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Mitología y literatura
La Leyenda del Minotauro.
Una de las leyendas más célebres
de la antigüedad, originada en la cultura cretense, fue retomada
por dos grandes literatos de occidente, ambos muy distanciados en
el tiempo y en el espacio. Karina Donángelo nos cuenta las
particularidades del mito griego y las características que
posteriormente le atribuyeron el poeta latino Ovidio, en "La
Metamorfosis", y el escritor argentino Jorge Luis Borges,
en el cuento "La casa de Asterión".
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Por Karina Donángelo
Enero de 2003
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"Sé que me acusan de
soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura.
Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias".
La casa de Asterión (Jorge Luis Borges)
A menudo ocurren hechos que superan la ficción.
Se trata de una delgada línea roja entre lo real y lo imaginario.
Después pasa el tiempo y estos hechos quedan en el olvido. Lo
mismo ha ocurrido en otros ciclos históricos, donde para muchos
investigadores, las huellas de antiguas civilizaciones se han perdido
en un recodo del tiempo. Y se transforman en leyendas, mitos o fábulas.
El pensamiento mágico que ha caracterizado a
la primitiva Grecia, poco se conoce. Formó parte de un "mundo
encantado". Hoy, sin embargo, vivimos en una época signada
por el "desencantamiento del mundo". Un mundo acaso mucho
más impío, más cínico, más escéptico
y desamorado. Carecemos de epopeyas, escasea el lirismo y casi todo,
tarde o temprano, pasa al olvido. No obstante, esta cronista cree humildemente
que el tiempo no pasa: somos nosotros los que pasamos, la cuestión
es cómo.
Por eso, es importante proyectar la inteligencia muy
lejos hacia atrás y hacia delante para comprender el presente.
Desde el inicio de los tiempos, el hombre ha sentido
la necesidad de comprender el mundo que lo rodea, hasta dónde
se extiende y cuál es su papel dentro del universo. Comenzó
a emerger de las tinieblas de la irracionalidad hacia la luz del pensamiento
y la conciencia, guiado por el afán incesante de encontrar respuestas
a los problemas que se le planteaban.
Los mitos suponen un despegue hacia lo conceptual: la
representación de los orígenes, las "transmutaciones"
del mundo y de la sociedad mediante narraciones de carácter sagrado.
Expresan dramáticamente las ideologías. Mantienen la conciencia
de los valores, ideales y vínculos que se suceden de generación
en generación. Avalan y justifican reglas y prácticas
tradicionales y se resignifican.
En ellos está implícita la moral, lo cosmogónico
(creación del mundo), lo teogónico (origen de los Dioses),
antropogónico (origen del hombre), lo etnogónico (organización
política, social y económica) y lo escatológico
(vida ultraterrena y fin del mundo).
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Creta, cuna de mitos
Si bien los orígenes de la civilización
griega son multiétnicos y multigeográficos (pues, los
primeros pobladores fueron, por un lado indoeuropeos, y por el otro,
de raza semítica) se cree que gran parte de la mitología
griega tuvo origen fundamentalmente en la isla de Creta. A partir de
aquí podemos marcar la diferencia con los mitos originarios de
los indoeuropeos. Recordemos que Creta era un importante bastión
comercial. Allí convergían habitantes de Asia Menor, Egipto,
norte de Grecia, del Indostán y regiones aledañas. Los
cretenses tenían divinidades terrestres y agrícolas, mientras
que los indoeuropeos (de origen aqueo) contaban con divinidades celestiales
y pastoriles.
La cultura cretense es también llamada minoica,
en alusión a su Rey, Minos.
A partir del 3000 a.C. empezaron a llegar los primeros
pobladores a Creta. Estos provenían de Asia Menor, y al llegar
a la isla crearon la civilización cretense.
Estos hombres practicaban el culto del toro (animal
sagrado) que representaba lo masculino, como el caballo representaba
lo femenino. Así surge la leyenda del Minotauro, un ser con cuerpo
de hombre y cabeza de toro.
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Ovidio y el genio latino
Bien cierto es que el genio latino no
tendía hacia la actividad literaria. Es casi imposible que Roma
haya tenido una literatura original y espontánea.
El pueblo romano fue creado y formado para el poder
de mando, las conquistas políticas y militares. No obstante,
la influencia griega dulcificó el temperamento de los romanos,
amplió su inteligencia, afinó su gusto, agilizó
su imaginación, lo sensibilizó frente al valor estético
de las cosas, en suma, le reveló que existe algo más que
lo útil y lo justo.
Quien primero plasmó literariamente la leyenda
del Minotauro fue el poeta latino Pubio Ovidio Nasón. Nació
en 43 a.C. y murió en el 17 d.C. (a los 60 años). Formado
en las leyes y la retórica en Roma, completó su educación
en Atenas. Viajó por Asia y Sicilia. Tenía fama de ser
bastante mujeriego, y llevó una vida bastante azarosa.
