Una costumbre ancestral.
El Carnaval y la subversión del órden establecido.

La vigencia de una fiesta que a lo largo de su historia tuvo caracterizaciones tan diversas como un suceso propicio para el desenfreno, un acontecimiento político, o un ritual trágico, y otras variantes, que se arraigaron en lo profundo del alma humana. En Buenos Aires, también hizo historia.

Por Karina Donángelo.

 
 

Llenos de magia, misterio, jolgorio y desenfreno, los carnavales no siempre se han caracterizado por ser fiestas alegres sino también trágicas y crueles.

Los primeros registros que se tienen de estas festividades datan de 4000 años atrás, en Babilonia. En este país, bordeado por los ríos Tigris y Eufrates se veneraba a Marduk, dios fundador de esta legendaria ciudad, en el colosal templo que lindaba con los famosos jardines colgantes, que popularizaron a este reino de la antigüedad. En ese santuario, y durante el inicio de cada primavera, se efectuaban las primeras celebraciones, que duraban 5 días y empezaban en julio. Durante el festejo, todas las jerarquías y autoridades babilónicas eran subvertidas, al punto de que los sirvientes llegaban a darles ordenes a sus amos. No sólo se faltaba a las leyes, sino que también se ridiculizaba a la justicia. Por aquellos días, a uno de los reos se le concedía disfrutar de exquisitos manjares, vestir las prendas del monarca y cortejar a las esposas del haren. Hasta que al caer la tarde funesta del quinto día, dejaba de ser rey para ser castigado y condenado. Con la muerte del "falso rey", el pueblo expiaba sus culpas, liberándose de toda la malicia e impureza. De este modo, el verdadero monarca comenzaba un nuevo periodo de su reinado, limpio y reconciliado con los dioses.

Aunque el origen de estos festejos proviene de tiempos remotos, etimológicamente, la palabra "carnaval" recién fue acuñada en Europa, a fines del siglo XV. Derivaba del termino italiano "carnevale", derivado a su vez, de las palabras carne y levare ("quitar"), que aludían al comienzo del ayuno de carne de la Cuaresma, es decir, los 46 días a contar desde el miércoles de ceniza inclusive, en los cuales se conmemora el tiempo que Jesucristo ayuno en el desierto, según la tradición cristiana.

Así, la procedencia de las palabras nos permite observar cierta ambigüedad en el origen de la fiesta del carnaval: por un lado, de carácter religioso, fortalecido en la Europa medieval; y por el otro, satírico - pagano, vigorizado por la tradición popular.

Sin embargo, y pese a esta antinomia entre lo sagrado y lo profano, los antecedentes del carnaval recuperan su rastro en las Saturnales romanas, celebración prohibida posteriormente, con la conversión del imperio al cristianismo.

Las Saturnales de los esclavos en Roma

Muchas de las fiestas celebradas por el pueblo romano de la antigüedad debían su aparición, especialmente, al ritmo del trabajo agrícola. En este contexto tiene su fundamento el origen de las saturnales. Una de las fiestas favoritas, dedicada al dios Saturno.

Oficialmente, las saturnales se celebraban el día de la consagración del templo de este dios, el 17 de diciembre, y duraban 7 días. Fueron las fiestas de la finalización de los trabajos del campo, celebradas tras la conclusión de la siembra de invierno. Gracias al ritmo de las estaciones, toda la familia y hasta los esclavos domésticos tenían la oportunidad de suspender, al menos por un tiempo, los esfuerzos cotidianos y dedicarse a la recreación.

El lema de esta festividad era "vivir y dejar vivir". Los banquetes eran muy frecuentes y la gente tenia por costumbre obsequiarse todo tipo de regalos, especialmente velas de cera de llamativos colores.

