del mundo. Desde 1947 los norteamericanos alentaron el egreso de dólares y a partir de 1950 mantuvieron un déficit en su balanza de pagos para proporcionar liquidez a la economía internacional. El dólar afluía en los mercados a través de una serie de programas: el Plan Truman de apoyo a Grecia y Turquía, ayuda a varios países subdesarrollados y, el más importante, el Plan Marshall, de ayuda a Europa y al Japón, invirtiéndose en total l7 mil millones de dólares.

Otra fuente de liquidez del dólar para el sistema monetario internacional surgió del compromiso asumido por los norteamericanos de hacer frente a las amenazas militares del comunismo soviético.

La reconocida superioridad económica de los Estados Unidos determinó la necesidad de que las principales naciones devaluaran sus monedas para poder ajustar el sistema a las nuevas reglas de juego. Así, en 1949 Gran Bretaña devaluó en un 30,5 %, lo mismo hizo Suecia, Holanda un 30,1 %, Bélgica el 12,3 % y Canadá el 9,1 %, mientras que las derrotadas naciones del Eje tuvieron que efectuar depreciaciones mucho mayores, especialmente Alemania que, incluso, se vio obligada a cambiar su moneda.

En el curso de los años 50 y principios de la década del 60 todo transcurrió con normalidad, dentro de los parámetros establecidos. Durante ese período las relaciones monetarias entre los países fueron estables, con un apreciable incremento del comercio, crecimiento económico y armonía política entre las economías más desarrolladas del mundo.

Resultó evidente que el Fondo Monetario Internacional se convirtió en un foro importante para discutir sobre los problemas económicos y cambiarios, constituyendo este aspecto uno, o quizá el único, de los logros significativos de Bretton Woods.

Jamás, hasta ese momento, se había intentado establecer una cooperación monetaria internacional sobre una base institucional permanente. Juzgado esto desde el punto de vista de la anarquía que imperó durante los años treinta, aquel hecho, sin dudas, se convertía en un acontecimiento de proporciones históricas.

Por primera vez los gobiernos se comprometían, formalmente, a observar el principio de la responsabilidad colectiva para administrar el orden monetario en el mundo.

Sin embargo, como contrapartida, el otro hecho destacable de ese período fue el importante y creciente déficit que fue acumulando los Estados Unidos en su balanza de pagos, al convertirse en el comprador de todo lo que producían Alemania y el Japón.

Los norteamericanos adoptaron la política denominada del “desequilibrio benéfico” para permitir y apoyar la recomposición de las economías de aquellos países y construir así el más formidable obstáculo para evitar la penetración comunista.

:: El “descuido benigno” y la caída del dólar

Las Reglas del JuegoEn la década del 50 Europa vivía sin mayores inquietudes, amparada por rígidos controles de cambio, con sus monedas inconvertibles y procurando llenar las arcas de sus bancos centrales con dólares, creyendo que de esa manera se podría evitar el terrible flagelo de la probable escasez de la poderosa divisa, líder indiscutible del momento.

Pero aquella tremenda obsesión al fin se convierte en la crisis de la abundancia. Hacia 1958 los países comienzan a darse cuenta de que la ansiedad que los había dominado durante tantos años había resultado excesiva y que la acumulación de dólares en sus cuentas de reserva no les servía para nada.

Así, pues, la mayoría de los países europeos comienzan a restablecer la convertibilidad de sus monedas y, consecuentemente, algunos a liberar sus tipos de cambio. Recurriendo a los acuerdos de Bretton Woods muchos disponen, entonces, canjear sus dólares por el oro de los Estados Unidos, provocando una alarmante corrida en pos del metal equivalente a 5.100 millones de dólares.

El año de 1958 se constituyó, evidentemente, en un hito importante porque los países comprendieron que la convertibilidad de sus monedas proporcionaba una economía mundial mucho más libre en el campo del comercio y de las inversiones, ante un dólar que empezaba a mostrar su debilidad. Dos años después esa debilidad comenzó a manifestarse con mayor fuerza y la incertidumbre sobre el futuro de la moneda estadounidense provoca una estampida del precio del oro en los mercados libres, no regulados.

