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La Ciencia y la Ética.
"Y seréis como Dios"
El extraordinario avance tecnológico
y científico de los últimos años ha puesto en manos del hombre un poder
como nunca tuvo antes, tanto para la vida como para la muerte. Karina
Donángelo analiza algunas perspectivas y problemáticas que surgen
como consecuencia del veloz desarrollo de la ciencia y la técnica y como
afecta a la concepción de humanidad.
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Desde el principio de los tiempos, distintas civilizaciones
han perseguido una quimera. Enmarcadas en sistemas de creencias, las sociedades
humanas han buscado el conocimiento, muchas veces soportando luchas sangrientas.
Reunido en organizaciones secretas, logias o cofradías,
el hombre ha perseguido la verdad de las cosas, el significado de la vida,
la explicación de su existencia. Esta búsqueda desesperada lo llevó a
contrariar las normas humanas y hasta las consideradas leyes divinas,
y el límite que separa la ficción de la realidad.
Especulando con la amenaza, al filo de la navaja ha intentado,
incesantemente superarse a sí mismo. Y en su inmensa cruzada, ha traspasado
-según muchos- la frontera que separa lo celestial de lo meramente terrenal.
Si, hoy el hombre se ha catapultado como el "dios de
la Modernidad". Pues posee la facultad de decretar lo que es el Bien y
lo que es el Mal. Es dador de vida, pero también de muerte. Así lo demuestran
las distintas cosmogonías de las principales culturas de la humanidad,
y así lo advierten sus profecías. No obstante, la realidad actual, no
sólo se ha revelado en la mitología, sino que se manifiesta en nuestra
propia cotidianeidad.
La gran quimera es ser dioses. Obtener la herramienta
que permita decretar, por encima de todas las leyes del universo. Ser
capaces de impartir vida y sin embargo también ser generadores de destrucción.
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Una amistad irreconciliable.
El hombre siempre ha sentido curiosidad; ha deseado entender
el mundo animado e inanimado que lo rodea. Se ha interesado en la aplicación
práctica de las cosas que aprende, con el fin de beneficiarse. Esta sed
inherente de conocimiento y el deseo de aplicarlo ha sido la fuerza motriz,
en su incesante búsqueda de la verdad científica.
La religión fue una parte inseparable en esta búsqueda,
desde tiempos antiguos, por lo que se comprende que el conocimiento científico,
en sus postrimerías fuese paralelo a las ideas y creencias religiosas.
Por otra parte, la filosofía también ha sido un componente
importante en la historia de la ciencia. Para los antiguos filósofos griegos,
por ejemplo, la Ciencia era el modo común de filosofar. Pues, filosofar
implicaba "descubrir" y en muchos casos "experimentar".
Aristóteles fue un biólogo y notable naturalista; Kant
creó la teoría que expresa que el Sol y los planetas se originaron en
una nebulosa gaseosa primitiva; Descartes, llamado "el iniciador de la
filosofía moderna" inventó la geometría de coordenadas, etcétera.
A medida que la acometida impetuosa de la ciencia racionalista
conquistaba uno tras otro los sectores del pensamiento medieval, la filosofía
se vio obligada a acelerar su paso: no era lo mismo ocupar el centro del
universo, a ser un planeta entre otros.
Sobre las ruinas de una filosofía que giraba en torno
a Dios se construyó un sistema de ideas que explicaban los actos de los
hombres racionales y libres en un espacio laico.
Con el correr del tiempo, el escepticismo de la Alta
Crítica concluyó que era imposible armonizar razón y religión. Sí, había
florecido el "romance" entre el hombre y la Ciencia.
El público fue seducido por los logros científicos, que
colmaron de regalos a la humanidad: la electricidad, el telescopio, el
automóvil, la máquina de vapor, la aviación, etcétera.
El cielo terrestre se pobló de pequeños dioses de metal;
los satélites de comunicación instantánea. Y en 1969, por primera vez
el ser humano pisó la Luna.
Pero a lo largo del tiempo, y a raíz de sus métodos y
descubrimientos exitosos, esta ciencia se volvió orgullosa, a tal punto
que acusó de charlatanería y frivolidad a la filosofía.
En tanto la filosofía empezó a ver a la ciencia como
una actividad fría y calculadora, cuyas aplicaciones eran amorales y achataban
la espiritualidad del hombre, e incluso ponían en riesgo su vida.
