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Escocia y la Batalla
de Culloden.
La caída de las Tierras
Altas.
Sitio al Margen presenta una saga
de tres artículos que narran un momento crucial en la historia de Escocia
y la conflictiva y ríspida relación entre dos culturas, la gaélica y la
británica, con un epicentro en la campaña militar que culmina en la sangrienta
acción del páramo de Culloden. Una cultura en ascenso se impuso,
a sangre y fuego, y proscribió a la otra, ya en decadencia. Los otrora
orgullosos clanes comenzaron su agonía pero luego de varios siglos oscuros
nuevas generaciones reivindican a sus ancestros y renovadas esperanzas
pueblan los valles y montañas de Escocia. Estos artículos se presentarán
también en idioma gaélico escocés e inglés.
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Por Guillermo
Santana MacKinlay, Gabriel Hernán Cortés y
Pablo Rodríguez Leirado
Diciembre de 2001
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La
batalla de Culloden (del gaélico Cúil Lodair) marca un punto de inflexión
en la historia de las Tierras Altas y para la cultura gaélica en Escocia.
Como con todo hecho histórico, el comprender la importancia, el significado
e implicancias posteriores de la batalla requiere un análisis desde varias
perspectivas: social, política, cultural y económica para hallar las causas
que llevaron a este trágico desenlace. Un estudio comprehensivo de todos
estos aspectos está sin duda más allá del alcance de esta breve nota,
no obstante arriesgaremos hacer un resumen.
Un primer punto de partida
muy importante consiste en comprender que el conflicto que culmina en
la batalla de Culloden no es un conflicto entre Inglaterra y Escocia.
Escocia como país, fue el
resultado de sucesivas olas inmigratorias que a lo largo de varios cientos
de años se sucedieron y asimilaron en grado diferente. Pictos y Bretones,
ambos pueblos celtas de la rama P, se asentaron seguramente sobre poblaciones
más antiguas, que según los vestigios que dejaron pertenecían a la cultura
neolítica, aquellos que levantaron los monumentos de piedra como Callanais
y otros que existen en distintos lugares de la Gran Bretaña.
A su vez Pictos y Bretones
recibieron luego la influencia de los Escotos -quienes darían su nombre
al país- provenientes de Irlanda. Para el año 800 d.C. los Escotos habían
establecido su dominio sobre los demás pueblos celtas. Mas tarde, cuando
se produce la invasión normanda de Inglaterra, los Anglos son desplazados
y establecen un reino en el sudeste de Escocia. La princesa Margaret de
los Anglos se casa con el rey escocés Malcolm Canmore (del gaélico Ceann
Mòr) quien reinó entre el año 1057 y el 1093. Merced a la influencia de
Margaret, la corte escocesa adopta las costumbres y el idioma de los Anglos.
Este simple hecho marca el comienzo del proceso de extrañamiento de la
corte y gobierno central escocés, el que paulatinamente se irá volviendo
más distante de sus súbditos de origen Celta.
Más tarde la Corona escocesa
encuentra en la concesión de derechos sobre tierras a las familias de
nobles normandos una manera económica de evitar conflictos con el vecino
reino al sur de su frontera. De esta manera, mediante cartas reales confiere
derechos sobre territorios que previamente habían sido propiedad de los
terratenientes de origen Celta. La tradición Celta no se basaba en pliegos
o cartas reales. El "dùthchas" era el derecho hereditario a la posesión
de las tierras donde los antepasados por primera vez encendieron el fuego
e hirvieron el agua. No se requerían papeles para demostrar la posesión
de la tierra. Así el gobierno escocés creo una nobleza normanda e importó
el feudalismo, implantándolo sobre el viejo derecho Celta preexistente.
Aún así, la influencia Celta
era muy fuerte y muchas familias normandas a las que se le dieron tierras
en las Highlands fueron gradualmente asimiladas por la cultura gaélica.
Apellidos como Fraser, Gordon, Drummond y otros representan a estas familias
que con el tiempo se convirtieron en verdaderos exponentes de los terratenientes
de las Tierras Altas.
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El Señor de las Islas.
Alrededor del año 1296, el
rey Eduardo I de Inglaterra invade Escocia y reclama el trono para si.