Los principales países junto a los EE. UU., deciden, entonces, llevar a cabo una acción concertada en los mercados para defender el precio de 35 dólares la onza. Finalmente, en 1958, ante la enorme presión de los operadores, aquella acción mancomunada, que se creía indestructible, termina en el peor de los fracasos. Una vez más el mercado gana la batalla y el sistema de Bretton Woods se conmueve peligrosamente, volviéndose a reimplantar la convertibilidad de las monedas europeas.

Desde su origen, a mediados de la década del 50, el mercado de eurodivisas se expandió rápidamente hasta convertirse en un mercado financiero internacional amplio y profundo, sujeto apenas a un mínimo de orientación, supervisión y reglamentación gubernamentales y en los años sesenta se convirtió en el principal instrumento de la especulación privada contra las paridades cambiarias oficiales.

Pronto comenzaron las discusiones sobre el sistema cambiario vigente y un número creciente de personas influyentes empezó a percibir, cada vez más claramente, que la flexibilidad de los tipos de cambio podía ser la salvación.

Era ya muy evidente que el dólar debía devaluarse, afirmación que adquirió aún mayor fuerza a partir del (nuevo) fracaso colectivo en defensa de la sobrevaluada libra esterlina, la que finalmente sufrió una fuerte devaluación en 1967, provocando grandes pérdidas a los bancos centrales en beneficio de los especuladores.

Fueron los republicanos de los EE. UU., quienes mejor interpretaron la grave situación por la que atravesaba el sistema monetario internacional ante la evidente debilidad del dólar. En sus filas, eminentes economistas comenzaron a delinear una de las estrategias más increíbles de la historia financiera mundial.

La denominada política del “descuido benigno” constituyó, sin dudas, la más formidable y eficaz medida dispuesta durante el gobierno de Nixon para inducir la tan necesitada devaluación del dólar. El no hacer nada fue, entonces, una característica distintiva de los responsables del manejo monetario de los Estados Unidos, mientras los dólares afluían fuera del país y su suerte quedaba en manos extranjeras.

El juego de la oferta y la demanda comenzó a mostrar, poco a poco, un resultado que inclinaba la balanza claramente en favor de los primeros, con lo que la acción mancomunada de los bancos centrales del resto de los países hacía que éstos acumularan reservas para tratar de impedir la irremediable caída final.

En agosto de 1971 la situación ya era insostenible. Estados Unidos soportaba su peor crisis comercial cuando el subcomité Reuss del Comité Económico Conjunto del Congreso de ese país, organismo sumamente respetado, señaló en un informe que ya no se podía mantener un dólar sobrevaluado, sugiriendo que los Estados Unidos “posiblemente no tenía más alternativa que adoptar medidas unilaterales que le permitieran separarse del oro y establecer nuevas paridades para el dólar”.

Finalmente, el domingo 15 de agosto de 1971 el presidente Richard Nixon anunció la suspensión de la convertibilidad del dólar. De esa manera, abruptamente, concluyó su azarosa vida el sistema creado en Bretton Woods que, en realidad, no funcionó nunca o casi nunca.

Muchos creyeron que aquélla había sido una medida temporaria y que muy pronto el sistema volvería a la normalidad, reasumiendo EE. UU. su obligación de restablecer la convertibilidad.

Sin embargo, muy pocos se dieron cuenta de que se había iniciado un nuevo proceso de cambio profundo en las estructuras culturales que habían predominado hasta ese momento. Las opiniones que comenzaron a prevalecer advertían que cualquier nueva pauta sobre tipos de cambio fijos caería en el peor de los fracasos. Y así ocurrió.

El 18 de diciembre de 1971 el Grupo de los Diez, integrado por las principales naciones del mundo, y con los auspicios del Fondo Monetario Internacional, convino en poner en vigencia un nuevo sistema que se denominó Acuerdo Smithsoniano (Smithsonian Agreement) y que significó la vuelta al sistema de tipos fijos, la raíz de los problemas.

Los Estados Unidos aceptaron así elevar el precio del oro de 35 a 38 dólares la onza, devaluando el 7,89 %, al mismo tiempo que los países europeos, excluida Francia, y el Japón revaluaban sus monedas en un 7,66 por ciento.

