La belleza, el poder, el arte.
Antinoo y la misteriosa pasión de un emperador.

Millares de monedas, bustos, estatuas y relieves recrearon su imagen en la antigüedad, por orden del emperador Adriano, luego de su extraña muerte. Así fue Antinoo permaneció vivo en el recuerdo de la cultura romana y continuó generando manifestaciones artísticas hasta la actualidad, como lo atestiguan las Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar, el poema Antinoo de Frenando Pessoa o las recientes Memorias de Antinoo de Daniel Herrendorf, precedidos siglos anteriores por obras de Oscar Wilde, Tennyson y otros. En este artículo Mercedes Giuffré ahonda en el misterio y las características de su figura, y su particular relación con el emperador Adriano.

Por Mercedes Giuffré.
Octubre de 2001

 
 

"Soy como nuestros escultores: lo humano me satisface, 
pues allí encuentro todo, hasta lo eterno"

(Marguerite Yourcenar, Memorias de Adriano)

Durante los veinte años que duró el mandato del emperador Adriano (117 a 138 dC) se produjo en Roma y sus provincias un nuevo interés por la cultura griega, la cual había perseguido en sus diferentes estadíos el ideal de la belleza humana. Dicho interés era fomentado por el propio emperador quien, conocido como un mandatario itinerante y debido a su cultura personal, en tan poco tiempo se desplazó hacia numerosos puntos alejados de su Imperio, dedicando especial atención a la edificación de obras arquitectónicas y la restauración patrimonial de su adorada Atenas. Tal vez por sus orígenes provincianos, puesto que había nacido en Hispania en el seno de una tradicional familia de ascendencia romana pero con varias generaciones en la Península Ibérica, se preocupó por otorgar una mayor participación a las provincias en la vida cultural y militar del tan vasto territorio.

 

 
 

En uno de aquellos viajes, conoció el emperador a un joven bitino de nombre Antinoo, el cual le pareció ser la encarnación de la belleza misma. En el marco de lo que en la Antigüedad clásica se conocía como Pederastía (la relación entre un hombre maduro y un joven adolescente, en la que el mayor era maestro y guía y el menor discípulo y compañero, y en la que había también un involucramiento amoroso y sexual), el joven y Adriano permanecieron juntos durante los siguientes años, hasta la misteriosa muerte de aquel. Ni la emperatriz Sabina, ni los aspirantes a sucesores del emperador podrían haber considerado al bitino como rival, pues no poseía la estirpe ni las características necesarias para llegar a aquel puesto. El paso de Antinoo por Roma, en vida, parece haber sido silencioso y medido. Siempre fiel a Adriano, no consta en lo más mínimo que se prestara a intrigas o confidencias. Sin embargo, su figura no estuvo exenta de envidias y desprecios por parte de quienes hubieran deseado ocupar su lugar.

El nombre Antinoo es griego y proviene del verbo (antheo), que significa florecer, brotar, estar en plenitud. Antinoo es "el que florece o renace", significado que recuerda cualidades de Dioniso, con quien se lo asimilará posteriormente. Sin embargo, a pesar de la posible intencionalidad póstuma deliberada, Antinoo era un nombre común en Bitina (localidad oriental y periférica) en aquellos tiempos. Se lo utilizaba para vincular a los contemporáneos con la antigua Grecia heroica. El nombre había pertenecido inicialmente a uno de los pretendientes de Penélope, el más bello, quien había enfrentado a Telémaco valerosamente en la Odisea de Homero.

 

 
 

Por su belleza inusual (a excepción de las estatuas marcadamente idealizadas de los grandes escultores de antaño) y su personalidad melancólica y enigmática, muchos aguardaban el momento en el que el adolescente se convertiría en hombre y debería alejarse de la corte, tal como sucedía en aquellos casos, para dar lugar a un nuevo educando. Sin embargo, cuando aquel acontecimiento comenzaba a mostrar su inminencia, pues Antinoo llegaba a los veinte años aproximadamente, su cuerpo apareció sin vida en la rivera del Nilo, durante un viaje a Egipto.

Mucho se ha escrito respecto a este evento decisivo para la generación del mito. Sin embargo parecen ser las obras literarias del siglo XX las que intuyen desde dentro, la crisis y el dolor que debe haber anidado en Antinoo, al verse en la corniza de su juventud ante un abismo de soledad y lejanía. Baste recordar las Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar, el poema Antinoo de Frenando Pessoa o las recientes Memorias de Antinoo de Daniel Herrendorf, precedidos siglos anteriores por obras de Oscar Wilde, Tennyson y otros.

