Historias Patagónicas. Parte III.
El viejo casco de la estancia Sierras del Carril.

Finalizamos la saga Historias Patagónicas que están dedicadas a la parte más importante de esta región: sus habitantes. Su autor, el escritor, periodista y fotógrafo Alejandro Aguado, nos presenta en su última entrega la reseña de una antigua familia de la Patagonia: los irlandeses Cunningham y su histórica estancia. En los artículos anteriores Aguado se refiere a "Los patagónicos originales"  y a las vidas sencillas de José y Jara, dos sobrevivientes de la casi extinta economía patagónica basada en la explotación lanera. 

Por Alejandro Aguado, desde la Patagonia.
Fotografías Alejandro Aguado.
Julio 2001

 
 

A causa de una investigación que estaba realizando para reconstruir la historia de Lago Blanco, Valle Huemules y El Chalía, regiones cordilleranas de la Patagonia central, a principios del año 2000 visité el viejo casco abandonado de la estancia Sierras del Carril. Accedimos a ella por una ruta relegada que se tiende en gran parte sobre la planicie de varias mesetas del sur de las provincias de Chubut y el norte de Santa Cruz. La estancia Sierras del Carril fue propiedad del "gordo" George Cunningham, un irlandés emigrado a Patagonia en 1910. Llegó a las tierras del sur del continente Americano junto a su primo Jorge Patricio Cunningham, de origen norteamericano, y se poblaron en la región cordillerana de Lago Blanco. Juntos fundaron la estancia Lago Blanco, de nueve leguas de extensión y se dedicaron a la cría de ganado ovino. En 1920 Jorge contrajo matrimonio con una hija de italianos que conoció en la zona vecina de Valle Huemules y George le vendió a su primo su parte de la propiedad. Luego partió y a lo largo de dos años pasó por Paraguay, Buenos Aires y Comodoro Rivadavia. En 1923 se asentó definitivamente cerca de Lago Blanco, en Sierras del Carril; un conjunto solitario de pequeños cerros que se elevan en medio de una extensa y árida meseta. La estancia, de ocho leguas, fue bautizada Sierras del Carril en alusión al primer propietario, un mapuche llamado José Carril.

En la ocasión de nuestra visita llevábamos como guía a su sobrino Rubén Cunningham, de 76 años de edad. Don Rubén había pasado varios años de su juventud trabajando en la estancia.

Un tacho oxidado y abollado que había sido colocado allí hace cincuenta años nos indicó el acceso a la estancia. Luego, tras vadear una huella atravesada en algunos tramos por arenales y en otros semi cubierta por gruesos arbustos, accedimos a la naciente de un pequeño cañadón donde perduraba lo que fuera el casco. La primera impresión no fue grata. Se notaba que era una tierra mediocre, sometida desde siempre a lo peor del duro clima de la Patagonia. Hacía años que no llovía con un mínimo de decoro y una fina arenisca blanca lo estaba cubriendo todo. Al descender de la camioneta nos envolvimos unas remeras en la cabeza a modo de turbante para protegernos del agobiante sol del mediodía. Paseamos a media marcha, acosados por el calor, visitando cada construcción o lo que quedaba de ellas, las arboledas escuálidas y los montes de arbustos; en torno a los que asomaban medio enterrados en arena restos de viejos vehículos, partes de molinos de viento y botellas vacías de los más diversos tamaños y colores. Una gran arboleda subdividida en cuadros, lucía medio marchita. Esos árboles eran los típicos ejemplares de álamos crecidos en Patagonia: la corteza de sus cuerpos y ramas estaban ennegrecidos y cuarteados de frío, viento y falta de agua. De la casa principal, un garaje de automóviles y dos construcciones secundarias solo quedaban las bases de las paredes y algunos ladrillos dispersos por el suelo. Aún se mantenían en pie y en buen estado de conservación, el galpón de esquila, los baños de ovejas y un pequeño chalet que don Rubén había edificado utilizando ladrillos de adobe. Los cinco aljibes y un tanque australiano estaban secos. Tras inspeccionar la última construcción nos alejamos de la zona de las viviendas, internándonos entre las matas. Ni bien recorrimos algunos metros encontramos primero una punta de flecha tallada en piedra por los tehuelches y, debajo de un arbusto flaco y huesudo, una cruz de madera que señalaba la tumba anónima de un peón. Luego emprendimos el regreso, ya no había nada para ver. En el viejo casco de la estancia Sierras del Carril todo era abandono, olvido y muerte. En resumen, tiempo pasado.

 

 

Sitio donde estuvo el casco principal de la estancia.
 

La vida continuaba su devenir unos mil metros hacia el oeste, a la vera de un mallín, donde se levantaba el casco en que se regenteaba la estancia en la actualidad. 

George Cunningham falleció sin dejar descendencia. Fue uno de los tantos hombres que no tuvieron la fortuna de encontrar compañera. Llegó a Patagonia en la época en que solo era tierra de hombres. Sufrió lo que muchos, lo que se dio a llamar "el mal de la Patagonia". En un principio el promedio fue de 15 o 20 hombres por mujer. Recién entrada la década del treinta comenzó a revertirse la tendencia. Pero, por una cuestión de edad, para George ya fue muy tarde. 

 

 

Baño de ovejas y galpón de esquila.
 

En su estancia contó con la presencia de otros como él, víctimas de la opresiva soledad característica de los grandes espacios. Uno de ellos fue el "malvinero" Guillermo Halliday, que vivió la mayor parte de su vida en la estancia porque, al igual que él, George hablaba inglés. Halliday era familiar de los que ingresaron las primeras ovejas a Patagonia provenientes de las islas Malvinas, a fines del siglo XIX. En la estancia su ofició fue el de cocinero. Falleció a la edad de 80 años a causa de osteoporosis, una enfermedad de los huesos. Otros residentes temporales fueron sus sobrinos Rubén y Jorge (h) y los ocasionales peones. Todos, sin excepción, pronto se resignaban a la solitaria y silenciosa rutina diaria. La costumbre de vivir los hacía permanecer en esa tierra quieta, de mañanas iguales al ayer. De no ser por una gangosa radio a válvulas que a diario les informaba del acontecer del mundo exterior, y ocasionales viajes a la costa en busca de provisiones, se hubiesen enajenado por completo de la sociedad. Pasaban meses sin ver otras caras que las dos o tres acostumbradas. La estancia se transformó en el refugio de esos hombres silenciosos, pero también los aisló, recluyéndolos como a prisioneros. Es decir, al mismo tiempo la salvación y la condena, el cielo y el infierno. En ese contexto la vida se les fue apagando de extinción. Sus existencias, como la de tantos otros anónimos, se transformaron en olvido. Y de eso se trata la historia de gran parte de la Patagonia rural.

Por Alejandro Aguado, desde la Patagonia.
Fotografías Alejandro Aguado.
Julio 2001
 

Rubén Cunningham y el tehuelche Andrés Cuyapel.

 

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