Simultáneamente se adoptó un sistema de tipos de cambio fijos con una banda de flotación, en más o en menos, de hasta el 2,25 por ciento. Los bancos centrales se comprometían a mantener dentro de este margen la paridad de las correspondientes divisas, debiendo intervenir activamente en los mercados para cumplir con ello. Lo interesante para destacar es que el nuevo Acuerdo no hizo más que convalidar los precios que ya regían en el mercado, es decir, que los “valores centrales” establecidos reflejaron el resultado de la libre flotación de las divisas en los breves cuatro meses anteriores.

“El mayor acuerdo monetario en la historia del mundo”, como lo llamara Nixon, duró sólo poco más de un año. Pronto, inmensos flujos monetarios condujeron a renovadas presiones sobre los tipos de cambio convenidos en el acuerdo smithsoniano y proliferaron los controles nacionales para aliviar las presiones sobre los mismos.

En junio de 1972, Gran Bretaña e Irlanda dejan flotar sus monedas y una nueva crisis monetaria comenzó en enero y febrero de 1973. Ni siquiera una segunda devaluación del dólar del 10 por ciento pudo salvar el sistema de cambio fijos. Para marzo de 1973 todas las principales monedas del mundo habían retirado su apoyo a los tipos de cambio fijos y éstos estaban flotando. El sistema creado en Bretton Woods, que en realidad había perecido el 15 de agosto de 1971, fue finalmente enterrado.

:: El Sistema Monetario Europeo (EMS)

El 18 de diciembre de 1978 los países integrantes de la Comunidad Económica Europea (EEC) deciden institucionalizar un acuerdo tendiente a lograr una necesaria estabilidad cambiaria. Nace así el Sistema Monetario Europeo (European Monetary System – EMS), también llamado Serpiente Monetaria Europea, con el objetivo básico de moderar la inestabilidad de los tipos de cambio de las monedas de los países de la Comunidad, que en su momento integraban Alemania, Inglaterra, Francia, Holanda, Italia, Bélgica, Dinamarca, Irlanda y Luxemburgo.

Para alcanzar el objetivo señalado se establece un sistema de tipos de cambio fijos pero ajustables, procurándose una cooperación monetaria y económica mucho más estrecha entre los países miembros y la coordinación, por parte de los respectivos bancos centrales, de las políticas monetarias y financieras.

Los fundamentos del EMS, que finalmente pudo entrar en vigencia recién el 13 de marzo de 1979, son tres: la unidad monetaria europea, el indicador de divergencia y el sistema común de financiación.

Al efecto se crea, entonces, una moneda común que se denomina ECU (European Currency Unit), compuesta por determinados porcentajes de cada una de las monedas integrantes del sistema. Esta divisa constituye la piedra angular del EMS y sus funciones principales son:

  •  Es usada como unidad de referencia para el cálculo de los tipos de cambio de las monedas que participan del sistema.
  • Constituye el patrón que se utiliza para calcular el indicador de divergencia de los tipos de cambio de las diferentes monedas con relación al promedio comunitario.
  • Se utiliza como unidad de cuenta para liquidar todos los créditos y débitos del Fondo Europeo de Cooperación Monetaria (FECOM).
  • Las monedas de los países integrantes del acuerdo pueden fluctuar, dentro de ciertos límites, cada una en relación con las otras y todas contra el ECU. Los márgenes de fluctuación entre dos monedas, con respecto a sus respectivas paridades podían ser, en más o en menos, del 2,25 por ciento, lo que equivalía a un máximo de volatilidad permitido del 4,5 por ciento. Había dos excepciones: la lira italiana tenía un margen autorizado de hasta el 6 por ciento y la libra esterlina no participaba de este mecanismo (recién ingresó en octubre de 1990).

De acuerdo con el SME cuando una moneda determinada alcanza su límite respecto de otra los dos bancos centrales involucrados tienen que intervenir en los mercados para impedir que se amplíe la brecha. Si esto no funcionara los gobiernos están obligados a modificar sus políticas monetarias para poner fin a la presión sobre la moneda de que se trate. Si aquélla persistiera, ocasionando una fuerte pérdida de reservas, entonces no habrá más remedio que hacer los ajustes necesarios en las paridades centrales.

El SME sufrió fuertes embates en sus turbulentos primeros años, caracterizados por frecuentes cambios en las relaciones de sus monedas. Hubo ocho realineaciones entre la fecha de su creación, en 1979, y mediados de 1983. Después el sistema funcionó sin mayores contratiempos, gracias a un acortamiento en los índices inflacionarios entre los países más importantes, especialmente Francia y Alemania.

