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Sitio al Margen (SaM):
Usted dijo, anteriormente, en una entrevista, que el escritor brinda un
servicio, que no solo disfruta escribiendo sino que, además, brinda algo
a la sociedad. ¿Podría explicarnos este concepto?
MRL: La literatura,
como el arte en general, es una constelación simbólica que representa
profundamente a una comunidad; representa un imaginario, los valores y
la memoria de una comunidad. Si los artistas no tomaran a cargo esa tarea
¿quién lo haría? Creo que la del escritor es una función muy importante.
SaM: ¿Y el historiador?
MRL: También lo hace,
pero desde otro ángulo. Justamente. Esa humanización que da la mirada
literaria sobre los personajes, tiene una radicalidad y una necesidad
absoluta que no es igual en el campo de lo histórico, en donde el análisis
es, forzosamente, más distanciado. Hay algunos casos límite como, por
ejemplo, el de un Félix Luna que escribe una biografía de Roca y se mete
en la voz y en la piel del personaje. De todas maneras, Luna ha trabajado
en esa biografía con recaudos que toman los historiadores y no los escritores
de ficción. El no ha introducido personajes ficticios que convivan con
los históricos. No ha inventado, como lo hacemos nosotros, papeles apócrifos.
Se ha manejado, en general, con documentos o con tradición oral, pero
más o menos atestiguada y confiable.
Hay juegos que practica la
literatura y que no practica la historiografía. No obstante, hoy en día
se discute mucho el tema de las fronteras. Desde el punto de vista teórico,
está muy cuestionado hasta qué punto el historiador no utiliza, también,
tropos y recursos literarios y hasta qué punto la Historia no es también
una clase de relato. Pero no sólo algunos procedimientos, sino también
las finalidades son diferentes. Además la literatura suele tener un público
más amplio que el de la historiografía en un sentido estricto. Despliega
una "poética de la Historia" que en general detenta un alcance mayor y
construye símbolos hondamente enraizados en los sueños, los terrores,
las utopías, los deseos de la comunidad. De ahí su particular posibilidad
de incidencia en el imaginario.
SaM: Existe también un
posicionamiento ineludible tanto por parte del escritor como del historiador,
más allá de la pretendida objetividad.
MRL: Bueno, es que
el historiador recorta la información de un lado y del otro, analiza de
un modo u otro y no deja de ser un intérprete. Ahora, yo creo que la distinción
entre qué hace un escritor y qué hace un historiador radica en la intencionalidad,
más allá de lo que se puede permitir un escritor en cuanto a recursos
que el historiador no puede utilizar. El escritor busca construir un mundo
autónomo, un mundo estético propio (aunque tenga referentes en lo empírico
y se maneje con personajes que tengan una correspondencia en la historia
real, pero que tampoco son ya los personajes reales). En los personajes
hay una transfiguración. Es imposible dejar de proyectar en ellos lo que
es la propia experiencia de vida y, tal vez, ver en ellos las vidas posibles
que nosotros no realizamos y que podríamos haber realizado.
SaM: Volviendo a Rosas.
¿Por qué los argentinos parecemos necesitar siempre que venga alguien
como un Rosas o un Perón para que la casa esté en orden?
MRL: Sí - (sonríe)
- Esperamos que venga el salvador que ponga orden, pegue cuatro gritos
y nos meta a todos en vereda ...
SaM: ¿Somos caudillescos
e inhabilitados para la convivencia de ideas?
MRL: Bueno, creo
entender (espero no equivocarme) que eso está cambiando ahora.
SaM: ¿Por todo este asunto
de las Asambleas Barriales?
MRL: Sí, en parte.
SaM: ¿Pero nos llevan
a algún lado?
MRL: No lo sé todavía.
SaM: ¿No es preocupante
que puedan derivar en la anarquía?
MRL: No podemos saber
qué va a pasar en lo inmediato. Por lo menos hay signos de cambio con
respecto a contextos anteriores. Antes la clase media era sumamente pasiva,
no se metía en nada. Es verdad que se ha empezado a meter recién cuando
le tocaron el bolsillo y cuando muchas cosas ya no tenían remedio. Pero
se ha empezado a meter. Incluso, hay alianzas significativas que no sé
cuánto durarán o si son puramente coyunturales, entre desocupados, piqueteros
y personas de clase media que se sienten despojadas. No sé a qué llevará
esto. Espero que no lleve a la anarquía, sino a buscar una salida con
dirigentes de otro estilo, que lleve a una depuración.
SaM: Es triste que la
clase media no se haya involucrado en situaciones que fueron mucho más
alarmantes y que preludiaban este fin.
