“La esperanza” de André Malraux: utopía y organización revolucionaria como fuerzas contrapuestas

André MalrauxCon motivo del 70ª aniversario del inicio de la Guerra Civil Española Sitio al Margen publica el siguiente artículo de Juan Ignacio Pocorobba (Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires), que es una ponencia presentada en las Jornadas “La mirada de la historia y la invención del futuro. La utopía contraataca. Episodio I”, organizadas por las cátedras de Historia de España e Historia Contemporánea, en la Universidad de Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras, los días 9, 10 y 11 de Noviembre de 2005.

:: Introducción

André Malraux en España...“La Esperanza” es una novela escrita por el intelectual y político francés André Malraux durante la Guerra Civil Española, a partir de sus experiencias en el transcurso del primer año del conflicto. Malraux llega a España en Mayo de 1936, como delegado de la Asociación Internacional de Defensa de la Cultura, en medio de un clima de gran efervescencia política y social. A partir del estallido de la guerra, el 19 de Julio de 1936, se dedica de lleno a la organización de una escuadrilla aérea en apoyo de la República que luego llevaría su nombre. Si bien estaría casi confirmado que Malraux no participó de ningún vuelo, su labor al frente de la escuadrilla fue sumamente importante. El se encargó, entre otras cosas, del reclutamiento de pilotos, la obtención de aparatos, casi siempre vetustos, dado el bloqueo impuesto por las principales potencias europeas, la recolección de fondos y las tareas de propaganda. Su destino quedó atado al de la República hasta casi la finalización de la guerra, cuando unos días antes de la caída de Barcelona en manos de los nacionalistas, se vio obligado a abandonar España para no regresar jamás. Antes de ello, tuvo tiempo de filmar una película titulada “Sierra de Teruel” en colaboración con Max Aub, donde se narraban algunos combates de la escuadrilla.

:: Proceso revolucionario o “apocalipsis”: ¿como interpretar el triunfo parcial de las izquierdas el 19 de Julio de 1936?

Analizar “La Esperanza” implica meternos de lleno en una guerra en la cual, quizás más que en ninguna otra, los ideales más elevados se enfrentaron cara a cara con las realidades más urgentes. La novela comienza en las calles de Madrid y Barcelona, el 19 de Julio de 1936, cuando una buena parte de los trabajadores españoles, organizados por sindicatos y partidos de izquierda, consiguen frenar la intentona golpista impulsada por las fuerzas reaccionarias.

La victoria parcial de las fuerzas de izquierda en poco más de la mitad de España desata dos fenómenos de gran importancia a la hora de comprender lo que vendría. Por un lado, el golpe militar, que la derecha supuso que le iba a permitir hacerse con el poder en un par de días, fracasa, y con ello comienza un conflicto civil donde quedará involucrada la totalidad de la población española, ya sea en uno u otro bando. Por el otro, los anarquistas de la CNT-FAI, los marxista-leninistas del POUM y el ala izquierda del PSOE lanzan un verdadero proceso revolucionario. En Barcelona, los servicios públicos y las fábricas son socializados por sus trabajadores. Las columnas que parten de la ciudad condal colectivizan las tierras de muchos de los pueblos que encuentran a su paso. Las colectivizaciones alcanzan un ímpetu mucho mayor en las regiones como Cataluña, Levante y Aragón, donde la citada constelación de fuerzas era hegemónica.

El aparato estatal de la República, en manos del inoperante gobierno de la izquierda republicano-burguesa, al que parecían inspirarle mayor temor los obreros armados que los mismos militares sublevados, se fragmenta en una innumerable cantidad de comités locales, quienes pasan a organizar todos los aspectos de la vida cotidiana. Algo muy similar ocurre con el monopolio de la fuerza física, el cual queda en manos de las milicias populares, organizadas apresuradamente por los partidos políticos para frenar la insurrección, pero que pronto pasan a desempeñar funciones de control en la retaguardia y, al mismo tiempo, intentan detener el avance nacionalista.

