Esencia, León Gieco. Imágenes del viaje

Leon GiecoNuestra columnista, María Belén Luaces, ha realizado una entrevista al creador del trabajo discográfico “De Usuahia a La Quiaca”, el cantante y autor argentino León Gieco. De aquel encuentro, nuestra compañera ha escrito este artículo donde podemos indagar el alma y el sentimiento de este singular hombre de la cultura popular.

Hacedor del mapa musical ciudadano y campero de nuestro país, León Gieco abraza la música como un viaje sin fronteras.

Este hombre, esencialmente nómade y argentino, escribe: “Soy mezcla de baguala, internet y tango viejo…”

León es la parte conocida de un rompecabezas complejo, histórico, actual y cambiante. Se mueve como un tren a toda máquina, mirando pasar sus ideas, la vida, sus proyectos y su pueblo grande, desde Ushuaia a la Quiaca, como remolinos de viento chocando contra las ventanas de sus ojos. Tal vez para no llorar, canta, escribe, nunca se detiene.

Hay historias que logra desprender de la vasta soledad de la tierra para meterlas en su vagón incansable. Siempre está en movimiento y proyectando, quizás por miedo a la quietud o a la muerte, al olvido de una sociedad que a veces no quiere ver. “Una vez le pregunté a mi tía Nélida por qué yo podía ver los aviones que pasaban por el campo y mi primo no. Y me acuerdo de lo bien que me sentí cuando todos comentaron que, gracias a mí, se habían dado cuenta de que mi primo Hugo necesitaba usar anteojos. Es la misma sensación que tuve cuando mi viejo contaba orgulloso que yo le había avisado que el caballo del tumbero había pisado un hormiguero y que las hormigas le subían por las patas”.

Raúl Alberto Gieco nació en Santa Fe el 20 de noviembre de 1951, pero partió pronto de su pueblo. El viaje constante, hoy como ayer, es una necesidad, una forma de vida y una manera de correr más rápido que el tiempo, inexorable entidad que se come los años con voracidad implacable.

“Soy viajero, nómade, estoy en cada lugar por poco tiempo y si algo me detiene o me demora para salir permanentemente es mi familia. Mi extracción es sumamente familiar, tengo recuerdos de cuando tenía dos años y vivíamos en el campo, muy humildes, y mis abuelos invitaban a otros abuelos a comer un plato italiano que se llama bagnacauda. Después de tomar unos buenos vinos, se ponían a entonar canzonetas del norte y del sur, a cuatro voces y todavía me acuerdo de la música que cantaban, creo que por eso me emocionan tanto el acordeón, el mandolín. Desde que empecé a cantar, me decían que era el mejor de la familia, desde chiquito me crearon un compromiso familiar muy grande”.

Escuchándolo hablar del campo y de sus recuerdos, uno se pregunta cuál fue el detonante preciso, si lo hay, de esta búsqueda tan intensa, de una magia tan poética que lo embarcó en el viaje de la música.

“Cuando tenía catorce años, vi tocar a Spinetta en los Sábados Circulares de Pipo Mancera y mientras vendía empanadas dije ´yo quiero ser así´. Yo ya cantaba desde muy chico, pero después de ver Almendra, entendí lo que quería de mi vida. Y eso fue después corroborado por gente como los Beatles o los Rolling Stones, Manal, Los Gatos, que hicieron que el rock fuese entrando a mi vida. Porque la música que yo escuché siempre fue folclore; antes de ser fanático de Bob Dylan, yo era fanático total de Jorge Cafrune, un tipo que tuvo mucha importancia en mi música. Cuando tocó en mi pueblo, lo esperé horas, desde las 9 de la noche hasta las dos de la mañana, me quedé afuera del club sólo para verlo. Hasta que alguien me llevó a conocerlo en el intervalo y yo no, que no quería molestarlo, pero al final accedí y me presentaron como “el Jorge Cafrune de Cañada Rosquín” y yo me puse blanco y, sin embargo, Cafrune me miró, me acuerdo de la mirada, me puso la mano en la cabeza y dijo: “por algo las cosas se dicen”. Yo era muy chico, y esa mirada de él fue muy importante, yo miro a los ojos porque me acuerdo de la mirada de Cafrune”.

León ama la historia. Ese tiempo inefable en el recuerdo que tiñe todo de hidalguías y palabras sin vueltas atrás. Se transporta en el tiempo con la facilidad de los que no le temen al vuelo. Resignifica su pasado y canta. La música fue siempre el salvoconducto que lo trasporta y trasciende.

“Amo la música étnica de cualquier parte del mundo, porque es en sí misma decir las cosas de frente, un grito auténtico y delator, sensible a las vicisitudes de la gente. En Argentina, por ejemplo, la baguala o la vidala me emocionan y me identifican, son cantos ancestrales que tienen relación con las cosas universales, pero a la vez hacen una poesía social que habla de los problemas del pueblo aborigen. Por otro lado, yo también amo el rock, que nació siendo una música de lucha, contestataria, que podría haber acompañado cualquier revolución y sin embargo llegó a desvirtuarse completamente. Pero igual me identifico con el rock por esa búsqueda permanente, esa necesidad de cambio que se adjunta también a los avances tecnológicos. Por eso creo que se reúnen en mí estos dos géneros, porque cuanto más uno camina en esta era tecnológica, la mente por respeto a la vida tiene también que ir hacia atrás, a buscar las raíces para no quedarme sin esencia, sin identidad”.

