Maximiliano Matayoshi, al margen.
En busca de la identidad argentina.

Sitio al Margen entrevistó a Maximiliano Matayoshi, el joven escritor argentino que ganó hace algunos meses el premio Primera Novela Alfaguara - UNAM en México, por su obra Gaijín, cuyo título japonés significa, precisamente, “extranjero”.

Por Mercedes Giuffré
Diciembre de 2003

 
 

Sitio al Margen: Hace poco asistimos a una conferencia tuya en el Jardín Japonés y nos interesó lo que dijiste acerca de tu búsqueda identitaria en esta novela. Como nuestros lectores no han tenido probablemente la suerte de escucharte, quisiéramos pedirte que hablemos de eso para ellos.
Maximiliano Matayoshi: En realidad esa búsqueda comenzó cuando descubrí que tenía algunas cosas que no sabía que tenía, o que oculté durante mi niñez. Yo sufrí bastante durante la niñez porque era el único oriental en toda la escuela y los niños suelen ser muy despiadados con el que es diferente. Así lo sufrí yo.

En cambio, disfruté mucho mi secundario, pero tampoco le hice mucho caso a lo que yo había aprendido de mi padre japonés y me aferré más a mi parte argentina. Esto es, soy argentino, pero me cerré a ciertas actitudes que yo tenía y que son japonesas. Después, a los diecisiete años, me di cuenta de que está bueno ser parte japonés, que te da un poco de exotismo.

S.a.M.: ¿El ser japonés es parte de tu identidad también?
M.M.: Supongo que sí, pero yo no me siento en nada japonés.

S.a.M.: Todos los argentinos tenemos una parte que proviene de otro lado. Como dice Fuentes y queda claro en tu novela, descendemos de los barcos.
M.M.: De eso se trata. Eso está bueno y es lo que me gusta de ser argentino. Mi búsqueda identitaria surgió al comenzar esta novela, a los diecinueve años. Fue algo que me permitió acercarme a mi papá a quien tenía muy lejos, poder preguntarle cosas y que él me respondiera bien escuetamente. Yo le llevaba una lista de treinta preguntas y con veinte palabras me las respondía a todas.

 

 


GAIJIN, de Maximiliano Matayoshi, ganador del premio Primera Novela Alfaguara - UNAM.

S.a.M.: ¿Tu padre habla español?
M.M.: Sí, habla perfectamente español. Habla mejor que yo. Pero igual, practica más el silencio que la palabra.

S.a.M.: Eso puede ser algo positivo a veces.
M.M.: Sí. Hay que saber callar para que los demás no sepan que no sabés nada.

S.a.M.: En tu novela hay un uso de la lengua española que es muy particular. No solo porque tiene un gusto de fondo que remite a un uso más oriental de la palabra, más despojado y a la vez cargado de sentido, como en la poesía. Usás un español que es argentino pero también universal.
M.M.:
No permití ni una corrección cuando la publicaron en México, porque eran todas mexicaneadas. Ellos decían que sus propuestas eran neutras (un español neutro) pero yo preferí términos argentinos. De todos modos, en la teoría ellos tenían razón, porque yo había querido que el texto fuese neutro hasta que el protagonista empieza a hablar el castellano porteño, aprende el idioma. Pero me marcaron algunas cosas que decían que no eran neutras y yo las dejé como estaban.

S.a.M.: Bueno, ¿a qué se llama neutro? No me queda claro. Es un tanto utópico ¿no? Una lengua que no habla nadie.
M.M.:
Es imposible. De todas formas se supone que es lo que entienden todos.

S.a.M.: Entonces lo has logrado en tu novela.
M.M.:
Yo creo que sí. Con respecto a lo oriental, en un principio yo pensé que se trataba de una cuestión marketinera, que le dieron el premio a un autor que trabajaba un tema oriental y resulta que tenía un nombre oriental. Pero yo no tengo tanto de oriental en mi escritura. Por ejemplo, yo no había leído antes de escribir la novela ni un solo libro oriental. Tampoco hubo mucha búsqueda de lenguaje en mi novela. Con respecto a lo de despojado, yo siempre trato de hacer las cosas de la manera más sencilla que se pueda.

S.a.M.: Algo no muy argentino, por cierto (risas).
M.M.:
Bueno, eso es tal vez lo que puedo aportar yo como argentino hijo de japoneses a los argentinos, ser lo más sencillo posible. No me gusta el barroquismo de los escritores latinoamericanos. Me molestan los adjetivos. No sé si habré usado más de cien adjetivos en toda la novela. Los adjetivos sirven para describir y yo prefiero mostrar directamente la imagen, la acción.

S.a.M.: Tampoco hay conceptismos en tu novela, para completar el cuadro de lo barroco del que hablamos.
M.M.:
Mmmm. ¿Sabés que no sé?

