Mercado de Cambios en la Argentina: Apuntes actuales para una historia sin final

Mercado de Cambios en la Argentina: Apuntes actuales para una historia sin finalNuestro columnista, José Alfredo Nogueira, quien es Corredor de Cambio y autor del libro “Las Reglas del Juego. Mercado de Cambios y Operaciones con Divisas” (Editorial Argenta), nos presenta un análisis de la política cambiaria que se llevó adelante durante período presidencial de Néstor Kirchner.

El 11 de febrero de 2002 resultó ser una fecha histórica para los operadores de cambio, porque precisamente ese día comenzó a funcionar en nuestro país el Mercado Unico y Libre de Cambios, según se dispusiera mediante la Comunicación “A” 3471, dictada por el Banco Central de la República Argentina.

Pero, lamentablemente, la importante y trascendente noticia, largamente esperada, no se pudo festejar porque vino acompañada de un amplísimo y estricto control de las operaciones cambiarias, razón por la que el ostentoso calificativo de “único y libre”, con el que fue bautizado el nuevo mercado, sólo quedó como mera enunciación, dado que en la realidad no pudo ser ni lo uno ni lo otro.

Desde entonces, el mercado de cambios argentino operó dentro del enorme marco normativo dictado por el Banco Central, pudiendo dividirse su corta historia en tres etapas con características perfectamente definidas.

JOSE ALFREDO NOGUEIRALa primera, y más tormentosa, se extendió desde aquel 11 de febrero hasta fines de agosto de 2002, más o menos. Durante ese dramático período todos los pesos libremente disponibles se utilizaron para comprar dólares y así nuestra moneda marchó raudamente hacia una fuerte devaluación, hasta tocar su precio los cuatro pesos por dólar. Aquí, muchos ya apostaban, para fin de ese año, por un valor del tipo de cambio encaramado entre los siete y diez pesos.

Pero no fue así, porque el efectivo disponible fuera del “corralito” y del “corralón” se acabó y entonces llegó la hora de la verdad, la de la segunda etapa de esta pequeña historia. Fue así como al acabarse la demanda del “billete verde” empezaron a jugar en el mercado sólo las operaciones relacionadas con el comercio exterior. Y entonces se hizo evidente la disparidad de fuerzas entre la oferta y la demanda, con una notable diferencia, de más de USD 16.000 millones, a favor de la primera.

La orientación del mercado cambió, entonces, abruptamente. El Banco Central, que había fracasado rotundamente en su acción reguladora en aquella primera etapa, se vio obligado ahora a desempeñar un nuevo papel protagónico para morigerar el claro movimiento a la baja del valor del dólar y ponerle un piso a su cotización, teniendo en cuenta siempre el efecto negativo que tenía esa nueva tendencia para el superávit fiscal.

El ente rector también logró un estruendoso fracaso en esta otra etapa, llegando el valor del dólar a cotizar por debajo de los $ 2,80. Fue entonces cuando, obligado por las circunstancias, el BCRA decidió comenzar a liberalizar el mercado, especialmente a partir de la Comunicación “A” 3998, logrando que hubiera mayor demanda de divisas para facilitar la intervención oficial con el propósito de mantener la cotización lo más cercana posible a $ 3.

Pero esa acción, aunque positiva, no fue suficiente porque también aumentaron los ingresos de divisas de las exportaciones, por la suba de los precios internacionales, especialmente de los commodities, manteniéndose entonces el superávit de la balanza comercial por encima de los USD 10.000 millones.

Por ese motivo, durante 2004 el Banco Central se vio obligado a comprar USD 7.685,2 millones para sostener el valor del dólar lo más cercano a los $ 3, según la política oficial de mantener un “dólar alto” para “favorecer la competitividad de las exportaciones”.

Por supuesto, la gran emisión que supuso esa acción tuvo que ser, de alguna manera, absorbida luego mediante la emisión y colocación de títulos en el mercado, hecho que provocó, como era de esperar, una leve pero persistente suba de las tasas de interés y un aumento significativo de la inflación.