Durante esos días, el mundo quedaba patas arriba. Todo lo que ordinariamente estaba prohibido, en ese momento se permitía. Dentro de las casas de familia, las barreras sociales que diferenciaban a un amo de un esclavo desaparecían. Y a este ultimo se le otorgaba la licencia para decir a su señor verdades incomodas.

Las leyes y los cargos públicos eran caricaturizados. El pueblo elegía al rey de los bufones, de las clases inferiores y este daba ordenes irracionales incitando a la bebida, al baile desenfrenado y a todo tipo de placeres. Al final del festejo, este rey de los locos era ejecutado.

Todos los sectores participaban animosamente de esa festividad, inclusive el ejército. Los soldados romanos se disfrazaban con ropas de mujer, se ponían pelucas y hablaban en voz de falsete.

Mas tarde y con la difusión del cristianismo, sacerdotes y obispos se opusieron a las saturnales. Uno de los más famosos detractores de este tipo de festividades fue el predicador estrasburguez, Gailer von Kaisersberg, al respecto dijo: "Sabemos de muchos que bailan de manera tan grosera con sus actos y sus gestos, que nunca podremos hablar bastante de su insolencia. En nuestros tiempos se practican en el baile excesos tan indecorosos, como jamas hemos visto, ni oído. Igualmente, salen a relucir bailes que nunca han sido costumbre anteriormente y de los que no nos admiraremos lo suficiente. Tales son, por ejemplo, el baile de los pastores, el de los labradores, la danza italiana, la de los nobles, la de los estudiantes, la de la olla, la de los mendigos. En resumen, que si fuera a enumerarlas todas, tendría para una semana. Por otra parte, vemos individuos groseros que bailan de forma tan puerca e indecorosa, que lanzan a lo alto a mujeres y doncellas y estas se exhiben por detrás y por delante hasta las ingles, es decir, que se les ven sus hermosas piernecitas blancas o sus botines negros o blancos, a menudo tan llenos de mierda y sucios que uno no puede menos que escupir (...), por no hablar de las canciones putañeras indignas y degradantes que se cantan y que incitan al sexo femenino, al impudor y a la lujuria". (Rolf Hellmut Foerster: Das Leben in der Gotik, munich, 1969, pp. 285 s).

 

 

Los carnavales hoy, en Río de Janeiro.
 

Se impone la tradición

Pese a los cambios sociales y culturales, muchos elementos costumbristas se fusionaron a lo largo del tiempo, dando lugar a una revitalización folklórica, que aun hoy brilla por su esplendor.

Más allá de las criticas del clero, la Iglesia católica también participo de estas festividades, especialmente en Francia, donde los clérigos inferiores y menos instruidos practicaban todo tipo de obscenidades. Hacia el siglo XII, era común que los sacerdotes eligieran a un obispo de los bufones, quien se sentaba con gran pompa en el trono episcopal de la iglesia. A partir de ese momento, comenzaba la misa cantada, en la que participaban todos los clérigos con las caras tiznadas, con mascaras ridículas. Por su parte, mujeres y algunos sacerdotes disfrazados de bailarines danzaban y coreaban canciones burlescas. Otros comían salchichas sobre los altares, jugaban a las cartas o a los dados en presencia del cura sacerdote que pronunciaba la misa. Mientras otros participantes se paseaban con un incensario donde ardían trapos viejos. Concluida la misa, muchos bailaban desnudos en el lugar sagrado. Luego salían de allí y gran parte de la comitiva se subía a viejas carretas, llenas de basura, mientras se divertían lanzando excrementos al populacho que los rodeaba. (John Gregory Bourke: "XVI Vom Narrenfeste, von Subdiakonfeste...", en : F. S. Krauss y K.Reiskel: Die Zeugung in Glauben, Sitten und Bräuchen der Völker, Leipzig, 1909, pp. 131 s).

Inclusive muchas personalidades intelectuales de la iglesia veían en estas practicas una especie de válvula de escape que debía abrirse de vez en cuando, no solo para el pueblo, sino también para el clero.

