Los jueces de Al-Andalus

La historia del mundo musulmán español ha sido de una riqueza inagotable de estudio, tanto en los aspectos culturales y artísticos como en su devenir político, social y militar. Una faceta de interés para analizar es todo aquello que concierne a la aplicación de la Justicia y a sus jueces. A lo largo de los casi ocho siglos de presencia en la península ibérica, ayudaron a cimentar un sistema que consolidó la permanencia de los seguidores de Mahoma en aquellas tierras de España. ¿Cómo era aquella Justicia? ¿Cómo eran quienes debían aplicarla? Una historia que debería servir de ejemplo para varios magistrados judiciales de estas latitudes australes de Sudamérica…

Cuenta un jurista de Kairuán llamado Muhammad Ibn al-Harit al-Jusani, autor de una completa biografía de los jueces andaluces, lo siguiente:

“Había en nuestra ciudad dos señores tan bien calificados, que su testimonio hacía fe en aquellos tiempos; ambos eran amigos de Muhammad ben Baxir y solían con frecuencia tratarle; él los tenía en muy buen concepto, como hombres ambos muy virtuosos: uno de ellos era el abuelo de Ahmad ben Baxir, el conocido vulgarmente por Ben al-Agbas.

Pues bien, ocurrió que uno de los más ricos comerciantes de Córdoba murió, y un esclavo que el difunto tenía presentose al juez Muhammad ben Baxir exponiéndole que su señor, el difunto, le había manumitido y le había encargado que se casara con su hija, legándole para ese efecto el capital que poseía el difunto. El juez exigió prueba fehaciente de las pretensiones del esclavo y éste trajo a dos señores, los cuales testificaron que era verdad lo que el esclavo había expuesto. El juez aceptó la deposición de los testigos y decretó en favor del esclavo, cual éste había solicitado. Pero poco tiempo después, uno de estos dos testigos se puso en trance de morir y encargó que comunicaran al juez el deseo que él sentía de verle y hablarle. El juez recibió esta noticia hallándose en el cortejo de un entierro en el cementerio de Bilat Mugaytz y, al volver de este entierro, fue a visitar a aquel señor. En cuanto éste vio al juez, a pesar de la situación dolorida y agónica en que se hallaba, luchando con la muerte, se puso a andar a rastras haciendo esfuerzos para acercarse al juez. Este le dijo:

- Pero, hombre, ¿qué te pasa?

Creía el juez que aquella agitación violenta, aquellos esfuerzos penosos, se debían a la enfermedad; pero el hombre aquel le contestó:

- Me voy derecho al infierno, si no me salvas tú.

- No, hombre, no -replicó el juez- ¡ten confianza en Dios!; él te librará del fuego del infierno. Vamos a ver ¿qué es lo que pasa?

- ¿Te acuerdas -replicó el enfermo- de que fui yo testigo en favor de fulano, esclavo de zutano? Pues lo que entonces dije fue una mentira mía. Por temor de Dios, deroga la decisión que tomaste. Ejecuta, por el contrario, aquello que debió haberse decidido (a no mediar mi falsedad).

Muhammad ben Baxir, el juez, se calló, puso las manos sobre sus rodillas, levantose y se puso a decir:

- La sentencia es firme… y tú te vas al infierno.”

:: Los cadíes

La historia contada por este biógrafo muestra, de alguna manera, parte del espíritu que animaba a los jueces y a la Justicia en la España musulmana. Ese sistema de justicia basado en la delegación de poderes de sentencia y represión por parte de emires, califas y gobernadores en personas de probada honradez y fuerte autoridad. Al igual que en todo el mundo musulmán de entonces, el soberano acumulaba en sí la suma del poder absoluto, a modo de jefe de la comunidad musulmana. A lo largo de las distintas etapas históricas del mundo árabe español (nos referimos al emirato, al califato, a los reinos de Taifas, los reinos africanos y los nazaríes), podemos ver que el monarca delegó en jueces o cadíes la potestad soberana de aplicación de la Justicia, mas o menos en forma similar en todos los períodos.

