La religión, la política,
y la educación, confluyeron en la antigüedad en una práctica
que aún en el presente despierta sumo y variado interés,
ya que proliferan numerosos seguidores que van desde improvisados
entusiastas hasta investigadores académicos. La adivinación
del futuro jugó un peculiar papel desde la prehistoria. En
el siguiente artículo se comenta el singular desarrollo de
está actividad en la Grecia de antaño, una de las cunas
de nuestra cultura.
Por Karina Donángelo
Katzellis
Agosto de 2003
Desde el principio
de los tiempos, el hombre se ha interesado por su presente y ha estudiado
su pasado. Pero, si hay algo que aún lo desvela es el futuro.
Ya en la prehistoria, el hombre se guiaba por distintos presagios fundamentalmente
tomados de la naturaleza, esto explica que muchas de las religiones
más antiguas hayan sido panteístas.
Brujos y adivinos predecían el futuro a través
de la lectura de las líneas del hígado de un buey, de
la posición de los astros, de la interpretación de los
sueños, de los fenómenos climáticos, de la posición
de las runas o caracoles, etc.
Por lo general, a la práctica de la adivinación
se le confería un carácter sagrado. Para ello se edificaban
templos monumentales, que representaban a la divinidad a la que se quería
consultar.
A estos santuarios se los conoce como Oráculos.
Ya en el Antiguo Testamento encontramos registros de la denominación
que se le daba a estos templos. Pues se llamaba oráculo a aquella
parte del santuario donde Jehová hablaba a Moisés y al
Sumo Sacerdote,...”la voz del Señor se dejaba oír
por encima del Arca” (Éxodo cap. 25 y 30).
En Babilonia y Asiria, Samar y Abad, los “bele-beri”
(señores de la adivinación eran los encargados de ponerse
en comunicación con los dioses en los oráculos para predecir
el futuro de sus pueblos.
En Egipto, los oráculos más importantes fueron los de
Heliópolis y Abydos, en los que las consultas se hacían
por la mediación de una persona, que llevaba escritas las preguntas
y las depositaba en el santuario y de igual forma recibía las
respuestas.
Restos de las ruinas de Olimpia.
Los oráculos en Grecia
En Grecia, se cree que el más antiguo de los
oráculos fue el erigido en honor a Zeus, en Dodona. También
se les atribuyen gran antigüedad a los de Delfos y Olimpia, en
el primero de los cuales se suponía que hablaba Apolo, el dios
profético por excelencia.
También en la antigua Italia hubo oráculos.
Cabe mencionar los de Averno, cerca de Cumas; Esculapio en Roma y el
de la famosa sibila de Cumas. Las corporaciones sacerdotales eran las
encargadas de administrar los santuarios donde radicaban los oráculos;
conservaban en sus archivos copias, tanto de las preguntas como de las
respuestas. De aquí nacieron, entre otros, los “Libros
sibilinos”, los “Carmina Marciana”, etc.
La religión griega poseía complicadas
y numerosas supersticiones. Se sacaban presagios del vuelo de las aves
y de las entrañas de los cadáveres.
También se procuraba conocer el porvenir y para
esto se recurría a los oráculos de los dioses; los más
celebres fueron el de Apolo en Delfos y el de Zeus en Dodona de Epiro,
donde el rumor de una antiquísima encina sagrada respondía
a las preguntas de los consultantes.
El templo de Apolo fue el más importante del
mundo; se asentaba sobre una plataforma dominada por el Parnaso, desde
donde la ciudad de Delfos, al pie de las paredes escarpadas se inclinaba
hacia un profundo precipicio, entre fragosas montañas. En este
templo, aislado del mundo, en un ámbito de impresionante silencio,
y en medio de las fuerzas de la naturaleza se creía que Apolo
se comunicaba con los hombres por mediación de una sacerdotisa
inspirada, que se llamaba Pythia o Pitonisa.
Los días en que se la consultaba, la pitonisa,
sentada en un trípode en el borde de un abismo, cuyas emanaciones
provocaban en ella una especie de crisis nerviosa lanzaba gritos inarticulados,
que los sacerdotes traducían a los fieles. Los mensajes de este
oráculo se redactaban en frases con doble sentido y eran difíciles
de interpretar.