Estos hechos, junto con muchos otros tales como la manipulación
del núcleo atómico o la ingeniería genética serán la manifestación moderna
de la rebelión religiosa, que según la tradición se interpreta como "Pecado
Original".
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La caída del Paraíso
El problema no es actual. Comparando los mitos del origen
de la humanidad, en distintas culturas se puede observar una sorprendente
coincidencia, que buena o mala ha llevado al hombre, junto con su desarrollo,
a ser "el dios de este mundo". Un dios que genera vida y también devastación.
Si realmente existió la primera pareja humana, de acuerdo
con lo registrado en el libro de Génesis -de la tradición judeo-cristiana-,
o no es una incógnita difícil, por no decir imposible de desentrañar.
No obstante, el deseo del hombre, de posicionarse a la misma altura de
Dios surge a partir de la adquisición del "Logos".
De acuerdo con el relato del Génesis, el primer libro
de la Biblia, Adán recibió un solo mandato negativo de su Creedor: la
prohibición de comer del árbol del conocimiento de lo bueno y lo malo.
"En cuanto al árbol del conocimiento de lo bueno y lo malo, no debes comer
de él, porque en el día que comas de él, positivamente morirás" (Génesis
2:17).
Comer del árbol del conocimiento simbolizaba que quien
tomara su fruto tendría la capacidad de decidir por si mismo lo que era
"bueno" y lo que era ''malo" para el hombre.
El Diablo, enmascarado en una serpiente tentó a Eva,
mujer de Adán y le dijo: "Positivamente no morirán. Porque Dios sabe que
en el mismo día que coman de él tendrán que abrírseles los ojos y tendrán
que ser como Dios" (Génesis 3:4,5)
Adán y Eva codiciaron lo que pertenecía al Creador, la
prerrogativa de determinar lo que era acatable o no para las criaturas.
Al tiempo de pecar, la primera pareja humana gozaba de libre albedrío.
El pecado original significó el desafuero del hombre,
ya que violó la disposición de permanecer dentro de los límites de libertad
decretados por Dios; límites que no lo restringían absolutamente, sino
que como continúa el relato; "le permitirían el mayor disfrute de la vida".
El vulnerar esos limites equivalía a perpetrar una invasión
del dominio divino. El hombre estaba colocando su juicio por encima de
Dios, y en su proceder de desobediencia, se convirtió en una ley para
sí mismo.
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Los "Dioses" de maíz.
En la teogonía que se relata en el libro sagrado de los
mayas; el Popol Vuh o Libro del Consejo de los indios quichés, se cuenta
la historia de la creación del mundo y del hombre.
Allí se describen las cuatro etapas Creativas. En la
primera, los dioses crearon la tierra y la poblaron de animales; pero
como éstos no fueron capaces de pronunciar los nombres divinos, fueron
destruidos. En la segunda creación, los dioses crearon a los hombres de
barro. Pero observaron que estas figuras se amontonaban, se ablandaban,
se caían y carecían de pensamiento, por lo que decidieron destruirlos.
En la tercera etapa, los dioses crearon a los hombres de madera. Estas
figuras hablaban y hasta tuvieron descendencia, pero como carecían de
sangre, se secaron. La cuarta creación fue la definitiva. Los dioses fortalecieron
a los hombres con la sustancia blanca de maíz, con la que formaron la
carne de los que serían los primeros padres de la humanidad.
Estos hombres, después de recorrer la tierra adquirieron
la "inteligencia"; es decir, el conocimiento que los capacitaba para comprender
los secretos del universo, para agradecer su creación a los dioses, pero
también para independizarse de ellos. Pues, de acuerdo con el pensamiento
mágico-religioso de las primeras civilizaciones precolombinas, así como
los hombres necesitaron de los dioses para vivir; también los dioses necesitaban
de los hombree para subsistir.
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El fuego sagrado
Cuando a Hesíodo se le aparecieron las musas y le ordenaron
que escribiese las cosas que fueron y las que serán, el poeta creó la
"Teogonía de los Dioses". Se observa en esta obra, cierto tono pesimista
de la condición humana. Pues en algunos pasajes, la voluntad de los dioses
aparece simulada como la justificación de las miserias de la humanidad.
Y de la segunda obra de Hesíodo, "Los Trabajos y los Días", se extrae
el mito de Prometeo, uno de los titanes e iniciador de la primera civilización
humana. Prometeo robó del cielo el fuego sagrado y lo enseñó al hombre.
