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Como
todo fin de centuria, la última década del siglo XlX agoniza sumida
en múltiples conflictos de orden político y cultural. Epoca de grandes
avances científicos y técnicos y de consolidación del régimen capitalista
como sistema rígidamente organizado, es también una era de ruptura con
paradigmas que habían gobernado el mundo occidental durante años.
Los nuevos movimientos
modernistas que comenzarán a desarrollarse en numerosas potencias europeas
evidencian la crisis del modelo positivista asentado en el método experimental
y objetivo de la ciencia. Reaccionan contra el racionalismo, el progreso
científico y la "mecanización sin alma de la cultura", postulando
un renacimiento espiritual que conecte al hombre con su verdadera esencia.
Mientras la política oficial
de los países europeos encuentra en el continente negro grandes extensiones
de tierras y hombres pasibles de ser asimilados a sus normas, la vanguardia
artística e intelectual propone una vuelta al "primitivismo",
intentando deshacerse de los oxidados parámetros de la cultura europea.
En el ámbito del arte,
es el impresionismo el que preparará el terreno para la mutación que
acontece en el siglo XX. Transformando el "tema" en "motivo",
el impresionismo quita definitivamente a la pintura sus funciones documentales,
literarias o exaltadoras de ideas. Bajo la pretensión de realismo, al
volver la atención sobre la existencia fugaz de un momento de luz, prepara
el advenimiento de una pintura pura que puede llegar a desentenderse
totalmente de la realidad. El impresionismo acentúa el carácter móvil
del mundo, el del "devenir", rompiendo con la tradición europea
que atribuía al arte el papel de mostrar un universo de formas fijas.
Algunos de los discípulos
del movimiento (Gaugin, Cezánne, Van Gogh) radicalizarán la búsqueda
de una mayor libertad expresiva, influyendo notablemente en las vanguardias
posteriores.
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