La mirada del arte en el siglo XX
El ojo existe en estado salvaje.

Los profundos cambios sucedidos a fines del siglo XIX, en pleno auge del colonialismo, propiciaron una nueva valoración de la creación artística.

Por Verónica López Quesada

 

Como todo fin de centuria, la última década del siglo XlX agoniza sumida en múltiples conflictos de orden político y cultural. Epoca de grandes avances científicos y técnicos y de consolidación del régimen capitalista como sistema rígidamente organizado, es también una era de ruptura con paradigmas que habían gobernado el mundo occidental durante años.

Los nuevos movimientos modernistas que comenzarán a desarrollarse en numerosas potencias europeas evidencian la crisis del modelo positivista asentado en el método experimental y objetivo de la ciencia. Reaccionan contra el racionalismo, el progreso científico y la "mecanización sin alma de la cultura", postulando un renacimiento espiritual que conecte al hombre con su verdadera esencia.

Mientras la política oficial de los países europeos encuentra en el continente negro grandes extensiones de tierras y hombres pasibles de ser asimilados a sus normas, la vanguardia artística e intelectual propone una vuelta al "primitivismo", intentando deshacerse de los oxidados parámetros de la cultura europea.

En el ámbito del arte, es el impresionismo el que preparará el terreno para la mutación que acontece en el siglo XX. Transformando el "tema" en "motivo", el impresionismo quita definitivamente a la pintura sus funciones documentales, literarias o exaltadoras de ideas. Bajo la pretensión de realismo, al volver la atención sobre la existencia fugaz de un momento de luz, prepara el advenimiento de una pintura pura que puede llegar a desentenderse totalmente de la realidad. El impresionismo acentúa el carácter móvil del mundo, el del "devenir", rompiendo con la tradición europea que atribuía al arte el papel de mostrar un universo de formas fijas.

Algunos de los discípulos del movimiento (Gaugin, Cezánne, Van Gogh) radicalizarán la búsqueda de una mayor libertad expresiva, influyendo notablemente en las vanguardias posteriores.

 

 

La mirada de Picasso...

La explosión de los "ismos"

A partir de los primeros años del nuevo siglo comienzan a desarrollarse varios movimientos de diversas direcciones. Si podemos hablar de un carácter común en el arte de la nueva centuria, ese no es otro que el deseo de independencia respecto de funciones adventicias y el abandono del ilusionismo. Lo fundamental del arte pasa a ser la conexión entre la producción y el receptor, sepultando la función mimética que relacionaba la obra con la realidad perceptible.

En un ámbito de enrarecimiento político, signado por la rápida militarización de las potencias y la conciencia de que se avecinaba un gran conflicto, la creación artística comienza a resultar incapaz de ocultar los males del mundo. Las vanguardias destruyen las imágenes convencionales y rechazan la función "digestiva" tradicional, evidenciando una nueva visión de la realidad, fragmentadora, inestable y poco tolerada por la óptica racional.

El arte moderno olvida las formas atractivas y los valores pictóricos, huye de lo placentero, decorativo y gracioso, e intenta descubrir el movimiento original, la mirada prístina y sin ataduras que subyace más allá de las imposiciones de la cultura.

 

 

Pablo Picasso.

No es casual que el arte africano y oceánico, denominado "primitivo" por los ejércitos colonialistas, influya fuertemente en movimientos tan diversos como el surrealismo, el expresionismo, el fauvismo y el período pre-cubista de Picasso. Ahora bien, es impreciso afirmar que las vanguardias han imitado al arte "primitivo" en sus técnicas y contenido; más bien, este implicaba una ruptura con los presupuestos del lenguaje pictórico, aportando una libertad formal desconocida hasta el momento.

La producción de estas colonias posee un valor religioso y ritual que excede lo meramente narrativo. Es evidente que cuando es asimilada por Europa pierde su sentido de representación trascendental. Pero esta no era la función que estaba llamada a ejercer; el antiacadémico lenguaje de máscaras y estatuillas es tomado por una generación hastiada del concepto de belleza tradicional. No es un fin en sí mismo, sino un punto de partida; el anhelo de Picasso de encontrar nuevas formas, la libertad del color en los fauvistas, una creatividad más pura en el expresionismo y la mentalidad prelógica de los surrealistas son todas expresiones de una misma búsqueda que intenta sorprender el origen del acto artístico.

Por Verónica López Quesada

 

Autorretrato de Pablo Picasso.

 

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