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Actualmente en nuestro
país encontramos a diario innumerables casos en los que la Justicia
es virtualmente sustituida en y por distintos medios de prensa. Ello
ocurre; en principio, porque su administración no funciona institucionalmente
como el ordenamiento legal dispone. La lentitud del avance de los procesos
judiciales, cuando no su estancamiento, hacen propicia esta actividad
impropia de los medios. Casos como los de la Embajada de Israel, la
AMIA, Cabezas, Cóppola, IBM - Banco Nación, PAMI, venta de armas a Ecuador,
por nombrar solo algunos de los más sonados, son demostraciones cabales
de lo dicho. Estas situaciones se repiten y aparecen a la vista y paciencia
de los espectadores, oyentes o lectores, en todos los medios de prensa
y solo unos pocos tratan estos temas con acierto profesional.
Así las cosas, hemos ido presenciando una progresiva
irrupción de medios periodísticos o de comunicadores; tal como se ha
dado en llamar en la actualidad a los periodistas -sobre todo a los
que actúan en medios audiovisuales como la radio y la TV-, que se arrogan
el papel de juzgadores -o cuanto menos lo intentan-, tergiversando de
tal modo su propia actividad de informar o formar opinión. Contrariamente
solo consiguen deformar.
Es cada vez más común escuchar a conductores de programas
noticiosos -por qué no también leer en algún medio gráfico-, haciendo
una diatriba contra el acaecimiento de un hecho delictivo o contra sus
autores y quejarse de la inseguridad reinante en forma rimbombante.
Pero muy pocas veces o ninguna, podremos escuchar o leer tratamientos
informativos que nos esclarezcan acerca de quienes son los responsables
de investigarlos y castigarlos, y que es lo que se ha hecho al respecto,
con un tono crítico genuino y limitándose a través de esa vía, eventualmente,
a actuar tan solo como factor influyente para que la Justicia sea un
hecho. Pero no, la necesidad de los medios de prensa de demostrar su
acierto en la crítica, más que la crítica misma, puede más. También
distrae más.
Consecuentemente, resulta lícito creer que los medios
y quienes los conforman, adoptan una postura crítica, en relación con
la falta de seguridad o de una administración de Justicia apropiada,
desde el lugar que más vende. En realidad se busca la propia notoriedad.
Pasa a ser noticia la propia actividad de la prensa. Esta circunstancia,
además de desvirtuar la actividad periodística, contribuye a desorientar
al público aún más de lo que a priori está confundido. Más de uno ha
pensado, que los medios de comunicación por si solos, bien podrían materializar
que la Justicia se hiciera posible. Nada más lejos de la realidad.
Como se señalaba al comienzo, es bien cierto que los
responsables de la administración de la Justicia, dejan muchos huecos
o vacíos, cuando no los provocan. Por lo tanto sería muy sano para la
sociedad, que estos espacios fueran ocupados por la prensa. La pregunta
es ¿Cómo ocuparlos sin caer en una sustitución impropia y por lo tanto
debilitante del sistema y de los propios medios?
La prensa está imposibilitada de ser eficiente por
si misma, en el intento de mejorar las cosas con relación a la administración
de la Justicia. Su función en este aspecto debe ser la de asistir a
quienes son sus agentes naturales, ya que no tiene la potestad de sancionar
a quien ha injuriado de algún modo a la ley. Para eso están los jueces.
Cuanto mucho, la prensa podrá elaborar una condena de tipo moral y eso
no es suficiente. De ese modo terminará sumando para aquello que critica.
Sin embargo, los medios de prensa son por sus características
propias, un vehículo excelente para llegar a la realización de la Justicia.
Esto ha quedado demostrado en repetidas oportunidades. Cada vez que
ese vehículo ha transitado por el camino correcto, mediante el adecuado
tratamiento informativo de un hecho judiciable, su investigación periodística
responsable y su oportuna denuncia de los hechos, no sólo mediante su
exposición pública, sino también ante quienes por imperio legal deben
administrar Justicia, se ha llegado a buen puerto. No hace falta ejercer
la actividad informativa objetivamente, conque se desarrolle con honestidad
intelectual alcanza.
