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Los
últimos festivales de cine han descubierto el crecimiento, cada vez mayor,
de una filmografía norteamericana que nada tiene que ver con los dictados
de Hollywood. Si bien estas producciones han estado presentes a lo largo
de toda la historia del cine, la marginalidad a la que fueron sometidas
durante décadas parece ceder paso a una relativa popularización dirigida
a un público para el cual los modelos de la industria ya no bastan para
cubrir el amplio espectro de situaciones humanas pasibles de convertirse
en historias.
Ahora bien, frente a esta oleada "independiente"
surge un interrogante acerca de la supuesta innovación temática que predican
dichos films. La ambigüedad sexual, las familias disfuncionales, la promiscuidad
y la perversión no son tópicos frecuentes en el mainstream, sin embargo,
la intención que engendra la mayor parte de los films "independientes"
paradójicamente los despoja de su carácter marginal.
Transgredir la escala de valores de la
corriente principal se convierte en objetivo, y es en este contexto en
el que el calificativo de "independiente" se relativiza, ya
que sólo adquiere significado en relación con los productos surgidos de
la industria.
Claro que siempre hay excepciones que
confirman la regla, y este parece ser el caso de "Felicidad",
uno de los films más "políticamente incorrecto" que ha dado
el cine norteamericano de los últimos tiempos. Si bien es cierto que "Felicidad"
se inscribe con comodidad dentro de los parámetros del ideario independiente,
las historias que describe van más allá de lo meramente provocativo para
dar de lleno en el corazón del "sueño americano" y mostrar las
miserias ocultas en la clase media estadounidense.
Típico producto del fin del milenio, caracterizado
por la hibridación genérica y la mirada constante sobre la tan mentada
incomunicación de la era posmoderna, "Felicidad" vacila entre
la tragedia y la oscura comedia de situaciones. Narra acerca de las historias
cotidianas en las que está inmerso un grupo de hombres y mujeres de los
suburbios de New Jersey. Solondz ("Mi vida es mi vida") centra
su segundo film en la vida de tres hermanas (una escritora de moda, un
ama de casa aburguesada y una cantante sin éxito) para, a partir de ellas,
describir las múltiples relaciones que se generan con quienes las rodean.
Para esto hace uso de una mirada descarnada
que quiebra con los tabúes morales alumbrando las conductas y deseos más
oscuros de la clase media norteamericana. Sus personajes encarnan tipos
humanos vulnerables a la hipocresía de una sociedad que se empeña en descubrir
en ellos las pasiones más contradictorias: el amor paterno y la pedofilia,
el deseo y el temor de no ser amado, el éxito y el fracaso afectivo.
El gran acierto de Solondz consiste en
describir, utilizando el poder de la sugestión y las palabras, la ambigüedad
propia del ser humano mediante una mirada sin concesiones, pero cargada
también de gran humanidad. Recrea un mundo en el que los protagonistas
son , a la vez, víctimas y victimarios, concepto que la óptica maniquea
hollywoodense siempre se encargará de castigar.
Por Verónica López
Quesada.
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