Se inicia un periodo de sometimiento. Muchos nobles no se rebelan porque
sus intereses están a ambos lados de la frontera. Finalmente comienza
la revuelta, liderada primero por William Wallace y luego por Robert de
Bruce, quien en 1314 tras la batalla de Bannockburn decreta la independencia
de Escocia.
Por casi trescientos años,
la Corona escocesa mantiene una posición ambivalente con respecto a sus
súbditos gaélicos, acude a ellos en momentos de necesidad para luchar
contra Inglaterra, su viejo enemigo. No obstante recela del creciente
poderío e independencia del Señor de las Islas. Este es un pequeño reino
asentado en las islas Hébridas y con fuerte influencia en todo el oeste
de Escocia. Son hábiles guerreros y navegantes, herederos de la tradición
vikinga. Bajo su tutela, el gaélico, la cultura y las artes célticas prosperan.
Sin embargo, la Corona finalmente
se propone destruir esta potencial fuente de oposición a sus designios
centralistas. Y lo logra en 1493 cuando el rey Jacobo IV decreta la abolición
del Señorazgo de las Islas. La caída del Señor de las Islas dejó a los
pueblos gaélicos sin un liderazgo natural. El colapso de esta estructura
de poder tradicional marca el comienzo del deterioro de la cultura gaélica
en Escocia. El vacío de poder no fue llenado por la Corona escocesa, la
que manifestaba un claro desinterés por los asuntos de las gentes al norte
de la línea de las Tierras Altas. De esta manera, cada clan comenzó a
regirse por sus propios intereses, muchas veces entrando en conflicto
con los intereses centrales y en guerras tribales contra clanes vecinos.
Otros clanes optaron por tomar parte del lado de la Corona como forma
de lograr privilegios e influencia. La anarquía subsiguiente a la abolición
del liderazgo del Señor de las Islas en definitiva socavó los fundamentos
del sistema de clanes y preparó el terreno para futuras acciones del gobierno
central tendientes a erradicar la cultura gaélica.
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Jacobo IV de Escocia.
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La captación de los líderes
Durante el siglo XVI llegó
la Reforma a Escocia y la Corona abrazó las doctrinas calvinistas, las
cuales se afianzaron con fuerza en las Tierras Bajas. Mientras tanto muchos
de los clanes del norte permanecían fieles al Catolicismo. Más tarde,
la Corona escocesa avanza en sus propósito de "convertir" a los escoceses
del norte a las costumbres sureñas. En 1609 se establecen los Estatutos
de Iona que obligan a que los líderes de los clanes envíen a sus hijos
al sur para ser educados de acuerdo con las costumbres de las Tierras
Bajas y de Inglaterra. A su regreso, ya no conocerán la lengua ni la cultura
de sus antepasados, serán extraños en su propia tierra.
Estos nuevos líderes comienzan
a ambicionar vidas como las de los señores nobles de Inglaterra y la búsqueda
de dinero para solventar estos gustos más costosos les hace pensar en
formas de obtener mayor rentabilidad de sus tierras. La cultura tradicional
gaélica podría decirse que era una cultura "ecológica", que no perseguía
la productividad y explotación de los recursos naturales para la generación
de excedentes con miras al comercio. Cada clan explotaba la tierra y el
ganado, eventualmente la pesca, con miras a abastecer su consumo doméstico.
En una maniobra que la historia
cuestiona en cuanto a su legitimidad y representatividad de la voluntad
popular, en 1707 se declara la Unión de los Parlamentos de los Reinos
de Escocia y de Inglaterra (Acta de Unión), que también significó la unificación
de ambas coronas y se constituyó el estado de Gran Bretaña. A partir de
aquí y por casi trescientos años los intereses de Escocia serán decididos
por el Parlamento de Londres.
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Hannover contra Estuardo
Caber recordar que previamente
ambos reinos tuvieron durante cien años, aunque con varias interrupciones,
un soberano (de la dinastía escocesa Estuardo) para los dos cetros sin
fusionarse las coronas ni los Parlamentos. En agosto de 1714, con la muerte
de la Reina Ana Estuardo (hija del destituido Rey Jacobo II y hermana
de María II, esposa de Guillermo III de Orange) el trono imperial británico
quedó en manos de Jorge I, máxima autoridad del pequeño estado de Hannover,
ubicado en la región de la Baja Sajonia en el norte de la actual Alemania.