En este sentido, durante el emirato, el cadí era denominado “Juez de la Comunidad de Creyentes”, siendo reemplazado el título durante el califato por el de “Juez de jueces”, rótulo cuyo cambio no significó en los hechos un mayor rango. Su presencia en la ciudad de Córdoba era acompañada por otros jueces que se instalaban en ciudades menores y en las Marcas o ciudades de frontera, todos ellos controlados por el cadí cordobés. Ejercía su autoridad vigilando sus conductas y sentencias, así como el ejercicio del poder disciplinario. Durante el período nazarí, el juez supremo del reino residía en Granada, existiendo también otros de segundo rango en otras ciudades menores.

Sin embargo, la realidad era que su espacio estaba finalmente limitado por la potestad del soberano de turno que, en definitiva, poder solicitarle su renuncia. Era justamente ese el medio por el cual un cadí dejaba su cargo: nunca el soberano echaba a sus jueces sino que eran estos quienes se apartaban de su magistratura. Tal era la condición de respetabilidad y jerarquía de un juez y que pocas veces los monarcas se animaban a quebrar.

A pesar de ello, el nombramiento de los cadíes era una prerrogativa exclusiva de los soberanos, quienes lo hacían al igual que sus visires y el Secretario de Estado. Su cargo revestía la dignidad del caso y se sabe de su importancia dentro de la sociedad andalusí. De hecho, los cadíes se convirtieron en los virtuales censores de las máximas autoridades y en el único freno con que contaba el pueblo frente a las arbitrariedades de emires, califas o visires.

Nos relata el mencionado Muhammad Ibn al-Harit al-Jusani otra historia que muestra la entereza y la libertad de acción de un juez llamado Sulayman ben Aswad:

“El faquí Ben al-Mulun se dedicaba al oficio de redactar contratos: era hombre entendido en esta materia, hombre sagacísimo en tretas, consistentes en intercalar (ciertas frases) en el contenido de esos documentos; se le imputaba que tenía pocos escrúpulos y que no le importaba transgredir las leyes divinas, dejando deslizar engaños en los contratos que redactaba. Sulayman ben Aswad quiso atraparlo; pero Ben al-Mulun, temeroso de que el juez le cogiera, huyó y se escondió en casa del ministro Muhammad ben Chahuar, el cual le acogió y amparó para tenerlo seguro. Inmediatamente envió este ministro a un hermano suyo para que intercediera con el juez por el perseguido y que recordara el juez los lazos que unían al ministro con Ben al-Mulun, por lo que se creía obligado a protegerle.

-Es preciso -contestó el juez- que la ley se cumpla en el caso que ha llegado a mi conocimiento. Sé que el visir lo tiene en su casa escondido, para librarle de mí; pero eso no me consta oficialmente; en cuanto me conste oficialmente, mandaré que penetren en el domicilio del ministro y lo saquen.

El ministro entonces comenzó a preocuparse de sí mismo; ya no estaba tranquilo teniendo a Ben al-Mulun en su casa, hasta que hubo de trasladarle a otra parte para que no estuviese en su propio domicilio.”

:: Las funciones de los Cadíes

Durante los primeros tiempos de la conquista, los cargos fueron ocupados básicamente por árabes de la mas pura estirpe aunque no se reservó la exclusividad para ese grupo: en el siglo X, Abd-al-Rahman III tuvo por cadí a un hombre de justicia de origen bereber. En la época nazarí, los jueces eran fundamentalmente de origen andaluz, aunque no se perdía la oportunidad de incorporar juristas marroquíes llegados de las ciudades del norte de África a fin de estrechar las vínculos políticos. Aquellos jueces llegaron a convertirse en virtuales cabezas de familia o linajes donde, generación tras generación, un cadí era reemplazado por un par miembro de la misma familia. Se conocen apellidos como Banu l-Ahmar, o los Banu l-Nubahi en tierras de Málaga; los Banu Salmun y los Banu ´Asim de Granada. Y por supuesto, no podemos dejar de nombrar a uno que había vivido unos siglos antes, hijo y nieto de jueces, llamado Abu l-Walid Muhammad Ibn Rusd, mas conocido como Averroes…

Sus funciones eran semejantes a las de sus pares en el Oriente o el Magreb, pronunciando sentencias en materia de matrimonios, divorcios, particiones de bienes, testamentos o sucesiones y litigios de muebles e inmuebles. Debían también brindar protección a los huérfanos y a los menores, haciéndose cargo de sus bienes, cuyas rentas eran aplicadas a fines benéficos. Sin embargo, desempeñaban otras funciones de carácter religioso, dirigiendo las oraciones comunitarias de los viernes en la gran mezquita o los discursos en los funerales de personajes importantes de la comunidad. Incluso, eran los únicos miembros autorizados a realizar el ritual de comprobación en la aparición de la luna nueva, al comienzo y al final del ayuno en el mes del ramadán.