Ovidio perteneció al período de Augusto
emperador, época de oro de la literatura latina, y está
considerado como el primer poeta erótico de occidente.
Augusto se manifestó en reiteradas ocasiones
como "protector natural" y "amigo" de los escritores,
pero por intereses políticos y sociales. Sin embargo, efímera
fue la amistad que intentó cultivar con Ovidio. El emperador
desterró al poeta hacia la ciudad que se llamaba Tomir, a orillas
del Mar Negro. Esta severa medida fue tomada debido al contenido de
una de sus obras: "El arte de amar", que contrariaba la campaña
y la educación moral que Augusto pretendía instaurar en
el Imperio. Ovidio se refiere a la leyenda del Minotauro en su obra
"La Metamorfosis". Consta de 246 fábulas: 15 libros
divididos en mitos y escritos en 12.000 versos hexómenos. En
esta obra hay una verdadera penetración psicológica en
el tratamiento de los personajes. Ovidio retrata la figura del Minotauro
como un ser sanguinario y descarnado, causante de todo tipo de tragedias
y desgracias.
A continuación conoceremos la leyenda, tal como
la relatara el poeta latino.
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Pubio Ovidio Nasón, fue el primero en
plasmar literalmente la leyenda del Minotauro.
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El Minotauro: La leyenda.
En Creta reinaba el poderoso Rey Minos.
Su capital era célebre en el mundo por el laberinto, lleno de
intrincados corredores, de los cuales era casi imposible encontrar la
salida. En el interior vivía el terrible Minotauro, un monstruo
con cabeza de toro y cuerpo de hombre, fruto de los amores de Pasifae,
la esposa de Minos, con un toro que Poseidón, dios de los mares,
hizo surgir de las aguas. En cada novilunio había que sacrificar
un hombre al Minotauro, pues cuando el monstruo no satisfacía
su apetito, se precipitaba fuera para sembrar la muerte y desolación
de los habitantes de la comarca.
Un día, el Rey Minos recibió una trágica
noticia: su hijo acababa de morir asesinado en Atenas. Minos clamó
venganza, reunió a su ejercito y lo envió a Atenas para
iniciar el ataque. Atenas, al no estar preparada, no pudo ofrecer resistencia
y solicitó la paz. Minos, con severidad dijo: "Os ofrezco
la paz, pero con una condición: cada nueve años, Atenas
enviará siete muchachos y siete doncellas a Creta para que paguen
con su vida la muerte de mi hijo". Aquellos jóvenes serían
arrojados al Minotauro para que los devorara. Los atenienses no tuvieron
más remedio que aceptar aunque con una única reserva:
que si uno de los jóvenes conseguía matar al Minotauro
y salir del laberinto (cosa poco menos que imposible) no sólo
salvaría su vida, sino también la de sus compañeros,
y Atenas sería eximida de dicha condena.
Dos veces pagaron los atenienses el trágico tributo.
Se acercaban ya el día en que por tercera vez la nave de velas
negras, signo de luto, iba a surcar la mar. Entones, Teseo, hijo único
del rey de Atenas, Egeo, ofreció su vida por la salvación
de la ciudad. El Rey y su hijo convinieron en que si a Teseo le favorecía
la suerte, el navío que los volviera al país enarbolaría
velas blancas.
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La prisión en Creta, donde Teseo y los otros
jóvenes fueron alojados como prisioneros lindaba con el parque
por donde las hijas del Rey Minos, Ariadna y Fedra, solían pasear.
Un día el carcelero avisó a Teseo que alguien quería
hablarle. Al salir, el joven se encontró con Ariadna, quien subyugada
por la belleza y la valentía del joven decidió ayudarle
a matar al Minotauro a escondidas de su padre. "Toma este ovillo
de hilo y cuando entres en el Laberinto ata el extremo del hilo a la
entrada y ve deshaciendo el ovillo poco a poco. Así tendrás
una guía que te permitirá encontrar la salida". Le
dio también una espada mágica.
A la mañana siguiente, el príncipe fue
conducido al Laberinto, tomó el ovillo, ató el extremo
del hilo al muro y fue desenrollándolo, a medida que avanzaba
por los corredores. Tras mucho caminar, penetró en una gran sala
y se encontró frente al temible Minotauro, que bramaba de furor
se lanzó contra el joven. El Minotauro era tan espantoso, que
Teseo estuvo a punto de desfallecer, pero consiguió vencerle
con la espada mágica. Le bastó luego seguir el hilo de
Ariadna en sentido inverso y pronto pudo atravesar la puerta de salida.
Teseo salvó su vida, la de sus compañeros
y liberó a su ciudad de tan horrible condena. Dispuestos ya a
reembarcar, Teseo llevó a bordo en secreto a Ariadna y también
a Fedra, quien no quiso abandonar a su hermana mayor. Durante el viaje
y tras una feroz tormenta tuvieron que refugiarse en la isla de Naxos.