A principios de agosto recrudecen las controversias sobre la conveniencia de seguir sosteniendo la política del “dólar alto”y entonces el gobierno, a través de sus principales voceros y del propio Presidente de la Nación, ratifica la política cambiaria llevada a cabo hasta ese momento y se toman algunas medidas tendientes a su mejor cumplimiento.

Se anuncia, entonces, que habrá fondos suficientes para comprar más dólares y el Banco Central, actuando con mayor energía, logra modificar el sentimiento a la baja del tipo de cambio que reinaba en el mercado y, en pocos días, consigue ubicar al dólar cercano a los $ 2,90, que parece ser el piso que el gobierno estaría dispuesto a sostener en adelante.

Pero semanas después, al finalizar octubre, el mercado sufrió un fuerte sacudón cuando, inesperadamente, cambiaron las expectativas y factores externos modificaron, por algunos días, la habitual tendencia vendedora por una inusual demanda que llevó al dólar a cotizarse en el nivel de los $ 3. Varias circunstancias convergieron para que cambiara la situación tan abruptamente. La causa principal fue la gran expectativa creada en torno a la anunciada suba de tasas en los Estados Unidos, que provocó un masivo retiro de capitales invertidos en activos de países emergentes, con algunas ganancias extraordinarias. Algunos bancos también vendieron bonos locales en pesos y recompusieron sus posiciones en dólares, mientras los grandes exportadores de cereales y productos oleaginosos, por razones estacionales, reducían sensiblemente sus ventas de divisas. Además, en esta oportunidad se agregó un hecho meramente coyuntural que son las habituales compras de monedas extranjeras que los fines de cada mes realizan algunas empresas con sus excedentes de caja, para transferirlas a sus cuentas en el exterior.

Así, durante aquellas dos semanas, la última de octubre y la primera de noviembre, los operadores de cambio argentinos vivimos una experiencia enriquecedora. Es que por primera vez, en los tres años de vigencia del actual sistema cambiario de flotación, el mercado pudo comportarse como tal, es decir, su destino estuvo, exclusivamente, en manos de la oferta y la demanda, sin que el Banco Central interviniera para cambiar su libre determinación. Consecuentemente, esas dos naturales fuerzas liberadas pudieron esta vez confrontar para finalmente imponer, sin ataduras ni limitaciones, un resultado que permitiría al tipo de cambio llegar a su equilibrio, naturalmente lógico y razonable.

A partir de entonces el mercado cambió. El Banco Central parecía más dispuesto a permitir que el tipo de cambio tuviera cierta volatilidad y se notó una mayor influencia, en la oferta y demanda de divisas, de las operaciones financieras que se realizaban en el mercado local con títulos públicos, con la participación de capitales que venían del exterior, eludiendo olímpicamente los controles impuestos por el gobierno. No obstante, en el corto plazo no se vislumbraba la posibilidad de un cambio de la política de sostener un “dólar alto”, porque el gobierno no quería perder el superávit fiscal, claramente logrado a través de los distorsivos impuestos al cheque y a las exportaciones a través de las retenciones.

A esta altura de los hechos, entonces, resultaba evidente que el país debía sincerar, cuanto antes, su sistema de libre flotación del peso, para evitar la reaparición de la inflación, facilitar la modernización y la baja de costos en las empresas productivas, subir los salarios reales y mejorar el nivel de vida de la población.

Por otra parte, la experiencia internacional ha probado que la acción en el mercado de los bancos centrales para mantener subvaluada la moneda e impedir la entrada de capitales especulativos son instrumentos que rara vez logran su objetivo y que los controles vienen siempre acompañados de un aumento de los niveles de corrupción.

 

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:: La obsesión por el dólar alto

“Si algo he aprendido es que los tipos de cambio no se pueden pronosticar. Y lo último que le recomendaría a un presidente recién electo es jugar su credibilidad en algo que no puede pronosticar”. Con estas palabras, el miércoles 28 de Mayo de 2003, el entonces presidente del Banco Central de la República Argentina, Alfonso de Prat-Gay, se refirió, duramente, al tema del tipo de cambio sobre el que había opinado horas antes el presidente Néstor Kirchner, quien había asumido el cargo el domingo anterior. Y agregó: “El presidente electo nos dijo que le gustaría un dólar a tres, lo cual, en este ambiente, uno podría decir es un enorme disparate. No tiene que dar nunca semejante nivel de detalle”.

