Presentamos una descripción
de los orígenes de unas arcaicas celebraciones basadas en los
cultos lunares del mundo antiguo. Estas tienen sus inicios en la cultura
griega de antaño, que a su vez estaba nutrida en la confluencia
de los ritos, mitologías y cultos a múltiples divinidades
de diversas civilizaciones de la antigüedad.
Por Karina Donángelo
Katzellis
Junio 2004
Erróneamente,
muchos críticos e historiadores concuerdan en afirmar que Grecia
fue “Cuna de la Civilización”. Diversas teorías
dan cuenta del origen racial de los griegos, y de las culturas primigenias,
que se asentaron en la península mediterránea. Sin embargo,
un análisis objetivo pareciera indicar que Grecia fue más
bien el punto de encuentro entre pueblos, culturas y razas de la antigüedad.
Se cree que hace miles de años, esta península montañosa,
que despliega finos cortes en el Mar Mediterráneo, y a la cual
rodean numerosas islas estaba poblada por hombres de raza blanca, emparentados
con los getas, los escitas y los celtas primitivos. Mientras que estos
grupos de indoeuropeos poblaron el norte y centro del país; hacia
el sur, sobre las orillas de los mares, promontorios y valles fértiles
concurrieron también numerosas colonias de la India, Fenicia,
Egipto y Palestina, con sus costumbres ancestrales y sus múltiples
divinidades.
Comerciantes y piratas llevaban en sus naves todas las riquezas de
Asia y África: marfiles, telas de Siria, vasos de oro, cerámicas,
púrpura, perlas y bellas mujeres, arrebatas de alguna costa salvaje.
Gracias a estos cruzamientos de razas se moldeó un idioma armonioso
y fácil, mezcla del celta primitivo, del zend, del sánscrito
y del fenicio.
En aquellos tiempos, toda la vida intelectual descendía
de los santuarios. Se adoraba a Juno en Argos; a Artemisa en Arcadia;
en Pafos y en Corinto, la Astarté fenicia se había convertido
en la Afrodita nacida de la espuma del mar. Maestros, iniciados y sacerdotes
de todas partes aparecieron en el Ática portando diferentes cultos.
Incluso una colonia egipcia había llevado a Eleusis el culto
de Isis, bajo la forma de Démeter (Ceres), madre de los Dioses.
"Bacanal" de Tiziano.
Orígenes del Antagonismo
El Dios solar, el Apolo délfico, existía ya. El culto
de Apolo fue introducido por un sacerdote innovador, bajo el impulso
de la doctrina del Verbo Solar, que recorría entonces los santuarios
de la India y de Egipto. Sin embargo, este culto no representaba sino
un papel difuso y borroso. Fue Orfeo quien dio un renovado poder al
verbo solar de Apolo, reanimándolo y electrizándolo, por
medio de los misterios de Dionisos.
No obstante, la gente común, de
los pueblos y aldeas prefería dirigir su adoración a las
diosas que representaban a la naturaleza en sus potencias benéficas
o destructoras; los ríos subterráneos; las erupciones
volcánicas o las tormentas eléctricas.
Como todas aquellas divinidades no tenían ni centro social ni
entidad religiosa definida, poco a poco comenzó a librarse una
guerra encarnizada. Los templos enemigos, las ciudades rivales, los
pueblos divididos por el rito, o la ambición de sacerdotes y
reyes se batían en luchas feroces. Esto llevó a profundizar
el odio entre cultos contrarios y muchas veces hasta provocar la muerte
de los propios feligreses.
La Tracia profunda
Como todos los pueblos antiguos, que recibieron su organización
de los Grandes Misterios (Israel, Egipto o Etruria), Grecia tuvo también
su propia geografía sagrada.
Tras aquella Grecia oculta estaba
la Tracia salvaje y profunda. Allí, donde las hileras montañosas
eran surcadas por los vientos del Septentrión. Con un cielo,
a menudo tormentoso, que cubría los macizos nudosos y los flancos
boscosos.
Pero, ¿por qué Tracia fue considerada por los griegos,
como el país santo por excelencia; el país de la luz y
verdadera patria de las Musas? ¿Por qué, fue precisamente
Tracia en donde se construyeron tantos templos sagrados y panteones?
¿Por qué, en Tracia nacieron y se desarrollaron con mayor
fuerza la Poesía, las Leyes y las Artes sagradas?