Las primeras semanas de la guerra están marcadas por un clima de gran fervor revolucionario. Las fotografías de grandes multitudes marchando con el puño en alto, milicianos realizando una apresurada instrucción militar y barricadas improvisadas, recorren toda Europa. Muchos de los extranjeros presentes en aquel momento se sintieron vivamente impresionados por el espectáculo del cual estaban siendo testigos y, en muchos casos, protagonistas privilegiados.

George OrwellPodemos tomar como ejemplo a George Orwell, quien pese a llegar a Barcelona recién en Noviembre 1936, cuando ya el proceso revolucionario desencadenado en Julio entraba en franco declive, se muestra maravillado ante el aspecto de la ciudad y afirma: “Por primera vez en mi vida, me encontraba en una ciudad donde la clase trabajadora llevaba las riendas… Casi todos los edificios, cualquiera fuera su tamaño, estaban en manos de los trabajadores y cubiertos con banderas rojas o con la roja y negra de los anarquistas; las paredes ostentaban el martillo y la hoz y las iniciales de los partidos revolucionarios; casi todos los templos habían sido destruidos y sus imágenes quemadas… En toda tienda y en todo café se veían inscripciones que proclamaban su nueva condición de servicios socializados; hasta los lustrabotas habían sido colectivizados y sus cajas estaban pintadas de rojo y negro…” (Orwell, 1996: 22) i. A partir de ese momento, el escritor inglés apoyará este proceso con todas sus energías. Inmediatamente, se enrola en la milicia del POUM y marcha hacia el frente de Aragón. Ello le valdrá la persecución por parte de los agentes de Stalin, obligándolo finalmente a abandonar España en forma apresurada hacia mediados de 1937.

La actitud de Malraux será diametralmente opuesta. El francés nunca verá con buenos ojos el “desorden organizado”, alentado por los anarquistas sobre todo. Donde muchos veían una revolución social, él verá improvisación, luchas estériles entre partidos y heroísmo sin sentido. Para tratar de comprender su actitud, debemos tener en cuenta un hecho fundamental: el escritor francés será, a lo largo de todo el conflicto, uno de los principales portavoces del Partido Comunista Español y de la III Internacional controlada por el Kremlin.

Josef StalinLa filiación política de Malraux en ese momento determinará dos cosas. Primero, como buen comunista, verá con desconfianza cualquier iniciativa de la clase trabajadora que escapara al férreo control del partido. Como afirma Ronald Fraser, “en el programa del Comintern la marcha hacia el socialismo sólo podía estar dirigida por un Partido Comunista” (Fraser, 1984: 198) ii. Segundo, en 1936, la estrategia del Frente Popular impuesta por el Kremlin desde 1935 estaba en franca contradicción con la revolución protagonizada por anarcosindicalistas, poumistas y socialistas de izquierdas. Según los ideólogos de la III Internacional, convertida por ese entonces en un apéndice de la URSS, el avance del Fascismo en toda Europa imponía la necesidad de relegar a un segundo plano la lucha directa contra el sistema capitalista. La meta de la revolución socialista debía archivarse en forma temporaria. En su lugar, los partidos comunistas de todo el globo debían establecer alianzas con los demócratas burgueses para formar así un frente común contra el fascismo. El intento de acercamiento de Stalin hacia las dos democracias burguesas europeas más poderosas, Gran Bretaña y Francia, guardaba una estrecha relación con la reconversión del comunismo.

Para los comunistas, en España no estaban dadas las condiciones para una revolución puramente proletaria. El proceso revolucionario español se había adelantado en su fase histórica. Sólo había lugar para una revolución democrático-burguesa, en virtud de la cual, el partido debía hacer los mayores esfuerzos para atraerse a la pequeña burguesía republicana, aterrada por la revolución y temerosa de perder la guerra si continuaba aquello que Malraux, con cierto dejo despectivo, llamaba “apocalipsis”, es decir, el supuesto “caos revolucionario”.

