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Don Lisandro de la Torre.
El olvidado "fiscal de la Nación".
En la Argentina del siglo XXI bien vale
la pena recordar la historia de un joven abogado, nieto de vascos, proveniente
de la ciudad de Rosario en la provincia de Santa Fe. En su tiempo le tocó
en suerte ser uno de los máximos referentes de la lucha de este país contra
la corrupción, el autoritarismo, el clericalismo como factor de poder
y los sucios negociados entre los gobiernos de turno y los grupos económicos
internacionales. Don Lisandro de la Torre, abogado, productor
agropecuario, político, filósofo, escritor, diputado, senador y frustrado
candidato a gobernador y presidente de un país que, insólitamente, supo
darse el lujo de enviar al ostracismo histórico a un verdadero hombre
ético, ejemplo de conducta cívica, más allá de la comunión con su pensamiento
e ideario.
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Por Eduardo Rodriguez Leirado.
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Aquel tórrido verano, unido a la espartana austeridad
y decrepitud del viejo departamento arrendado, había terminado por hacer
mella en aquel venerable hombre, golpeado por los fracasos políticos,
sus frustradas revoluciones, los negociados impunes por él descubiertos,
las inequidades que no pudo vencer, las presiones económicas y el fraude
electoral. La sombra de su viejo camarada y maestro, el doctor Leandro
Alem, máximo referente de aquel incipiente Partido Radical, que se quitara
la vida en 1896, se agitó en las penumbras de su cuarto. Había terminado
con la correspondencia dirigida a sus entrañables colegas y compañeros
de lucha partidaria de su partido Demócrata Progresista: hasta allí reveló
su constante y probada amistad, por una parte, y su finisecular ateísmo
y anticlericalismo que tantos enemigos y disgustos le deparara. Aquella
última carta, sería sorprendentemente el último acto público y político
de su dilatada vida. Ya se había despedido de dos amigos que lo habían
visitado unos momentos antes: un viejo conocido de Rosario, que abrazó
efusivamente, y el doctor Díaz Arana, con quien intercambió algunas palabras
respecto del último discurso del presidente norteamericano Roosvelt.
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El doctor don Lisandro de la Torre, senador de la Nación por la provincia
de Santa Fe, en una fotografía de sus últimos años.
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Recordó que le quedaban aún en su billetera unos últimos
pesos, los cuales metió en un sobre junto a una nota para que Clotilde,
su mujer de servicio, le llevara a la casa de un amigo. Todo estaba arreglado.
Ya estaba sobre el mediodía y el calor era intenso. Cerró las ventanas
de donde venían los ruidos bulliciosos de la calle y la puerta de su despacho.
Un detalle le sorprendió y era que el almanaque tenía la fecha del día
anterior. Arrancó entonces el papel del taco apareciendo el correspondiente
al día 5 de enero de 1939, el último de su vida. Sentado en el sillón,
tomó su revólver y lo encañonó directo a su corazón. Habría recordado,
quizás, a sus viejos maestros como Alem y Del Valle, a su compañero de
banca Enzo Bordabehere, a su entrañable y perdido campo de las Pinas en
Córdoba, donde tantas ilusiones había fundado. Solo Dios, aquel en quien
no creía, podría afirmarlo. Apretó con firmeza el gatillo de su arma y
destrozó su corazón.
Se suicidó así, en ese departamento del
segundo piso de la calle Esmeralda 22 de Buenos Aires, uno de los hombres
emblemáticos de la democracia argentina que no pudo ser. Se perdía en
la historia la figura del doctor Nicolás Lisandro de la Torre,
el gran "Fiscal de la Nación", un verdadero ejemplo de lucha política
y cívica, tan devaluada en la Argentina de principios del siglo XXI, vacía
de Justicia y plena de conductas miserables por parte de una dirigencia
que no termina de tomar conciencia que, sus acciones individuales amorales,
terminan inexorablemente afectando la vida normal de los ciudadanos y
el destino de las generaciones por venir...
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Sus primeros años.
La llegada del apellido "de la Torre" a la Argentina
se remonta a los tiempos en que España caía bajo la espada de Napoleón.
Tres hermanos, todos vizcaínos, abandonaron sus viejos solares y se embarcaron
rumbo a tierras americanas donde el azar les llevó por diferentes caminos.