S.a.M.: Probablemente todo esto sea parte de la originalidad que resaltó el jurado que te dio el premio.
M.M.:
Es una novela iniciática para autor, lector y personaje. Yo empecé a escribirla mientras leía “The catcher in the rye” de Salinger. Lo leía en inglés. Entonces encontré, entendí, cuál era la estructura que quería que tuviera mi novela: eso de redactar y hacer flashback todo el tiempo y contar algo que tiene que ver con la persona adolescente que se convierte en adulto, que era lo que yo estaba viviendo.

El personaje protagónico de GAIJÍN, siempre digo que soy yo teniendo que vivir la vida de mi papá. Claro que ese pibe es mucho más valiente y más honesto que yo.

S.a.M.: El escritor tiene la posibilidad de escudarse detrás de la computadora y vivir de algún modo las vidas de sus personajes.
M.M.:
Eso está bueno y es lo mejor de ser escritor: que podés analizar cosas que no podrías en la vida real. Además, está eso que no nos permitimos en la vida real que es no ser exitosos. En los libros uno puede tomar direcciones que no tomaría en circunstancias reales o puede permitirse una ideología que no adoptaría de otra forma. Como Auster cuando arroja a sus personajes a la calle a revolver la basura.


   

S.a.M.: Por suerte no es necesario pasar por ese tipo de circunstancias para poder escribir sobre ellas ¿no? Aunque Orwell lo haya hecho, precisamente, cuando escribió “Sin Blanca en París y Londres”.
M.M.:
Sí, no es necesario pasarlas, pero creo que los buenos libros están hechos de experiencias propias y que uno deja parte de uno.

S.a.M.: ¿Cómo vivís ahora el ser un argentino que tiene un lado ancestral no tan común en el país?
M.M.:
Ahora lo llevo muy bien. Me encanta ser yo, pero no por el premio sino que me gusta tener esa particularidad, tener algo distinto. Me da por el lado de la sana vanidad.
Hace poco fui a Brasil, a San Pablo, donde hay un millón y medio o más de descendientes de japoneses y nadie me miraba cuando caminaba por la calle como lo hacen acá cuando entro a un lugar y me siento medio extranjero. Pero en San Pablo nadie me miraba y si bien era extranjero no me sentía como tal y descubrí que no me gustaba. ¿Por qué no me miraban? (risas).

S.a.M.: Bueno, creo que el sentimiento de no pertenencia es parte de la idiosincrasia argentina. Por otra parte, muchos argentinos se burlan de sus ancestros mientras buscan en ellos una excusa para no sentirse parte de acá.
M.M.:
Yo critico mucho a Japón pero jamás me burlaría.

S.a.M.: Y lo tuyo es destacable, debés ser uno de los pocos argentinos que se asume como tal. En este país en donde todos quieren irse o se sienten fuera, vos insistís en que sos de acá, a pesar de que te miren como a un extranjero. En cambio, otros buscan los ancestros para crearse una identidad que no es la suya.
M.M.:
Yo creo que esa es más una búsqueda de papeles que de identidades.

S.a.M.: Tu novela termina como un círculo doble. Por un lado el personaje vuelve a Japón, pero deja la carta a su novia en donde dice que va a volver a casa (Argentina). Eso es llamativo. ¿Casa es Argentina para quien viene de fuera?
M.M.:
Casa es donde están los seres queridos.

S.a.M.: En el caso del inmigrante, los seres queridos están a ambos lados del océano. ¿No disocia su mente eso?
M.M.:
Lo que pasa es que si viviste treinta años acá y viniste joven, creo que tu vida está de este lado.

S.a.M.: En el Jardín Japonés contaste que fuiste a visitar la tierra de tus ancestros.
M.M.:
Sí, fui varias veces a Japón.

S.a.M.: ¿En qué te comunicabas con tus parientes?
M.M.:
En inglés (risas).

S.a.M.: ¿No se enojaban porque no hablabas japonés?
M.M.:
No. Yo me podría enojar porque no hablaban castellano, en todo caso. Pero igual ahora estoy aprendiendo japonés. Empecé cuatro veces y fracasé tres. Antes tenía una negación, pero ahora estoy descubriendo que no es tan difícil como parece. Tiene los mismos sonidos que el español y eso es una ventaja, a diferencia de lo que pasa con el inglés, el ruso o el alemán, que tienen un montón de sonidos que no están en nuestra lengua.

 

 


Maximiliano Matayoshi

 

S.a.M.: ¿Qué es lo que le criticás a Japón?
M.M.:
El machismo. El silencio, que a veces es insano. Esa vocación de llegar siempre a destino. También el ponerse un objetivo y no mirar a los costados. Justamente los latinoamericanos hacemos todo lo contrario, miramos a todas partes y perdemos el objetivo, lo cual es el otro extremo y también creo que es criticable.