La anécdota, que si bien impactó en ese momento pero que luego se trató de hacer olvidar rápidamente, sirve para recordar que aquel comentario, en realidad, resultó ser el primer y único anuncio de la política cambiaria que seguiría el nuevo gobierno, también impulsada por el entonces ministro de Economía Dr. Roberto Lavagna.

En ese sentido, la orden presidencial –no el plan de gobierno- fue muy clara y precisa: hay que comprar la mayor cantidad de los dólares que ingresan al país con el doble objetivo de juntar más reservas y mantener alto el valor de la moneda estadounidense. Kirchner estaba y sigue convencido de que un dólar alto favorece las exportaciones y sirve para sustituir importaciones. Pero en realidad le permite al Tesoro lograr una fluida y alta recaudación, logrando un importante superávit fiscal, vía las retenciones a las exportaciones de granos y combustibles y el impuesto a los créditos y débitos bancarios.

Alfonso de Prat-Gay, a pesar de no compartir la opinión del Presidente, trató de cumplir aquel mandato buscando el equilibrio de su política basada en el esquema de metas de inflación (inflation target) con el sostenimiento de la paridad de nuestro peso lo más cercana posible a los $ 3. Para ello, en determinados momentos de su gestión, debió permitir cierta volatilidad del tipo de cambio entre aquel precio y un piso situado en los $ 2,75 y dentro de las limitaciones que le permitía el nivel de la base monetaria establecida como objetivo del programa. Hasta se animó, en cierto momento, a llevar el tipo de cambio bastante cercano a los $ 3,10.

En cambio, desde la asunción de Martín Redrado al frente del Banco Central la política oficial del “tipo de cambio alto” pasa por su mejor momento, al confirmarse rápidamente que el nuevo titular del ente monetario seguiría al pie de la letra las indicaciones de Néstor Kirchner, con quien mantiene una comunicación casi diaria.

Sin embargo, al finalizar marzo de 2005 Redrado protagonizó un amago de sublevación, al sostener con cierta vehemencia, en una reunión con legisladores, que ya no estaban dadas las condiciones para que con el manejo de la política monetaria se pudieran cumplir con los tres objetivos prioritarios de la política oficial: mantener un nivel alto del tipo de cambio, bajar las tasas de interés y la inflación controlada. “En una economía normalizada, el manejo de cada una de estas variables compete a actores distintos”, afirmaba, dando a entender que era el Banco Nación el que debía sostener alto el valor del dólar utilizando para ello los fondos provenientes del creciente superávit fiscal. La que finalmente resultó una temeraria propuesta del titular del ente monetario no fue escuchada y muy pronto pasó al olvido.

Tiempo después, en mayo de 2007, Martín Redrado intentó volver a insistir, nuevamente sin éxito y quizá por última vez, para lograr que el Banco Nación lo asistiera en la ardua tarea de mantener lo más alto posible el valor del dólar, utilizándose los fondos del Tesoro.

Y el 24 de ese mismo mes el presidente Kirchner aprovechaba una reunión con la cúpula de UIA para ratificar que se mantendría el “tipo de cambio competitivo” como eje fundamental de la política económica. Así lo dijo: “Tenemos presiones pero yo les aseguro que no las vamos a escuchar. Vamos a sostener el valor del dólar”.

Casi un mes después la ministra de Economía, Felisa Miceli, afirmaba que “por más que arrecien versiones que siempre ponen de manifiesto las dificultades que va a tener el gobierno para sostener el tipo de cambio, esto es una decisión, una política de Estado”, agregando: “Queremos que este tipo de cambio siga funcionando como una protección para las industrias y las economías regionales”.

Mientras, el lunes 18 de junio, el director gerente del FMI, Rodrigo de Rato, advertía, en una clara alusión a la Argentina, que “los miembros deben evitar la manipulación de los tipos de cambio…para equilibrar su balanza de pagos o sacar ventajas en forma injusta frente a otros miembros”.