El ejercicio de sus actividades judiciales era realizado generalmente en la mezquita, en forma pública. Se instalaban en algún espacio destinado a tal fin, aunque a veces podían hacerlo por comodidad en sus casas. En la Granada nazarí, los juicios se desarrollaron en la puerta misma de la Alhambra, uno de cuyos accesos se llamó la Puerta de la Justicia.

Los cadíes eran asistidos por un grupo de dos o tres juristas que le aconsejaban permanentemente por escrito y cuyos informes debía archivar. La presencia de aquellos hombres era obligatoria, quienes no podían, bajo ningún punto de vista, atender temas jurídicos desde sus hogares. Solían sentarse a los lados del cadí y lo acompañaban al igual que un ujier que citaba a las partes y un escribano que tomaba debida nota de lo acontecido. Los procuradores presentaban entonces las acusaciones y las defensas de los litigantes, con escritos preparados por testigos instrumentales de gran prestigio y cultura jurídica. Eran estos testigos instrumentales otros de los componentes importantes de la Justicia musulmana, quienes merecen otra mención aparte.

¿Qué condiciones debían tener los cadíes? Pues de ellos se esperaba el máximo ejemplo de moral y buenas costumbres, al igual que un amplio saber y comprensión del derecho y del Corán. Debían dar con sus conductas muestras de valor, ecuanimidad así como firmeza en sus decisiones. Tal vez, otro de los motivos por los cuales el mundo musulmán pudo extenderse en territorio hispano era la seguridad de su poder jurídico que, en definitiva, acercó al pueblo llano a sus autoridades. La sencillez de costumbres, la modestia y su incorruptibilidad eran condiciones ampliamente reconocidas.

Nos cuenta también nuestro ya conocido Muhammad Ibn al-Harit al-Jusani esta otra historia sobre las condiciones que se esperaba de aquellos cadíes:

“Estaba convidado Sulayman ben Aswad en casa de uno de los ministros, un día viernes. El ministro le invitó a que comiera estando solo, como estaba: él se excusó diciendo que ayunaba. Le invitó luego a que tomara algalia para perfumarse; él rehusó diciendo: -Hoy es viernes; he tenido que hacer la ablución (pare purificarme); si me perfumara tendría que quitar con la ablución ese perfume, y se perdería. El ministro no se atrevió a insistir en esas materias. Cuando Sulayman ben Aswad salió de casa de aquél, dijo a uno de sus amigos: -Me hubiera repugnado mucho el ejercer hoy el oficio de predicador y misionero de los musulmanes, llevando encima de mí esos aromas”.

:: Sobre las sentencias

Podríamos afirmar que las sentencias eran aplicadas a discreción del soberano de turno, con un abanico de posibilidades tan amplias como atroces, sin distinción de jerarquías o clases sociales. En mayo de 805, al-Hakam I no dudó en crucificar a setenta y dos importantes nobles cordobeses a los que suponía miembros de una conspiración en su contra. Por su parte, el rey nazarí Muhammad I detuvo y torturó sin piedad a inspectores del fisco, todos acusados por extorsiones a diversos miembros de la sociedad. Entre las víctimas, estaba un tal Abu Muhammad b. Arus, inspector de Almería.

Existían penas a modo de sanciones menores, tal como las reprimendas. En casos de reincidencias, podían aplicarse castigos corporales como la flagelación con látigos o varas.

Para los artesanos desaprensivos que realizaban estafas a compradores incautos, se los sometía a un paseo de exhibición montado de espaldas en un burro, adornados con un gran bonete. Para ellos la pena era la vergüenza de ser mostrados con una repulsa general y pública.

Mayor gravedad revestían los destierros y los encarcelamientos en siniestras cárceles subterráneas. Los monarcas omeyas contaban con una bajo el Alcázar de Córdoba y otra cerca de la Gran Mezquita. Las cadenas perpetuas eran de una terrible rigurosidad, contando los condenados con elementos de suplicios como las cadenas o grilletes.