MRL: Sí. Fue gestándose
y desarrollándose una etapa de aniquilamiento total de los derechos. Ahora,
directamente, se arrasó con la propiedad privada, pero en el Proceso se
arrasó con las vidas humanas. Y, es verdad, la clase media no se involucró
como lo está haciendo ahora. Tal vez, sucede que los años que han transcurrido
no fueron en vano. Son muchas violaciones acumuladas y quizá, ahora la
gente esté más dispuesta que antes a decir basta. No sé a qué conducirá
todo esto. Quisiera creer que no al eterno retorno de lo mismo sino a
un cambio.
SaM: ¿Somos un pueblo
suicida? ¿Dónde estamos parados ahora?
MRL: No sabemos dónde
estamos. Creo que eso es lo más triste. Argentina no sabe dónde está ni
a dónde va.
SaM: En su ensayo acerca
de la Barbarie en la Narrativa Argentina del siglo XIX, cita usted la
teoría de Graciela Scheines acerca del vacío que queda en el intersticio
entre la civilización y la barbarie.
MRL: Las metáforas
del fracaso. Es un lindo libro ése.
SaM: ¿Estamos en ese vacío?
MRL: Bueno, ella en
realidad habla de un lugar de pasaje que es como un interregno sin salida,
que no se sabe hacia dónde conduce. Yo creo que en este momento nos sentimos
muy especialmente así, en una situación que yo quiero mirar como un punto
de inflexión hacia otra distribución de la riqueza simbólica y material,
hacia una nueva manera de entender lo que significan los lazos comunitarios,
lo que significa ser argentino. Quisiera tomarlo así. Pero también puede
ser simplemente el comienzo del fin de la desintegración total.
Yo hace mucho tiempo vengo
percibiendo a la Argentina como un país en desintegración, como una comunidad
de lazos cada vez más laxos y más desconcertada, más vacía en cuanto a
la posibilidad de crear un destino propio, para nosotros.
SaM: Ya que hablamos de
la actualidad y de su ensayo acerca de la Barbarie en la Narrativa Argentina,
quisiéramos saber qué piensa usted acerca del retorno de algunos términos
tales como "civilización" y "barbarie", en el contexto de lo que algunos
han pretendido que es un choque de civilizaciones. Esto es: Oriente vs.
Occidente.
MRL: En general,
la antinomia Civilización - Barbarie, nace y se perpetúa con un uso político.
Siempre se justifica la aniquilación del otro anatematizándolo como bárbaro.
Eso se ha dado en toda la Historia.
Hoy en día, nosotros no tenemos
una idea demasiado compleja acerca del mundo musulmán. Justamente, el
discurso de los poderes de Occidente tiende a presentarlo como "el otro
demoníaco". La profundidad y la complejidad de las relaciones internas
de ese sistema, realmente, no las sabemos (más allá de los estudiosos
de esas sociedades). Esto lo digo, a pesar de que hay cosas del régimen
musulmán que me parecen terribles como, por ejemplo, la situación de las
mujeres (que tampoco es la misma en todos los lugares). Hay mucho de matiz
en eso. Bueno, hay quien denomina a los talibanes (por más que ellos se
califiquen de "estudiosos", pues eso significa la palabra) como una secta
que, en realidad, se desvía de los principios coránicos. Yo no soy la
más indicada para juzgar eso. Pero parece que las libertades de las mujeres
dentro del mundo musulmán, varían mucho de acuerdo a cada país. Lo que
sí me parece muy peligroso, es comprar nuevamente el paquete de Civilización
- Barbarie, en relación con esto. Todo lo que recibimos está filtrado
por la propaganda del poder.
SaM: Incluso, la misma
antinomia varía su significado según desde qué ángulo se la aborde. Es
decir, para los afganos son bárbaros quienes los están bombardeando.
MRL: Lo mismo piensan
los musulmanes de las mujeres occidentales: que son, prácticamente, esclavas
sexuales (por lo que he podido leer), mujeres que están todo el tiempo
expuestas a la lujuria masculina y que viven una vida de objetos.
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Tapa del libro "Amores Insólitos"
de María Rosa Lojo.
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SaM: ¡Qué ironía! ¡Parece
lo que en Occidente se piensa acerca de la mujer en el Islam!
MRL: Por eso todo
depende de la óptica. Y hay que pensar que las guerras de religión - que,
por cierto, los musulmanes han practicado, pues la Guerra Santa es un
tema muy viejo - se basa, también, en esa hipótesis de que: Yo tengo la
verdad y la razón, por eso Dios está de mi parte y el otro es un demonio
que debe ser o aniquilado o convertido.
SaM: ¿Y nosotros? ¿Pertenecemos
a la Civilización Occidental? ¿Somos realmente Occidente?