Dos días después, el Día de la Bandera, los máximos responsables de las industrias automotrices radicadas en el país escucharon del presidente Kirchner las palabras que querían oir: “Para los tiempos que se vienen, para 2007 y para 2011, hay que garantizar un dólar competitivo…para aumentar las exportaciones”.

Era evidente que casi nadie se animaba por ese entonces a oponerse a esa política cambiaria que reemplazó al 1 x 1 de la Ley de Convertibilidad, aunque paradójicamente tiene fundamental similitud por cuanto se basa también en un tipo de cambio fijo o semi fijo del peso contra el dólar, pero en lugar de estar ahora el peso sobrevaluado como en los 90’ se lo mantiene fuertemente subvalorado. Y las consecuencias, en ambos casos, serían igualmente catastróficas. Ya se había experimentado la primera crisis y muy pronto, inexorablemente, llegaría la segunda.

Y para tratar de seguir escondiendo la realidad, en el mes de agosto de 2007 tanto Redrado como otros altos funcionarios salieron a comunicar, a través de todos los medios, que la política cambiaria oficial se basaba en el sistema denominado “flotación administrada”, que es el que rige desde hace ya más de treinta años en el mundo civilizado.

Nada más alejado de la realidad. Tal afirmación era totalmente falsa porque dicho sistema nunca había sido puesto en práctica en nuestro país. El sistema cambiario impuesto en la Argentina nada tenía que ver con la flotación administrada que existe en los principales países. La intervención del BCRA en el mercado no tuvo ningún sustento razonable e ignoró o desconoció las reglas del juego aceptadas dentro de ese ámbito en el mundo globalizado. Una muestra más de ello fue cuando el BCRA intervino en el mercado de cambios, en varias ocasiones a fines de julio y durante agosto y septiembre de 2007, comprando y vendiendo, como si su acción tuviera como objetivo competir con las entidades privadas o, en el peor de los casos, tratar de perjudicarlas. Así, primero, durante un largo período, se lo vio actuar como para ponerle un freno a la revaluación del peso y luego, con agresividad inusitada, evitar una mayor devaluación cuando el tipo de cambio pisaba la figura de $ 3,18 por dólar.

 

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:: La flotación administrada

Tras largas discusiones, que incluyeron fuertes enfrentamientos, el sistema cambiario que finalmente comenzó a regir a partir de mediados de los `70 en los principales cinco países del mundo (Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, Francia y Japón) fue el de la flotación del tipo de cambio.

Ese sistema, que fue denominado de “flotación administrada” surgió de un acuerdo multinacional, distinguiéndose por sus cuatro características fundamentales:

1) Libre acción de la oferta y la demanda;
2) El valor de las diferentes monedas es un asunto de interés internacional porque son consecuencia de las decisiones tomadas libremente por los operadores, según sus expectativas, y de las políticas, directas e indirectas, aplicadas por los países para influir en las tendencias de los mercados de divisas;
3) Marcada volatilidad de los tipos de cambio;
4) Intervención de los bancos centrales para morigerar movimientos exagerados o cambiar tendencias que pudieran afectar normas monetarias internas.

Las intervenciones, si bien tenían fundamentos políticos y económicos, siempre y durante años se realizaron teniendo en cuenta criterios e intereses únicamente nacionales. Si bien esa acción en aquel entonces era aceptada en general, la experiencia permitió diferenciar entre países que la ponían en práctica sólo ocasionalmente, como era el caso de los Estados Unidos, y algunos otros que lo hacían casi cotidianamente, como Francia y España.

Durante unos doce años la flotación administrada unilateralmente se caracterizó por una muy marcada volatilidad, con largos períodos en los que las diversas monedas se mantuvieron subvaluadas o sobrevaluadas. El caso más notorio fue el del dólar estadounidense, que hasta 1979 sufrió una fuerte devaluación y seguidamente, hasta 1985, una exagerada apreciación.