En el extremo de las penas que solían aplicar los jueces se encontraban las de muerte. Se producían estas por estrangulamiento o decapitación, viéndose posteriormente el penado a la exposición de su cadáver en lugares públicos. Era también usual la pena de muerte por crucifixión.

:: Los había de toda índole…

No todos los cadíes exhibían las mismas condiciones y destrezas. Muchos de ellos no desdeñaron los honores como el aceptación de cargos de visir, pasando a convertirse en verdaderos aristócratas de la sociedad andalusí. Ese fue el caso de Ibn Bartal, tío materno del célebre Almanzor, destructor de Santiago de Compostela. Otros tantos no dudaron en involucrarse en temas políticos como la inspección de fortificaciones fronterizas o negociadores con los cristianos para intercambios de rehenes o tratados de paz.

Al producirse el fraccionamiento del mundo musulmán hispano en los reinos de Taifas, muchos jueces de ciudades se convirtieron en verdaderos reyezuelos, como sucedió con el cadí Abu l-Qasim Muhammad Ibn Abad, en la taifa de Sevilla. En Málaga, su cadí se hizo proclamar emir, manteniéndose en su cargo de cadi en forma simultánea. Otro tanto sucedió con la taifa de Valencia, donde un cadí llamado Ibn Yahhaf se hizo proclamar rey luego del asesinato del soberano anterior. En su exultante exhibición de poder, no dudó en repartir cargos, sueldos y honores de todo tipo, rodeándose de una pompa digna de un gran rey. Solo tuvo una pequeña desgracia en su efímero reinado: fue contemporáneo de Ruy Díaz de Vivar, el Cid Campeador, quien sitió su capital y lo mandó a la hoguera…

Muchos otros llevaron su cargo el extremo de la aplicación de la ortodoxia religiosa en sus sentencias, a modo de tribunal inquisidor. Se cerraban así juicios con sentencias de herejía o desviaciones en la ortodoxia coránica, tal el caso de Lisan al-din Ibn al-Jativ que, al caer en desgracia con el monarca Muhammad V de Granada en 1371, sufre del cadí Ibn al-Hasan al-Nubahi la orden de quema de todos sus libros, llegando incluso a participar en su captura y juicio en la ciudad norafricana de Fez.

Sin embargo, quienes gustamos de hurgar en la historia hechos que nos sirven de ejemplo o de reflexión para comprender los tiempos actuales, preferimos quedarnos con la conducta de otro juez, Saíd ben Sulayman, en términos del mencionado Muhammad Ibn al-Harit al-Jusani:

“La segunda causa fue la siguiente: Al ser destituido Sulayman del juzgado de Mérida, se presentó a la puerta del alcázar de Córdoba y entregó una carta para el soberano Muhammad, en que decía: “Tengo dinero que he ahorrado y reunido, procedente de mis sueldos, el cual me considero en la obligación de devolver al tesoro público, porque es la parte de mi sueldo que corresponde a los días feriados, de otros días en que he tenido faenas personales propias mías y de otros en que teniendo yo el deber de acudir al juzgado, no he podido ir”. Y recibió contestación del monarca, que le decía: “Ese dinero se te da de regalo de mi parte”. El juez no quiso aceptar ese regalo y tuvieron que incautarse de esa cantidad”.

:: Bibliografía utilizada

La España Musulmana (siglos VIII – XV)
Rachel Arié.
Historia de España, tomo III. Colección dirigida por Manuel Tuñón de Lara. Editorial Labor, Barcelona, 1984.

Del Islam al Cristianismo. En las fronteras de dos formaciones económico – sociales.
Reyna Pastor de Togneri.
Ediciones Península, Barcelona, noviembre 1975.

Historia de España.
Tomo 3: La Alta Edad Media, visigodos, árabes y primeros reinos cristianos.
José Luis Martín, Carmen Codoñer y Manuel Sánchez.

Tomo 4: Reinos cristianos y musulmanes (siglos XI – XIII)
José Luis Martín.
Ediciones Historia 16, Barcelona, octubre / diciembre 1980.

La España Musulmana.
Claudio Sánchez Albornoz.
Librería y Editorial El Ateneo, Buenos Aires, 1946.

El libro de Granada y la Alhambra.
Editorial Edilux S.L., España.

Catálogo del Museo de Cera de Madrid.
Grupo 4, España, 1992.

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