MRL: Bueno, es una
vieja discusión, en cuanto a lo que hace a América Latina. ¿Hasta qué
punto somos parte de Occidente?. Hay montañas de bibliografía para citar,
referidas a ese debate. Dentro del espectro que dice que no, hay posturas
que están contentas con esta situación (por ejemplo, en Argentina, tal
es el caso de Rodolfo Kusch, quien trabajó desde el conocimiento de las
culturas indígenas y, sobre todo la quechua. Para él, aunque materialmente
sea una desventaja, en lo que considera que es el mundo simbólico y espiritual,
sería una ventaja el no pertenecer a Occidente). El sustrato étnico y
cultural indígena, sostiene, no se puede aniquilar, a pesar de que creamos
que lo hemos borrado.
Pero, además, Hispanoamérica
no pertenecería a Occidente por su vínculo con España, que durante mucho
tiempo no fue vista como parte de Europa, sino como parte de África, que
es, desde esa óptica, mora e inquisitorial, que es tenebrosa y que no
es la Modernidad Occidental. Es verdad que los mismos conquistadores,
si bien la Conquista fue un hecho renacentista por excelencia, traían
su mundo medieval en la cabeza. El tema de la inclusión de América Latina
en Occidente tiene que ver con esto. ¿Hasta qué punto la España que nos
gestó lo era?, y por lo indígena que, evidentemente, no es Occidente.
SaM: Lo indígena que en
Argentina está presente, aunque haya que saber verlo.
MRL: Desde la Capital
es difícil verlo, pero está.
SaM: No solo en cuanto
a una presencia étnica (que es ineludible en los rasgos de mucha de nuestra
gente) sino también en ciertos esquemas de pensamiento. Es irónico que
los sigamos manteniendo, sin buscarlo y a pesar de haber querido ser un
país de blancos. Por ejemplo, la dualidad de contrarios y el anatropismo,
esa figura que se forma al unir a las otras dos, la unidad en base a los
opuestos... Volviendo al caso de Rosas, por ejemplo, ha existido desde
siempre una necesidad de buscarle un personaje que sea su opuesto y que,
a la vez, lo complemente...
MRL: Un personaje
femenino.
SaM: Manuelita, la joven
casta y misericordiosa, mientras que él es el demonio perverso.
MRL: En efecto, el
mito de Manuelita Rosas, fundado en gran parte por José Mármol, fomenta
esa antinomia (que yo intenté ver desde adentro y desarticular en La princesa
federal). En cuanto a las raíces negadas, creo que lo que se echa por
la puerta, vuelve por la ventana, y vuelve como un fantasma que, a veces,
posee rasgos amenazantes y siniestros.
SaM: ¿Vendrá de allí nuestra
fascinación por la violencia?
MRL: Es el retorno
de lo reprimido, como decía Freud.
SaM: Esa fascinación por
la muerte sin embrago, en las culturas indígenas estaba contextualizada
y canalizada, ellos lograban la restauración del orden a través del sacrificio.
Nosotros parecemos estar en un caos.
MRL: De todos modos,
las culturas indígenas nuestras no han sido tan poderosas sino más bien
nómades, cazadores y recolectores, y no han dejado huellas monumentales
como los aztecas o los Incas, aunque éstos últimos penetraron en parte
de nuestro territorio.
La cuestión no pasa por lo
que nos parezcamos en cuanto a nuestros ancestros sino por la Modernidad.
Eso lo destaca muy bien Mansilla en "Una excursión a los indios Ranqueles".
En definitiva, se pregunta, ¿hay tanta diferencia entre lo que hacían
los antepasados de Occidente y lo que hacen las culturas indígenas de
su tiempo? No. No hay tanta. Lo que ocurre, es que en la época en que
Mansilla está hablando, lo que presiona cada vez más, es el deseo de la
Modernidad, en una Argentina que todavía es rural, con muchos resabios
coloniales y que no sabe qué hacer con la gente de tierra adentro, con
lo autóctono, con los gauchos y con los indios. Estos últimos, evidentemente,
están condenados a perder su tierra y a borrar sus huellas culturales.