Adriano fue desgarrado por la desaparición de su amigo y amado y entendió su muerte como un sacrificio en pos de su bienestar, debido a los momentos de revueltas que se vivía en algunos sectores del Imperio y a sus incipientes problemas de salud. No es casual que la muerte haya acaecido en el Nilo durante las jornadas de celebraciones en honor a Osiris (a quien Heródoto en uno de sus viajes había reconocido como el Dioniso egipcio). No era inusual este tipo de rituales que imitaban la muerte del dios, quien se creía había resucitado posteriormente. Adriano vio o quiso ver en el suicidio voluntario de Antinoo, la obediencia al mandato de los dioses, tal como anotó en un epitafio conocido; hecho que a sus ojos lo convertía también en una divinidad heroica. Por éste motivo, ordenó momificar el cuerpo y colocarlo en la tumba del antiguo faraón Ramsés II (hecho que permanece sin constatar y parece más una leyenda que un acto real), y creó una ciudad, llamada Antinoópolis, en el sitio en donde fue encontrado el cuerpo. De regreso a Roma, mandó construir un millar de bustos, estatuas y relieves para que conservaran la imagen del joven, y ordenó también acuñar monedas con el mismo fin. De esta manera, Antinoo permaneció vivo en el recuerdo de la cultura romana y continuó generando manifestaciones artísticas hasta la actualidad.

 

 
 

¿Fueron las primeras imágenes reales figuras de culto?

Tal parece que Adriano pretendió asimilar a Antinoo al Panteón Olímpico. Ese hecho dio lugar a diferentes reacciones. En Grecia, debido al origen del joven, se recibió el nuevo mito con agrado, pues se veía en él un resurgir de la cultura helénica. Lo mismo pasó en Egipto, pues la obvia vinculación con Osiris hacía que aquella región tan distinta se sintiera partícipe y protagonista. Adriano envió imágenes a los confines del Imperio, desde Britannia hasta Asia Menor. Sin embargo fue en Roma, centro del poder y la religión, en donde Antinoo generó desagrado y malestar. El hecho de que se considerara dios a un simple plebeyo de las provincias, cuando solo el emperador y su esposa eran quienes recibían tal honor, hizo que se sintiera el forzado mito como una injusticia. Por otra parte, los intrigantes que esperaban ansiosos las consecuencias del hiperbólico accionar de un emperador que no podía separar lo público de lo privado y que lloraba a su amante delante de sus súbditos, no entendían que, auténtico o no, el mito servía a Adriano para unificar un Imperio demasiado grande y heterogéneo. Esa fue, sin embargo, una de las acusaciones que se hizo a posteriori, al propio emperador: utilizar al joven muerto como una excusa para acrecentar su poder.

El misterio que envolvía la muerte de Antinoo dio lugar a especulaciones que involucraban a la emperatriz, a los pretendidos sucesores de Adriano e, incluso, al mismo emperador. Antinoo pasó de ser un mártir voluntario a víctima de un asesinato, de una conspiración e, incluso, de una posible castración (motivada por su deseo de permanecer joven) que lo habría llevado a la muerte. Nada de esto perece haber tenido asidero finalmente. Lo cierto es que su mitificación motivó la queja de diversos sectores, entre ellos el reciente Cristianismo, que veía en la pederastía una práctica obsoleta e indigna y que encontraba injurioso para con la figura de Cristo, el hecho de que se considerara a Antinoo como dios y se lo relacionara con la resurrección. Para los Padres de la Iglesia, el culto a Antinoo no era auténtico sino impuesto.

"Y aquí, hemos creído, no estaría fuera de lugar recordar a Antinoo, que vivio en estos tiempos, a quien todos por miedo se arrojaron a honrar como dios, no obstante saber muy bien quién era y de dónde venía"; dice San Justino (1).

"Éste Antinoo, aunque saben que es un hombre, y un hombre en modo alguno honorable sino libertino a más no poder, recibe honores por miedo hacia quien dio semejante orden. Pues cuando Adriano estuvo en la tierra de los egipcios murió Antinoo, el esclavo de su placer, y entonces ordenó que se le rindiera culto, ya que aún después de su muerte estaba enamorado del joven"; dice, a su vez, San Atanasio (2).