Deseoso de favorecerlo, le enseñó todas las artes útiles; es decir, le
otorgó el conocimiento.
Al principio, los hombres vivían sobre la tierra, lejos
de los dolores del arduo trabajo y penosas enfermedades. Pero Zeus castigó
a los mortales con toda clase de sufrimientos y encadenó a Prometeo a
una roca, donde un águila le roía el hígado. Prometeo desobedeció a los
dioses y fue castigado por burlarse de Zeus y robarle el fuego sagrado.
La culpa de los males -tal como lo plantea el mito- no
es por castigo de los dioses, sino por sentimiento del mal, que abrigaba
Prometeo dentro de su ser. El hombre había transgredido una barrera que
nunca debió ser cruzada. Así comienza a diferenciarse, sólo a partir del
conocimiento del bien y del mal. Ya como alternativa de su evolución,
ya como alternativa de su propia destrucción.
Esta disyuntiva ha provocado una grave crisis de valores,
la falta de ética, el desequilibrio de las sociedades y como contrapartida,
también un entorpecimiento en aquellos avances científicos, que verdaderamente
benefician a la humanidad.
El mito general de la caída y la nostalgia del Paraíso
perdido fue reemplazado por la teoría del Progreso, que situó las esperanzas
del futuro y aseguró que el desarrollo de las ciencias y las tecnologías
iría solucionando uno a uno los problemas de la humanidad.
Trabajosamente se edificó la noción del individuo libre,
de los derechos individuales y de la privacidad inviolable; pero las estrategias
tecnológicas de fin de siglo parecen amenazar estas conquistas. Gran parte
de los estamentos científicos no pueden dar cuenta de la realidad que
avanza a pasos agigantados, muchas veces barriendo con postulados arcaicos
y con las barreras éticas.
Hoy el hombre decide si un embrión es o no persona, selecciona
las características físicas que tendrá un bebé. Serán "niños a la carta",
ya no sólo a gusto de los padres, sino "a gusto del cliente", en vistas
de una sociedad eugenésica. Determina quién merece vivir y quién merece
morir. Construye su futuro, pero muchas veces al filo de la destrucción.
Y sin embargo quiere más, mucho más.
La clonación genética, su manipulación; la cotización
de los genes humanos como el nuevo "mercado de esclavos"; la amenaza de
un mundo habitado y sojuzgado por una "raza genética superior"; la construcción
de enormes fábricas de clones humanos, donde se almacenen órganos; la
creación del hombre biónico; la conquista y colonización del espacio;
la explotación de recursos naturales extraespaciales; la nueva ingeniería
espacial misilística; las armas biológicas; el recalentamiento terrestre
y la contaminación ambiental; el imperio cibernético; las armas químicas;
la manipulación del núcleo atómico; la nueva forma de trabajo teledirigido;
las presentadoras virtuales de la red; el rearme nuclear; las técnicas
sexuales en el ciberespacio; las dictaduras de los grandes laboratorios;
la expansión y el surgimiento de nuevas drogas adictivas e ilegales; la
explotación de recursos naturales no renovables; la proliferación y difusión
de la violencia a través de los medios de comunicación; la manipulación
de la información; la nueva agricultura "de interiores", es decir la utilización
de la biotecnología, en campos cerrados y artificiales, lo que supondría
el fin de la era agrícola de la humanidad; la producción de productos
alimenticios transgénicos (modificados genéticamente), etcétera.
Estos son sólo algunos adelantos y descubrimientos que
han llegado. Para algunos han significado verdaderas victorias; mientras
que para otros son una seguidilla interminable de catástrofes y amenazas.
El resultado, por de pronto, parece incierto en la recta final de este
milenio.
Pese a las antiguas y nuevas disputas a las que se enfrenta
hoy día la ciencia, los avances científicos no debieran verse truncados
por una condena de tipo "galileica". Sin embargo, la humanidad
tampoco debiera olvidar, que a pesar de su ¿instinto? de superación, que
ha movido al hombre desde el principio de los tiempos a parecerse a una
"potencia" superior, todavía sigue siendo falible.
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"Feliz es el que lee en voz alta,
y los que oyen las palabras de
(las) profecías, y que observan
las cosas que se han escrito en ellas,
porque el tiempo señalado está cerca"
Apocalipsis 1:3
Los misterios del universo, en la mayoría de criterios
parecen ser infinitos. Distintas teorías científicas por su parte señalaron
también, que el tiempo lo era. Otros catedráticos arriesgaron la tesis
de que existen "infinitos tiempos", es decir tiempos paralelos. Y no faltaron
los científicos que aseveraran sobre la existencia de múltiples espacios.