Esa presión de la Modernidad, que viene también de las potencias imperialistas,
indudablemente, es muy fuerte. Y la clase dirigente argentina quiere que
el país se integre a esa Modernidad. Por eso digo que hay tantas repeticiones
en nuestra vida como país, porque hoy en día, volviendo al tema de Rosas,
¿por qué su figura sigue despertando interés a pesar de que, historiográficamente,
ha sido un tema tan debatido (y no digo clausurado porque nada se clausura
para siempre)? Creo que porque, a nivel popular, la figura es vigente;
porque nos encontramos siempre en un mismo brete. Como que la Argentina
no logra ni un destino de Nación autónoma - dentro de lo relativamente
autónomo que se puede ser en un mundo cada vez más chico y globalizado
- ni tampoco logra un destino democrático de convivencia pacífica. Y éstos
dos núcleos, el de la soberanía y el muy conflictivo de la convivencia
democrática, son núcleos muy asociados a la figura de Rosas, en lo positivo
y en lo negativo. Dentro del imaginario, Rosas es el defensor de la soberanía
y es, también, el tirano.
SaM: Allí aparece, una
vez más, la dualidad de contrarios. ¡Qué figura tan latinoamericana la
de Rosas!
MRL: (ríe) Esto lo
digo, con todas las reservas del caso. Hablo de los clichés del imaginario,
no necesariamente de lo que yo pienso. Tanto en la novela como en el ensayo
intento contemplar muchos más matices que esto. Pero es lo que funciona
en cierto imaginario colectivo. Y otra de las cosas que creo que también
funciona mucho, en un momento de gran corrupción como es éste, es que
las figuras poderosas del siglo XIX, al menos personalmente, no fueron
figuras corruptas. Ni Sarmiento, ni Mitre, ni Rosas, ni el General Paz,
etc, lo fueron. De ninguna manera puede decirse que ellos hayan hecho
política, buscando el enriquecimiento, el provecho económico.
SaM: Incluso, Rosas perdió
casi todo.
MRL: Sí. No es que
haya querido perderlo, sino que se lo quitaron, como consecuencia de la
derrota, y de acuerdo al mejor estilo de aquellos tiempos, donde gobiernos
tanto unitarios como federales solían confiscar los bienes de los adversarios
políticos, no bien tenían ocasión. En todo caso su fortuna, que no había
sido hecha gracias al saqueo de las arcas públicas, sino a partir de su
intensa actividad empresaria como estanciero y saladerista, le importaba
mucho menos que la gloria o la trascendencia histórica. Lo demuestra el
que se haya llevado consigo su archivo, cajas y cajas con los papeles
políticos y administrativos de su gestión, y no su plata. Tenía muy poco
dinero en efectivo cuando se fue.
Estamos en la contrafigura
de "la cuenta en Suiza", que es lo que define, desgraciadamente para nosotros,
la imagen del funcionario nacional hoy. Ni Rosas ni otros hombres políticos
tenían esa idea. Más bien perdieron dinero con la política. Y eso también
moviliza mucho hoy en día. Yo creo que hay una demanda social por tener
una comprensión más profunda del pasado, precisamente acosados como estamos
por el presente que es bastante demoledor.
SaM: Tal vez por eso el
éxito de la novela histórica...
MRL: Sí. Y retomo
la idea de que los fines de siglo (del XIX y del XX) se parecen bastante
y que, en ambos, Argentina tiene la sensación de estar abriéndose al mundo
y entrando a la Modernidad, en su momento, y a la globalización, después.
Y creo que, la presión que sobreviene luego sobre nosotros (y hasta empiezan
a circular los fantasmas de que nos van a intervenir desde fuera, o esa
otra versión de que se van a entregar tierras a cambio de la deuda externa)
nos coloca ante una situación similar a la que pudieron sentir los "bárbaros"
del siglo XIX, los gauchos y los ranqueles en la frontera. Creo que nos
parecemos bastante; que hoy en día, es como si todos nosotros fuéramos
ranqueles o gauchos.
SaM: Con lo cual, el Martín
Fierro terminaría siendo, a pesar de lo dicho por Borges, un auténtico
símbolo nacional...
MRL: Eso es lo que
yo contesté a una encuesta que me hicieron para la revista LEA, el año
pasado. Si bien nosotros no utilizamos ya aquel lenguaje y si bien también
es cierto que el gaucho del poema no representa a toda la Argentina sino
al modo de vida de cierto sector bonaerense, la situación del país hoy
en día tiene mucho que ver con ese tránsito hacia la Modernidad, que va
a exigir el sacrificio del gaucho, del indio y de sus tierras. La presión
de nuestra deuda externa es tan fuerte que no sabemos qué vamos a tener
que ceder a cambio. Toda pretensión de soberanía o, incluso, la tierra,
materialmente.
Entonces, volviendo al principio,
¿por qué es tan atractiva la coyuntura del siglo XIX, la época de Rosas,
su caída y la posterior entrada de Argentina en otro momento histórico?
Porque creo que tiene similitudes y ecos poderosos en el presente.
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Por Mercedes
Giuffré.
Mayo de 2002.
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"Historias Ocultas en la Recoleta"
de María Rosa Lojo.
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