El nuevo rey asciende al poder por medio del "Acta de Establecimiento"de
1701, que consistía en términos generales en establecer el futuro orden
sucesorio de la corona inglesa. Una nueva dinastía, Hannover -protestante-
reemplazó a los Estuardo -católica y de origen escocés- ya no en el trono
inglés (por ese entonces Inglaterra, Gales e Irlanda), sino en el nuevo
reino, Gran Bretaña, que incluía a Escocia.
Estas luchas dinásticas no
conmovían en un sentido profundo a los habitantes de las Tierras Altas,
aunque si los involucraba -y fundamentalmente luego los afectaría- pues
eran conscientes que ambas casas reales buscaban el poder en Londres para
reinar en un estado centralista. Otro aspecto para tener en cuenta es
que el Rey Jorge I se encontraba ligado con lazos de sangre por parte
de madre al Rey Jacobo I de Inglaterra que reinó desde el año 1603 hasta
1625 y fue primer rey de la Casa Estuardo en Inglaterra.
En 1715 el "Viejo y Eterno
Pretendiente" de la Casa de los Estuardo (hijo de Jacobo II de Inglaterra
y VII de Escocia) fracasa en su intento de retomar el trono de Gran Bretaña.
Una Armada española en su ayuda zozobra en el embravecido Atlántico norte.
Sin embargo, la dinastía de los Estuardo no se resignó tan fácilmente
a perder la corona, su hijo Carlos Eduardo Estuardo lo vuelve a intentar
en la campaña de 1745-1746, cuyo capítulo final será Culloden. Sin embargo
para esta altura los clanes ya están en un proceso de marcado deterioro
desde el punto de vista social y económico.
Escasos son los líderes de
los clanes que abiertamente se pliegan del lado del "Nuevo Pretendiente"
Estuardo. Algunos jefes deciden quedarse, otros envían a parte de su clan
con un bando y otra parte con el otro. Clanes como los Campbell directamente
toman el lado del rey Jorge y combaten contra los Estuardo. En las filas
leales a la Corona de Hannover hay varios regimientos escoceses de las
Tierras Bajas.
La Batalla de Culloden es
el epílogo de una historia de progresiva fragmentación de la identidad
escocesa que lleva finalmente a que las distintas facciones se encuentren
en una suerte de confrontación final; en ese campo de batalla no fueron
ingleses contra escoceses; fueron también escoceses contra escoceses;
protestantes contra católicos; progresistas y precursores del estilo de
vida burgués contra un modo de vida rural y tradicional. Los intereses
en pugna de las Casas Estuardo y Hannover aprovecharon para sus respectivas
causas las rivalidades existentes en el seno de la sociedad escocesa
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Jacobo II de Inglaterra y VII de Escocia.
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La última sublevación jacobita
Es importante indicar que
la extensa campaña militar que realizaron los partidarios de los Estuardo,
también llamados "jacobitas", se caracterizó por una impresionante e inexplicable
cadena de errores e irresponsabilidades por su parte. Se podría afirmar
que en sus inicios fue totalmente tomada a la ligera por la obstinada
y terca personalidad del príncipe Carlos Eduardo, ya que en esos momentos
no se encontraban dadas las condiciones militares ni políticas para afrontar
una batida tan arriesgada y con objetivos tan encumbrados.
Para justificar lo afirmado
remarcamos que el apoyo de la gran mayoría de los clanes hacia el Príncipe
Carlos Eduardo, denominado tradicional y románticamente en las Tierras
Altas como "Bonnie Prince Charlie" ("El Hermoso Príncipe Carlos"), no
tuvo la fuerza necesaria para semejante campaña. Solo los Mc Donald y
los Cameron, estos últimos comandados por legendario Lochiel, apoyaron
- con alguna cuota de justificado recelo y desconfianza - el plan de operaciones
del príncipe. Después de este hecho algunos otros clanes (Stewart; Mc
Kintosh, etc.) abrazaron la causa rebelde sin demasiado apasionamiento
y con cierta expectativa por lo que se podría llegar a lograr en el camino.
Es dable rescatar que la
génesis del fracaso se hallaba enquistada en la causa jacobita desde el
comienzo, ya que el ejército formado se encontraba estructurado en su
gran mayoría por fuerzas provenientes de los distintos clanes de las Tierras
Altas, ya en decadencia y que estaban más dispuestos a obedecer a sus
propios jefes antes que al advenedizo y terco príncipe. Si a esta causa
le sumamos las ríspidas relaciones que existían entre algunos miembros
de su Estado Mayor, el cóctel resultaba explosivo e inmanejable para el
joven aspirante a monarca.