:: La guerra como límite de la utopía revolucionaria

Con el correr de las semanas, las derrotas de las milicias fueron transformando a la guerra en el problema más urgente. Dentro del bando republicano, como en prácticamente todos los temas, existían profundos desacuerdos sobre la conducción del conflicto. Los comunistas, aliados de los republicanos burgueses y los socialistas de derecha, eran partidarios de la conformación de un gobierno fuerte y centralizado, a partir del cual se podría emprender la creación de un ejército regular que reemplazara a las milicias. Su consigna era clara, primero ganar la guerra y recién después llevar a cabo ¿sí? la revolución.

Gral. José MiajaUn gran inconveniente era que la palabra militar, ya de por sí, y todo lo que estuviera asociado al ejército como tal y a la oficialidad especialmente, generaba muchas reservas entre los líderes obreros de la República. Raymond Carr, en su trabajo titulado “La tragedia española”, sostiene que prácticamente ninguno de los mismos compartía la idea de León Trotsky de que “un ejército revolucionario debía utilizar lo mejor posible las capacidades existentes en el anterior cuerpo de oficiales” (Carr, 1986: 154) iii. No faltaban hechos para justificar esta actitud; fueron muy numerosas las deserciones de oficiales aparentemente leales hacia el bando nacionalista. Aquellos que no pudieron escapar pasaron a engrosar la quinta columna o se desempeñaron como agentes encubiertos hasta el cese de las hostilidades. Sin embargo, los buenos vínculos desarrollados por las citadas fuerzas políticas con algunos oficiales y militares de alta graduación, los casos de Rojo y Miaja serían los más notables, le otorgaban cierto crédito al proyecto del ejército regular.

La izquierda más consecuente se inclinaba por la opción inversa. Ellos sostenían que la guerra civil era una guerra revolucionaria y, como tal, no podía hacerse del modo tradicional. En caso contrario, los trabajadores perderían el espíritu revolucionario que los empujaba a volcarse masivamente hacia los distintos frentes de combate. Además, los nacionalistas tenían un ejército, soldados adiestrados y armamento en cantidad y calidad superiores, por lo que era muy poco inteligente plantear la guerra en los mismos términos. Por todo ello, las milicias debían ser mantenidas. No sólo porque expresaban el carácter igualitario de la revolución, sino que también constituían el mejor instrumento para salvaguardar las conquistas de Julio.

Así y todo, había un dato irrefutable, y era que en el frente sur, los milicianos retrocedían desordenadamente ante el avance de las columnas motorizadas del ejército del norte de Africa que había cruzado el Estrecho de Gibraltar desde sus bases de Marruecos, gracias al puente aéreo montado por los aviones de transporte Junkers 52 de la Luftwaffe. Esta era la única fuerza respetable, en términos estrictamente militares, del bando nacionalista. Frente a esta amenaza, el idealismo no alcanzaba. Fraser señala acertadamente que “las milicias descentralizadas eran suficientes al comienzo, pero resultaron no serlo para la tarea de librar una guerra regular” (Fraser, 1984: 196) iv. Cualquier tipo de labor constructiva emprendida por los trabajadores españoles se vería reducida a cenizas si Franco no era detenido. Por ello, la necesidad de constituir una fuerza militar organizada y eficiente se volvió una cuestión de vida o muerte para todas las organizaciones políticas de la izquierda española, ya sea que lucharan por una república democrático-burguesa o por una revolución social.

Gral. Francisco FrancoDurante los días previos a la caída de Toledo en manos de Franco, tiene lugar una interesante discusión entre Manuel García, militante del PCE y personaje principal de la novela, y Magnin, aviador francés al servicio de la República, en la que el primero sintetiza los argumentos del PCE y, por consiguiente, del propio Malraux, con respecto al problema de la guerra y la disciplina.

