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Sobre las Invasiones
Inglesas al Río de la Plata.
De invasores e invadidos.
El escritor argentino Alejo Brignole,
radicado en España, autor de la novela "El amante de rojo",
cuya acción transcurre en Buenos Aires durante las Invasiones Inglesas,
envió el presente texto original que fue dado a conocer durante la Jornada
que organizó Sitio al Margen el pasado 13 de agosto, en conmemoración
del 195º aniversario de la Reconquista de la Ciudad de Buenos Aires, en
el histórico Convento de Santo Domingo, escenario principal de aquellos
acontecimientos.
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Por Alejo
Brignole.
Septiembre de 2001.
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Tal
vez estemos de acuerdo en que perder o ganar son términos relativos. Sir
Winston Churchill, que de eso de ganar y perder sabía mucho, dijo alguna
vez: "El éxito y el fracaso son dos impostores que se desvisten con demasiada
facilidad, como las rameras". Por ello me inclino a pensar que muchas
veces los triunfos son pírricos. Victorias que, aunque ganadas, nos destruyen.
Y así, muchas veces, también las aparentes pérdidas nos templan el espíritu
a fuerza de castigo. Entonces... ¿Dónde está el límite entre ambos? ¿Esa
sutil frontera que delimita las tortuosas agonías, de los exitosos laureles?
Ciertamente es un tema que no desvelaremos aquí, porque no es el sitio
más propicio. Ni ahora, porque no es el motivo de esta reunión. Sólo la
experiencia vital puede dar ese tipo de respuestas.
Y la experiencia vital nuestra,
es decir, argentina, ese andar colectivo que arrastramos penosamente,
y pocas veces con destellos de gloria, nos susurra al oído que nuestras
victorias han sido pírricas, en la mayoría de los casos. Tal vez una excepción
a esta oscura regla han sido nuestras luchas visibles contra los imperios,
de las cuales, a la postre, no salimos victoriosos, pero si tocados y
vestidos con una rara dignidad. Una dignidad que es siempre del conjunto,
a pesar del renuncio de unos pocos. A pesar de las viles zancadillas de
los negociadores, de aquellos los que reptaron en las páginas de la Historia.
De los que mancharon el óleo que pintaron los héroes.
Las primeras guerras anglo-argentinas
fueron una buena prueba de ello. Fueron un eficaz ejemplo de cómo las
fronteras entre amigos y enemigos es tan difusa como un manuscrito mojado
por la lluvia. Mientras aquí, en esta sala y en este momento, hablamos
y recreamos el patrimonio de nuestra Historia, en algún archivo clasificado
del Foreign Office yace un libro. Quizás en este mismo instante, en este
propio segundo en que digo esto, algún ratón londinese ávido de ilustración
esté llenando su británica panza con documentos que se firmaron en Buenos
Aires hace casi dos siglos. Más precisamente en el invierno de 1806.
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Alejo Brignole.
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Por aquellas fechas hubo
un general invasor y de legendaria audacia, que tuvo el arrojo de izar
el pabellón inglés en este puerto de Buenos Aires. Y fue nada menos que
el -injustamente olvidado por la Historia- William Carr Beresford, el
involuntario autor de aquel delicioso libro que ahora invoco, y que descansa
en los abarrotados laberintos clasificados de la Cancillería inglesa.
En ese volumen yacen los secretos nombres de todos y cada uno de los que
prefirieron ser súbditos de Inglaterra. Nombres y apellidos que dejaron
su rúbrica para siempre y que aguardan a ser revelados en algún año por
venir.
Sir William Hamilton, el
por entonces secretario del Foreign Office, recibió ese libro al que nos
referimos, de la manos de un oficial inglés que combatió y tomó Buenos
Aires en 1806, llamado Alexander Gillespie. El capitán Gillespie fue el
encomendado de reunir firmas y adhesiones criollas para la causa británica,
mientras duró el gobierno inglés sobre la ciudad. Y en ese volumen yacen
las firmas de los cincuenta y dos hombres que -aún siendo españoles por
nacimiento o herencia- abjuraron de España y firmaron su obediencia al
nuevo monarca que anexionaba estas tierras para el imperio británico.
No importa quienes. Conjeturar sobre ellos sería sólo eso: una conjetura
sin solución.
Estoy convencido de que la
amalgama de la Historia no es otra que la infamia -individual o colectiva-.
Y en ella se cuajan los anti-héroes, pero también de ella se sirven los
héroes para brillar. Hace mucho ya -desde 1806 o desde antes- éramos dados
a exculpar nuestros males a los poderosos, a los conquistadores, a los
fabricantes de naciones. Es éste, pues, un facilismo que bien conocemos
los argentinos. ¿No es acaso, la función de los Imperios, vencer y doblegar?
