Congreso Internacional de AEI
Cuando nombramos, qué nombramos.

Ponemos a disposición de nuestros lectores la ponencia que presentó la escritora y columnista de Sitio al Margen, Viviana E. O’Connell, en el marco del Primer Congreso Internacional de la A.E.I. (Asociación de Estudios Interculturales). El encuentro fue realizado en el IRICE (Instituto de Rosario de Investigaciones en Ciencias de la Educación), que es la sede del Conicet (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas), en Rosario, y se desarrolló entre el 26 y 28 de junio del 2003.

Por Viviana O’Connell
(desde Rosario, Argentina)
Agosto de 2003

 
 

Acostumbramos a enamorarnos de determinadas palabras, algunas las inventamos y reinventamos desde raíces comunes, a otras sólo las resignificamos o las vaciamos de contenido. Algunas se sostienen con la fuerza del sonido y nadie sabe muy bien de que habla cuando las usa pero no podemos dejar de usarlas. Hay palabras grandilocuentes, enormes, omnicomprensivas que cubren espacios de dimensiones imposibles: multiculturalismo, interculturalidad, etnicidad, ultrasicologización, globalización.

De qué hablamos cuando hablamos de multiculturalismo, ¿lo entendemos como una manifestación de la diversidad, y de la presencia social de grupos con diferentes códigos culturales? En aquel pueblo con ambiciones de ciudad donde nací, aunque no se había acuñado el término, todos sabíamos que Don Pepe el almacenero era gallego, los terratenientes eran vascos o irlandeses, los ingenieros del ferrocarril ingleses, los tenderos turcos y la mano de obra especializada era italiana, los peones criollos y las prostitutas, las innombradas en las casas decentes, eran francesas o polacas. Cada uno interactuaba, coexistía, compartía espacios, y a la vez actuaba en compartimentos estancos, con el temor de perder su identidad, de perder esa historia que funcionaba como un anclaje, un espacio de identificación cultural.

Si lo entendemos como la aparición de grupos sociales antes invisibles, me ubico en mi espacio de mujer, escritora y latinoamericana. Yo, único producto de la unión de mis padres, hembra de la especie de los contadores de historias me convertí en heredera del don. Entre el padre descendiente de irlandeses con algo de vasco que me contaba cuentos de hadas a la hora de ir a dormir y algunas historias de su infancia que destrozaban el encanto de las otras, y el abuelo proveniente de la bota italiana que hablaba de Europa, de la guerra, la valentía de los alemanes e italianos, de política, anarquismo y de madame Curie. Las mujeres no contaban historias en mi casa, eran prácticas, ordenadas y eficientes. Quizá por la falta de competencia masculina me convertí en receptora de relatos, recipiente apto para la mixtura y de algún modo en ése lugar del mundo el patriarcado se fracturó.

La voz que podía manifestarse públicamente, seducir, relacionar, relatar, se mudó al cuerpo de fémina e incorporó nuevos sonidos y discursos.

 

 


Madame Curie

No me sentía diferente entonces, en el ámbito familiar en el que era única, deseada y completa, sólo el mundo exterior me hizo diferente. Cuando mis referentes se alejaron y descubrí los límites.

Las experiencias históricas de mis congéneres se desplegaron frente a mí mostrando el camino esperado. Y comencé a oir las frases acostumbradas para volver la rea al rebaño “A los hombres no les gustan las mujeres muy inteligentes” “Para que se preocupan tanto por estudiar, las mujeres una vez que se casan no ejercen” y otras tantas por todas conocidas.

La dominación patriarcal que no me había coartado y limitado puertas adentro se desplegó desde el afuera, desde el ejercicio de la sanción de la descarriada que no conocía los límites, sanción pública descalificadora.

Mas tarde magnifiqué el pecado y convertí la voz en palabra escrita, en escritura ordenada y caótica, tradicional o experimental y me atreví a nombrarme y a nombrarlas, y a individualizarme e individualizarlas.

Algunas, muchas, no tienen el poder de la palabra, pero pecan detentando el poder del dinero u ocupando espacios públicos, los costos no son menores, estas nuevas experiencias sociohistóricas revierten indefectiblemente la estructura simbólica tradicional al compartir el poder y la autoridad, patrimonio exclusivo del género masculino. Mujeres, pecadoras, innombradas. El pecado visible, vuelve invisible la sumisión, la descalificación y la misoginia.

No podemos olvidar que la sumisión de la mujer tiene origen divino y legal, es algo “natural”. La sexualidad no reproductiva está asociada desde antiguo al pecado y al mal. La única manera que tuvimos las mujeres de acceder a Dios por siglos fue nuestro papel de madres. Nosotras las innombradas, los objetos transaccionales fuimos nombradas madres y esposas por el poder divino.

La filosofía aristotélica dio por hecho que las mujeres somos seres humanos incompletos y defectuosos, de un orden totalmente distinto a los hombres. Con estas construcciones simbólicas de la civilización occidental, la subordinación de las mujeres se convirtió en algo “natural” y por lo tanto, se tornó invisible. Y lo invisible no existe. Los grupos sociales como las mujeres que cargan con una larga experiencia en la opresión, están en todas las culturas, pero no existen porque no los vemos, porque no hablamos de ellos, en definitiva porque no los nombramos.