S.a.M.: Algunas de las cosas que criticás de Japón podríamos endilgarlas a otras culturas. Esa perseverancia nociva, por ejemplo, podría achacársele también a los irlandeses, y el machismo… Mejor ni hablar.
M.M.:
Es que los seres humanos tenemos demasiadas cosas en común como para estar viendo las diferencias. Mirar a las personas por si tienen los ojos rasgados o no es muy tonto. Digo, ¿por qué no por las orejas? (risas). Hay una necesidad de poner a cada uno en su casillero y asegurarse de que cada persona es esto y no otra cosa, y así todo se hace más manejable.

S.a.M.: Estás estudiando Traductorado de Inglés.
M.M.:
Sí, hace dos años.

S.a.M.: ¿Te interesa mucho la literatura inglesa?
M.M.:
Escritores ingleses y americanos leí siempre. Salinger es para mí iniciático en todo sentido. Influyó en mi forma de escribir pero también en mi forma de leer y de pensar la literatura. Me gusta Auster. Empecé leyendo la trilogía de New York, que me pareció oscura al pedo, pero después leí otros de sus libros un poco más optimistas y me gustaron.

Ahora estoy leyendo a Heinrich Böll, que era alemán. Estoy leyendo “Opiniones de un payaso” y me está gustando mucho. Es increíble que todo pase en una tarde. De hecho, pasan muchas cosas internas a los personajes, pero no hay casi acción.

S.a.M.: ¿Y Joyce?
M.M.:
De él leí “Dubliners” y empecé el “Ulises” pero me pareció muy pesado.

S.a.M.: En tu novela hay algo muy ancestral que tiene que ver con el camino del héroe. Por eso mencionamos a Joyce, precisamente. El viaje del protagonista tiene algo de homérico.
M.M.:
Sí, es así. “Salgo de casa y voy a tal parte y…”.

S.a.M.: Pero tu Ulises no vuelve a casa.
M.M.:
Vuelve pero de visita y sabemos que se vuelve a ir porque ahora su casa está en otra parte. No lo hice a propósito. Tal vez sea algo inconsciente. Leí demasiadas novelas épicas. Empecé con Tolkien y todos sus vasallos. Esa fue la primera que leí. Es un modelo que se relaciona con todas las culturas.

A mitad de camino de la narración me dí cuenta de lo que estaba haciendo, pero el texto no me dejó decidir mucho. Yo al empezar no sabía que iba a ser una novela. En un momento no la podía terminar y tenía cien páginas y más.

S.a.M.: ¿Por qué escribiste el libro? ¿Para contar la historia de tu padre?
M.M.:
En parte sí. Empecé contando la anécdota de la zanahoria, que es suya, y me di cuenta de que tenía un montón de historias de mi viejo para contar, pero no quería contarlas como cuentitos sueltos. Quería que hubiese una cohesión entre ellas.

S.a.M.: Pero también inventaste mucho ¿no?
M.M.:
Sí, claro. Hay un montón de invención y también de experiencias de mi propia vida. Hay conversaciones con mis amigos, por ejemplo.

S.a.M.: Eso le pasa a todos los escritores. ¿Descubriste que sos un escritor al escribir esta primera novela?
M.M.:
Todavía no sé si soy o no un escritor. Escribí un libro pero no sé si lo soy. Cuando tenga un par de libros escritos y tenga idea de lo que estoy haciendo, recién podré decir que lo soy. Ganar el premio me pesó un poco al principio. Yo había mandado mi manuscrito pero era como comprar un boleto de lotería. De golpe decubrís que ganaste. Hasta abril de este año no pude volver a escribir por el peso que implicaba haber ganado. Ahora estoy preparando un libro de cuentos. Siempre escribo sobre el amor y la amistad, pero estos cuentos todavía no tienen ningún hilo conductor.

Alguna vez leí que Calvino dijo que los libros de cuentos tienen un hilo conductor pero también tienen una entrada que es única de cada uno de ellos.

S.a.M.: ¿Y con lo celta cual es tu vinculación?
M.M.:
Me fascina la cultura celta, los irlandeses y los escoceses. La primera atracción que tuve fue su rebeldía, su estar en contra del Imperio. Después hay un montón de miradas que tienen los celtas que son tan poco occidentales y tan ricas de por sí.

Estudié inglés en Edimburgo y en Dublín. Me encantan. Son una cultura que se quiso acallar pero que peleó para salir a la superficie. Los irlandeses pelearon hasta el final, los escoceses pelearon hasta el final, los gallegos la pelearon yéndose, emigrando. Porque no siempre irse es escapar. Lo celta quedó como símbolo de la rebeldía.

Por Mercedes Giuffré
Diciembre de 2003
   

 

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