En lo alto del Parnaso (monte de 2.459 mts de altura)
sede de las musas y las bacantes se celebraban también las orgías
en honor al dios Dionisos. Cuando parecía que la oscuridad iba
a vencer a la luz, venían de Delfos, de Ática y de Beocia
para ejecutar las danzas salvajes y nocturnas. Bailaban con las cabelleras
sueltas, llevando antorchas en las manos, tirsos y serpientes sagradas.
Danzaban al son de la aguda flauta y del ritmo obsesionante del tambor.
Creían que en aquel estado de “locura sagrada” o
“frenesí báquico”, el alma se liberaba del
cuerpo y se unía a la divinidad, permitiéndoles así
penetrar el futuro y profetizar (*).
Más abajo, en Delfos se adoraba a Apolo, dios
de la danza, de la poesía y de la inspiración, pero por
sobre todas las cosas, de la Luz. El dios que ilumina al mundo, el gran
testigo, al cual nada escapa. Los rayos de su divina luz penetran por
doquiera, atraviesan la oscuridad más negra e iluminan la inteligencia
humana, tornando todas las cosas visibles y presentes. Desde todas partes
del mundo helénico acudían las gentes a su templo para
pedirle consejo y protección. Preguntaban si la cosecha del año
sería buena o mala, si debían comprar un esclavo, si casarse
o no.
Representaciones de pueblos y ciudades iban también
a preguntar al oráculo sobre la voluntad de los dioses, cuando
tenían negros presagios, cuando reinaba el hambre y la peste
o antes de tomar una decisión importante.
Ruinas de Delfos, con
la vista del tholos en el primer plano, que datan de principios del
siglo IV antes de Cristo.
Enseñanzas didácticas
Antes de entrar al templo de Apolo, los peregrinos se
bañaban en el agua cristalina de la célebre fuente Castalia;
después ofrecían sacrificios en el gran altar que estaba
ante el santuario. Coronaban la entrada, leyendas escritas con letras
de oro sobre los muros, que atraían la atención del visitante
y lo invitaban a meditar. Estas leyendas se atribuían a los “Siete
Sabios de Grecia”, y aconsejaban entre otras cosas el dominio
de sí mismo y la moderación. Los griegos consideraban
al orgullo (Hibris) como el más grave de los pecados. El primer
deber de cada mortal era conocer sus propias limitaciones. La más
importante inscripción del templo de Apolo era : “¡Conócete
a ti mismo!”. Junto a estas palabras se leía también:
“¡Guarda en todo la medida!”, y “¡Guárdate
de la exageración!”. Los Siete Sabios de Grecia son también
autores de otras sentencias que manifiestan una profunda experiencia
de la vida, como por ejemplo: “Sólo es desgraciado quien
no puede soportar la desgracia”, y “La prosperidad precede
a la decadencia”.
En el interior del templo estaba el lugar donde los
peregrinos recibían las respuestas, pero les estaba prohibido
ingresar. Allí se encontraba Pitonisa, la sacerdotisa que como
antes mencionáramos entraba en trance, como una médium
espiritista, y profería palabras sin un sentido aparente.
El oráculo alcanzó enorme influencia, no solo porque
predecía el futuro, sino porque aconsejaba a los hombres en sus
crisis de conciencia y les ayudaba a vivir en paz con los dioses. Los
sacerdotes eran hombres sabios y debían tener experiencia de
la vida y un profundo conocimiento del hombre. Sus relaciones abarcaban
todo el mundo helénico; conocían con exactitud el estado
de cada región y de este modo podían dar consejos acertados.
Cuando los dirigentes de uno u otro Estado inquirían la manera
adecuada de llevar su política, los sacerdotes conocían
las circunstancias como si estuvieran presentes.
El templo de Apolo Dídimo (Turquía), construido hacia
el 300 a.C. Templo de tipología díptera (doble fila de
columnas), sus columnas jónicas, que alcanzaban unos 19,5 m de
altura, rodeaban un recinto con la estatua de Apolo.