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El Príncipe Carlos Eduardo, conocido como
"Bonnie Prince Charlie" (El Hermoso Príncipe Carlos)
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Su Estado Mayor se encontraba
integrado en su mayoría por los "Chieftains" o "Jefes de Clan" entre los
que se destacaban Lochiel y Lord George Murray, brillantes jefes, y en
especial este último, un excelente estratega y experimentado militar que
contrastaba con la ineptitud y falta de coraje del lugarteniente del Príncipe,
John Williams O'Sullivan.
También la carencia de una
concienzuda planificación en los aspectos operativos y logísticos llevaron
a la causa jacobita a fracasar en todos los aspectos de la campaña, un
ejemplo real se puede encontrar en las horas anteriores a la batalla,
los responsables de administrar y controlar el tren de aprovisionamiento
logístico del ejército jacobita increíblemente lo olvidaron, privando
a las tropas de las importantes e invalorables vituallas con las que debe
obligatoriamente contar un cuerpo de combatientes para lograr su objetivo
en el campo.
"Comienzo exitoso"
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George Murray (1649-1760)
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Por el lado de los hannoverianos
la campaña había comenzado en forma alarmantemente funesta; el ejército
jacobita lo había derrotado totalmente en Prestonpans, a escasos kilómetros
al este de Edimburgo - la capital de Escocia - que había sido tomada sin
mayores inconvenientes por las fuerzas del Príncipe. Quizás el Ejército
Real, confiado en su capacidad de desplazamiento en el campo y adormecido
en la confianza del resultado de todas las anteriores rebeliones jacobitas
-como en 1690 en su categórico triunfo en El Boyne, que marcó el inicio
de la resistencia irlandesa-, no le prestó la debida atención a la amenaza
que descendía desde las Tierras Altas. Tomado totalmente de sorpresa el
General Sir John Cope nada pudo hacer contra las incontenibles hordas
de highlanders que al son de sus gaitas y gritos de guerra arrasaron las
primeras líneas de "red coats", sembrando la desesperación en las filas
reales. La batalla se definió en poco tiempo envalentonando al Príncipe
Carlos, hasta el punto que al escribir una misiva a su padre, refiriéndose
al exitoso enfrentamiento en uno de sus fragmentos consignó esta singular
frase "...Corrieron como conejos..."
La noticia cayó como un gran
balde de agua fría para Londres, que observaba como un experimentado ejército,
integrado por veteranos de Fontenoy y de un sinnúmero de batallas libradas
en el territorio europeo, caían irremediablemente en la vertiginosa trampa
tendida por los "pastores guerreros" jacobitas. En resumidas cuentas no
podían encontrar la manera de frenar el método de ataque montañés, que
consistía simplemente en dos acciones bien coordinadas: la primera estaba
representada por la amenaza psicológica, aquí los gritos de guerra, el
ancestral y mecánico sonido de las gaitas, los golpes en diferentes partes
del cuerpo y el bravo aspecto de los highlanders caracterizado en su traje
a cuadros transmitían una escena dantesca y apocalíptica y que sistemáticamente
iba regando el temor y la desconfianza en la línea de disciplinados soldados
enemigos. Finalizada esta primera fase, los guerreros se lanzaban en una
desenfrenada carga contra la línea enemiga hasta una distancia prudencial
donde disparaban sus descargas de mosquetería y pistolas para después
arrojarlas al piso y a punta de daga y espada chocar de frente contra
la formación adversaria. La táctica resultaba simple y la estrategia consistía
en desarmar en el menor tiempo posible la estructura defensiva del contrincante,
sembrando el terror y la desesperación entre las filas. Los montañeses
iban armados con un escudo redondo (targe) que generalmente llevaba una
púa metálica atornillada en el centro. En una mano un espadón corto (biodag)
y en la otra una espada pesada (claidheamh mòr). En esa época la infantería
británica formaba en filas y mientras una fila de rodillas recargaba sus
mosquetes la fila siguiente abría fuego. La técnica de los higlanders
era sencillamente destruir al mismo tiempo tres filas de soldados, con
lo cual no daba tiempo a éstos para recargar sus armas. Al lanzarse sobre
los cuadros formados compactamente, los highlanders, que tenían más libertad
para moverse en el terreno, pues no formaban como los regimientos de línea,
arremetían contra la primera fila y literalmente ensartaban al soldado
con la púa de su escudo o lo echaban de lado. Luego atravesaban al de
la segunda fila con el espadón (que tenía una hoja de 40 cm. largo) y
con la pesada espada daban cuenta del soldado de la tercera fila. Todo
esto en un santiamén. Los relatos de los sobrevivientes a estas cargas
de los highlanders, que hablaban de terribles escenas con los cuerpos
de compañeros mutilados, destrozados por las hachas y espadas en la feroz
lucha cuerpo a cuerpo, infundían el terror a los soldados.
