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Jornada en la UBA: Asturias 1934. Sitio al Margen presenta un dossier con las ponencias expuestas en las jornadas académicas sobre el 70ª Aniversario de la Revolución en Asturias en 1934, los pasados 27 y 28 de octubre y 1º de noviembre de 2004. Fue organizado por integrantes de la cátedra Historia de España de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Tanto los organizadores como quienes realizaron las ponencias autorizaron a que Sitio al Margen tuviera el honor de publicar sus trabajos y así poder difundirlos por Internet. A continuación ponemos a disposición de nuestros lectores la ponencia del día jueves 28 de octubre a cargo de Jorge Rigueiro García.
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En los prolegómenos de la Revolución en Asturias de 1934, la dura situación y calidad de vida del campesinado y sector obrero minero asturianos, abonaron una situación que desembocaría en revueltas y planteos revolucionarios. El “problema asturiano”, el cual no es nuestro propósito analizar, serviría como “modelo a escala” de lo que vendría después en toda España. Aunque la Guerra Civil lo opacase en principio, merece la pena una nueva, profunda y vivificante lectura por parte de los estudiosos. (incluso muchos “especialistas”, que lo desconocen olímpicamente, eclipsado por el torbellino más atractivo de lo que vino después). En ese camino de estudios particulares y más profundizados que los estudio macro, pueden aparecer ribetes de una magnitud interesante, que permitan interpretar muchos patrones de conducta más “generales” por parte de los actores sociales. Por eso, echamos mano de la autobiografía de un lúcido luchador libertario que ayudará a entender gran parte del proceso histórico y mental de los protagonistas de la Revolución asturiana de 1934.
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El género biográfico ha sido cultivado a lo largo de los siglos con mayor o menor grado de suerte, siendo la autobiografía que nos ocupa de una gran riqueza. Rica como pieza literaria en sí y vívido como testimonio de una vida dedicada a la acción y a las ideas. Laureano Riera Díaz, argentino por nacimiento, español y asturiano por ascendencia, pero fundamentalmente cosmopolita por ideario, ocupa nuestra atención al momento de ayudar a reconstruir mínima y modestísimamente algunos aspectos de la vida campesina en la Asturias de los años previos al estallido de la Revolución de 1934. Nuestro objetivo no será analizar la extensa autobiografía de Laureano Riera Díaz, aunque requiera más de una mención a lo largo de este artículo; sino la semblanza que realizará desde el llano en los años previos al estallido revolucionario en su amada -y hasta extraña- Asturias. El texto completo de sus memorias como sereno anarquista y lúcido (aunque ingenuo) analista de los tiempos que le tocaron vivir, están distribuidos en tres tomos dividios en períodos de su vida y en los lugares por los que pasó, ya sean la Argentina, España o Uruguay. Fueron editados los dos primeros, manteniéndose sin publicar aún el tercero; siendo el período temporal que analizaremos el correspondiente al comprendido entre 1914 y 1921, pues es el que tiene relación con las jornadas que nos convocan. (2) Riera Díaz nació en Pergamino el 23 de Mayo de 1908 en el seno de una típica familia de inmigrantes asturianos pobres que luchaban por su lugar bajo el sol y por el progreso de sus hijos, aunque un oscuro episodio de violación por parte de un cura hizo que su madre naciera de madre soltera y su misma hermana ingresase en un convento para “expiar tal pecado” Fue el mayor de cinco hermanos, uno de los cuales falleció a poco de nacer y esa mayoría respecto de tres hermanos lo transformaría en el “hombre de la casa” al frente de dos mujeres y tres niños, cuando su padre debió retornar a la Argentina a partir de 1914, dejando su prole en casa materna y bajo el mando de un hombre de tan sólo ocho años.
