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Los emigrantes son los verdaderos protagonistas de la ciudad de Buenos Aires. Con su trabajo construyeron, paso a paso, una cultura que iluminó su propio derrotero y el de millones de descendientes, hoy orgullosos de la ciudad porteña. Llegados especialmente desde Europa junto a otros de variadas latitudes, estos hombres y mujeres que algún día dejaron su patria trabajaron, amaron, rieron, lloraron y nunca dejaron de ser solidarios.
Uno de los colectivos
emigrantes más importante fue el formado por los que llegaban desde
Galicia. Con el sello cultural que la nación gallega imprimió en
sus hijos emigrantes se instalaron en estas lejanas tierras
transatlánticas y volcaron en sus descendientes el amor por lo que
algún día dejaron.
En un hogar de
emigrantes como los descriptos, un primero de junio de 1910, casi
cien años exactos después de la Revolución de Mayo que declarara
a los criollos en rebeldía frente a los acontecimientos de la
península, nacía en Buenos Aires Luis Seoane, uno de esos
millones de hijos de gallegos.
Amor por su patria argentina. Amor por su patria gallega. Su participación en la cultura de ambas patrias tuvo pocos parangones de trabajo tan incesante.
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