Para Manuel, el gobierno republicano y la izquierda en general encaraban mal la guerra contra los nacionalistas. La guerra civil era una guerra de carácter técnico debido al rol creciente que jugaban la aviación, las fuerzas motorizadas y los tanques, pero en el bando republicano no se tenían en cuenta estos factores y se pretendía conducirla “hablando sólo de sentimientos” (Malraux, 1978: 114) v. A partir de dicha concepción, se caía en el error de pensar que a las fuerzas de Franco se las podía enfrentar con recursos estratégicos tan anacrónicos como las barricadas, cuando las mismas habían sido creadas originariamente para enfrentar a las fuerzas reales de caballería y no a tanques y aviones.

Dentro de las filas de la izquierda, siempre siguiendo la argumentación de Manuel, había “dos o tres mitos bastante peligrosos”, que también contribuían a generar ideas erróneas sobre la conducción del conflicto (Malraux, 1978: 115) vi. En primer lugar, se creía ingenuamente que el artífice exclusivo de la Revolución Francesa había sido el “Pueblo”, lo cual inducía a muchos militantes izquierdistas a pensar que con armamento precario se podía vencer a un ejército profesional. Según las propias palabras de Manuel, “de que cien picas puedan vencer a malos mosquetes no se infiere que diez escopetas puedan vencer a un buen avión” (Malraux, 1978: 115) vii. En segundo término tendríamos la Revolución Rusa, que para Manuel habría complicado aún más las cosas, pues los bolcheviques utilizaron masivamente las barricadas y lograron vencer al ejército zarista, pero no se hacía la importante salvedad de que el segundo no disponía de armas modernas (Malraux, 1978: 115) viii.

En base a los argumentos expuestos anteriormente, Manuel propone tomar dos nuevas líneas de acción: atraerse la mayor cantidad posible de “especialistas” militares, que finalmente serían enviados por la URSS, para reemplazar a los improvisados jefes obreros de las milicias, y la formación de un ejército regular “eficaz” y “disciplinado” (Malraux, 1978: 116) ix. Utilizo las comillas para las dos últimas palabras porque llevan a Magnin a esgrimir un planteo de carácter moral, cuestionando el parecer de Manuel: “los hombres no se hacen matar por la técnica y la disciplina” (Malraux, 1978: 116) x. Es decir, no era correcto sacrificar los ideales revolucionarios en nombre de conceptos tan fríos y aparentemente tan lejanos de la sociedad que pretendía erigir una buena parte de la clase trabajadora española.

Los argumentos sostenidos por un militante anarquista apodado “Negus” 1 en una discusión posterior con Manuel y otros militantes comunistas en la misma Toledo, se alejan todavía más de la postura del PCE.

El “Negus” despreciaba la táctica y la estrategia revolucionaria porque, según él, conducían a establecer acuerdos con los burgueses y transigir en ciertas cuestiones muy caras a la ideología libertaria, como la creación de un ejército para sustituir a las milicias. Con respecto a los comunistas, los acusa directamente de haberse vuelto curas, pues pensaba que su fidelidad hacia el partido podía ser perfectamente equiparable a la fidelidad del clero hacia la Iglesia (Malraux, 1978: 199) xi. Pero, para el militante anarquista, la diferencia más notoria entre sus compañeros y los comunistas estribaría en los valores defendidos por cada uno. Mientras los primeros privilegiaban la fidelidad y la solidaridad, la cual se expresaría en hechos concretos como las siete huelgas de solidaridad para con los presos de Asturias organizadas por la CNT -FAI desde 1934, los comunistas se manejarían dentro de una lógica fría, utilitaria e instrumental, en el marco de la cual priorizarían valores como la astucia, la disciplina y la fidelidad (Malraux, 1978: 199) xii.

La frase del “Negus” que sintetizaría su forma de pensar, así como la del grueso de los militantes libertarios, sería la siguiente: “Los partidos son hechos para los hombres, no los hombres para los partidos… Nosotros no queremos hacer ni un Estado, ni una Iglesia, ni un ejército… Queremos hombres” (Malraux, 1978: 201) xiii.