Precisamente, durante ese año, la sobrevaluación del dólar provocó presiones proteccionistas por parte de importantes grupos industriales, ante la falta de competitividad de sus productos por el desproporcionado valor de su moneda. Y la crisis no tardó en llegar.

Así fue como las grandes potencias arribaron luego a la conclusión de que la única manera de influir con éxito en la orientación de los mercados era discutir y consensuar líneas de acción conjuntas y coordinadas, que fueran contundentes y eficaces, coordinándolas para lograr el equilibrio perdido.

Un primer paso en ese sentido se dio en el otoño de 1985, obligado por una fuerte apreciación del dólar y su consiguiente efecto sobre el déficit comercial norteamericano. El Grupo de los Cinco (G-5: Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, Francia y Japón), reunido en el hotel Plaza de New York, el 22 de Septiembre de ese año, acordó intervenir conjuntamente en los mercados de divisas para provocar la depreciación del dólar. Al mismo tiempo, la Reserva Federal aplicó una política monetaria expansiva y la reducción de las tasas de interés. Esta medida, agregada a las intervenciones concertadas, provocó una fuerte caída del valor de la divisa estadounidense.

El 22 de Febrero de 1987 los integrantes del G-5 más Canadá se reunieron en París, en el Louvre, para tratar de estabilizar las cotizaciones en el nivel que mostraban ese momento, considerado de equilibrio. Según el acuerdo suscripto en la oportunidad los bancos centrales de Estados Unidos, Alemania y Japón se comprometían a intervenir activamente en los mercados de divisas para estabilizar el dólar en torno a un nivel de referencia.

Los objetivos del denominado Acuerdo de Louvre tendían a estabilizar la paridad del dólar y reducir, consiguientemente, la incertidumbre en los mercados internacionales. Pero la posterior lenta corrección del déficit público norteamericano y la excesiva disciplina presupuestaria de Japón y Alemania hicieron fracasar el convenio.

No obstante, quedó vigente la decisión del G-5 de establecer, para el futuro, zonas objetivo (target zones) para las cotizaciones de las principales monedas, con el compromiso de actuar cuando los niveles establecidos fueran traspasados. Por supuesto, esos parámetros siempre se mantuvieron bajo estricta reserva.

Desde entonces, se realizaron varias intervenciones siempre concertadas entre los principales bancos centrales del mundo para impedir movimientos no deseados de los tipos de cambio y lograr un nuevo equilibrio de las paridades.

Sin embargo, la intervención directa de los bancos centrales en los mercados de divisas fue perdiendo importancia, debido a las crecientes dificultades a partir del enorme crecimiento que experimentaron los volúmenes transados en los principales mercados cambiarios del mundo.

Simultáneamente, comenzaron a aparecer renovadas críticas al sistema de intervenciones oficiales directas en los mercados de cambios, las que para un número creciente de analistas y economistas no tenían ningún efecto distinto del que podían originar las contrapartidas monetarias que originaban. De acuerdo con este criterio, la nueva modalidad que propiciaban se basaba en que las políticas monetarias eran las más efectivas para influir en el nivel de los tipos de cambio.

Los defensores de esta nueva modalidad, que finalmente se impuso, fundamentaban su posición en que la intervención con simultánea esterilización del dinero emitido, ya no tenía efecto sustancial ni duradero sobre los tipos de cambio y que por eso había que variar.

Así, durante la segunda mitad de los 80’, pronto ganó terreno esa teoría y, entonces, los bancos centrales comenzaron a utilizar instrumentos indirectos con dicho objetivo, eligiéndose la fijación de las tasas de interés referenciales como la principal arma para lograrlo.

Durante los 90’ y en los principios del siglo XXI se afianzó la idea de que los niveles de los tipos de cambio tenían un valor relativo y que su equilibrio dependía de la disciplina y la coordinación de las políticas macroeconómicas. Por eso, se puso mayor énfasis en lograr que los países promovieran políticas monetarias y fiscales internas que fueran estables y equilibrantes.