En la segunda mitad de la década del 80 el SME resultó un ancla monetaria eficaz para obligar a los países de la Comunidad a seguir estrictas políticas monetarias diseñadas por el Bundesbank (banco central de Alemania) con el fin de erradicar la inflación de sus economías.

No hubo realineamientos en el SME en 1984, sí fue necesario uno en 1985, dos el año siguiente y uno importante en 1987. En enero de este año fue preciso realizar un ajuste general en las paridades debido al fortalecimiento del marco alemán y el debilitamiento del franco francés.

Tras esa crisis el sistema entró en un ciclo sin perturbaciones, poniéndose el énfasis en la consolidación del mismo mediante la incorporación de nuevas monedas y el estrechamiento de los márgenes de fluctuación. España decidió el ingreso de la peseta en junio de 1989, con un margen de fluctuación fijado en el 6 %, y en enero de 1990 Italia, uno de los fundadores, desplaza su divisa a la banda del 2,25%.

En octubre de 1990 Gran Bretaña puso fin a 11 años de aislamiento, cabildeos y dudas, incorporando la libra esterlina al SME en el margen amplio del 6 por ciento. Portugal hizo lo propio en abril de 1992, dejando a Grecia como el único miembro de la CEE que no está afiliado al club monetario.

En aquel entonces nadie se imaginaba que el sistema viviría su peor crisis al final del verano de 1992. Ese año había comenzado muy bien con el optimismo y entusiasmo que había producido la firma del Tratado de Maastricht, extraordinario hecho histórico que tuvo lugar el 7 de febrero. Pero a mediados del año comenzaron los problemas. Los daneses, inesperadamente, rechazaron aquél acuerdo en una votación realizada el 2 de junio y, mientras tanto, en Francia crecían las opiniones contrarias con vistas al referéndum nacional convocado para el 20 de septiembre, con idéntico fin. La incertidumbre generalizada provoca fuertes tensiones en los mercados cambiarios, acrecentándose las presiones sobre la libra esterlina, la lira italiana y la peseta, las monedas más débiles del sistema.

La crisis, entonces, avanza inexorablemente y el mes de septiembre se convierte en su escenario. El día 8 Finlandia separa a su moneda, el markka, de la Unidad Monetaria Europea (ECU), provocando una espectacular corrida contra las divisas nórdicas. Suecia se ve obligada a elevar su tasa de interés del 25 al 75 % y más tarde al 500 para proteger la corona.

El 13 la lira sufre una devaluación efectiva del 7 por ciento y Alemania anuncia la rebaja de sus tasas de interés, lo que se concreta al día siguiente. Los mercados siguen apostando en contra del sistema y durante los días 14, 15 y 16 se producen masivas ventas especulativas de las monedas más débiles del SME, situando a la libra esterlina, la lira y a la peseta por debajo de sus pisos permitidos. Los bancos centrales intervienen fuertemente para apoyar a las tres monedas, pero no pueden lograrlo a pesar de utilizar miles de millones de dólares en una batalla que resultó infructuosa.

Comienza así el principio del fin. El 16, llamado el “miércoles negro”, tras una jornada agobiante, Gran Bretaña anuncia el retiro de la libra del sistema y el Comité Monetario de la Comunidad Económica se reúne a la medianoche en medio de una tensa expectativa. En la madrugada del jueves 17 de septiembre de 1992, luego de una reunión que duró seis horas, el Comité dio a conocer un comunicado en el que informó sobre las decisiones adoptadas por Gran Bretaña e Italia de desvincular sus respectivas monedas del mecanismo de paridad cambiaria y, a pedido de España, una realineación de su divisa dentro del sistema. La peseta fue devaluada en un 5 por ciento.

El sistema continuó después con una interminable sucesión de problemas y reiteradas sensaciones de eminentes nuevas crisis. España, uno de los países más golpeados por la inestabilidad, se ve obligado a devaluar su moneda tres veces en tan solo ocho meses.

La grave situación que experimenta Alemania después de su reunificación repercute negativamente en los restantes países europeos, que le reclaman una rebaja de sus altas tasas de interés. El país más perjudicado resulta ser Francia, convirtiéndose el franco francés en el blanco de los especuladores. El Bundesbank se ve obligado, el 22 de julio de 1993, a intervenir masivamente en los mercados para evitar que la divisa gala traspasara la frontera de 3,4305 francos por marco y desbaratara así todo el mecanismo de cambios.