Andreu NimLa respuesta de Manuel fue muy enérgica en ambos casos. El planteo moral de Magnin parece no conmoverlo en absoluto. La utilización de la técnica y la implementación de una disciplina revolucionaria férrea eran más importantes para la supervivencia de la República que los motivos por los cuales los hombres combatían por ella. El razonamiento de Manuel es bien descarnado: “en circunstancias como éstas, me intereso menos en las razones por las cuales los hombres se hacen matar que por los medios que tienen para matar a sus enemigos” (Malraux, 1978: 116) xiv. Pero aún más drástico es el camino a seguir para imponer esta política al resto de las fuerzas que apoyaban a la República; el “Apocalipsis” debía ser transformado en disciplina revolucionaria “bajo pena de muerte” (Malraux, 1978: 117) xv. El PCE siguió al pie de la letra esta línea de acción y suprimió con violencia a todas aquellas corrientes del campo republicano, la CNT-FAI y el POUM fundamentalmente, quienes se atrevieron a contradecir sus directivas. Andreu Nin, secretario general del POUM, y el intelectual anarquista italiano Camilo Berneri pagaron con la vida su tenaz oposición a la línea política del PCE.

La polémica de Manuel con el “Negus” se zanja en forma similar a la sostenida con Magnin. A la exaltación del sacrificio de los milicianos por parte del segundo, Manuel responde con su lógica de hierro: “ningún coraje colectivo resiste a los aviones y a las ametralladoras” (Malraux, 1978: 204) xvi.

Como ya lo anticipamos, la cuestión de la militarización de las milicias obreras generó numerosas disputas entre las distintas fuerzas que respondían a la República. Las organizaciones más renuentes a fundir sus milicias en un ejército al estilo clásico eran la CNT-FAI y el POUM. Como afirma Raymond Carr, para los anarquistas, “un saludo era un acto indigno, los uniformes un símbolo de esclavitud… Las órdenes se obedecerían si provenían de oficiales elegidos y si eran razonables; la obediencia no era un acto reflejo, sino la respuesta de quienes confiaban en un dirigente popular, como Durruti, o el resultado final tras una larga discusión sobre la filosofía del poder…” (Carr, 1978: 156) xvii.

Para el caso del POUM, contamos nuevamente con el valioso testimonio de Orwell, quien combatió como voluntario en sus milicias del frente de Aragón. Orwell era un gran defensor del sistema de milicias y de la disciplina basada en la discusión. De hecho, el escritor inglés señala que el aspecto más valioso de su estadía en España fue el de haber formado parte de la milicia del POUM: “…Yo estaba integrando, más o menos por azar, la única comunidad de Europa occidental, donde la conciencia revolucionaria y el rechazo del capitalismo condicionaban la actitud general. En Aragón se estaba entre miles de personas de origen proletario en su mayoría, todas las cuales vivían y se trataban en términos de igualdad… en teoría, era una igualdad perfecta, y en la práctica no estaba muy lejos de serlo… Desde luego, semejante estado de cosas no podía durar. Era sólo una fase temporaria y local en un juego gigantesco que se desarrolla en toda la superficie de la tierra. Sin embargo, duró bastante como para influir sobre todo aquel que lo experimentara… Por mucho que protestara en esa época, más tarde me resulto evidente que había participado de un acontecimiento único y valioso. Había vivido en una comunidad donde la esperanza era más normal que la apatía o el cinismo, donde la palabra “camarada” significaba camaradería y no, como en la mayoría de los países, farsante. Había respirado el aire de la igualdad…” (Orwell, 1996: 113-114) xviii.

