S.a.M.: ¿Qué
es lo que le criticás a Japón?
M.M.: El machismo. El silencio, que a veces es insano. Esa
vocación de llegar siempre a destino. También el ponerse
un objetivo y no mirar a los costados. Justamente los latinoamericanos
hacemos todo lo contrario, miramos a todas partes y perdemos el objetivo,
lo cual es el otro extremo y también creo que es criticable.
S.a.M.: Algunas de las cosas que criticás
de Japón podríamos endilgarlas a otras culturas. Esa perseverancia
nociva, por ejemplo, podría achacársele también
a los irlandeses, y el machismo… Mejor ni hablar.
M.M.: Es que los seres humanos tenemos demasiadas cosas en
común como para estar viendo las diferencias. Mirar a las personas
por si tienen los ojos rasgados o no es muy tonto. Digo, ¿por
qué no por las orejas? (risas). Hay una necesidad de
poner a cada uno en su casillero y asegurarse de que cada persona es
esto y no otra cosa, y así todo se hace más manejable.
S.a.M.: Estás estudiando Traductorado
de Inglés.
M.M.: Sí, hace dos años.
S.a.M.: ¿Te interesa mucho la literatura
inglesa?
M.M.: Escritores ingleses y americanos leí siempre.
Salinger es para mí iniciático en todo sentido. Influyó
en mi forma de escribir pero también en mi forma de leer y de
pensar la literatura. Me gusta Auster. Empecé leyendo la trilogía
de New York, que me pareció oscura al pedo, pero después
leí otros de sus libros un poco más optimistas y me gustaron.
Ahora estoy leyendo a Heinrich Böll, que era alemán. Estoy
leyendo “Opiniones de un payaso” y me está gustando
mucho. Es increíble que todo pase en una tarde. De hecho, pasan
muchas cosas internas a los personajes, pero no hay casi acción.
S.a.M.: ¿Y Joyce?
M.M.: De él leí “Dubliners” y empecé
el “Ulises” pero me pareció muy pesado.
S.a.M.: En tu novela hay algo muy ancestral
que tiene que ver con el camino del héroe. Por eso mencionamos
a Joyce, precisamente. El viaje del protagonista tiene algo de homérico.
M.M.: Sí, es así. “Salgo de casa y voy
a tal parte y…”.
S.a.M.: Pero tu Ulises no vuelve a casa.
M.M.: Vuelve pero de visita y sabemos que se vuelve a ir porque
ahora su casa está en otra parte. No lo hice a propósito.
Tal vez sea algo inconsciente. Leí demasiadas novelas épicas.
Empecé con Tolkien y todos sus vasallos. Esa fue la primera que
leí. Es un modelo que se relaciona con todas las culturas.
A mitad de camino de la narración me dí cuenta de lo
que estaba haciendo, pero el texto no me dejó decidir mucho.
Yo al empezar no sabía que iba a ser una novela. En un momento
no la podía terminar y tenía cien páginas y más.
S.a.M.: ¿Por qué escribiste el
libro? ¿Para contar la historia de tu padre?
M.M.: En parte sí. Empecé contando la anécdota
de la zanahoria, que es suya, y me di cuenta de que tenía un
montón de historias de mi viejo para contar, pero no quería
contarlas como cuentitos sueltos. Quería que hubiese una cohesión
entre ellas.
S.a.M.: Pero también inventaste mucho
¿no?
M.M.: Sí, claro. Hay un montón de invención
y también de experiencias de mi propia vida. Hay conversaciones
con mis amigos, por ejemplo.
S.a.M.: Eso le pasa a todos los escritores.
¿Descubriste que sos un escritor al escribir esta primera novela?
M.M.: Todavía no sé si soy o no un escritor.
Escribí un libro pero no sé si lo soy. Cuando tenga un
par de libros escritos y tenga idea de lo que estoy haciendo, recién
podré decir que lo soy. Ganar el premio me pesó un poco
al principio. Yo había mandado mi manuscrito pero era como comprar
un boleto de lotería. De golpe decubrís que ganaste. Hasta
abril de este año no pude volver a escribir por el peso que implicaba
haber ganado. Ahora estoy preparando un libro de cuentos. Siempre escribo
sobre el amor y la amistad, pero estos cuentos todavía no tienen
ningún hilo conductor.
Alguna vez leí que Calvino dijo que los libros de cuentos tienen
un hilo conductor pero también tienen una entrada que es única
de cada uno de ellos.
S.a.M.: ¿Y con lo celta cual es tu vinculación?
M.M.: Me fascina la cultura celta, los irlandeses y los escoceses.
La primera atracción que tuve fue su rebeldía, su estar
en contra del Imperio. Después hay un montón de miradas
que tienen los celtas que son tan poco occidentales y tan ricas de por
sí.
Estudié inglés en Edimburgo y en Dublín. Me encantan.
Son una cultura que se quiso acallar pero que peleó para salir
a la superficie. Los irlandeses pelearon hasta el final, los escoceses
pelearon hasta el final, los gallegos la pelearon yéndose, emigrando.
Porque no siempre irse es escapar. Lo celta quedó como símbolo
de la rebeldía.
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Por Mercedes Giuffré
Diciembre de 2003 |
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