La gira infinita en la que se embarcó desde sus más inocentes años lo mantiene en forma, esperanzado como un niño, pese a conocer el abismo. En el equipaje transporta la curiosidad de los infantes, la pasión retroalimentada con cada nueva melodía que lo recorre. Va de la mano de todo género musical que le toque la fibra resonante del alma. León armoniza con músicos de todos los palos, tocó con tantos y tan distintos, que su estilo se redefine constantemente, pese a que sus canciones son casi como un mantram afinado en la misma nota pedal.

Sin embargo, él mismo se dice rockero, una palabra tan en desuso como mitines políticos y utopía. Su concepto, su forma de cantar es contestataria y activa, un puente entre historias y géneros que en esta época de fusiones atemporales, se han convertido más que en regiones artísticas, en actitudes hacia la música. Además, éste es un músico sensible, y perdón por usar una palabra tan antigua, tan mal vista. León no tiene prejuicios para enfrentar descarnadamente, desde su poesía, miedos y esperanzas. Gieco le canta al viento y a la gente: “Soy un guerrero más de este rock que esta quebrado, estoy para el mangazo soy el ídolo de los quemados, no sé muy bien adonde voy, misterios tiene la canción…”

Este hombre-músico jamás oculta su esencia. Es difícil mi tarea, al intentar decir algo más, algo que él no haya mostrado como investigador de fronteras y constructor de puentes, que sólo se le anima a la música desde sus sentimientos más trasparentes, sin guardarse nada. Esta inmersión dentro de su mundo también resalta al León aprendiz, eterno alumno de la vida. De él se dice que, cuando viaja, es como una filmadora, que de cada lugar se trae algo aprendido, aunque haya estado apenas días.

“Yo soy un tipo muy inquieto, para mí la arteriosclerosis no viene solamente de las comidas, viene de no movilizar la mente. Mi forma de ser es informarme permanentemente, y lamento muchísimo no tener más tiempo para estudiar inglés y también guitarra y vocalización, que son mi materia pendiente. Quisiera organizarme y tener dos horas diarias para leer poesía y escuchar más música. Pero todavía no puedo, porque mis días pasan volando, aunque tengo esperanzas para estos últimos con suerte 30 años que me restan vivir. Porque me gustaría llegar a viejo sabiendo tocar muy bien la guitarra, componiendo mejores canciones, sabiendo inglés y habiendo escuchado mucho más. Es un plan que tengo, lo que busco es asombrar, como decir, ok, este tipo tiene 60 años, pero no pasó la vida en vano, porque no hay peor cosa que llegar a grande y no tener ideología o no tener información, que no son dos cosas iguales, porque la información se adquiere y la ideología en cierta medida también, aunque hay sentimientos internos que los tenés o no los tenés, vibrás con ciertas cosas o no vibrás”.

Hablar con León Gieco es exponerse a la tormenta de proyectos que a raudales se desparraman en sus palabras.

“La coherencia es algo que no puedo analizar, mi lucha es por la vida, mis canciones incitan a eso desde cada ámbito incluso desde lo cotidiano, eso de levantarte a la mañana y decir tengo que ser una buena persona, tengo que ayudar a alguien, quiero que mis hijos sean buena gente. Pero también le canto a la lucha por la justicia, por la ecología, por los desamparados, a las protestas sociales”.

Es difícil discernir si este hombre arcano en sentimientos, profundo como los valles y claro como las llanuras, conoce la llegada, el arribo. Pareciera moverse por un territorio sin límites, pese a que es tan regional como La Pampa, el Obelisco, el chamamé, las vacas o “Sólo le pido a Dios”. Es de esa raza de cantores que en el camino le encuentran el sentido a sus días. Tal vez no busca un destino o, quizás, no lo haya encontrado todavía, y por eso sigue empeñando su alma por el puro, intenso y apasionado tránsito del viaje. Y sin embargo su familia, su Cañada Rosquín, son estaciones a donde ama llegar. Sus hijas, su mujer Alicia, su perro Dylan, los nietos y los amigos lo contienen para volver a partir siempre.

León necesita ser escuchado. El retorno está en los otros, nosotros y los suyos.

Su aerolínea favorita es la realidad argentina, nunca cambia de compañía. Este mapa incongruente de verdades y mentiras, que él con su alma de itinerante cartógrafo descubre con poesía sensible, de añoranza, memoria, dolor y esperanza, es sin duda su lugar en el mundo.

:: Nota aclaratoria

La entrevista realizada para la confección de este artículo fue realizada por María Belén Luaces en el verano pasado, en las sierras de Altagracia, Córdoba, en un contexto de relinchos y murmullos de pájaros e insectos que recorren el monte.

Los extractos de poesía son de autoría de León Gieco, incluidas en las letras de su último trabajo discográfico, “Bandidos Rurales”.

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