Uno terminó afincándose en las costas de México y tuvo un hijo que llegó
a ser obispo (extraño destino...) Otro arribó a las tierras del Perú y,
se presume, tuvo entre su descendencia a quien fuera el fundador del partido
Aprista, el desaparecido presidente Haya de la Torre. Por último, Lino,
el tercero de los hermanos, arribó a las costas de Buenos Aires donde
fue empleado de la Real Audiencia bajo el mandato del penúltimo virrey
del Plata. Se sabe de su participación en la épica reconquista de Buenos
Aires contra los invasores ingleses, perdiéndose luego su rastro para
siempre. Luego de las luchas que ensangrentaron la Argentina hasta la
decisiva batalla de Caseros en 1853, apareció la figura de un Lisandro
de la Torre, hijo de Lino, en el bando antirosista. Dos figuras se perfilaban
entonces como máximos referentes de la política argentina, la del caudillo
entrerriano Justo José de Urquiza y la del porteño Bartolomé Mitre. De
la Torre no pudo evadirse al influjo de este último y se pliega a su bando
en forma abierta.
Por aquellos años se establecía con su familia en un
campo que adquirió en la provincia de Santa Fe, sobre el arroyo Pavón,
donde años mas tarde se plantearía el definitivo combate entre los dos
grandes en pugna: don Lisandro se valdría de una novedad traída de Buenos
Aires, unos faroles que iluminaban la noche campestre, para enviar señales
a sus partidarios mitristas. La suerte inicialmente le fue adversa, al
ser reconocido y sentenciado a muerte por los urquicistas pero el destino
lo favoreció con la presencia del caudillo López Jordán, un viejo compañero
suyo, que intercedió por su vida.
Unos años mas tarde se casó con una porteña, doña Virginia
Paganini, descendiente del primer rector de la Universidad de Buenos Aires,
llevándolo a decidir su definitiva radicación en la ciudad de Rosario
-la "Chicago de Argentina"- como hombre de negocios. Nacía allí, el 6
de diciembre de 1868, un hijo que acompañaría a su primogénita Sara y
que tendría, paradójicamente, su primer enfrentamiento con la jerarquía
eclesiástica: el nombre elegido, Lisandro igual que su padre, no aparecía
en el martirologio católico por lo cual, el párroco de la Basílica de
Nuestra Señora del Rosario, negó su bautizo. Sus padres decidieron agregar
como primer nombre el de Nicolás, conservando Lisandro como el segundo:
en vano el intento de aquel cura pues la historia reservaría, para aquel
nombre rechazado, el privilegio de ser el de permanente asociación con
el apellido De la Torre.
Sin ninguna duda, el pequeño Lisandro fue criado en una
familia de fuertes tradiciones católicas, claramente influenciado por
la presencia intelectual y letrada de su madre, que lo encamina en el
hábito de la lectura poética francesa, hecho que tanto extrañaría en el
hombre político que finalmente resultó.
Vivió entonces dos hechos que lo marcaron a fuego: la
segunda y definitiva crisis personal con la jerarquía eclesiástica católica
y el remate por quiebra de su casa paterna de Rosario. Del primero, quiso
el destino que, en donde realizaba sus estudios primarios -un aula que
regenteaba un tal prelado Jiménez- fuera testigo ocasional de los galanteos
de este incorrecto sacerdote con una dama, amiga de su madre. Este acto
afectaría notablemente al pequeño, ignorando aquel clérigo que su acción
ayudaría a forjar el alma de un empedernido político anti-clerical. El
segundo hecho, tan doloroso a sus afectos como recordaría después en sus
escritos, fue la crisis económica que afectó a su padre. Mitrista acérrimo,
no pudo evitar que el Banco provincial, dominado por las autoridades partidarias
de Avellaneda, pusieran bandera de remate a su hogar por deudas impagas.
Fue un golpe muy duro para aquel niño, ver como todos aquellos muebles
y utensilios de uso personal caían bajo el martillo de venta, con la presencia
de desconocidos que recorrían su ámbito privado sin ninguna contemplación
y respeto. Poco después, el abrazo político entre ambas fracciones en
pugna salvarían al viejo Lisandro de la quiebra definitiva pero no borrarían
de la memoria de su hijo los dolorosos recuerdos.
