La angustiante crisis argentina.
Réquiem para cacerolas.

Las cacerolas han abandonado su lugar habitual en las cocinas y se han transformado para la población en un poderoso instrumento con el cual actuar políticamente. En diversas manifestaciones públicas la ciudadanía las utiliza para expresar el profundo rechazo que sienten por la mediocre clase dirigente. Además de protestar, ¿hay para los argentinos un futuro diferente si seguimos utilizando las cacerolas para hacer política?

 

Por Pablo Rodríguez Leirado.
Marzo de 2002

 

 

Las cacerolas que atronaron a partir de la noche del miércoles 19 de diciembre marcaron no solo el final del (des) gobierno de Fernando de la Rúa -y luego de Adolfo Rodríguez Saá-, sino también de una actitud pasiva en la población argentina. Desde esta redacción nos hemos referido a ese anterior comportamiento en el artículo que irónicamente titulamos "El síndrome de la angustia pasiva", en abril del 2001. Pero hoy en día la calle ha ganado el ánimo ciudadano y se han multiplicado las manifestaciones, "cacerolazos", marchas de protestas, piquetes, "escraches", y otras expresiones populares (pacíficas o violentas) de rechazo a la actual dirigencia, con un especial hincapié en los líderes políticos.

Bien puede definirse al actual sistema político y económico como un "régimen", en el cual el poder lo detentan desde 1983 unos pocos grupos de personas, bajo apariencias democráticas, con la finalidad primordial del enriquecimiento personal y corporativo (con el período de Carlos Menem a la cabeza) y muy de vez en cuando se acuerdan de la responsabilidad que tienen para con sus representados. 

Cabe recordar que en la historia argentina existieron varios regímenes en los cuales grupos oligárquicos utilizaban formas democráticas para encaramase en el gobierno. Cualquiera de esas castas gobernantes (la "Generación del 80" del siglo XIX, o la clase dirigente de la "Década Infame", en los años 30 del pasado siglo), con todos sus múltiples errores y carácter decididamente oligárquico, se revelan notoriamente superiores, éticamente y pragmáticamente en la función de gobierno, a los líderes del presente. 

La expoliación de las riquezas de la Argentina por parte de la actual clase dirigente alcanza grados escandalosos en quienes ocupan cargos en el gobierno y discretos para los que se encuentran en la oposición. En este sistema la alternancia en el poder solo se trata de un simple reemplazo de funcionarios que marca la llegada de otro grupo de rapiña. Las diferencias entre ellos se diluyen definitivamente con pactos que consagran la impunidad casi absoluta y el reinado de la corrupción. 

Todo esto implica que los argentinos no sólo hemos errado terriblemente a la hora de elegir adecuadas y competentes autoridades sino que también no supimos poner límites al poder que ejercieron nuestros representantes. Una mayoría impasible contempló una cadena interminable de hechos de corrupción que muchas veces se transformaron en meros entretenimientos mediáticos. Nadie, de quienes ocuparon cargos de relevancia en los distintos poderes del Estado, esta preso a pesar del enorme descalabro que padece la Argentina como nación tal como mencionamos en el artículo "¿Y los responsables?". 

La vedette del momento.

Los "cacerolazos" indicaron el hastío final de la población ante semejante "régimen" y su deseo de modificar el actual sistema. Claro que para ello se tuvo que llegar a una terminal crisis económica. Las cacerolas se han constituido en las indiscutidas protagonistas de la política argentina de los últimos tres meses. 

Sin embargo, su utilización no puede considerarse una adecuada forma de hacer política. En una carta al diario La Nación, publicada el 26 de febrero del 2002, el notable escritor argentino (y curiosamente biógrafo del ex presidente Carlos Menem) Daniel Herrendorf, define atinadamente el carácter de los "cacerolazos": "Aun la justicia enorme de su causa, los cacerolazos constituyen una viva regresión simbólica a las formas menos complejas de la comunicación. Como acto político o como cualquier otra cosa, parecerían ser bastante agrestes. Por instinto mamífero el bebe de pocos meses grita golpeando una cosa contra otra, con una propuesta que apenas alcanza el prestigio solitario del berrinche. Esa es hoy la expresión política más alta de las clases medias urbanas. El mismo contenido desolado de la propuesta "que se vayan todos" confirma la naturaleza primaria del grito tarzánico. La expresión sin lenguaje del tachín tachín es ligeramente básica y está por fuera de las categorías analíticas de la ciencia política, que no puede categorizar el dolor como juicio. Una sociedad que deja de ser representable asume su historia como conflicto puro y sale a la calle, pero no sabe a qué. En ese instante feroz no entiende lo que le pasa, y eso es todo lo que le pasa."

Una vez manifestado el claro repudio a la actual dirigencia y al régimen político imperante, las cacerolas deben delegar su protagonismo, ya que hoy, en opinión de quien escribe estas líneas, solo constituyen la expresión de una sola cosa: ruido.

Es ahora donde debe empezar la construcción de un nuevo sistema que tenga una verdadera base y espíritu democrático, ya sea encarnado en las asambleas populares u otras nuevas expresiones y organizaciones políticas que superen la propuesta del simplemente "que se vayan todos". El vacío de poder siempre resulta útil a quienes desean la regresión a la edad de piedra que significa una dictadura o un régimen cívico - militar que lideran los "salvadores" de turno. 

Pero, ¿cómo construir desde el fracaso actual y la corrupción generalizada de toda la clase dirigente? En una entrevista realizada por diario argentino La Nación al escritor Fernando Savater (publicada el 8 de enero del 2002), nos deja una esperanza: "No se puede conformar una sociedad si por un lado tenemos una casta despreciable -la de los políticos- y, por el otro, ciudadanos que "virtuosamente" se abstienen de participar". 

Es obligación de los argentinos, de todos nosotros, participar decididamente en política, ocupando las más variadas actividades cívicas, como el control a los funcionarios, cargos públicos, organizando y colaborando en ONG u otras formas que impliquen la construcción de espacios de participación popular que aporten soluciones. Esto si aún queremos vivir y disfrutar de los beneficios de una verdadera democracia.

Por Pablo Rodríguez Leirado.
Marzo de 2002

  Triste saga de presidentes argentinos que signaron una supuesta democracia, que resultó ineficaz y corrupta:


Dr. Raul Alfonsín: "No supe, no pude, no quise..."


Dr. Carlos Saúl Menem: "Sigo pensando que en cada corrupto se identifica un traidor a la Patria..."


Dr. Fernando de la Rúa: "Me comprometo a encabezar un gobierno que defienda a los humildes y le corte la cabeza a la corrupción...".


Dr. Adolfo Rodríguez Saa: "Vamos a crear un millón de puestos de trabajo..."


Dr. Eduardo Duhalde: "El que puso dólares, tendrá dólares..."

 

Apellido y Nombre

Correo electrónico

Su opinión

 


En este espacio,
estimado lector,
vuelque sus
comentarios e
inquietudes.

Muchas gracias.