No obstante el SME entra en una etapa decisiva. Si no se hacen los ajustes necesarios el acuerdo europeo de cotización de monedas habrá llegado a su fin. El 2 de agosto de 1993 fue la fecha elegida, convirtiéndose ese día en otro hito importante en la historia de los sistemas cambiarios. Los funcionarios de la Unión Europea deciden, entonces, ampliar drásticamente la banda de fluctuación de las divisas, con las excepciones del marco alemán y el florín holandés, del 2,25 por ciento al 15 por ciento, en más o en menos. Termina así, en la más resonante frustración, el último intento de mantener indefinidamente un sistema de tipos de cambio fijos.

:: Conclusión: ¿Tipos de cambio fijos o flexibles?

La encrucijada que aún pretenden plantear algunos sobre la alternativa de tener que elegir entre los sistemas de tipos de cambio fijos o flexibles, quizá hoy ya no tenga ningún sentido, ni práctico ni científico.

Las numerosas y dolorosas lecciones de la historia del último siglo y medio han demostrado claramente que, en esta materia, como en muchos otros aspectos de la vida de relación de la humanidad, se cometieron gravísimos errores que, incluso, sumieron al mundo en el peligro de su autodestrucción.

Los tipos fijos demostraron ser ineficaces para controlar los movimientos monetarios, sus rigideces entorpecieron y demoraron las medidas correctivas necesarias, fueron campo propicio para la acción de las más salvajes especulaciones desestabilizadoras y, finalmente, terminaron en el mayor de los fracasos.

¿Qué queda entonces?. Queda la formidable enseñanza de las últimas dos décadas. El mundo ha comprendido, definitivamente, que las guerras y los desacuerdos económicos han sido la peor de sus desgracias y comienza, entonces, una nueva etapa, un nuevo orden en las relaciones recíprocas entre los países que asumen, espontáneamente, una mayor responsabilidad.

Los poderosos se dan cuenta que no basta sólo con esa condición para dar bienestar y seguridad a sus pueblos, que la cosa va mucho más allá de la fuerza y la riqueza. Se comienza a percibir un cambio fundamental: la necesidad del diálogo franco, la cooperación y el acuerdo.

Y, efectivamente, el mundo produce, cuando menos se lo esperaba, un cambio increíble y espectacularmente favorable en sus relaciones.

Entendió, al fin, que la libertad de unos termina donde comienza la libertad de los otros y que las sangrientas luchas de antaño, como la desgastante y tremendamente inútil Guerra Fría de la postguerra, sólo habían provocado daños y horrores que la humanidad, de ninguna manera, podría llegar a repetir.

Así comenzaron a sucederse, entonces, los hechos más increíbles y trascendentes de los últimos tiempos: la estrepitosa caída del muro de Berlín y la reunificación de Alemania, la desaparición de la Unión Soviética, la democratización de los países del Este, los profundos cambios en la China, la incipiente apertura de los mercados en el Japón, la formidable unión comercial que han producido los países europeos y los tres países del Norte de nuestra América, como así también los esfuerzos que aún están realizando los del Sur en el mismo sentido, los que se realizan para un acuerdo definitivo de paz entre árabes e israelíes y el reconocimiento al derecho del pueblo palestino.

Hoy ya no quedan dudas de que el nuevo camino es el del diálogo, la cooperación y el acuerdo. Se han tenido que cambiar los clásicos conceptos de soberanía e independencia por los de interrelación e interdependencia, rompiéndose, para siempre, con los arcaicos y ya perimidos esquemas nacionalistas del aislamiento con fronteras cerradas para “vivir con lo nuestro”.

Ha quedado, también, perfectamente claro que hoy ningún país puede decidir medidas económicas o políticas que afecten al resto sin obtener, previamente, el consenso de aquellos. Y ha quedado igualmente claro que el verdadero mundo es un mundo en el que hay que negociar todo y que la solución práctica de los problemas siempre ha dependido mayormente de las discusiones formales e informales dentro de las elites transgubernamentales.