En Alemania, aun hoy existen corporaciones tradicionales carnavalescas, cuya conciencia de grupo ha prevalecido pese a las distintas tendencias niveladoras de la cultura de masas.

Como ejemplo, citamos al "Honorable Tribunal de las Mascaras", institución nacida en la pequeña aldea de Grosselfingen, en la region de Hohenzöllerr, y cuyos orígenes se remontan a la peste del año 1439. Allí, una vez al año, los habitantes del lugar instauraban el tribunal y tenían la libertad de imponer a cualquier forastero un castigo y decirle en la cara, hasta la verdad más descarnada. Se vestían como arlequines y algunos portaban sombreros como símbolo de la libertad.

La justicia social que se intentaba implementar en aquella festividad era la contrapartida del poder opresivo que ejercía la burguesía sobre el campesinado. Esta especie de justicia popular prefiguraba un instrumento de control social frente a las arbitrariedades de los más poderosos, bajo el anonimato del bufón enmascarado. Todavía se conservan, en el sur de Alemania los libros de bufones, en los cuales se llevaba un registro de las culpas contraídas por los paisanos a lo largo del año. Se cree que el verdadero origen del Tribunal de las Mascaras surgió en una cofradía religiosa. (Cfr. L. Petzoldt: Das Narrengericht in Grosselfingen, Institut für den Wissenschaftlichen Film, Gotinga, Film E2318) (Publikationen zu Wiss. Filmen, serie 11, num. 8, 1981).

El día principal del acto anterior al domingo de carnaval se abría con un elogio a los miembros vivos de la hermandad y un oficio por las almas de los miembros difuntos.Uno de los elementos característicos del tribunal de las mascaras son los personajes disfrazados, los Butzen o Pestbutzen ("duendes", o "duendes de la peste"). Se vestían de negro con largas sayas y una careta negra con bordados de tela multicolores y una capucha que los hacia parecer muchos mas altos. Las caretas negras eran semejantes a ciertas piezas de la vestimenta de las cofradías religiosas medievales, cuya tarea era de asistencialismo social, cuidado a los enfermos y sepultura a los muertos. Por eso, a estos duendes, se los llamaba también "duendes de la peste", ya que los miembros de las cofradías de la peste llevaban caretas para protegerse del contagio.

Algunos de los 200 actores se repartían en distintos cargos o funciones: el arlequín, el caballito del bufón, el tamborilero y el flautista, el bañista, el violinista, el juez, el orador y el acusador. También, un gran numero de mozos vestidos de blanco y fustigadores, hacían estallar sus látigos cortos, produciendo restallidos rítmicos similares a los disparos de Año Nuevo. Los personajes más llamativos eran los bañistas y los butzen, quienes se encargaban de ejecutar la pena impuesta por el honorable tribunal de las mascaras. El castigo consistía en azotar públicamente al malhechor con el látigo de los enmascarados, o arrojarlo en una fuente de agua.

En los desfiles de carnaval del Renacimiento, se acostumbraba representar motivos de la antigüedad: Neptuno, entronizado en un barco; Caronte, subido a su barca; Baco, llevando encadenadas a las bacantes; y Tántalo, Sísifo y Prometeo, sufriendo los tormentos del infierno.

Tiempo después, y con el apogeo del periodo Barroco, los cortesanos y la nobleza prefirieron las escenas bucólicas, cuyos personajes paradigmáticos estaban representados por pastoras y pastores, cazadores, gitanas y jardineros.

 

 

Visión carnavalesca del pintor José Gurvich.

¡Agua va!

Muchas costumbres se celebran siglo tras siglo, sin embargo pocos conocemos el sentido primitivo y original de las mismas.

Una practica habitual durante el carnaval es la de arrojar agua. Para quienes viven en el hemisferio sur, no podría haber mejor justificación que la estación veraniega, caracterizada por las altas temperaturas. Pero tal parece que este uso se originó en la Venecia del siglo XVIII, donde el frío invernal no daba tregua.