¿No es así como dan trazo a los mapas y erigen civilizaciones? Podríamos
simplicar así un axioma que nos es evidente, y que nos daría la respuesta
a todos nuestros males.
Quizás nos convendría recordar
que en los imperios está el hogar de la grandeza, porque nos dan la oportunidad
de oponernos a ellos. Nos otorgan la chance de entablar pelea sabiendo
que seremos vencidos aún antes de empezar. Creo yo que la grandeza habita
en los espíritus, y no en el color de las naciones. Santiago de Liniers
y William Beresford se admiraron mutuamente. Eran un conquistador y un
conquistado. Un enemigo y su adversario. Sin embargo el uno reconoció
en el otro la misma madera, el mismo filo que los constituía en héroes.
Se sabían hechos de idéntico acero. Los nutría la entrega y la convicción,
aunque el albur de las cosas los ubicara en las antípodas del otro.
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William Carr Beresford.
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Si ese joven general británico,
tuerto de un ojo e hijo bastardo, llamado Beresford, procuró imponernos
un rey ajeno y un imperio extraño, no fue menos verdad que nos dio una
lección de nobleza y gallardía. Combatió de la manera más limpia y veraz
que cualquier otro combate de nuestra corta Historia pueda recordar. Amó
Buenos Aires, amó sus habitantes, amó su propia respiración de ciudad
nueva. Y tanto se llenó de ella, que prefirió perderla antes que someterla
a su ruina.
Vaya mi homenaje a ese soldado
imperial que supo medirse con su mejor oponente. Mi saludo a ese conquistador
que midió cada acto de guerra como si sus propios hijos fueran a morir
en el combate. Y vaya mi escarnio a los otros. A los reptiles de nuestra
Historia que firmaron adhesiones con pluma de plata, mientras otros inscribían
su muerte con tinta roja.
En ese libro celosamente
archivado a quince mil kilómetros, cuyo contenido -quizás- jamás conoceremos,
yace una prueba irrefutable de nuestra peor esencia. Un registro de traidores,
que contaban monedas y beneficios mientras otros luchaban para volver
a ser ellos mismos. Aunque debieran morir.
No sé que pasa. Ni como ocurre.
Pero hay algo en el pasado que hoy me es familiar. La grandeza es un bien
escaso en algunos sitios.
Alejo Brignole. Madrid
1 de agosto de 2001
(Texto leído durante la "Jornada
de Disertación y Debate sobre las Causas, Desarrollo y Consecuencias de
las Invasiones Inglesas al Río de la Plata" que organizó Sitio al
Margen el lunes 13 de agosto de 2001 en la Sala San Vicente Ferrer
del Convento de la Orden de Santo Domingo en Buenos Aires)
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Santiago de Liniers y Bremond.
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Alejo Brignole es
un periodista argentino que se ha especializado en los medios radiales
y escritos, en los cuales ha estado trabajando desde los veinte años.
Novelista e historiador con
varias obras en su haber, publica a los veintiocho años la novela La aventura
singular. Es también autor de una novela naval sobre el tráfico de esclavos
durante la Guerra de los Siete Años y titulada La Epopeya de Warwick,
de inminente aparición.
Su segundo trabajo publicado
ha sido El Amante de Rojo que ha servido, además, para inspirar una ópera
en cinco actos, "Sophie", del compositor, pianista y director argentino
Gabriel Bergogna.
Alejo Brignole reside actualmente
en la ciudad de Madrid (España), donde está realizando investigaciones
para lo que sería su tercera novela histórica, en esta oportunidad ambientada
en los sangrientos sucesos de las guerras.
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El Amante de Rojo.
Una historia de cuando Buenos Aires
fue británica.
La obra del escritor y periodista
Alejo Brignole se presenta como una novela singular, centrada en la entonces
colonial y profundamente religiosa Santa María de los Buenos Aires a pocos
días de iniciarse lo que sería recordado por la historia argentina como
la Primera Invasión Inglesa.
En forma magistral el autor
consignará de manera determinante el heroísmo de los habitantes de la
ciudad y del ejército invasor, la fidelidad, el patriotismo, el amor,
la traición a los valores, el odio desenfrenado y la peor de las renuncias.
Todo girando alrededor de la ocupación transitoria británica y posterior
reconquista de la ciudad capital del Virreinato del Río de la Plata.
Todos los componentes descriptos
transforman a la novela en uno de los grandes dramas épicos de la literatura
argentina.
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Por Alejo
Brignole.
Septiembre de 2001.
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Muchas gracias.
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