Por eso, a pesar de algunos rezagados, ya no se puede dudar de cuál es el sistema que ha demostrado ser más eficaz para regir las relaciones cambiarias entre los países dentro del nuevo orden descripto. Lógicamente es el sistema de tipos de cambio flexibles, no totalmente libre porque la libertad no es absoluta en un mundo de relaciones, pero sí adecuado e inteligentemente administrado.

Y aquí es necesario, entonces, introducir el tema de la administración, por ser ésta condición ineludible en el camino elegido. La variable clave sujeta al manejo de un sistema de flotación administrada es, por supuesto, la tasa cambiaria.

Al respecto, los acuerdos entre los grandes países descuentan que el primero de los principios que deben respetar es el de no intervenir en los mercados cuando éstos actúan de acuerdo con las tendencias correctas.

Han sido establecidas diversas pautas para mantener este sistema de cotizaciones dentro de carriles más o menos estables, que los países cumplen sin grandes dificultades, manteniendo una estrecha relación informativa y de consulta permanente.

Aquéllas recomendaciones hacen especial incapié en las políticas internas, dado que la obligación primordial de los gobiernos, precisamente, es la de conservar condiciones monetarias y económicas estables para que todo este sistema pueda funcionar adecuadamente.

En ese mismo sentido también es convicción general que mantener una balanza de pagos en equilibrio, y en crecimiento, es una de las principales tareas de esa política y condición indispensable para tener tipos de cambio libremente “estables”.

“La capacidad de los tipos de cambio libres – dijo Hermann Max – para adaptarse fácil y rápidamente a cualquier cambio en la situación general de los negocios, hace de ellos instrumentos muy eficaces para regular la balanza de pagos y con resultados más satisfactorios que intervenciones engorrosas del burocratismo administrativo. Son tipos de cambio de equilibrio, que ajustan ingresos y egresos, créditos y débitos de la balanza de pagos, sin necesidad de mayores regulaciones artificiales”.

Pero dentro de su libertad de reacción los tipos de cambio libremente fluctuantes no deberían ser pronunciadamente inestables mientras la economía de un país se desarrolla en forma normal, es decir, sin estar expuesta a influencias inflacionistas o deflacionistas, particularmente de carácter monetario. Uno de los principales prejuicios contra la libertad de cambios es el temor de muchos de que las monedas se conviertan en juguetes de la especulación. Sean cuales fueran los motivos que impulsen a los operadores a esa acción convendrá siempre averiguar, en todos los casos, las causas y deducir de ellas conclusiones inteligentes respecto de si pueden tener alguna justificación. Las medidas que se decidan tomar como consecuencia deberán ser muy cuidadosas en resguardar primero el debido respeto al sistema y luego aceptadas por el mercado.

“En un mundo imperfecto no hay soluciones perfectas. Existe el potencial de mejoramiento pero éste es finito, no infinito. La aspiración debe templarse con la humildad. El orden monetario puede organizarse mejor, tanto la eficiencia como la consistencia pueden promoverse. Sin embargo, nada puede asegurar todo el tiempo que las relaciones monetarias siempre permanecerán estables y libres de conflictos de política… En realidad a lo que se puede aspirar es a reducir a un mínimo la probabilidad de que dichos problemas ocurran y a limitar el grado de sus daños cuando se presenten. Nunca podemos pensar en eliminarlos completamente”. Benjamín J. Cohen

 

José Alfredo Nogueira:: El autor

José Alfredo Nogueira es actualmente Corredor de Cambio, presidente de Forex Argentina ACI-The Financial Markets Association y titular del Comité de Etica de la Asociación Argentina de Corredores de Cambio. Anteriormente, se desempeñó como Vice Presidente del Chemical Bank, a cargo de operaciones con divisas en la sucursal Buenos Aires, habiendo también tenido bajo su responsabilidad funciones similares en The Manufacturers Hannover Trust Co. y en The Chase Manhattan Bank.

This entry was posted in Historia. Bookmark the permalink.

One Response to Breve historia del tipo de cambio

  1. Maria Fernanda Flores says:

    Actualmente estoy estudiando la Maestría en finanzas y estoy investigando sobre la volatilidad del tipo de cambio en Europa, Norteamérica, Latinoamérica y Asia-Oceanía, desde el año 1950. En internet sólo aparecen los últimos 10 años, me gustaría mucho saber si tiene alguna información al respecto.
    Gracias y se le saluda.

Deja un comentario