Vuelta la calma, emprendieron el retorno. Pero Ariadna no aparecía,
la buscaron, la llamaron, pero fue en vano. Finalmente abandonaron la
su búsqueda y se hicieron a la mar. Habían zarpado cuando
Ariadna despertó en el bosque, después de caer extenuada
por el cansancio. De pronto, y rodeada por monumental ceremonia se le
apareció el joven más bello que nunca antes haya visto.
Era Dionisios, dios del vino, quien le ofreció casamiento y hacerla
inmortal. La joven aceptó y después de un viaje triunfal
por la Tierra, el dios la llevó a su morada eterna.
En tanto, en Atenas cundía la tristeza. El anciano
Rey iba todos los días a la orilla del mar, esperando ver a su
hijo retornar. Al fin, el barco apareció en el horizonte. Pero
traía las velas negras y el anciano desesperó. Es que
Teseo, abatido por la desaparición de Ariadna había olvidado
izar las velas blancas, signo de su victoria. Loco de dolor, el rey
Egeo se arrojó al mar que desde entonces lleva su nombre. Pasó
el tiempo y los atenienses reunidos en asamblea ofrecieron la corona
a Teseo, quien se casó luego con Fedra y reinó por largos
años.
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Borges o el "otro"
Asterión
De forma paradigmática podemos
ver cómo un mito encuentra resignificación, gracias al
genio de determinados autores. En este caso, el primero fue Ovidio.
Pero tuvieron que pasar siglos para recuperar esta leyenda, bajo la
mirada fantástica de quien para muchos fuera, más que
un escritor, un profeta de su tiempo: Jorge Luis Borges. Alquimista
de las letras, capaz de convertir una historia macabra en un testimonio
cargado de lirismo y humanidad.
Jorge Luis Borges nació en Buenos Aires el 24
de agosto de 1899 y falleció en Ginebra el 14 de junio de 1986.
Fue sin dudas uno de los mayores exponentes de la literatura
fantástica. Proclive a las más insólitas paradojas,
discurrió entre la realidad y la metafísica, entre los
símbolos, las ideas y sus propias obsesiones.
Sus obras cuentan con verdaderos contenidos temáticos:
los laberintos, los espejos, los sueños, el doble, su fervor
por Buenos Aires, el infinito y el tiempo cíclico; esto es la
"teoría del eterno retorno". Su labor de poeta, se
nutre también de ideas extraídas de la filosofía,
la teología, literaturas orientales, el panteísmo, etc.
La mezcla de personajes reales e inventados le permitieron
fusionar el plano de la realidad con el plano de la ficción.
La casa de Asterion
Asterión o Asterio era el nombre del Minotauro.
Este cuento pertenece a la obra "El Aleph" y está precedido
por un epígrafe.
En Borges, los mitos se expresan en forma simbólica,
hermética y contienen profundas verdades respecto del comportamiento
humano y de la naturaleza del hombre.
Utilizó la técnica del "fluir de
la conciencia". Por eso, la obra es todo un monólogo. Hay
abundantes simbolismos; el "otro Asterión", el laberinto,
las catorce puertas, etc.
A diferencia de la obra de Ovidio, Asterión carece
de conciencia entre el bien y el mal. Borges pone excepcionalmente en
la mente de Asterión su forma de pensar. El laberinto es, ni
más ni menos que la representación de la mente (para liberarse
de la mente, se espera la muerte, lo que equivale a escapar del laberinto).
Asterión se atemoriza del mundo exterior, un
mundo aparente el cual le produce un profundo sentimiento de indefensión.
Pero, contradictoriamente le pesa la soledad, la exclusión del
mundo. Asterión juega como un niño. No tiene conciencia
de su edad cronológica ni de su aterradora fisonomía;
pues en definitiva, en la esencia de su espíritu es igual a cualquier
otro mortal.
Juega a ser el "otro Asterión" para
evadirse de su realidad. La casa, o el laberinto es "su" mundo.
Su mundo interior, su cárcel del alma, donde al menos cuenta
con algunas certezas.
La llegada de los nueve hombres cada nueve años
es interpretada como la posibilidad que él tiene de liberarlos
de todo mal.
Tanta soledad sólo puede ser sostenida por Asterión
mediante la fe. Esto es, la esperanza segura de que algún día
llegará su redentor, quien se levantará sobre el polvo
y lo llevará a "un lugar con menos galerías y menos
puertas". Tal vez por eso, concluye Borges, en boca de Teseo, la
siguiente reflexión:
- ¿Lo creerás, Ariadna? - dijo Teseo -
el Minotauro apenas se defendió.
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Por Karina Donángelo
Enero de 2003
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Jorge Luis Borges.
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Muchas gracias.
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