El Kibutz israelí
¿El final de un sueño?

Tono Calleja, un joven periodista asturiano, luego de una visita a Israel nos presenta una mirada analítica de la crisis que enfrenta uno de los proyectos de propiedad comunal más originales que ha desarrollado el hombre: el kibutz israelí. Un breve resumen histórico, la actualidad y el futuro de esta singular creación social.

Por Tono Calleja

 
 

El kibutz israelí, pequeña población rural en el que la propiedad es comunal y todas las decisiones son patrimonio de la colectividad está viviendo un proceso de readaptación económica que ha afectado a sus mismos principios. Abanderados durante los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial de la igualdad y del ideal socialista en general, ahora están obligados a cambiar o desaparecer. Cada vez más los miembros de los kibutzim (plural de kibutz) quieren privatizar las tierras comunes para así librarse de la responsabilidad colectiva. Pero no quieren transformar todo el movimiento, ya que de los dos ideales que alumbraron a estas colectividades, el sionista y el socialista, el primero está en pleno auge.

En las décadas de los 30 y 40 la idea de los pioneros judíos que decidían vivir en un kibutz en Israel lo hacían mezclando las ideas de socialismo, en el que la responsabilidad sobre cada uno de los miembros era de la comunidad y la del sionismo, teniendo este último como bandera la creación del Estado de Israel. En los kibutzim la salud y la educación corrían a cargo de todos los miembros. Todo ello se unía al ideal sionista que trataba de colonizar unas tierras que históricamente, según sostenían, pertenecían a Israel.

La creación de estos asentamientos de frontera, mucho antes que la del propio Estado de Israel, permitió el reconocimiento internacional de las fronteras en 1948, año de la independencia israelí. De esta forma, los kibutzim sirvieron para legitimar las exigencias territoriales judías ya que cuando se repartieron los palestinos y los judíos las tierras en las Naciones Unidas éstas ya estaban ocupadas por ciudadanos judíos. Así, la gran mayoría de los colectivos se encuentran en zonas fronterizas y en lugares que no habían sido poblados anteriormente por ciudadanos judíos. Un ejemplo de esta colonización racional es la región conquistada a Siria de los Altos del Golán en la que la mayoría de la población vive en kibutzim construidos tras la Guerra de los Seis Días en 1967 para así legitimar las pretensiones israelíes de quedarse definitivamente con el territorio en el que vive una población mayoritariamente drusa. 

En numerosas ocasiones, las producciones agrícolas e industriales de las cooperativas igualitarias han posibilitado la existencia de algunas ciudades construidas tras el nacimiento del Estado de Israel. Este es el caso de la ciudad más grande del norte del país, Quiryat Shemona, que nació tras la independencia en 1948 y gracias a la logística aportada tanto en materia de producción agrícola como de oferta de trabajo para las personas que se trasladaron a la ciudad norteña. 

 

 


Jerusalem.

 

Entre los kibutzim existe una división de la productividad de manera que no todos producen de todo sino que tratan de especializarse para maximizar las ganancias. Aunque, al contrario de lo que se podría pensar, el 70 por ciento de su actividad económica no tiene nada que ver con la agricultura. 

Aunque los kibutzim han generado cuantiosas pérdidas a lo largo de su historia los 269 existentes producen el 40% de los productos agrícolas y gozan del 10 por ciento del Producto Nacional Bruto (PNB). 

Los miembros de los kibutzim, un 3 por ciento de la población del país, se han convertido en empleadores, y por tanto, en capitalistas ya que son los propietarios de los medios de producción de los que viven los nuevos inmigrantes. Utilizan el trabajo voluntario y de los nuevos ciudadanos israelíes que no forman parte del kibutz. Además de este poderío económico los colectivos igualitarios israelíes tienen cierta influencia política porque con los gobiernos laboristas siempre un miembro de un kibutz es nombrado ministro de Agricultura. Además, numerosos personajes ilustres han vivido en ellos como fue el caso de la primera ministro Golda Meir o el actual primer ministro, el laborista Ehud Barak que nació en uno de ellos. 

Rachel Diane Rabin, hermana del asesinado presidente de Israel, Isaac Rabin, y una de las fundadoras en 1943 del Kibutz Manara situado en la Alta Galilea (a tres kilómetros de la frontera con Líbano) cree que los israelíes "no hemos respetado los viejos ideales. Mis padres nos educaron, tanto a mi hermano Isaac como a mi, dentro de una ideología socialista y sionista. Al finalizar la universidad ya sabía que me iría a vivir a un kibutz", completa Rachel. Según Rachel el ideario igualitario no se ha mantenido, pero, matiza: "El que tenemos ahora no es ni mejor ni peor. Simplemente es diferente a lo que nosotros habíamos soñado mientras construíamos todo". 

Otro de los puntos que inciden a la hora de acabar con el sueño igualitario son las nuevas oleadas de inmigrantes, en su mayoría judíos de la antigua Unión Soviética reticentes a todo lo que se parezca a comunismo. Una nueva generación de colonos anticomunistas como es el caso de los judíos de origen ruso Vladimir y Alexander, que no quieren ni oír hablar de cualquier cosa que les recuerde a su pasado soviético. "Ya tuve bastante comunismo en Rusia. Precisamente he venido aquí para olvidarme de todo eso. No quiero vivir otra vez en un koljós", explica Alex, judío israelí llegado hace ya diez años. Muchos judíos de origen ruso no comprenden cómo todavía hoy pueden existir este tipo de colectividades. Muchos habitantes del Kibutz Kfar Blum, al norte de Israel, recuerdan como dos jóvenes judíos recién llegados de la Unión Soviética intentaban escapar del kibutz pensando que sus habitantes recibían algún tipo de castigo al estar viviendo ahí.

