Historias patagónicas. Parte II.
Vidas sencillas.

Continuamos con la saga dedicada a la parte más importante de la Patagonia, sus habitantes. El fotógrafo, periodista y escritor Alejandro Aguado, presenta a dos personajes, José y Jara, que, como tantos otros, son de los cada vez menos sobrevivientes de la casi extinta economía patagónica basada en la explotación lanera. En el artículo anterior Aguado se refiere a "Los patagónicos originales"

Por Alejandro Aguado, desde la Patagonia.
Fotografías Alejandro Aguado.
Junio 2001

 
 

Jara nació en el sur de Chile, pero vivió la mayor parte de su vida en Argentina. Tiene 54 años de edad, aunque no los aparenta. Su figura es delgada en extremo y su rostro, de eterna expresión bonachona, carga apenas con un mínimo rastro de toda una vida a la intemperie. Como buen hombre de campo, es sumamente tranquilo y de hablar pausado. 

Poco tiempo atrás, en medio del campo, cayó de su caballo y golpeó contra una roca que lo destrozó por dentro, a la altura del estómago. Al verlo tendido en el suelo, retorciéndose de dolor y vomitando sangre por la boca, su perro ovejero dio media vuelta y se alejó al trote. El caballo permaneció a su lado, inmóvil. Ni bien partió el perro, apareció un enorme zorro colorado que comenzó a rondarlo, analizando la posibilidad de que Jara se convirtiera en la comida del día. Luego se alejó unos metros y se echó entre unas matas en espera de su muerte. Para protegerse, Jara se arrastró hasta un arbusto y luego tomó su revólver para matar al zorro; pero la creciente debilidad no le permitió sostenerlo en la mano. Su situación era desesperante: sin fuerzas para defenderse o incorporarse, desangrándose, solo en medio del campo y con un zorro hambriento esperando devorarlo. Algunas horas después, cuando ya estaba por resignarse a la muerte, regresó su perro ovejero en compañía de José, el peón de una estancia vecina. El zorro desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Esa vez se salvó, pero afirma con resignada fatalidad que su destino es acabar muerto en el lugar menos esperado. Consumió sus años trabajando para otros, y ahora que se le escapan siente que desperdició su vida. No alcanzó las pretensiones mínimas: ni vivienda propia, ni mujer.

 

 

De pié, Jara; sentado, José.

 

José tiene 30 años, nació en Chile, y parece seguir la misma huella errante emprendida por Jara, su amigo. De joven se dedicó a domar potros salvajes, por lo que ahora sufre las consecuencias de los golpes. Hace tiempo que le rehuye a esa actividad. De todos modos sigue siendo físicamente fuerte. Valiéndose sólo de una pala, durante un invierno que trajo mucha agua cambió el curso de un arroyo para regar un pequeño valle. De ese trabajo nació una cascada que se descuelga de lo alto de una pared de roca de granito. Lo peculiar de José es que pese a no saber escribir, es un lector empedernido de cuanto libro sobre Patagonia llegue a sus manos. Quienes lo conocen y visitan regularmente la estancia donde trabaja, de vez en cuando le llevan algún libro que recibe con entusiasmo. Cuando le es posible, compra alguno de los pocos ejemplares que llegan a los pequeños pueblos cordilleranos de la provincia de Santa Cruz. Le gustan las historias de los tiempos de antes, y le espanta la crueldad de aquellos gringos que le cortaban las orejas a los indios por algunas monedas. Es experto en encontrar puntas de flechas talladas en piedra, y también sabe mucho acerca de las historias y costumbres de los tehuelches y los mapuches. Convivió largo tiempo con viejos mapuches que aún conservan conocimientos ancestrales. Además es un excelente artesano del cuero, habilidad que lo enorgullece. En el invierno, cuando el rudo clima de la cordillera lo obliga a permanecer encerrado en su rancho, confecciona elementos que le son de utilidad en su quehacer diario: bozales, lazos, rebenques, cinchas, etc. Su método se basa e  n pericia, paciencia y meticulosidad. Lo perturba la soledad extrema, pero al pasar tantos años de su vida en ese estado no soporta otra forma de vida que no sea la rural. En la adolescencia, en Chile, tuvo pareja. Pero la miseria lo obligó a partir hacia Argentina en busca de trabajo y nunca más volvió a verla. Guarda la secreta esperanza de que aún lo esté esperando. 

Jara y José, como tantos otros, son de los cada vez menos sobrevivientes de la casi extinta economía patagónica basada en la explotación lanera. 

Por Alejandro Aguado, desde la Patagonia.
Fotografías Alejandro Aguado.
Junio 2001
 


José a caballo.


Jara

 

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