 

 
 

El contexto cultural.

El conocido historiador del arte José Pijoán, consideraba a Antinoo como el hijo de un príncipe oriental que había sido tomado prisionero por Trajano, el antecesor de Adriano en una de las batallas contra los partos. Se sabe, no obstante, que el encuentro entre éste y el joven Bitino se produjo en el año 117 dC. En aquel entonces, Roma veía florecer estilos marcadamente helenísticos tanto en la escultura como en la literatura. A ello se sumaba la tradición retratística, de cierta reminiscencia etrusca, madurada en la mentalidad imperial desde la época de Augusto, (en la cual había sido escrita la Eneida y se había forjado la nueva visión romana de pertenencia a la cultura ancestral) que mostraba a los personajes retratados con marcado realismo y sin idealización.

Por su parte, Adriano admiraba el período clásico del arte griego (no ya el helenístico), en el cual se perseguía una belleza canónica y conceptual enmarcada en el equilibrio y la proporción. De esta manera, en su ámbito privado, el emperador impulsó la adquisición y posterior difusión de obras de dicho período.

En este contexto de interrelación entre lo helenístico y lo clásico, lo romano, lo griego y el aporte local de cada región, van a moverse los artistas del Imperio al representar a Antinoo en esculturas, bustos, relieves y monedas. De esta manera, el bitino se va a convertir en el nuevo canon de belleza, el más perfecto joven (kuorós), real e ideal a la vez. 

"Nuestros retratos romanos sólo tienen valor de crónica: copias donde no faltan las arrugas exactas ni las verrugas características, calcos de modelos a cuyo lado pasamos de largo en la vida y que olvidamos tan pronto han muerto. Los griegos, en cambio, amaron la perfección humana, al punto de despreocuparse del variado rostro de los hombres." (2)

Otro aspecto dentro del realismo escultórico tradicional romano, es la visión de la figura inmersa en el marco de su vida y de los hechos que marcaron su paso por el mundo. Una persona no es una entidad aislada sino un ser histórico y por tanto, relativo a un aquí y un ahora determinados. El arte visual romano opera, por tanto, como "biografía figurativa" del ser retratado. Esto no ocurre la mayor parte de las veces con Antinoo, a excepción del relieve del arco de Constantino, en el cual se narra visualmente el episodio decisivo de la caza del león (que también fue contado antiguamente por el poeta Pancrates y retomado en la literatura actual). Esto se debe, tal vez, a la muerte abrupta de quien no tenía demasiadas vivencias que narrar pues, si para el arte romano, tal como declara el historiador Argan, el valor de la persona se identifica con su historia, en el caso de Antinoo, no hay mucho para identificar, de allí la necesidad de asimilación con figuras de igual carácter, tales como Osiris o el primer Dioniso.

 

 
 

El fin de la pederastía:

El mencionado episodio de la caza del león habría acontecido poco tiempo antes de la conflictiva muerte, en Egipto. Durante su transcurso, Antinoo habría demostrado a los presentes que se había convertido en un hombre, adelantándose y acometiendo valerosa y virilmente a la fiera y dejando a Adriano el estacazo final. Este hecho marcaría la superación del joven y el fin de la pederastia, que habría precipitado luego los conocidos acontecimientos. 

"Cediendo, como siempre, le prometí [a Antínoo] el papel principal en la caza del león. No podía seguir tratándolo como a un niño, y estaba orgulloso de su fuerza juvenil". (4)

Se puede considerar la caza del león como un rito iniciático a la adultez, en el cual ambos hombres, el mayor y el menor, habrían tomado conciencia del fin de una etapa.

"Antínoo y yo decidimos apostarnos cerca de una charca arenosa cubierta de juncos. Decíase que el león acudía allí a beber a la caída de la noche (...) El aire estaba pesado y tranquilo (...) Súbitamente, la bestia real apareció entre un frotar de juncos y volvió a nosotros su cara tan hermosa como terrible (...). Situado algo atrás, no tuve tiempo de retener a Antínoo que, dando imprudentemene rienda suelta a su caballo, lanzó su pica y sus dos jabalinas con suma destreza, pero demasiado cerca de la fiera. Herido en el cuello, el león se desplomó batiendo el suelo con la cola; la arena removida nos permitía apenas entrever una masa rugiente y confusa. De pronto el león se enderezó, concentrando sus fuerzas para saltar sobre el caballo y el caballero desarmados. Yo había previsto el riesgo, y por fortuna el caballo de Antínoo no se movió (...) Interpuse mi caballo exponiendo el flanco derecho (...) y no me resultó difícil rematar a la bestia herida ya de muerte". (5)