Lo cierto es que todo parecería indicar que nos acercamos al final del
tiempo, o al menos de uno de los tiempos.
Distintas sectas mesiánicas alrededor de todo el mundo
dan testimonio oral de esta creencia. Antiguas leyendas advierten sobre
la culminación de una época, antecedida por una grave crisis de transición,
que conducirá a la destrucción o a la salvación.
Dejando de lado los mitos, las leyendas o las advertencias
mágico-religosas, de una cosa no caben dudas: el mundo ha cambiado. La
civilización, también. Nadie hubiera imaginado hace poco más de un siglo
atrás, que la humanidad se enfrentaría a dos de las más crueles y sangrientas
guerras, capaces de fracturar y diezmar a la población mundial. Ni los
antiguos astrónomos hubieran imaginado que el hombre iba a tener la posibilidad
de imprimir su huella en la superficie lunar. Sin embargo, todo esto ha
acontecido.
El profundo cambio de los paradigmas, no sólo en el orden
científico, sino también en el orden político, económico y social ha provocado
un reordenamiento géomundial que todavía es muy difícil avizorar. Sin
embargo, el cambio ya llegó. Y para ello, la humanidad deberá estar preparada.
Porque la búsqueda de la verdad no ha terminado y todavía quedan muchas
cosas por revelar.
Coincidentemente, en 1918, el famoso físico alemán y
Premio Nobel, Max Planck comentó: "La ciencia nunca se halla en situación
de explicar en forma concluyente y decisiva los problemas con que tiene
que enfrentarse.
En todos los modernos progresos científicos vemos que
la solución de un problema hace aparecer el misterio de otro. Cada cima
que escalamos nos descubre otra que se eleva tras ella. Debemos aceptar
esto como un hecho absolutamente irrefutable, y nos es imposible eliminarlo
intentando trabajar sobre una base que reduce el alcance de la ciencia
a la simple descripción de las experiencias sensoriales. El objeto de
la ciencia es algo más; es un incesante esfuerzo hacia una meta que nunca
podría ser alcanzada, pues dada su naturaleza, es inasequible. Siempre
habrá cosas que resplandecerán a la distancia y de las cuales no podremos
apoderarnos. No es la posesión de la verdad, sino el triunfo que espera
a quien la busca lo que hace feliz al investigador".
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Amenazas latentes
Pese a que muchos de los descubrimientos científicos
han redundado en notables beneficios para la humanidad; uno se pregunta
para qué se desarrollan otros proyectos, que a las claras sólo pueden
significar destrucción. Se invierten millones de dólares en este tipo
de proyectos, mientras la humanidad se desangra en luchas internas, enfermedades
nuevas e implacables, hambrunas, pobreza extrema, analfabetismo y disolución.
La invención de armamentos sofisticados en nada puede
resultar positiva para la humanidad. Ni como estrategia de defensa ni
como estrategia de ataque, frente a la embestida de una potencia extranjera.
La aparición de nuevas armas de guerra (falazmente denominadas
"no letales"), tales como pistolas de microondas, cañones de sonido, lanza
espuma, armas láser, granadas de goma o generadores electromagnéticos,
herederos éstos últimos del Generador Tesla, descubierto por el físico
y enigmático Nikola Tesla (1856 - 1943). Armas capaces de producir en
el ser humano malestares físicos tales como sordera temporal, fiebre,
mareos, vómitos, anulación temporaria de la función psicomotriz, taquicardias,
hasta paros cardíacos e infartos.
Algunas de estas armas ultramodernas tienen sus antecedentes
en la época de fines de la Segunda Guerra Mundial, cuando la CIA y otros
organismos de inteligencia internacionales utilizaron elementos tales
como los Rayos T. Se trata de rayos de energía para la dominación cerebral,
generados por energía artificial, que trabaja sobre los códigos de energía
o radiación cerebral, que actúa como una anestesia ante la cual se corta
en el cerebro la capacidad periférica psicomotríz. Los rayos T se encargan
de controlar y/o anular la radiación energética cerebral. Este ataque
se da dentro de un orden invisible e intangible, como disparador espacial
y se lo utiliza para bloquear o dominar mentalmente a una persona. Son
capaces de borrar cosas del cerebro humano, enviar órdenes o hasta controlar
la conducta social, individual o colectiva.