Siguió sus estudios en el Colegio Nacional Nº1 de Rosario,
mostrándose como un niño no muy amigable, poco comunicativo, pero de una
capacidad de concentración y lectura admirables. El gusto por la poesía,
inculcado por su madre, y la pasión por la filosofía lo llevan a conocer
a dos grandes pensadores que moldearían su mente: Renán y Spinoza. Con
ellos abrevará en pensamientos que forjarán su espíritu; se plasmará su
enfrentamiento con la Iglesia oficial, llegando a abrazar, más que un
ateísmo concreto, un panteísmo alejado de toda postura pagana, viendo
al hombre como parte de un cosmos indefinible y desconocido. Al finalizar
sus estudios tuvo que decidir su futuro, sintiéndose absolutamente inclinado
por la filosofía y las letras, las cuales no contaban aún en Buenos Aires
con una casa de estudios a su medida y gusto. Decidió así iniciarse en
el Derecho, actividad que nunca llevaría adelante seriamente, más allá
de las experiencias que le sirvieron en su actividad pública o algún que
otro caso puntual.
El Lisandro "universitario y porteño"...
Llegado a Buenos Aires, el joven Lisandro no pudo alejarse
de los influjos de una ciudad que ya aparecía como la gran metrópoli cultural,
social y política de Sudamérica. Se instaló en la casa de unas tías y
sus estudios eran llevados adelante en una mezcla insospechada en él con
la bohemia, las noches de café y las disquisiciones filosóficas. Sin embargo,
el apremio de algunos momentos difíciles le llevaron a controlar sus gastos
y a imprimir velocidad en la culminación de sus estudios universitarios,
tal vez para evitar la desagradable situación de molestar a su padre con
pedidos de dinero adicionales. Lo conmovió por entonces, la prédica educativa
laicista del sanjuanino Domingo Faustino Sarmiento, ya en sus últimos
años de vida. Quizás, sin saberlo, estaba convirtiéndose en el continuador
de parte de su obra.
Terminó a los veinte años sus estudios de Derecho y,
de toda la promoción, resultó el mas joven y destacado. Junto a Fernando
Saguier llegaron a ser los únicos personajes de ese año que no cayeron
en el anonimato de la historia. La tesis para su graduación versó sobre
"El Régimen Municipal" y se ven plasmadas allí las premisas ideológicas
que lo marcarían definitivamente en su pensamiento político. Analizó en
sus estudios las instituciones básicas de la República, centrando sus
esperanzas para el desarrollo de la sociedad en aquellas células políticas
primarias, tan afectas a su origen provinciano pero citadino a la vez.
Investigó el sistema comunal inglés, belga y suizo, opuesto abiertamente
al centralista francés, altamente burocratizado, negación de las libertades
personales. Rememoró la lucha de la Comuna libre en España, ahogada violentamente
en Villalar, donde ve la separación concreta del pueblo con el gobierno
central por la ausencia definitiva de un factor intermedio llamado "poder
comunal".
Algunas otras argumentaciones, producto de su juventud
y del contexto histórico (corría el año 1888), fueron utilizadas por sus
detractores años mas tarde. Influenciado en las teorías de Stuart Mill,
muchas de ellas válidas, también fueron fundamento de otras posiciones
que hoy podemos considerar sectarias. Llegó a pensar que el derecho de
voto sobre los asuntos públicos debía descansar en aquellos que la sostenían
materialmente, o sea en aquellos que contribuían con sus impuestos. Hasta
bien entrada las primeras décadas del 1900 mantendría ese pensamiento
y que modificaría en forma abrupta y diametralmente opuesta hacia su madurez
política e intelectual.
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Ascendía aquel mismo año a la presidencia de la República
el cordobés Miguel Juárez Celman, concuñado de quien verdaderamente manejaba
con maquiavélica capacidad rectora los destinos de la Nación: el general
Julio Argentino Roca, "el Zorro". Llegaba al poder de la mano de una Argentina
que, como nunca, había aprovechado la coyuntura histórica: una prosperidad
económica internacional y la llegada masiva de una inmigración de gran
capacidad de trabajo pero también de lucha. La exportación de materia
prima como la carne vacuna, pilar de la nueva aristocracia terrateniente,
llevó a esta Nación con "aires de imperio" a una situación privilegiada.
Sin embargo, las previsiones de Alberdi y Sarmiento respecto de evitar
confundir los conceptos de "europeizar" en el sentido de la asimilación
de teorías y prácticas políticas europeas útiles a la Argentina, se terminará
plasmando en la absoluta dependencia de nuestros intereses a los imperios
centrales. Como nunca empezaba a comprenderse aquella frase despectiva
de Sarmiento sobre "una aristocracia argentina con demasiado olor a bosta",
evidenciando la falta de capacidad para evolucionar y generar una nueva
clase dirigente, pujante y creativa, sobreponiéndose a la estructura ganadera
privilegiada. Para colmo de males, la llegada de Celman se hacía con una
deuda pública de 300 millones de pesos fuertes, un lastre que se pagaría
con un costo social muy grande y una revolución que, también Sarmiento,
poco antes de morir, vaticinaría como inexorable...