Algunos historiadores alegan que este divertimento nació cuando los lugartenientes trataban de mantener encendida una vela, mientras caminaban por las calles durante el Martedi grasso, martes de carnaval. Aquellos que lograban mantener encendidas sus velas, hasta que aparecieran los primeros destellos del amanecer - según se creía - atraían la buena suerte.

Muchos venecianos suspicaces consideraban que la suerte no merecía ser distribuida equitativamente, por eso buscaban astutamente apagar las velas de sus semejantes. Entre ellos, había uno - según cuenta la tradición- que era por demás ambicioso, y no tuvo mejor idea que colocarse un sombrero con 7 velas encendidas, con tan mala suerte, que al pasar por debajo de los balcones de un palazzo, un bribón apagó sus velas de un santiamén con un simple baldazo de agua.

Un poco de política

Los carnavales no sólo fueron divertimentos folclóricos, en los cuales reinaba el jolgorio, sino que también abrieron el camino a la critica política.

En 1348 estallo una revuelta gremial en Nuremberg, Alemania, contra el Consejo Municipal, ocupado exclusivamente por patricios. El único gremio que permaneció fiel al emperador y al Consejo fue el de los carniceros. Una vez que las aguas se aquietaron, el emperador los recompensó, otorgándoles el privilegio de organizar el desfile de mascaras.

Durante el cortejo, los aprendices de matarife solo podían bailar con las hijas de los carniceros. Hacia el final se hacía un majestuoso desfile con una salchicha gigante, con la que se ofrecían los respetos al Consejo. Los patricios también se incorporaban al desfile y se formaban comparsas de enmascarados, que se exhibían como "hombres salvajes". La mascara del hombre salvaje representaba a un primitivo ser demoníaco del bosque, cubierto de pieles, líquenes y musgo.

La figura del hombre salvaje se hizo muy popular no solo en Alemania, sino también en Italia y la corte francesa.

Por otra parte, en 1931, durante el carnaval de Niza, muchos pobladores se pasearon con carteles y pancartas en las cuales hacían una dura crítica repudiando el alto costo de la vida.

Aun hoy en día se pueden escuchar protestas políticas y sociales en los coros entonados por murgas, que con un humor ácido divierten y advierten acerca de realidades, que muchas veces ni con máscaras, ni disfraces se pueden ocultar...

Buenos Aires, alegre mascarita...

Fueron los primeros conquistadores españoles los que importaron sus costumbres al Río de la Plata, entre ellas, la fiesta del Carnaval. Y con la primera oleada inmigratoria en suelo argentino, a principios del 1900 se sentaron las bases de este maravilloso ritual.

En Buenos Aires, el primer corso oficial se realizó en 1869. Desfiló por la actual calle Hipólito Yrigoyen, desde Bernardo de Irigoyen hasta la plaza Lorea. Al despuntar el siglo XX, cada barrio tenia su murga. Los corsos se desarrollaban en las calles y estaban compuestos por agrupaciones de jóvenes artistas que junto con los músicos y las mascaritas animaban la jornada. Frecuentemente eran organizados por vecinos y comerciantes de los distintos barrios. Las plazas y las fachadas de los edificios se adornaban con guirnaldas, banderines y lamparitas de colores, que dibujaban exóticas figuras.

La Avenida de Mayo albergó al corso oficial de la ciudad de Buenos Aires, que en un principio se extendía desde las calles Bolívar y Buen Orden - actual Bernardo de Irigoyen - ; hasta Luis Saenz Peña. También en los bosques de Palermo se realizaban fastuosos desfiles de carruajes, evento al que se denominaba "Corso de Flores".

Para los certámenes de Carnaval se conformaba el gran jurado, que desde un palco principal dictaminaba quien era el mejor grupo coral y musical, cual era el mejor carruaje, la mascarita del año y la reina del Carnaval.