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Luego de sus primeros años en Pergamino, en los que su padre trató de abrirse paso con su almacén “El Tropezón” (luego de los consabidos años de alquilar piezas y pasar privaciones antes de acceder a la propiedad), un ajuste de cuentas con uno de los tantos criollos borrachines que lo frecuentaban, significó que se vendiese el local y la familia en pleno cruzase el mar y volviese a la casa materna de los Riera, donde la abuela Matilde los alojaría hasta su muerte en 1921. Tras un penoso viaje en tercera, los Riera llegaron al puerto de Gijón (lugar odiado por los ovetenses, pero a la vez envidiada salida al mar) y desde allí en tartana hasta el pueblo de Piñera, donde la abuela Matilde esperaba con una olla humeante de leche con castañas. Payuca en Buenos Aires, gallego en Pergamino y americano, indiano o argentino en Asturias, Laureano comenzó la segunda infancia en la tierra de sus padres, sin ser finalmente la suya ninguna de ellas por la fuerza de las circunstancias, cosa que cimentó un espíritu ávido y libre, que acabaría enrolándolo en las filas de “la idea”. Las descripciones de los lugares y personas que hace Laureano son de una riqueza y luminosidad vitales a pesar del paso del tiempo, de lo pobre de su formación académica y de las escasas luces que él mismo se endilga en repetidas oportunidades, con encantadora modestia, lo que no le quita efectividad y firmeza de trazo. Desde el principio del texto, el autor sentirá respeto y profundo cariño por las mujeres que marcaron sus primeros años: su abuela, su sufrida madre María, y más tarde la infinita bondad y fragilidad de Isolina, su hermana. Luego, todas las mujeres con las cuales él ha tenido algún tipo de relación, las describe con pulcra caballerosidad, omitiendo detalles que pudiesen menoscabar su feminidad o dignidad; resaltando las más de las veces, rasgos que las pintan con los correspondientes claroscuros y dejando al lector el resto de las conclusiones (3). Respecto de su padre tuvo palabras de admiración, luego de haber superado la etapa de rechazo por su mediocridad, violencia, ebriedad y falta de sensibilidad, amándolo a la vez que sintiendo pena por ser la vívida imagen del fracaso y despotismo masculino propios de los de su raza. Sus hermanos Antonio y Ramón son opacos, brutos, nobles fuertes y secundarios. La pequeña propiedad familiar en Piñera, al igual que la mayoría de las pequeñas fincas rurales, era de muy exiguas proporciones, debido a las divisiones de herencia, además de pobres y limitadas en la producción. Esto obligaba a la continua tarea de abono y acopio de hojas, cáscaras, ramas y estiércol, siendo de apenas 1 ha o menos, con la casa solariega de piedra con pocas habitaciones en el alto, muchas camas para los familiares visitantes y una gran cocina comedor con el infaltable fogón a leña en el centro, cuyo fuego era permanente. Pocos cacharros, embutidos secándose y ahumándose y un tinajón con agua de río completaban el mobiliario de la cocina, pero a pesar de la sencillez, el aroma a lejía y a chocolate invadían la modestia de la casa. Hay continuas referencias a la lengua coloquial en la que se comunican los mayores: el bable, que se intercalaba con el español pero sólo para lo íntimo, lo tradicional, lo masculino o lo obsceno. Para la Iglesia y el respeto: el castellano.
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| La dieta campesina estaba compuesta fundamentalmente de frutas secas, leche, caza menor, manzanas (y, obviamente, la célebre sidra asturiana), poca carne vacuna, embutidos y queso. Se debían pagar impuestos a la Guardia Civil por la faena de cada cerdo (el llamado fielato), cosa que significaba una maniobra grupal de toda la comunidad para chacinar el mismo cerdo flaco en varias oportunidades y así burlar la odiada requisa oficial. Las ropas, viejas, usadas y recicladas haciendo prendas nuevas de cosas viejas y sólo había un atuendo dominguero para la Misa y las fiestas. Respecto de las fotos familiares, éstas eran sacadas una vez por año y usualmente eran tomadas para ser enviadas a los parientes lejanos, prestándose entre paisanos y conocidos las prendas, a fin de una mejor presentación “en sociedad”. Objetos de valor eran la navaja (en ambos sexos), algún rosario para las mujeres y pistolones en algún refajo de joven pendenciero; además de un posible reloj con cadena en el bolsillo, heredado de padres a hijos. Por lo demás, ropas de paisano y alpargatas o nada en los pies para los más chicos en crecimiento. Entre las observaciones más interesantes que Laureano joven hizo de su entorno era que el común del campesinado asturiano no se sentía español, puesto que significaría estar al servicio de un rey, del Estado y de la banca –jesuita o no- de la iglesia y de la nobleza. Se era español para caer en reclutamiento forzoso y morir en alguna guerra africana o de la reciente Cuba, pero no había pertenencia a España a la hora de abrir escuelas u hospitales. La guardia Civil era sólo una presencia hostil que se llevaba mineros huelguistas encadenados a las sillas de la montura o presenciaban el mentado pesaje de cerdos. El hambre, el atraso, la permanente miseria y la presión estatal hacían soñar a todo asturiano con un mundo posible mejor en América, donde se comiese todos los días, los hijos estudiasen y donde se pudiese ahorrar lo suficiente como para establecerse de bolichero sin arañar una magrísima tierra arisca y pobre. También se quería huir a América para escapar de la pesada presencia del rey, del aparato estatal, de los curas y la represión policial. Con todo, hacia 1915, el dinero ahorrado por Laureano padre se acabó y como no podía mejora la producción en Piñera, debió volver a Argentina a remontar la cuesta una vez más; como a los 14 años, dejando a su esposa e hijos pequeños en casa de su madre y luego los mandaría buscar. A poco de quedar sin padre, se calmaron las visitas sociales de familiares y allegados para observar el fenómeno de los “argentinitos” que hablaban con cantito y vestían como los odiados señoritos bien de Oviedo, opuesta en su hidalguía y provinciana riqueza a Gijón, creída el centro de toda Asturias. Empezaba la verdadera vida del campesino asturiano:
