Comentarios al margen.
El síndrome de la angustia pasiva.

El pasado 20 de marzo del 2001 se produjo un nuevo cambio en el gabinete del presidente Fernando De la Rúa que llevó al Ministerio de Economía -con la suma de "poderes especiales"- al ex presidente del Banco Central de la Dictadura Militar y titular de la cartera económica -y creador del plan de Convertibilidad- del gobierno menemista, el inefable Domingo Cavallo, quien junto a Carlos Menem conformó el paradigma del modelo que la agrupación política Alianza (liderada por De la Rúa y Carlos "Chacho" Álvarez) manifestó querer relevar. Esta llegada de Cavallo al poder, quien en las elecciones presidenciales del 24 de octubre de 1999 obtuvo sólo el 10% de los sufragios, constituye un desaire a la ciudadanía y al concepto de representación democrática. Sin embargo, no se produjo ningún cuestionamiento realmente serio por parte de la opinión pública, como lógicamente se podía prever... 

 

Por Gabriel Cortes y Pablo Rodríguez Leirado
Abril de 2001

 

Lejanos quedaron ya los hechos, especialmente citados en los medios de comunicación, de las sublevaciones militares de Semana Santa (1987); Monte Caseros (1988); Villa Martelli (1988); el ataque guerrillero de La Tablada (1989) y la asonada castrense del Tres de Diciembre (1990), sumado a los producidos en las primeras décadas del siglo pasado y en los setenta, acontecimientos violentos y enigmáticos en sus inicios que captaron la plena atención de la opinión pública inmersa en la expectación del desarrollo de estos portentosos "dramas helénicos" de la historia argentina.

Los sistemas de medios mostraron los sucesos nombrados con pleno realismo, transmitiendo los contrasentidos, expandiendo los rumores, vertiendo los pareceres de los diferentes líderes de opinión; exhibiendo las imágenes que "retro - extrapolaron" a la república a los momentos más luctuosos de su historia. Pero de todas aquellas profundas jornadas de dolor y consternación la vapuleada opinión pública argentina salió indemne, logrando contener el desborde del sistema republicano dentro del ámbito de la autenticidad que es, por supuesto, el democrático.

El clima de opinión se tornaba casi unánime, los factores que hostigaban constantemente a la ciudadanía y sus instituciones - que tanto costaron, y cuestan, construir y democratizar desde 1810 - fueron rechazados sistemáticamente: militares facciosos y guerrilleros mesiánicos debieron sucumbir ante la fuerza incontenible de la "emoción histórica" que desarrolló el pueblo argentino, logrando que el precepto - en este caso positivo - enarbolado por Hobbes en su "Leviatán" cobrara especial fuerza y sentido: "La Irresistibilidad del Estado".

De esa manera transcurrió buena parte de la década del pasado siglo. Pero el pueblo debió, tal vez, y a los ojos del destino político, pagar un precio demasiado alto y que en la actualidad lo hunde en el letargo, en la figuración pasiva; en el miedo al mañana y en la más profunda y terrible de las incertidumbres. Nuestra opinión pública se encuentra ensombrecida por las más crueles de las tristezas, ella ha perdido su orgullo...

La consecuencia de todos los vaivenes económicos que la nación ha venido soportando, desde la segunda mitad de la década del noventa - con epicentro en la economía desarrollada por los militares, con José Alfredo Martínez de Hoz en los setenta- hasta el más reciente, a mediados de Marzo del corriente año, ha transformado al hombre argentino en un sujeto temeroso, con carencia de perspectiva e impotente para expresar su pasión y emoción, emoción esta no entendida como reacción de la masa manejable e irracional, sino como carácter imprescindible y condición sin ecuanon de su sabio raciocinio.

 

 


La Junta Militar del tristemente recordado "Proceso de Reorganización Nacional"...


... y su no menos tristemente recordado Ministro de Economía, José Alfredo Martínez de Hoz.

 

 

Es por eso que la gran diferencia entre los hechos violentos y luctuosos del siglo pasado y especialmente los desarrollados a finales de los ochenta y principio de los noventa se asumieron con entera responsabilidad y seguridad de que las cosas se resolverían positivamente y que la autenticidad saldría rebosante de integridad. Pero en estos tiempos, en donde las cuestiones económicas - corporizadas en el Capital Financiero Especulativo - han superado y enterrado las sabias reacciones políticas, el ciudadano no encuentra el modo de decir basta y presiente el futuro expectante al experimentar que se encuentra muy cerca del abismo colectivo. Quizás lo que las armas - ruidosas y mortales - no pudieron doblegar en años de constante batalla y sufrimiento, las frías y "todo - poderosas" estrategias financieras dilapiden la conciencia y voluntad de nuestra opinión pública, y que esto conlleve a la formación de opiniones individuales, carentes de solidaridad y respeto por el prójimo, transformándonos en un condenado tropel de ánimas en fuga.

Esperamos y confiamos que el mismo futuro demuestre que estas apreciaciones resulten exageradas y que el espíritu de la ciudadanía corporizada en su voluntad despierte del letargo para de esa manera espantar a los brujos materializados en las diversas debacles que padecemos: la política; la económica; la social y, la más peligrosa de todas, la moral, oscuro pozo donde agonizan todas las esperanzas de un conjunto históricamente unido de hombres.

De aquí en más, todos los días que nos resta de nuestras vidas, deberíamos recordar aquella bella e imperativa sentencia de Ortega y Gasset: "Argentinos, a sus cosas"

Nos queda pensar que la presente crisis materializada en lo económico y la actual pasividad argentina solo sea el tamiz para generar un argentino nuevo, sabedor de sus capacidades, riquezas y francas posibilidades. Finalmente deseamos inferir que tan mal no nos puede ir, sino el infinito esfuerzo realizado por nuestros antepasados, que abandonaron su amada "terra" o "chan" en busca de la felicidad y el progreso hubiera resultado en vano... 

Quizás, sacrificándonos un poco logremos revertir la situación, sin quejas pero con escrúpulos y principios para que no nos vuelvan a tomar por "imbéciles". Posiblemente en nuestro síndrome de angustia pasiva se encuentre activo el "porqué" de nuestra condición actual.

Por Gabriel Cortes y Pablo Rodríguez Leirado
Abril de 2001

 


José Ortega y Gasset.

 

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