Los bailes de carnaval

Para quienes preferían un ambiente más selecto, los lugares que causaban sensación eran el Jockey Club y el Club del Progreso. También los teatros como el Opera, el Politeama, el Marconi y el Smart (actual Blanca Podestá) se convertían, levantadas las butacas, en salones de baile. La orquesta se situaba sobre el escenario, y los palcos se alquilaban.

Por su parte, las distintas colectividades étnicas celebraban con bailes típicos el Carnaval. Una vez terminado el corso, a la media noche, se daba inicio a los bailes en el Centro Catalá; la Sociedad Verdi, de La Boca; la Unión Obrera Española; la Sociedad Ligure o el Centro Gallego.

Al compás del 2 por 4

A principios de siglo, el tango se hizo presente en los bailes de Carnaval. Estos fueron en parte, su base de lanzamiento.

Los grandes clubes deportivos congregaban a famosas orquestas de tango, entre ellas recordamos la de Francisco Canaro y Di Sarli.

Entre las décadas del 40 y 50, algunas orquestas de tango animaron también los "8 Grandes Bailes 8": Francisco lomuto; Alfredo De Angelis; Juan D'Arienzo; Aníbal Troilo "Pichuco"; Carlos Di Sarli; Osvaldo Fresedo entre otros estuvieron presentes en el cine teatro Pueyrredón, del barrio de Flores.

 

 

Carnaval en las calles de Buenos Aires (1936)
 

Sociedades barriales carnavalescas

En la década del 30, los barrios emergieron con fuerza en las agrupaciones de carnaval, que pasaron a tener nombres paródicos, acompañados del nombre del barrio de origen. Los Eléctricos de Villa Devoto; Los Averiados de Palermo; Los Criticones de Villa Urquiza; Los Pegotes de Florida y Los Curdelas de Saavedra. Estas son algunas murgas legendarias de aquella época.

El crisol de razas, producto de la inmigración ponía de manifiesto sus antiguas tradiciones con cánticos autóctonos y vestimentas regionales. El nombre de algunas de estas sociedades aluden, en muchos casos a su lugar de origen: Stella di Roma; Amanti a Castagna; Salamanca; Lago de Cómo; Orfeón Gallego; Los Marinos del Sud; Marinos del Plata, etc.

Algunas agrupaciones entonaban canciones brasileras, mexicanas y tangos, cambiando sus letras por estribillos paródicos y risueños.

Con la llegada de la dictadura en 1976, los corsos, las murgas y las comparsas prácticamente se convirtieron en viejas estampas de un tiempo mítico y dorado. El decreto 21.329, firmado por Jorge Rafael Videla, Julio Bardi y Albano Harguindegui derogó el artículo primero de otro decreto ley por el cual el lunes y martes de Carnaval eran feriados nacionales.

En 1983, cuando la democracia retornó a nuestro país, las calles de Buenos Aires, en esa víspera, retomaron la música, el espíritu y el color del carnaval, que resucito como "ave Fénix, de las cenizas"...

Actualmente, Los Caprichosos de Liniers; Los Amantes de La Boca; Los Reyes del Movimiento de Saavedra; Los Herederos de Palermo; La Catalina del Riachuelo; Los Cometas de Boedo, entre otras murgas mantienen viva la pasión por la parodia, los disfraces y el sonar del bombo. Y configuran incluso, mezclas sorprendentes con las barras de los hinchas de fútbol.

Muchos jóvenes artistas del teatro, la música y la danza han retomado la estética carnavalesca, dando amplia difusión a este genero en distintos centros culturales. El objetivo es lograr un contacto más puro y directo con el público.

A través de nuevas formas, el carnaval se recicla y revitaliza, pese a la escalada científico-técnica, relegando la razón por la locura colectiva.

 
Por Karina Donángelo.
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