Según Fabre d’Olivert, “Thrakia” deriva del
fenicio “Rakhiwa”, que significa “espacio etéreo”
o “firmamento”. Lo cierto es que para los iniciados de Grecia,
como Píndaro, esquilo o Platón, el nombre de Tracia tenía
un sentido simbólico y significaba el país de la pura
doctrina, y de la poesía sagrada. Designaba el conjunto de doctrinas
y tradiciones, que hacen proceder al mundo de una inteligencia divina.
E históricamente, aquel nombre recordaba el país y la
raza donde la doctrina y la poesía dóricas, vigoroso brote
del antiguo espíritu ario habían florecido en Grecia.
Sin embargo, Tamiris, un poeta e iniciado cantó alegóricamente
una poesía y a través de ella profetizó la derrota
de la poesía cosmogónica, por nuevas modalidades.
Poco a poco, el espíritu de Asia fue minando, con cantos melancólicos
a la Grecia iluminada. Llegaba la hora del crepúsculo. Se revelaba
así en Tracia, la invasión de una poesía emocional,
desolada y voluptuosa, contraria al espíritu viril de los dorios.
Pero, por sobre todas las cosas significaba también
la victoria de un Culto Lunar sobre un Culto Solar. Es así como
llegamos a los tiempos en que Tracia fue presa de una lucha profunda,
y encarnizada. Los cultos solares y los cultos lunares se disputaban
la supremacía.
"Baco" de Caravaggio.
Cultos Solares y Cultos Lunares
Estos cultos representaban dos teologías; dos cosmogonías;
dos religiones y dos organizaciones sociales radicalmente opuestas.
Los cultos uránicos o solares tenían sus templos en las
alturas y las montañas; sacerdotes varones; reglas ascéticas
y leyes severas.
En tanto, los cultos lunares reinaban en las selvas y en los valles;
tenían mujeres por sacerdotisas; ritos voluptuosos; la práctica
desordenada de las artes ocultas y el gusto por la excitación
orgiástica.
La guerra entre los sacerdotes del sol y las sacerdotisas de la luna
era a muerte. Una lucha de sexos, antigua, inevitable, abierta u oculta,
pero eterna, entre el principio masculino y el principio femenino, en
la que se juega el secreto de los mundos. Pues, únicamente el
equilibrio de estos dos principios puede producir las grandes civilizaciones.
Los dioses masculinos, cosmogónicos y solares
habían sido relegados a las altas montañas, a los países
desiertos. El pueblo prefería los pomposos cortejos dedicados
a las deidades femeninas, que evocaban las pasiones más peligrosas
y desenfrenadas.
El poder tenebroso de las sombras
Quien regía a las sacerdotisas oscuras era Hécate, divinidad
femenina griega, que en sus tres personificaciones, de Luna en el cielo;
Diana en la tierra y Proserpina en el infierno ha sido identificada
también como la “Triple Hécate”.
Hécate era la diosa de la oscuridad e hija de los titanes Perses
y Asteria. A diferencia de Artémis, que representaba la luz lunar
y el esplendor de la noche; Hécate representaba su oscuridad
y sus terrores. Se creía que en las noches sin luna, ella vagaba
por la tierra con una jauría de perros fantasmales y aulladores.
Era la diosa de la hechicería y lo arcano. Se la suele representar
con tres cabezas y serpientes alrededor de su cuello.
Oscuras nubes y el silbido siniestro del viento furioso recorrían
el suelo de la antigua Hélade. Espantosos abusos comenzaban a
producirse. Las sacerdotisas de Hécate se habían apoderado
del viejo culto de Baco, confiriéndole un carácter sangriento
y tenebroso. Así fue como adoptaron finalmente el nombre de “Bacantes”.
Magas, peligrosamente seductoras y sacrificadoras sanguinarias de víctimas
humanas, las bacantes tenían su santuario en los valles salvajes
y lejanos. Celebraban sus ritos y danzas nocturnas (Bacanales) en las
montañas. La alusión literaria más antigua se encuentra
en el Himno homérico a Démeter. Por lo general, se reunían
a mitad del invierno, descalzas y cubiertas con pieles de leopardo.