 

 


Golda Meir.

 


Isaac Rabin.

 

Otro grupo de judíos que ha emigrado masivamente a Israel es el colectivo suramericano. En el sur de Israel, en el desierto del Negev, zona en la que la colonización es mucho más reciente, se han construido kibutzim formados íntegramente por judíos argentinos o latinoamericanos. En los últimos 20 años, alrededor de 700.000 judíos argentinos han dejado su país de origen, sumido en una aguda crisis económica, para abrazarse al bienestar del Estado de Israel. En estos asentamientos latinos se guardan las tradiciones y los horarios y las comidas al igual que en el país suramericano. "Almuerzan con vino y todas las comidas están escritas en español. Y se respeta la hora sagrada de la siesta", manifiesta Sergio Gorelik, un judío argentino. 

No hay que olvidar que la mayoría de estos nuevos israelíes ha llegado en los últimos veinte años y todavía tienen muy arraigada la identidad hispana. Precisamente fue esto lo que convenció a Sergio Gorelik a viajar al norte de Israel, hace ya tres años, para encontrarse con los auténticos Sabras (definición de los israelíes nacidos en Israel que recuerda a la fruta de los cactus, muy duros por fuera pero muy dulces por dentro) "que son personas muy duras y reservadas y que es muy difícil hacerse amigo de ellos a menos que hables hebreo", dice Gorelik. 

La comunidad judía en Argentina fue blanco de dos ataques en los últimos siete años. El primero se produjo contra la Embajada israelí en Buenos Aires en 1992, donde murieron 29 personas, y el segundo contra la mutua israelí AMIA en 1994, un atentado que dejó 86 víctimas. Para Mike Ben, jefe de la fábrica de productos de irrigación Netafim, y anterior miembro de seguridad de la embajada israelí en Buenos Aires: "La hospitalidad de la que hacen gala los españoles es algo que hemos perdido los sefardíes tras 500 años de Diáspora. Esto se debe, quizá, por las duras condiciones en las que hemos tenido que vivir durante toda nuestra vida". Pero esa falta de amabilidad inicial de los israelíes "lo curan con un profundo sentido de la solidaridad que les hace acoger a todos los judíos de la Diáspora", completa Gorelik. En el Kibutz Yiftah, al igual que en la mayoría de los demás del país la ambulancia de la Cruz Roja proviene de una donación de la comunidad judía de Estados Unidos. 

Aunque el primer colectivo fue fundado en 1909 en Degania, el gran auge constructor de las cooperativas igualitarias judías surge en la década de los 40 con la compra de tierras en la Alta Galilea, fronteriza con Líbano, por parte del Fondo Nacional Judío, una asociación apadrinada por el presidente francés de la época, Charles de Gaulle. 

Con mulas, algunas herramientas de trabajo y con el espíritu inquebrantable de quién no tiene nada y trabaja para tenerlo todo fundaron escuelas, labraron tierras, desecaron pantanos en los que la malaria hacía estragos entre la población nativa y plantaron árboles frutales donde no se podía conseguir ni agua. 

Ahora éstas cooperativas igualitarias atraen todos los años a cientos de voluntarios de todo el mundo, incluidos unos pocos españoles, que vienen a trabajar a cambio de alojamiento y un sueldo que en la mayoría de los casos no alcanza para pagar los excesos etílicos de estos jóvenes. 

 

 


Frente del edificio de la AMIA, Asociación Mutual Israelita Argentina, desaparecido en el atentado de 1994.

 

Es precisamente el carácter ruidoso y despreocupado de la mayoría de los voluntarios lo que ha provocado, poco a poco, un divorcio entre la población de los kibutzim y los voluntarios. Muchos de los jóvenes llegan para pasar unas semanas y vivir "como un hippy" con lo que no logran integrarse. Otros, sin embargo, se quedan durante muchos meses, incluso años y es así como comienzan a comprender su forma de vida. 

Mariana Vernik, una judía argentina de 22 años, decidió presentarse voluntaria en un kibutz atraída por la experiencia previa de su hermano que ahora vive en Tel Aviv. Tras cuatro meses viviendo en Israel, y ya con un novio israelí, se plantea ahora quedarse en el que quizá será su nueva patria. "Si no encuentro trabajo en Buenos Aires, cosa bastante probable habida cuenta de la situación económica argentina, volveré a Israel para quedarme definitivamente. Estoy muy agradecida a Israel porque es un Estado que hace cosas por la gente. Acepta a todos los judíos que quieren venir y les da un pasaporte e inmediatamente se convierten en ciudadanos de pleno derecho", dice Mariana. 

Así, pese al pleno auge de los kibutzim vemos como una más de las experiencias igualitarias poco a poco se extingue. Estos colectivos son, además, polo de atracción para muchos de los nuevos israelíes provenientes de la Diáspora. No en vano uno de cada tres israelíes adultos ha vivido al menos un año en un colectivo igualitario. Tal vez el nuevo milenio alumbre una versión mejorada del experimento israelí aunque de momento algunos kibutzim no arrojan la toalla y se reafirman en su modo de vida de los últimos 50 años. 

Por Tono Calleja

 


Primera fotografía del horror, tomada por Jorge Luis Calderón, solo 40 segundos después de la explosión de la AMIA.

 

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