Fue determinante, al respecto, el convencimiento de los integrantes del Grupo de los Siete (G-7) que la coordinación en materia monetaria, como en otros campos, era imprescindible, a pesar de que los acuerdos se hacían más difíciles por los profundos cambios registrados en los sistemas monetarios nacionales e internacionales y, particularmente, por los avances de la innovación financiera, las desregulaciones y la liberalización, junto con los progresos tecnológicos en informática y comunicaciones.

Cualquier similitud de lo narrado con el sistema cambiario vigente en la Argentina, entre 2003 y septiembre de 2007, pese a la opinión y afirmaciones de sus más altas autoridades, ha sido pura casualidad.

:: El controvertido escenario actual

::Algunos en nuestro país seguían creyendo que era posible aislarlo del mundo civilizado, tanto en lo económico como en lo financiero, y ese ha sido el objetivo de un sinnúmero de medidas tomadas en los últimos cuatro años por el actual Gobierno. La política cambiaria, por ejemplo, se basó en un tipo de cambio “lo más alto posible”, un estricto -casi policial- control de cambios y la permanente intervención del BCRA en el mercado.

Pero la crisis desatada a mediados de julio, con epicentro en los Estados Unidos, ha mostrado, precisamente, que aquello es imposible de lograr cuando la globalización ya es un hecho consumado. Y pese a las supuestas barreras puestas para evitar que resultara afectada, como la acumulación de reservas considerada oficialmente como el recurso anticrisis por excelencia, la Argentina resultó ser la más perjudicada, con fuertes caídas en los valores bursátiles y un estrepitoso derrumbe de los precios de los bonos e importantes subidas de la tasa de interés y del riesgo-país.

Felizmente, el viernes 17 de agosto, la oportuna intervención de los bancos centrales de los principales países logró frenar el pánico, que ya era generalizado. Por su parte, el BCRA actuó tardíamente al disponer una inyección de pesos en el sistema financiero argentino mediante una nueva operatoria de pases, aunque el riesgo de una importante devaluación del peso estaba fuertemente acotada, precisamente, por aquella falta de liquidez en el mercado de dinero. Como resultado de todo lo ocurrido, las reservas internacionales se redujeron, al mediar agosto, unos USD 500 millones.

Sin embargo, fue casual que la inesperada demanda motivada por la estrepitosa salida de capitales facilitara la acción del BCRA en el mercado, en momentos en que la nueva política oficial era la de subir el precio del dólar para que “flotara” dentro de una banda entre $ 3,10 y $ 3,20, según se encargaron de publicitar “altos funcionarios del ente monetario”. El objetivo, en ese sentido, resultó exitoso, aunque con una innecesaria pérdida de reservas.

Por ejemplo, en Brasil, la crisis por las subprimes provocó, transcurridos 17 días de agosto, una abrupta caída del real del 11% y sin que el Banco Central brasileño perdiera un solo dólar de sus inmensas reservas 23 días después, al cierre del viernes 8 de septiembre, el real recuperaba 6% de aquel valor perdido, afianzando su revalorización.

La última quincena de agosto fue extremadamente difícil y compleja para los operadores del Mercado Unico y Libre de Cambios argentino, que se mostraban afectados por una rara sensación de dudas e incertidumbres crecientes, en un marco con mucha más volatilidad y movimientos impredecibles. Es que el publicitado mensaje oficial, emitido a través de todos los medios, de que la política cambiaria ahora resultaba ser una “flotación administrada” colmó todas las expectativas, siendo motivo de los más diversos comentarios y, como no podía ser de otra manera, de gestos risueños. Es que no se entendía cómo, desde los más importantes ámbitos oficiales, se podía anunciar un hecho de tanta trascendencia y significación desconociendo olímpicamente de lo que se estaba hablando. Y en esto hay que ser claro y terminante. El sistema cambiario que rige en la Argentina nada tiene que ver con la flotación administrada que existe en los países civilizados.