Actualmente estos tipos de armas han sido perfeccionados;
tienen la velocidad de la luz, ya que para un ataque se utiliza el ultrasonido;
es inducido y puede dispararse desde cualquier parte del mundo.
Por otra parte, este tipo de técnicas de ataque, ya no
es privativo de organismos oficiales o de Estados, sino que en muchos
casos, yacen también en poder de las guerrillas. Y en la mayoría de los
casos son financiadas con dinero del narcotráfico y diamantes azules,
según un informe reciente del Banco Mundial.
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Nikola Tesla (1856 - 1943)

Cañón conocido como High Altitude Research Project
o HARP, diseñado por el canadiense Gerard Bull, que en 1966 consiguió
el record mundial de alcance artillero con un proyectil que se elevó a
180 kilómetros.
Fuente:
Revista Muy Interesante.
Marzo 1991 Nro. 65
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Las fuerzas de la naturaleza.
La explotación de recursos naturales con fines bélicos
hace mucho tiempo que ha dejado de ser una novedad. Los científicos no
sólo experimentan con virus y bacterias, sino que también utilizan fuerzas
de energía naturales para la destrucción.
Dotado de tamaño poder destructivo, el rayo ha sido tradicionalmente
temido y venerado. Fue el arma de Zeus, Júpiter y Thor en la mitología
occidental; de los dioses hindúes Shiva y Vishnú y de Indra entre los
vedas.
Naturalmente precipitados hacia un blanco, los rayos
pueden alcanzar una velocidad de 200 kilómetros por segundo. Pero conectadas
las cargas positivas con las negativas del ambiente y la tierra firme
se produce el fenomenal cortocircuito, lo que le permite al rayo descender
a una velocidad de 100.000 kilómetros por segundo. Lo cierto es que durante
una tormenta normal se libera tanta energía como la desatada por una bomba
atómica. Los investigadores ponen hoy este fabuloso potencial energético
al servicio de la ciencia, y no falta quienes lo pongan al servicio del
poder.
Algunas de estas experiencias se han encaminado hacia
la creación de "rayos en conserva". En 1891, el antes citado Nikola Tesla
inventó un generador de pequeñas chispas, con cables de su casa. Desde
entonces, sus seguidores han conseguido reproducir bajo techo, rayos dignos
de una gran tormenta e incluso fenómenos tales como el relámpago esférico.
Utilizan, entre otros, los nuevos y potentes generadores Tesla -hoy llamados
así en honor a su inventor-. Ya a principios de los 90, en la Universidad
de Nuevo México, se lanzaron cohetes de cobre, capaces de unir el suelo
con una nube y producir el estallido de un relámpago. Sin olvidar tampoco
los experimentos realizados en países ricos en minerales estratégicos
-por caso, la Argentina-, como por ejemplo el basalto magnetizado, vetas
de hierro y cuarzo, que actúan como un potente imán electromagnético.
En China, más específicamente en el Valle del Diablo,
cuando las nubes pasan por encima del suelo enriquecido con estos minerales,
se cargan rápidamente de electricidad y producen repentinos rayos de enorme
intensidad. La diferencia de voltios existente entre la parte baja de
las nubes y las rocas del suelo llega a alcanzar varios millones de voltios;
suficiente para causar el mismo efecto que si se produjera una fortísima
tormenta. ¿Qué pasarla si este enorme potencial fuera utilizado, como
tantas otras veces con tantos otros elementos, como estrategia de poder?
¿Podría pensarse en que el hombre de mano de la tecnología de punta fuese
capaz de producir catástrofes "naturales" inducidas? Todo puede ser, pues
qué duda cabe que hoy, la realidad supera la ficción...
Todo cambia. Lo que ayer fue, hoy ya no es. Muchos de
los avances de la humanidad, hoy resultan escenarios antiguos de una realidad
perdida en "la noche de los tiempos"
Es que vivimos rodeados de inventos magníficos, pero
también de peligros insospechados. Mientras todo esto ocurre, a un costado
del camino yacen como testimonio de otra época, las ruinas de un mundo,
que desde hace mucho ha empezado a perecer...
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Un generador Tesla en Richmond. EEUU, que reproduce las condiciones
de una tormenta.
Fuente:
Revista Muy Interesante.
Junio 1994 Nro. 104
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En este espacio,
estimado lector,
vuelque sus
comentarios e
inquietudes.
Muchas gracias.
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