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En esas condiciones, los hombres eran duros, fuertes, curtidos, de pocas y muy expresivas palabras, mientras que las mujeres eran robustas, blancas y rosadas, piadosas, analfabetas y buenas administradoras del dinero. La beatitud era un bien esencial y la religión ocupaba lugar preferencial en la vida social, ya que
A pesar de esto, la sorna y la crítica social hacia el clero estaba en boca de todos los hombres, pues cuando se pasaban de sidra, cantaban “El cura de mi parroquia / tiene la sotana rota / se la rompió en un guijarro / por correr tras de una moza”. Cuando describe a ancianos y mujeres de su tierra, no ahorra pinceladas inteligentes en la descripción, ya que los ancianos eran
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![]() Sorprendente fotografía de un grupo de revolucionarios armados en las calles de Oviedo. |
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| Respecto de las pocas letras que recibían los niños de esta aldea, cabe mencionar la “escuela del manco”, quien daba clase en un cobertizo de su casa, al lado del gallinero y donde enseñaba las primeras letras a los niños campesinos con durísimos métodos didácticos. Como sólo durante parte del invierno los niños tenían algo de tiempo libre para asistir a clase, éstas eran esporádicas, memorísticas y sumamente represivas, aunque siempre dadas en español.
Tampoco había médicos en la aldea, por lo que la curandería y la tradición eran la mejor receta. Incluso, el tener piojos era un símbolo de buena salud, ya que no atacaban a los niños limpios ni a los enfermos (cabe aclarar que los piojos “con raya al medio” eran considerados como de raza y atestiguaban la buena salud y sangre del portador). Respecto de la visión que tenía sobre el funcionamiento social, Laureano notó que los asturianos eran celosos hasta la patología respecto de sus mujeres, consideradas su posesión. Casados o no, exigían absoluta fidelidad de ellas cuando iban a probar suerte a América, y éste era el momento donde empezaban a merodear parientes y curas, ya que
Cuando estaba próxima a fallecer la abuela, se decidió volver a la Argentina. Hubo que ahorrar, tener dinero para el pasaje, pero como no alcanzaba con lo obtenido en la explotación agropecuaria, Laureano tuvo de trabajar en las minas con apenas trece años.
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Ya en otra oportunidad, tuvo la ocasión de ver un espectáculo que lo marcaría para el resto de su estadía en Asturias:
Para finalizar, si bien la pluma de Laureano es la de un adulto, conserva toda la inocencia de un niño, aunque en repetidas oportunidades recurre a la memoria de alguno de sus hermanos para un mejor resultado del relato. No escatima descripciones agudas y sentidas; no usa lenguaje alambicado o referencias innecesarias; su fe es básica y elementalmente humanitaria, mientras que su experiencia se va enriqueciendo con el correr de los años. (10) Trató de reseñar con exactitud y justicia lo visto en la tierra de sus mayores, creando un panorama útil para los fines de estas jornadas con pinceladas fuertes que nos muestran a alguien con la profunda sensibilidad de un artista, pero con los pies bien puestos sobre la tierra. Decida el lector, si sobre tierra asturiana, o argentina. Muchas gracias.
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| REFERENCIAS (1) Texto de la comunicación dada el 28 de Octubre de 2004 en la Facultad de Filosofía y Letras – UBA, en el marco de las Jornadas por el 70 aniversario de la Revolución de Asturias de 1934. (2) El primer tomo abarca desde su nacimiento hasta 1925, el segundo hasta 1977 y el tercero hasta la década de 1990. Los tomos editados son de una tirada de apenas 500 ejemplares, desconociéndose la editorial. El primer tomo está brevemente prologado por Héctor U. Del Gíudice, cuyo mayor mérito parece ser el de ser pergaminense, recomendando a sus paisanos la lectura del libro por el color con el que están pintados los relatos relativos a Pergamino. (3) Es interesante resaltar que con esta conducta, Laureano pretende separarse del tradicional modelo machista de la sociedad en la que le tocó moverse, respetando de una manera “no tradicional” a las mujeres. (4) RIERA DÍAZ, Laureano: Memorias de un luchador social; Bs. As., S/D, 1979, pág. 59. (5) RIERA DÍAZ, L.: Op. Cit., pág. 63. (6) Idem. Págs. 64-65. (7) Idem, págs. 69-70. (8) Idem; págs. 109-111. (9) Idem; Pág. 102. (10) Curiosamente, durante el período en el cual estalló la Revolución de 1934, él vivía en Argentina, pero no dejó en su segundo tomo referencia alguna del acontecimiento o un recuerdo para con su gente de Asturias.
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Muchas gracias. |