En su opinión, la gran limitación de las milicias residía en su carencia de armamento y entrenamiento adecuados, falencias compensadas por el ambiente de igualdad y camaradería descripto en el párrafo anterior. Orwell describe con lujo de detalles las carencias que él y sus compañeros debieron soportar en el frente: “A veces miraba el paisaje y ansiaba tener un par de cañones. Las posiciones enemigas se podrían haber destruido una tras otra con la misma facilidad con que se parten nueces con un martillo. Pero sencillamente no contábamos con un solo cañón… Había ametralladoras en la proporción aproximada de una por cada cincuenta hombres; eran armas viejas… Aparte de esto, sólo contábamos con nuestros fusiles, la mayoría de los cuales solo valían como hierro viejo… No teníamos ni cascos ni bayonetas, carecíamos de revólveres o pistolas y no había más que una granada por cada cinco o diez hombres… A la escasez de armas se sumaba la de todos los otros elementos de importancia en una guerra… No teníamos mapas ni planos… No contábamos con telémetros, telescopios, periscopios, prismáticos –excepto unos pocos de propiedad privada-, luces de bengala o veri, alicates para cortar alambre, herramientas de armero, y ni siquiera materiales de limpieza…” (Orwell, 1978: 48-49) xix.

Buenaventura DurrutiEn este panorama, la fuerza política que lograra aprovisionarse de armamento adecuado podría sacar una clara ventaja sobre las demás en el reparto de las cuotas de poder dentro del gobierno republicano. Será el PCE quien imponga finalmente su política militar, en gran medida gracias al monopolio en la recepción y posterior distribución del material de guerra suministrado por la URSS. Cada cartucho soviético que llegaba a España aumentaba el prestigio y el poder de los comunistas españoles y, en forma simultánea, debilitaba a sus opositores, cuyos grupos armados se encontraban tan pésimamente equipados como se desprende de la descripción de Orwell en el párrafo anterior.

Por medio de la creación del denominado Ejército Popular (EP), formado a partir de la base suministrada por oficiales republicanos, guardias de asalto, el Quinto Regimiento 2 y voluntarios internacionales, el PCE logró dotarse de un brazo armado que finalmente le permitiría imponer su estrategia de alianza con la pequeña burguesía republicana y liquidación de las conquistas de los obreros y campesinos.

En el nuevo ejército, desapareció paulatinamente el espíritu igualitario de las milicias. Se utilizaban uniformes, el saludo era obligatorio y las unidades individuales no podían elegir a sus jefes. Los comunistas, poco a poco, y merced al control que ejercían sobre la mayor parte de las unidades del Ejército Popular, fueron ocupando puestos clave en el gobierno y, en íntima connivencia con la derecha del PSOE y los republicanos burgueses, relegaron o directamente suprimieron, como en el caso del POUM, todas las voces discordantes.

:: La esperanza según Malraux

Cualquier persona que lea la novela de Malraux puede tener la sensación de que su visión sobre la guerra y los hombres es fría y despiadada, y seguramente no le faltarán razones para pensar de esa forma. Sus apelaciones en favor de los métodos de organización y encuadramiento del PCE, expresadas por medio de su alter ego Manuel García, son bien elocuentes. Como vimos en las páginas anteriores, Manuel no duda en proclamar la necesidad de eliminar a todos aquellos que se opusieran a las directivas emanadas desde el Kremlin y puestas en práctica por sus personeros españoles. Sin embargo, creo que, y sin ánimo de convertirme en abogado defensor de Malraux, por detrás de su lógica de hierro se puede advertir la presencia de una importante carga sentimental.

André MalrauxLa solidaridad y el compañerismo que unía a los combatientes comunistas aflora en repetidas ocasiones. Episodios como la reorganización de los milicianos derrotados en Toledo, la defensa de Madrid o la batalla de Guadalajara, son momentos en los cuales dichos sentimientos alcanzan enormes proporciones. La propaganda comunista durante la guerra se ocupó de resaltar el valor en combate y el alto grado de organización de las brigadas internacionales, las cuales permitieron frenar el avance de Franco en las mismas puertas de la capital española. Una de las objeciones que se le podrían hacer a Malraux sería justamente que, los protagonistas de estos actos, donde se combinan el valor y la camaradería, son siempre miembros del PC o individuos que adhieren a su estrategia político-militar.

