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No se trata de una ciudad famosa por su
denominado "espíritu navideño". Aunque se observan los tradicionales arbolitos
de Navidad, por las calles no se ven apócrifos Papás Noel que tañen campanitas
y reciben cartas de los más pequeños. Tampoco hay nieve ni se cantan villancicos
en las esquinas. Así y todo, Belén es uno de los lugares más especiales
para visitar en Navidad. Miles de personas atraviesan los puestos de control
fronterizo desde Israel para ingresar a esta ciudad clave de lo que se
ha dado en llamar los Territorios Ocupados.
Belén se vistió de gala para las Fiestas de este año.
Los planes de construcción y renovación de la ciudad se aceleraron y el
proyecto Belén 2000 adornó a la ciudad con guirnaldas de luces que le
daban un aspecto muy alegre a la plaza principal, denominada Plaza de
la Natividad o del Pesebre. Se programaron actividades a lo largo de las
jornadas del 24 y 25, y se montó un gigantesco escenario con pantalla
y platea para el público. Los ubicuos soldados que custodiaban e imponían
el orden no vestían esta vez el verde militar de las fuerzas israelíes
sino un azul oscuro menos violento debido a la ausencia de los enormes
rifles que portan los agentes del Estado de Israel. El espectáculo tuvo
bastantes tropiezos, pero lo que prevalecía era el esfuerzo de los anfitriones
y la buena voluntad del público. La multitud aplaudió sin demasiado fervor
a coros provenientes de Portugal, Italia, Suecia, Cuba, Estados Unidos,
Alemania, Rusia y Kenya, que entonaron con mayor o menor destreza y problemas
técnicos.
En medio de la celebración, una inusitada lluvia aguó
un poco la fiesta, pero la mayoría de la gente la soportó. Claro que también
hubo muchos que festejaron, ya que Oriente Medio sufre actualmente una
sequía que perjudica mucho la ya débil economía de la región. Parece que
los ruegos de las últimas semanas tuvieron finalmente respuesta justo
en Nochebuena.
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Entre el entusiasta público había numerosos
estadounidenses, franceses italianos y latinos, pero también se acercaron
muchísimos islámicos que no quisieron perderse el espectáculo. Entre bocado
y bocado para romper el diario ayuno diurno que dicta el Ramadán durante
28 días, disfrutaban de lo que sucedía arriba y abajo del escenario. De
todos modos, se considera que, dentro de las ciudades palestinas, un enclave
cristiano. Una atracción paralela, ya que no adicional en importancia,
era la presencia de Yasser Arafat, que provocaba literales avalanchas
de admiración.
Antes de medianoche, muchos nos dirigimos a diferentes
iglesias en las que se daba misa en todos los idiomas, e incluso algunas
plurilingües. Mientras en la majestuosa Iglesia de la Natividad se realizaba
una grandiosa ceremonia en árabe de la que participaron el propio Arafat
y delegaciones invitadas de Italia, España, Malta, Uganda, India, Costa
de Marfil, Marruecos y la UNESCO, en la pequeña gruta de la iglesia ortodoxa
griega adyacente donde se dice que estaba el verdadero Pesebre, la experiencia
era mucho más íntima y emotiva. Es increíble semejante diferencia abismal
en una distancia geográfica mínima.
¡Qué tierra Israel! La tensión de la problemática convivencia
de comunidades sumamente diferentes y hasta ancestralmente enemistadas
no excluye a los piadosos responsables de la dimensión religiosa. Pese
a que responde de alguna manera al mismo credo, la historia de esta gran
Iglesia de la Natividad de Belén muestra a las claras la dinámica de la
convivencia multicultural en la región. Parece que las diversas facciones
cristianas que la ocupan libran una guerra por los derechos de posesión.
Ortodoxos griegos, católicos apostólicos romanos y armenios han llegado
a derramar sangre en las batallas por la limpieza del lugar. Sucede que
la responsabilidad de limpiar es lo que simboliza la propiedad de los
lugares sagrados, y todos se pelean por realizar estas tareas. Se dice
que en 1984 griegos y armenios mantuvieron una contienda con patotas que
escondían cadenas bajo los hábitos.
La ceremonia central continuaba en la plaza principal
con la transmisión de la misa papal desde el Vaticano, y una comida árabe
programada hacia las tres de la madrugada. Muchos se fueron ahuyentados
por la tormenta, pero otros muchos se quedaron a seguir con la fiesta.Vale
decir que los vendedores ambulantes y los puestos de souvenirs no dejaban
de facturar.
El día de Navidad en Jerusalén también fue muy especial.
Como coincidió con el Shabbat de la comunidad judía, el séptimo día bíblico
destinado al recogimiento y la meditación, por las calles se veía principalmente
a católicos e islámicos. Miles de peregrinos recorrían el Vía Crucis y
asistían a misa en las diferentes denominaciones religiosas de la enorme
ciudad. Menos mal que, tras la desilusión de encontrar varios lugares
cerrados, la Iglesia del Santo Sepulcro recibió por último a los numerosos
grupos que escuchaban las explicaciones en incontables idiomas.
Pese a que resulta difícil abstraerse del ruido y del
ambiente de atracción turística, algunos rincones externos e internos
permiten que esta no sea otra mera experiencia de turismo.
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Por Geraldine Lublin, desde Belén. |
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