Pausanias relata que, en Delfos, las mujeres subían hasta la
cima del Parnaso (que tiene más de 2,400 metros de altura). Danzaban
hasta caer rendidas o entrar en trance. Un sabio mahometano mencionó,
alguna vez, que “el Poder de la Danza mora en Dios”...,
pero también es cierto que la danza posee un poder peligroso,
al que estas mujeres se abandonaban, llegando a quedar incluso en estado
de inconciencia. Como si corriera por sus venas, alguna poción
mágica, restauradora del vigor y la juventud y las introdujera
en otro mundo misterioso. Bailaban en honor al dios Dionisos (o Baco),
agitando frenéticamente sus cabelleras, mientras bebían
grandes cantidades de vino, hasta entrar en un “frenesí
báquico”. Es que Dionisos era la causa de la locura y a
la vez liberador de la misma. Acompañaban sus danzas con flautas
y timbales, y portaban vasos griegos llenos de vino sobre sus cabezas,
sin derramar el líquido. Pues, para los griegos, aquellos instrumentos
eran instrumentos “orgiásticos” por excelencia: se
empleaban en todos los grandes cultos danzantes; en los de la Cibeles
asiática y la Rea cretense, así como en el de Dionisos.
Otro elemento característico de estos rituales era la manipulación
de serpientes. Las levantaban y se las colocaban sobre sus cabezas,
o se las aproximaban a la cara. El significado de este rito era la alegórica
unión sexual del dios con el iniciado, ya que la serpiente era
el símbolo sexual y de la fertilidad.
Luego de abandonarse a prácticas sexuales desenfrenadas, tales
como la sodomía y la zoofilia o relaciones entre personas del
mismo sexo o el sometimiento sexual a los hombres capturados y ultrajados,
llegaba el acto culminante de esta celebración: hacer pedazos
con sus propias manos, beber la sangre todavía caliente y tragar
crudo el cuerpo de un animal. En ocasiones utilizaban para esta clase
de sacrificios, bueyes, cabras o serpientes. Era un sacramento en el
que, según creían, el dios Dionisos estaba presente en
el vehículo-animal y era comido por su pueblo devoto. Como si
el dios se introdujera en sus feligreses.
Las bacantes se lanzaban sobre los profanos que eran sorprendidos en
los bosques, en la oscuridad. Este profano debía jurarles sumisión
y someterse a sus ritos, o perecer, muchas veces sirviendo él
mismo como presa para el próximo sacrificio. Se cuenta también,
que estas mujeres eran hábiles en la domesticación de
panteras, leones y tigres.
Todas ellas evocaban a Baco (Dionisos). El Baco subterráneo,
de doble sexo y cabeza de toro. Sin embargo, esta tradición era
mucho más antigua, ya que la adoración del toro (tauromaquia)
data de las primeras civilizaciones, cercanas al origen de la Humanidad
y procedentes de diversos lugares del globo terráqueo; aparentemente
sin conexión unas con otras.
Cosa curiosa es también, volver a encontrar el Baco infernal
de las bacantes en el Satanás con cabeza de toro, que evocaban
y adoraban las brujas de la Edad Media, en sus aquelarres nocturnos.
Se trata del famoso “Baphomet”, de quien, según afirmó
la Iglesia para desacreditarlos, eran fieles los Templarios.
Quien resucita el culto solar es Orfeo, a quien llamaban el “hijo
de Apolo, dios de la Luz”.
El más antiguo santuario solar se elevaba entonces, sobre el
monte Kaukaión. Sin embargo, desde que las divinidades de abajo
habían dominado la tierra griega, sus adeptos eran escasos y
el templo estaba casi abandonado.
Los sacerdotes del monte Kaukaión recibieron al iniciado Orfeo
como a un salvador, como a un Mesías. Con su ciencia y su entusiasmo,
Orfeo conquistó a la mayoría de los tracios; cautivó
a las bacantes y transformó por completo el culto a Baco. Su
influencia penetró en todos los santuarios de Grecia. Consagró
la majestad de Zeus en Tracia; la de Apolo en Delfos y forjó
el alma religiosa de su patria. De esta forma, Orfeo llegó a
ser pontífice de Tracia; gran sacerdote del Zeus Olímpico
y el revelador del Dionisos celeste.
Si bien el culto lunar pasó a radicarse completamente
en las sombras, no por ello ha dejado de estar presente en el curso
de la historia, en la mayoría de los casos, desde la clandestinidad.
Pese a la instauración del Cristianismo, los adoradores de Hécate
continuaron celebrando sus ritos macabros. Perseguidos feroz e implacablemente
por la Iglesia Católica, acusados de herejes y hechicería,
mantuvieron sus creencias. Y aunque cueste creerlo, persisten en la
actualidad e insospechadamente circulan entre nosotros.
Por Karina Donángelo
Katzellis
Junio 2004
Representación de Baco embriagado
sobre un mosaico romano del siglo II. Museo Galo-romano de Lyon.
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