En los últimos días de agosto el BCRA tuvo un a ardua tarea para evitar que el tipo de cambio vendedor de transferencia traspusiera la barrera de 3,18 y el peso marcara nuevos mínimos frente al dólar. En esos días, incluso, fue auxiliado por los bancos oficiales, el Provincia y Nación, al acentuarse la demanda por las habituales operaciones de fin de mes que se agregaron a la salida de capitales especulativos, que volvían a su lugar de origen por aversión al riesgo, en momentos en que la crisis de los créditos hipotecarios en los Estados Unidos aún seguía vigente.

Sin embargo, el mes terminó con los ánimos más calmados en los mercados globales y la oferta y la demanda en el Mercado Unico y Libre de Cambios tendió a equilibrarse y el BCRA hasta, increíblemente, tuvo que comprar para evitar que el tipo de cambio del peso/dólar cayera por debajo de los $ 3,15.

En esos días la entidad presidida por Martín Redrado, informó que la pérdida de reservas, de unos USD 900 millones en el mes de agosto, se debió, en parte, al pago de deuda pública y “por diferencias de cotización del dólar frente a otras monedas (euro, yen, libra) y las intervenciones en el mercado de cambios. Y agregaba: “La estrategia del Banco Central para neutralizar las presiones en el mercado de cambios se basó en una fuerte intervención en el mercado de futuros”. A propósito, trascendió que durante agosto con ese instrumento se ha dado cobertura por el riesgo de cambio a inversionistas en general por un monto cercano a los USD 2.000 millones, en operaciones con contratos a vencer el último día hábil de ese mes y septiembre.

Es oportuno recordar que con la generosa venta de dólares al contado se ha beneficiado a los especuladores que pudieron huir de la Argentina cambiando sus pesos a un relativamente bajo tipo de cambio y, además, el ente monetario inyectó en el mercado la suficiente liquidez para que ello pudiera ser posible.

Mientras, en el Precoloquio de IDEA, realizado el martes 4 de septiembre, en el Hotel Sheraton, Cristina Fernández de Kirchner sorprendió al auditorio, conformado por más de 700 ejecutivos, con esta frase: “No es sustentable por mucho tiempo la ventaja del tipo de cambio competitivo. Es necesario complementarlo con inversión tecnológica y productiva”, agregó. Pero 48 horas después su marido, el presidente de la Nación, en un breve diálogo con un periodista del diario BAE, tras la reunión realizada con representantes de la Unión Industrial Argentina (UIA), aseguraba que “el tipo de cambio se va a mantener competitivo, en una banda cercana a los 3,20 pesos”.

Es la primera vez, durante el actual gobierno, que en la misma cúspide del poder aparece una voz disonante con el mensaje oficial, reiterado una y otra vez, de que la actual política económica se basa en un “tipo de cambio alto”. No obstante, aquella afirmación de la candidata a presidente parecería tener hoy mayor razonabilidad que la sustentada por Néstor Kirchner, quien insiste en que se debe seguir el mismo camino que impuso apenas asumido y que nos conducirá a otra crisis, cada vez más cercana. Por eso, desde el 24 de julio, cuando se marcó un máximo de USD 44.234 millones, hasta el miércoles 5 de septiembre, con USD 43.002 millones, según el último dato oficial, el BCRA perdió USD 1.212 millones de sus reservas tratando, ahora, de que el tipo de cambio no supere los $ 3,20, como quiere el Sr. Presidente.

La incertidumbre, importada y acentuada localmente, resultó motivo suficiente para provocar primero la huida hacia el dólar de inversionistas en general y luego de quienes tenían sus ahorros en los bancos en depósitos a plazo fijo en pesos. Precisamente, fue muy evidente en estos últimos días la fuerte demanda del billete dólar provocada por la corrida de los ahorristas para deshacerse, lo más rápido posible, de la moneda argentina.

En tanto, continuaba la agresiva intervención del ente monetario en el mercado de cambios, al contado y a futuro, y en el de dinero y se repetían las reiteradas “llamadas” de altos funcionarios a las tesorerías de los bancos para que se los informara sobre quiénes vendían títulos públicos y compraban dólares. Mientras, se sabía que las importaciones marcaban un nuevo récord de USD 4.400 millones en agosto y la inflación se devoraba mucho más rápido que antes las “ventajas” del dólar alto.

 

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