Política y adivinación
En las luchas políticas, el oráculo tenía como
norma estar siempre en armonía con el más fuerte. Desde
luego, los sacerdotes podían equivocarse algunas veces, pero
por lo general podían salir del compromiso formulando respuestas
vagas, susceptibles de interpretarse de varias maneras. Así,
la Pitonisa recomendó al gran estadista y general tebano Epaminondas,
que se guardara de Pelagus, que significa “mar”. No obstante,
Epaminondas encontró la muerte en el interior del país,
en Arcadia, tan lejos del mar cuanto era posible en el Peloponeso. Los
sacerdotes del oráculo adujeron que en realidad cerca del campo
de batalla existía un bosque llamado Pelagus.
El oráculo tuvo
más suerte cuando predijo que la guerra del Peloponeso duraría
27 años. Los sacerdotes debían conocer la situación
a fondo, puesto que predijeron una guerra tan larga: “Tres veces
nueve”, solo significaba quizá una frase hecha para designar
un período de larga duración; pero, en este caso, la cifra
simbólica fue bien escogida. El oráculo tuvo también
la suerte de estar de parte de los espartanos desde el comienzo de la
guerra hasta el final –recordemos que Esparta triunfó-.
Por el contrario, los sacerdotes tuvieron menos suerte, con relación
al conflicto entre griegos y persas; sobrevaloraron las fuerzas persas
y creyeron que el poderoso ejército de invasión arrollaría
a los griegos, pero ocurrió exactamente lo contrario. Los sacerdotes
explicaron que la victoria se debía a la intervención
del oráculo y de las fuerzas naturales a favor de los griegos.
Delfos fue el centro religioso de Grecia; “El
Hogar de la Hélade”, como se denominaba al oráculo.
Era para los griegos, lo que Roma llegó a ser para los cristianos
en la Edad Media y La Meca para los musulmanes.
Este lugar, era considerado como el centro del mundo
y se simbolizaba esa idea con una piedra sagrada en forma de medio huevo,
colocada en el templo; se llamaba “Onfalos” (ombligo), el
“Ombligo del mundo”. Sobre ella se habían encontrado
dos águilas enviadas por Zeus; una precedente del este y la otra
del oeste. En el exterior del templo había una reproducción
de esta piedra sagrada, que las excavaciones posteriores han puesto
al descubierto.
De todas partes se recibían presentes para el
dios Apolo, y en tan gran cantidad, que su templo era insuficiente para
guardarlos a todos. Por ese motivo, los Estados griegos más ricos
mandaron construir en Delfos extensas habitaciones donde se conservaban
los obsequios de la divinidad. No hay duda de que el rey de Creso fue
quien hizo la ofrenda más rica: un verdadero tesoro de oro y
plata.
El templo fue destruido por un terremoto, unos 4 siglos
antes de nuestra era; así pues hubo necesidad de reconstruirlo
y los donativos afluyeron de todas partes, hasta de Crimea. También
el faraón envió un aporte considerable.
Pero llegó un tiempo en que las riquezas de Delfos
incitaron al robo y al pillaje. Las hordas tracias fueron las primeras
que lo asaltaron; después los romanos se llevaron una gran cantidad
de tesoros e incontables objetos de arte; y por último, los cristianos
también dirigieron sus ataques de tipo dialéctico contra
este “bastión del paganismo” –según
sus dichos-.
El furor destructor se cebó, sobre todo con el
lugar más sagrado del templo: allí donde se sentaba la
Pitonisa. Y los terremotos e inundaciones se añadieron a los
estragos originados por el hombre.
*Nota de la autora: Se cree que éste
es uno de los orígenes míticos de los famosos ritos que
muchos años después pusieron en uso las mujeres practicantes
de magia, condenadas a la hoguera, en algunos países, por la
Inquisición y en otros por el ultrarradicalismo puritano como
en el caso de las brujas de Salem.. Sin embargo, algunos historiadores
e investigadores aseguran que dichos rituales y la práctica de
la brujería se remonta a los mismos orígenes de la humanidad,
en civilizaciones antiquísimas, situadas en ciudades tales como
Ur, Asiria, Caldea y Babilonia.
Por Karina Donángelo
Katzellis
Agosto de 2003
Ubicación de Delfos en el territorio
griego.
En este espacio,
estimado lector,
vuelque sus
comentarios e
inquietudes.