Si los señores periodistas simplemente informasen con
sobriedad y profundidad, sobre lo que desde la administración de la
Justicia se hizo mal, sobre lo que no se hizo y debió hacerse, sobre
quien actuó mal o no actuó oportunamente, sobre quienes serán los encargados
de subsanar la falencia de la mala acción o la omisión, alcanzaría para
mejorar las cosas. Sin embargo, es más frecuente que se informe sobre
ciertos detalles de esos hechos, que en general buscan más atraer nuestra
atención, que informarnos. Estamos más, ante un espectáculo de la noticia,
que ante un desarrollo informativo de lo que ocurre. El escandaloso
tratamiento del caso del juez Oyharbide, es un claro ejemplo.
Es una pena que los medios no tomen el toro por las
astas en relación con este tema, ya que su participación acertada, seguramente
aportaría mucho para que la Justicia fuera un hecho concreto. Pero además,
la falta de rigor periodístico no solo no aporta a la realización de
la Justicia, también perjudica a los destinatarios de la información,
quienes experimentan un doble perjuicio. En efecto, no sólo deben padecer
una Justicia deficitaria, sino que también pierden el apoyo de quien,
desde un lugar más apropiado y con más resonancia, los pueda ayudar
a recuperar ese déficit.
Este camino equivocado; desde el punto de vista de
quien suscribe, más temprano que tarde trae un perjuicio para los propios
medios periodísticos y sus integrantes, cual es la pérdida de la credibilidad,
acompañada por el cansancio y la desatención del público. Los primeros
efectos de este hecho, se están empezando a ver en los medios por estos
días. Aparentemente, estamos ante el inicio de una eliminación sistemática
de programación informativa. Desde hace unos meses a la fecha, ha desaparecido
algún canal de noticias de TV por cable, se ha cerrado más de un medio
gráfico, se han levantado noticiosos en algunos canales de TV abierta
y han sido despedidos varios periodistas de distintos medios, tanto
gráficos como audiovisuales.
Esto es muy peligroso. Por eso desde esta columna,
quiero hacer un llamado de atención y pedir que, quienes desarrollan
la noble tarea de informar, lo hagan sin olvidar que pertenecen al mismo
tejido social al que están dirigiendo su actividad. Que su tarea es
de incalculable valor, a la hora de ayudar a proteger a la ciudadanía
y a construir una Justicia mejor. Eso sí, siempre desde su lugar natural,
que es principalmente el de investigar seriamente e informar responsablemente.
El espectáculo de la prensa podrá ser muy atractivo y vender mucho,
pero no ayuda a la comunidad, solo ayuda al bolsillo de quienes lo sostienen.
Desde luego que lo mejor para todos, sería que la Justicia
funcionara acorde con las necesidades de la gente, sin la intervención
de nadie ajeno a ella. Para eso fue creada. Sin embargo, el tiempo nos
ha demostrado que esto es de muy difícil consecución; máxime en un escenario
como el que ofrece nuestro país, donde el Poder Judicial no tiene ni
el apoyo institucional que constitucionalmente debería serle propio,
ni el patrimonial que necesita. Por eso es tan importante que el "matrimonio"
entre la administración de la Justicia y los medios de comunicación,
sea ejemplar. También es cierto que de este modo a los medios les quedará
la tarea más pesada, que será la de cargar con responsabilidades propias
y ajenas. Pero con la simple receta de ajustarse a no dejar pasar los
acontecimientos sin informarlos e investigar lo que se haga mal o se
omita sobre ellos con rigor periodístico alcanzará. Con esa elemental
actividad podrán sobrellevar el doble peso con éxito y contribuir a
que la Justicia sea más sólida. Ambos integrantes de la "pareja"
saldrán fortalecidos.
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Palacio de Justicia de Buenos Aires.
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Ahora bien, si los medios
periodísticos, tal como hemos estado presenciando últimamente, integran
esta "pareja" con un interés egoísta, lo más seguro es que
esa relación termine en un divorcio en el que pierden todos; ambas partes
y sus hijos. Se puede coincidir desde un principio en que se trata de
una "pareja" constituida un tanto forzadamente y que, como
todo matrimonio sin bases sólidas, difícilmente funcione con armonía.