 

 
 

El Antinoo de la memoria colectiva:

Lampiño y de mirada melancólica, perfil griego y largos cabellos rubios, el joven bitino es representado como eterno adolescente o como depositario de diversos atributos de divinidades relacionadas con el juego eterno de la regeneración: Dioniso y Apolo, Osiris o Hermes. Incluso en ocasiones, se parafrasean tipos escultóricos de la antigüedad griega posteriormente tomados por el arte paleocristiano, (como es el caso del moscóboro o pastor que carga con la oveja al hombro, que luego se convertiría en el Buen Pastor, figura emblemática de Cristo). 

Antinoo es un verdadero camaleón del arte figurativo que, a pesar de su constante mutación, permanece siempre fiel a un patrón inicial que emerge extrañamente en cada pieza individual, ligándola en relación de pertenencia al corpus de representaciones. Dentro de éste, es interesante encontrar en cada ejemplo la visión particular de las distintas regiones del Imperio y sus tradiciones pictóricas y escultóricas. Cada quien agrega elementos de su propia cosecha, enriqueciendo y resemantizando el mito. En ocasiones se llega a acoplar fielmente los modelos ejemplares de Policleto, Fidias y otros escultores a quienes Adriano admiraba, con el cuerpo y el rostro perfectos del joven bitino. En otros casos, se intenta descubrir en la figura del joven a las diversas divinidades antes mencionadas. Finalmente, en los bustos y monedas, se retrata solo el hermoso rostro sin necesidad de parangón con modelos anteriores.

 

 

 

 

 

 

 

Conclusiones:

En diversos momentos del pasado siglo se encontraron, inesperadamente, bustos y estatuas de Antinoo que permanecían perdidos desde la Antigüedad. En el sur de Italia, según cuenta Royston Lambert, los campesinos aún consideraban posible que dichos hallazgos en sus tierras propiciaran un buen año para la vendimia. Nuevamente, la figura del joven recibía atributos jamás soñados por su poseedor.

La literatura victoriana había echado un manto de tinieblas sobre la figura de Antinoo por considerarla obscena y peligrosa, hecho que provocó su idealización por parte de los decadentistas. Mirada de una manera más humana y psicológica, la literatura de la segunda mitad del siglo XX devolvió a Antinoo su dignidad de persona y se apiadó de su muerte prematura. Obligado a ser dios a causa de su belleza e impuesto a un Imperio a causa de una maniobra política o de un amor dolido e inconsolable, Antinoo jamás soñó que su muerte abriría paso a tantas obras de arte.

Jamás, al parecer, conoceremos la verdadera historia de su muerte pero si podemos participar en la contemplación de la belleza de un joven que era la belleza misma, el canon y la médula de un sin fin de representaciones que aun no se agota.

 
  NOTAS

(1) San Justino, Primera Apología, en "Padres Apologetas Griegos", Madrid, BAC, 1979, pág. 113.

(2) San Atanasio, Contra los paganos, Madrid, Ciudad Nueva, 1992, pág. 53.

(3) Yourcenar, Marguerite. Página 111.

(4) y (5) Ibidem, pág 154.

 
  BIBLIOGRAFÍA

Argan. Storia dell´arte in Italia, Milán, 1999.

Becatti, G. El arte romano, México, UTHEA, 1964.

Lambert, R. Beloved and god, the story of Hadrian and Antinous, Londres, W & N, 1984.

Pessoa, F. Antinoo y otros poemas ingleses, Madrid, Endimión, 1995. Edición trilingüe.

Pijoán, J. Summa Artis, Madrid, Salvat, 1970, tomo V.

Yourcenar, M. Memorias de Adriano, Madrid, Planeta, 2001, trad. Julio Cortázar.

 
 

Direcciones útiles en la Red.

www.cica.es/aliens/gittcus/antinoo

Nota aclaratoria.

Las fotografías pertenecen a un site alemán que han fotogrfiado todas y cada una de las estatuas, monedas y relieves existentes en la actualidad sobre Antinoo.

http://home.snafu.de/ruedden/antinoos/antinoos.htm#stern

Por Mercedes Giuffré.
Octubre de 2001

 

 

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