¿Qué significa ser mujer? Si tomamos cien personas al azar, es probable que la respuesta a esta pregunta sea en el 90 % de los casos, “ser mujer es ser madre”. Desde el momento en que las mujeres nos posicionamos en el mundo patriarcal como madres, única manera de acercarnos a Dios, se nos cerraron todos los otros caminos. No hay desarrollo personal, ni felicidad posible fuera de la maternidad. Nuestra carrera será durante siglos el matrimonio y la maternidad. La infértil o sin esposo quedaba y queda fuera de la sociedad y en una posición nunca fácil.


 


Viviana O´Connell

Al irrumpir en la vida pública, en las industrias, universidades y oficinas trajimos con nosotras el miedo y la ansiedad, abandonamos el conocido ámbito del hogar, en el que éramos madres y esposas, con la consiguiente construcción de la imagen de la mujer fatal. No olvidemos que el siglo diecinueve distinguía por un lado la mujer artificial, la estéril y por el otro la mujer natural, la que era esposa y madre.

Y ahora cuando creíamos que habíamos conquistado ciertos espacios públicos apareció el contradiscurso para recordarnos todo lo que perdemos con nuestra liberación y la exposición a la vida pública, “el costo” de la conquista de los espacios no tradicionales. Este contradiscurso nos llega mediante la utilización de medios masivos de comunicación y espacios publicitarios; la perpetuación de la mujer, reina del hogar por un lado; por otro la opción parece ser la mujer sólo preocupada por su imagen (para gustar al hombre), exaltando sus atributos como objeto sexual apetecible, propiciando la imagen de las mujeres que no pueden envejecer, engordar, deteriorarse y como consecuencia dejar de ser atractivas al otro. Ahora si queremos ser mujeres modernas tenemos que trabajar, ser eficientes, buenas madres esposas, amantes y no envejecer, como dijo Maitena: para colmo ahora también tenemos que preocuparnos por la celulitis. Mujeres maravilla.

Claro que ahora se han puesto de moda todas estas cuestiones del respeto a la diversidad, María Moliner define diversidad como “circunstancia de ser distintos o múltiples”. En este país la diversidad es cosa de siempre, de todos los días en cuanto al pluralismo cultural, no así en cuanto a grupos sociales invisibles.

Pero a que nos referimos con el respeto a la diversidad. A eliminar los prejuicios y la xenofobia, el almacenero gallego es bruto, los judíos tacaños y los criollos vagos. A empezar a nombrar a las mujeres como individuos y no como objeto de las transacciones masculinas.

En lo personal creo que la discriminación subsiste, los privilegios subsisten, subsisten porque no se nombran, porque son invisibles. La mejor explicación que he leído sobre la invisibilidad es la del sociólogo Michael Kimmel con un ejemplo muy claro:

“La negra pregunta: "Cuando te miras al espejo, ¿qué ves?" "Veo una mujer", responde la blanca. La negra explica: "Ese es el problema, cuando yo me miro al espejo, veo una mujer negra. Para ti la raza es invisible, porque así funcionan los privilegios." O sea que los privilegiados no saben cómo o por qué los son. Antes cuando me veía al espejo veía a un ser humano, sin raza, clase o género: universal. A partir de esa conversación me convertí en un hombre blanco de clase media. Me di cuenta de que la raza, la clase y el género también tenían que ver conmigo. Si queremos que los hombres entren a la discusión de la salud sexual y reproductiva, tenemos que hacer la masculinidad visible para ellos y darnos cuenta de que la invisibilidad es consecuencia del poder y el privilegio.”


   

La multiplicidad del individuo es inabarcable, ¿cuál es el límite? Relativizamos absolutamente o unificamos y asimilamos. Estas nuevas palabras, de las que hablábamos al principio, que no figuran en los diccionarios, son construcciones intelectuales que tratan de abarcar omnicomprensivamente esto que requería del despliegue de las frases. El multiculturalismo puede llevarnos a una trampa. Por el respeto a diversidad cultural no podemos dejar en el camino a las personas. No olvidemos las prácticas culturales que tienen como destinatarias a las mujeres como la mutilación femenina o tchador. El respeto a la diversidad no debe perder nunca de vista los derechos de los individuos y no puede estar exento de valoración. Antes que judíos, musulmanes, católicos, mujeres, gays o indígenas somos seres humanos. Y como seres humanos, somos visibles y nombrables.

Pero los modos de nombrar a veces no son lo importante, sino la construcción de lo que nombran. Al nombrar creamos y a la vez limitamos la creación. Construimos un imaginario social, un espacio. Antes las palabras que nombraban las profesiones no tenían femenino, ahora, aunque la mayoría de los diccionarios no se han enterado, las mujeres ya no son abogados o médicos sino abogadas, médicas, ingenieras, juezas, embajadoras, porque la fuerza del lenguaje diario ha abierto el espacio, aunque los diplomas contengan en forma caprichosa el masculino.

Alicia Moreau de Justo ingresó a la Facultad de medicina cuando sólo seis mujeres cursaban la carrera, en una oportunidad le dijo a Marta Cichero, quien escribió su biografía: “Asómese a mi ventana. Mire a esa mujer que viene allá. Jamás una mujer de mi tiempo caminaría de esa manera. En mi tiempo, las mujeres caminaban y actuaban distinto. Eran temerosas y eso lo mostraban hasta al caminar. Fíjese, ella en cambio camina con soltura, con alegría. Camina con la cabeza alta”.

Lo importante quizá sea sólo vencer la invisibilidad y crear un espacio para ser nombradas sólo personas.

Por Viviana O’Connell
(desde Rosario, Argentina)
Agosto de 2003
 

Alicia Moreau de Justo.

 

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