Pero el tema de que se trata bien vale el esfuerzo de todos. En este
caso, aún el de quienes figuradamente seríamos los hijos. Por eso es
oportuno pedir a quienes tienen en sus manos la administración de la
Justicia, que se ocupen de su función vocacionalmente, sin pausa y sobriamente;
a pesar de la carencia de recursos, y a quienes tienen a su cargo la
edición de las noticias, decirles que los buenos productos periodísticos
tienen éxito, sin necesidad de convertirlos en un espectáculo.
Sobre el particular es esclarecedora la entrevista
de Clara Zapiola a John Dinges y Max Jennings -dos renombrados periodistas
norteamericanos invitados por la Fundación Ciudad a presentar la nueva
tendencia "periodismo cívico" en el Centro Lincoln-, publicada
el jueves 2 de mayo de 1996 por el diario La Nación, donde podemos leer:
"¿Qué rol debe cumplir el periodismo en una sociedad donde la corrupción
abunda? -- Golpear, golpear y golpear. Deben estar detrás de los funcionarios
permanentemente. La razón de que en los Estados Unidos no haya tanta
corrupción se debe al poder y a la independencia de los periodistas
y de los medios. Si los funcionarios quieren ser corruptos deben tener
cuidado.
El deber de los periodistas, según la constitución
norteamericana es defender solidariamente el interés de los ciudadanos.
Para nosotros es un deber cívico controlar a los funcionarios".
En el mismo orden de ideas, tampoco es casual que el
matutino precedentemente citado, haya publicado el domingo 29 de junio
de 1997 en la tapa de su sección "Enfoques", con la firma
de Silvia Pisani el artículo titulado: La guerra del periodismo, en
cuyo copete encontramos lo siguiente: "Nunca como ahora la prensa
ocupó, en la Argentina, el primer plano. Debido a su propia maduración
y a un contexto político marcado por escándalos y corrupción, y por
instituciones que no cumplen su misión de control, los medios se han
convertido en fiscales. Están pagando un precio alto -en vidas, en amenazas-
y corren el riesgo de que su misión, informar, quede peligrosamente
desnaturalizada".
Finalmente y como para coronar lo expuesto precedentemente,
también encontramos que La Nación, en su edición del 26 de diciembre
de 1998, había dedicado la mitad de su página 10 al tema. Hay dos notas.
Una con la firma de Juana Libedinsky, titulada "En EE.UU. se debate
la credibilidad. Para algunos especialistas el periodismo está viviendo
una crisis; otros sostienen que sólo se trata de una preocupación."
La otra es un cable de la agencia noticiosa AP fechado en Washington,
titulado "El desafío: recuperar la confianza."
Por su parte, el diario Clarín dedicó toda la página
39 de la edición del pasado 13 de febrero, al tema. Con la firma de
Osvaldo Tcherkaski, publicó un análisis con el titulado "Los medios
frente a su mayor crisis de credibilidad. Los diarios norteamericanos
deben remontar el escepticismo y descreimiento que provocó la cobertura
del sexgate." El trabajo coincide con el espíritu del este columnista.
En él encontramos resaltada la siguiente aseveración: "La prensa
fue uno de los protagonistas del escándalo y no un testigo neutral."
Si bien la pretensión del presente, es limitar la cuestión
al desempeño de los medios locales, no es una novedad que lo que ocurre
en los Estados Unidos, se repite como una onda expansiva poco después
en la Argentina, y podemos agregar que cada vez con más rapidez gracias
al fenómeno de la globalización, al que los medios -sobre todo los llamados
electrónicos, como el nuestro-, han hecho su invalorable aporte. Por
lo tanto, es justo y necesario insistir en pedirles a nuestros periodistas,
que valoren las posibilidades que les da su profesión y las empleen
con enjundia y honestidad. Particularmente, quien firma estas líneas,
como individuo formado en el Derecho, lo agradecerá. Pero, más aún se
lo podrán agradecer ellos mismos, ya que sus familias y sus intereses
individuales, se verán beneficiados por la posibilidad de vivir en una
sociedad donde la realización de esa virtud humana llamada Justicia,
que tiene su base en el Amor será de más frecuente realización, y en
la que el prestigio de esa noble tarea de informar se recuperará inexorablemente.
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Por Juan José Díaz Gaitero
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Corte Suprema de Justicia de la Nación.
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