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Cine al margen
The Truman Show.
El célebre Jim Carrey, dirigido
por el australiano Peter Weir, en una inquietante alegoría de
la condición hombre y los mass media en la sociedad posmoderna.
Por Verónica López
Quesada.

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A
partir de la década del ´60, la industria cinematográfica australiana
renace con los herederos de cineastas como Ken G. Hall y Charles Chauvel.
Luego de una etapa experimental, los directores comienzan a explorar
temáticas ligadas con la identidad colectiva ("Después de la emboscada",
Beresford; "Gallipoli", Weir) la independencia femenina ("Los
días de Laura", Beresford; "Picnic en las rocas colgantes",
Weir) y cierto surrealismo plasmado en comedias kitsch ("Baila
conmigo", Luhrmann; "El casamiento de Muriel", Hogan).
Gradualmente, los protagonistas de esta "nueva ola" comienzan
a trascender el mercado local con producciones concretadas en Hollywood
y distribuídas en todo el mundo occidental.
En este sentido, la figura
de Peter Weir es paradigmática del desarrollo de esta filmografía. Sus
primeras películas ("Picnic en las rocas colgantes", 1975;
"La última ola", 1978) están impregnadas de cierta atmósfera
de irrealidad y misterio, creando la sensación de que ciertos hechos
flotan inasibles a la voluntad humana. En un segundo periodo, Weir inscribe
su producción dentro del marco Hollywoodense, con films como "Testigo
en peligro", 1985 y "La sociedad de los poetas muertos",
1989.
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Jim Carrey en "The
Truman Show"

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Con "Truman show",
parece retomar antiguos relatos en forma de alegorías inquietantes que
remiten a la condición del hombre inmerso en la sociedad posmoderna.
Es evidente que el film escapa a toda interpretación lineal basada en
la verosimilitud de lo narrado. Es preciso leer en él una suerte de
trasfondo subterráneo que se revela mediante los paralelos entre imágenes
e ideas.
El film provoca un desconcierto
inicial plasmado en escenas fragmentadas que narran la vida de un hombre
simple dentro del aséptico contexto de un pueblo costero. Se advierte,
desde las primeras escenas, cierta irrealidad prefigurada en la perfección
extrema de una ciudad ordenada hasta el mínimo detalle, los gestos artificiosos
de sus moradores, las acciones sin sentido aparente del protagonista
y una cámara ajena a la mirada tradicional del cine.
La excelencia de un guión
calculado al milímetro permite que la linealidad artificial comience
a desestructurarse evidenciando la ficción: Truman Burbank (un clownesco
pero conmovedor Jim Carrey) ha vivido 30 años sin saber que es el protagonista
de un show que no es otro que su propia vida. Su creador, Christof (extraordinario
Ed Harris) lo ha condicionado desde el momento de su nacimiento para
representar una historia que es consumida, por un batallón de televidentes
ávidos, como más verosímil que sus propias realidades. Las acciones
de este infausto personaje han sido delineadas como engranajes perfectos
de la gran maquinaria del productor.
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En una primera lectura,
el film se manifiesta como exponente del conflicto de la sociedad contemporánea
mass mediatizada. Sin embargo, no abre juicios terminantes sobre la
influencia de los medios; aunque tampoco los rehuye, ya que el condicionamiento
mediático es un capítulo más de un discurso que abarca al ser humano
en su conjunto.
El hombre vive preso de
disímiles formas: de sus miedos y deseos, de las expectativas que sobre
él han proyectado los que lo rodean y del contexto que le ha tocado
en suerte. Como el cautivo platónico, Truman transita su existencia
intuyendo que detrás de las sombras se esconde una realidad incierta
que sólo es accesible mediante un retorno a la libertad individual,
ejercicio circular en el que se adquiere la certeza de que hemos sido
pensados.
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El actor Ed Harris
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The
Truman Show (EEUU, 1998)
Presentada por UIP-Paramount- en inglés.
Guión: Andrew Nicol.
Fotografía: Peter Biziou.
Música: Burkhard Dallwitz, Philip Glass.
Diseño visual: Dennis Gassner.
Vestuario: Marilyn Matthews.
Montaje: William Anderson y Lee Smith.
Intérpretes: Jim Carrey,
Ed Harris, Laura Linney, Noah Emmerich, Natascha Mc Elhone.
Dirección: Peter Weir.
Por Verónica López
Quesada.
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Ficha Técnica

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