La mayor particularidad del planteo de Malraux residiría en que la solidaridad y los actos de valor siempre se encuentran, o por lo menos debieran hacerlo según su óptica, enmarcados en una férrea disciplina. La solidaridad y el valor en estado puro, exaltados por los anarquistas casi como un fin en sí mismo, le abrirían paso a la ineficacia, y con ello, a la derrota. Por esta razón, disciplina y eficacia vendrían a constituir algo así como poleas de transmisión, a través de las cuales la solidaridad y el compañerismo pueden conducir a la consecución de logros concretos. De no existir esta mediación, la revolución y todo los sentimientos asociados a la misma se transformarían en una simple quimera.

 

:: Referencias

1 Gobernante etíope.

2 Fuerza militar creada por el PCE apenas comenzada la guerra. Desde un principio se lo concibió como el embrión de un futuro ejército regular. Por ello, sus organizadores, entre los cuales se encontraban futuros oficiales del Ejército Popular (EP) como Enrique Líster y Juan Modesto, pusieron especial dedicación en la formación de cuadros de mando. También se alentó la incorporación de la mayor cantidad posible de oficiales que se habían mantenido fieles a la República. Muchos de los mismos se sumarían a las filas del partido debido a la defensa de la disciplina militar que hacían los comunistas. Esta política era coherente con las enseñanzas dejadas por la revolución bolchevique, pues en el transcurso de la misma, numerosos oficiales, jefes y generales del antiguo ejército zarista sirvieron en el Ejército Rojo y desempeñaron cargos y mandos de la mayor responsabilidad.

:: Citas bibliográficas

i Orwell, George, Homenaje a Cataluña, Editorial Reconstruir, Buenos Aires, 1996, p. 22.
ii Fraser, Ronald, “La experiencia popular de la guerra y la revolución: 1936-1939”, en: Preston, Paul; Revolución y guerra en España 1931-1939, Alianza Editorial, Madrid, 1984, p. 198.
iii Carr, Raymond, La tragedia española, Alianza Editorial, Madrid, 1986, p. 154.
iv Fraser, op. cit., p. 196.
v Malraux, Andre, La esperanza, Sur, Buenos Aires, 1978, p. 114.
vi Ibidem, p. 115.
vii Ibidem. P. 115.
viii Ibidem, p. 115.
ix Ibidem, p. 116.
x Ibidem, p. 116.
xi Ibidem, p. 199.
xii Ibidem, p. 199.
xiii Ibidem, p. 201.
xiv Ibidem, p. 116.
xv Ibidem, p. 117.
xvi Ibidem, p. 204.
xvii Carr, op. cit., p. 156.
xviii Orwell, op. cit., pp. 113-114.
xix Ibidem, pp. 48-49.

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One Response to “La esperanza” de André Malraux: utopía y organización revolucionaria como fuerzas contrapuestas

  1. SALAS CHINCA says:

    Novela descriptiva, tiene aspectos muy interesantes en cada parrafo, da un enfoque extraordinario de la organizacion de los comunista.
    Se ve su inclinacion sobre las ideas marxista-leninistas, se hace un comentario de Stalin, como el todopoderoso, sin embargo Stalin, traiciono muchas de las ideas originales de Vladimir Ilich Lenin, este le desplazo para tomar el frente y adueñarse del poder.
    Se ve la admiracion de la disciplina que imponen los comunista, disciplina militar, donde la fidelidad es muy importante, donde el desconfiar de la familia es comun e indispensable, es parte de el entrenamiento del sistema comunista.
    Para pertenecer a las filas del partido comunista es impresindible la camaraderia, donde debe mostrar no solo disciplina, saber acatar una orden, sino que debe de tener mano para matar a su propia madre, si asi se le exigieran , eso es comunismo.
    Omitio algunas partes de la camaraderia dentro del partido comunista, de los principios, normas y reglas de todos sus fundamentos, sobre todo de el partido comunista sovietico.
    Me gusto la novela Esperanza, el sistema comunista como tal tiene muchas fallas al igual que cualquier otro, no existe la perfeccion en ningun sistema de gobierno se llame como se llame.
    Felicitacion, me encanto. Conoci bien a los comunistas.

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