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Retomando nuevamente el ritmo
de la campaña, el Ejército Jacobita prosiguió su marcha hacia Londres,
donde supuestamente el Príncipe Carlos reclamaría el trono arrebatado
en 1689 a su abuelo Jacobo II, ya que él era su descendiente directo.
Los rebeldes avanzaron por
Preston, Manchester - ya en territorio inglés - y recalaron en Derby,
a pocos kilómetros de Londres. La desesperación en la capital británica
fue en aumento, la situación tendía a salirse de control. Pero la causa
jacobita comenzaba a mostrar sus fisuras y contradicciones: Los Jacobitas
Ingleses no apoyaron la causa de "Bonnie Prince Charlie", los refuerzos
prometidos por el Rey de Francia Luis XV no llegaron y una cuarta parte
del contingente de highlanders habían desertado de la expedición, ya que
a esa altura muchos consideraron que no era una causa que los involucrara.
Después de muchas deliberaciones y discusiones el Príncipe decidió a regañadientes
regresar a Escocia por el mismo camino por donde invadió Inglaterra. Es
en este punto histórico donde la rebelión comienza a fracasar y los días
de los Estuardo en las Islas Británicas se encuentran definitivamente
contados.
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La guerra otra vez en Escocia
A mediados de enero de 1746,
el Príncipe volvió a enfrentarse con las tropas del Rey Jorge II -descendiente
de Jorge I-, más exactamente en Falkirk, en la región de Sterlingshire,
otrora escenario de sangrientas batallas en las memorables campañas de
William Wallace a comienzos del Siglo XIV. En este campo Carlos Eduardo
derrotó nuevamente a un ejército real mejor equipado y disciplinado que
el suyo. La desazón en el Ejército Británico no podía ser mayor; ellos
no lograban concebir que unos "millares de indisciplinados montañeses"
deshicieran en poco tiempo las rígidas y compactas formaciones de línea,
apoyadas por elementos de caballería y artillería.
Estamos en condiciones de
afirmar que Falkirk es el punto crucial de la campaña. La Casa de Hannover
decidió casi de inmediato la formación de un numeroso ejército que previamente
debería ser entrenado para neutralizar la forma de ataque highlander.
Para estos fines el mando del ejército expedicionario fue puesto en manos
del segundo hijo del Rey Jorge II - El Duque de Cumberland - un brillante
comandante, con una valiosa experiencia militar en el continente europeo;
a partir de allí el Ejército Real no sería el mismo y marcharía hacia
Inverness conciente del duro reto que se avecinaba.
En cambio el impulsivo y
testarudo Carlos Eduardo, incapaz de potenciar y capitalizar la importante
victoria obtenida en Falkirk, lo que le hubiera permitido lograr una ventaja
dual desde el aspecto político y militar a la hora de negociar algún tipo
de pacto o beneficio, prefirió proseguir su "tour" por la campiña escocesa,
sitiando y amenazando reductos reales con poca importancia estratégica,
lo que generó un total estado de hastío y paralización en grandes fracciones
de su ejército preparadas históricamente para una guerra móvil y de corta
duración. La causa de los Estuardo lo pagaría caro y mucho más la cultura
gaélica, ya que la consecuencia final resultó en Culloden y el genocidio
posterior.
 |
Por Guillermo
Santana MacKinlay, Gabriel Hernán Cortés y
Pablo Rodríguez Leirado
Diciembre de 2001
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Guillermo, duque de Cumberland (1721-1765)
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En este espacio,
estimado lector,
vuelque sus
comentarios e
inquietudes.
Muchas gracias.
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