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El general Julio Argentino Roca, el "Zorro", dos veces Presidente
de la República Argentina.
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El hombre revolucionario.
En este ambiente enrarecido surge una fuerza popular
incontenible y contradictoria: la Unión Cívica. Estaba conformada por
una heterogénea masa de activistas de diferentes vertientes: elegantes
porteños mitristas, orilleros de la más baja condición, políticos del
catolicismo militante como Estrada y Pedro Goyena, etcétera. Quienes los
movilizaban eran dos hombres complementarios y opuestos: uno, Leandro
Alem, a quien el destino terminará uniendo su final trágico al de nuestro
protagonista, y el otro, Aristóbulo del Valle, senador de la Nación y
un verdadero inspirador para su futuro político. Lisandro quedó atrapado
por sus figuras e ideario desde el primer instante, siendo un entusiasta
partícipe en la primera línea de la llamada Revolución del Parque, que
terminaría destituyendo en forma definitiva a Juárez Celman por su vicepresidente
Carlos Pellegrini. A pesar del fracaso del movimiento en cuanto a sus
objetivos, la Unión Cívica había logrado demostrar algo muy importante
y era su fuerte presencia en la nueva escena política argentina.
Poco tiempo después de la frustrada revuelta, Alem se
apersonó en un mitin que se realizó en la ciudad de Rosario. Allí quedó
impresionado de la pasión de aquel joven abogado de la Torre, con un discurso
claro y certero, lleno de fervor que movilizaba a los presentes. Era evidente
que una nueva era política se avecinaba donde la figura del "Danton rosarino"
habría de ocupar un lugar destacado. Pero no habría de ser tan pronto
debido a la increíble capacidad del general Roca para dividir a esa nueva
masa de cívicos que estaban a punto de tomar el poder: una jugada política
terminó dividiendo en facciones separadas al mitrismo, al radicalismo,
a los socialistas...
Como si aquello no fuese suficiente, nuevas disidencias
dentro de la ya conformada Unión Cívica Radical, llevaron a retrasar su
llegada al poder. De la Torre, testigo fiel de las disputas, tomó parte
en otra revolución abortada en 1893 poniéndose al frente de las acciones
en Rosario. Allí llegó a ser la cabeza visible del movimiento con las
brigadas armadas de partidarios y extranjeros, y mientras conservó el
control de la situación, durante alrededor de 21 días, fue el virtual
ministro del gobierno revolucionario. Sin embargo una nueva derrota lo
llevó a abandonar su postura, retirándose a vivir nuevamente a su casa
paterna, reconociendo que, ciertamente, el camino de Aristóbulo del Valle,
generando una oposición organizada y un plan claro de acción política
llevaría a modificar el sistema de privilegio y fraude en que se encontraba
la Nación.
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Leandro N. Alem, principal ideólogo y artífice de la Unión Cívica Radical.

Bartolomé Mitre, Presidente de la República en una oportunidad, escritor,
periodista, general y uno de los artífices intelectuales de la Argentina.
Ha sido el fundador del diario La Nación.
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El hombre público.
Retirado a su casa familiar, decidió el abandono del
ejercicio de su profesión como abogado. Su padre, vislumbrando esta decisión
y conforme con ello, le regalaría un pequeño campo en Barrancas, en el
corazón mismo de la provincia de Santa Fe. Surgió así la figura de un
hombre interesado en la producción, en la economía y las ciencias. Su
posición frente a la tenencia de este campo fue la de un hombre interesado
en la incorporación de nuevas cosechas, novedosos cultivos y principalmente
en la mejora de las razas vacunas que eran, indudablemente, la gran fuente
de ingresos para el país. En su tarea se destacó notablemente, llegando
a ocupar durante los años 1907, 1909 y 1910 la presidencia de la Sociedad
Rural de Rosario, la Comisión local de la Defensa Agrícola y del directorio
del primer Mercado de Hacienda, en 1911. En ese ámbito conoció los problemas
y desigualdades que debían enfrentar los pequeños y medianos productores
agropecuarios, en desventaja frente a los grandes latifundios de terratenientes
vinculados con el poder. Propugnó por una serie de medidas con el fin
de fomentar el mejoramiento de estos productores, tal como la derogación
de los impuestos a los cereales, el pago de las cosechas en oro y la protección
de pequeños productores afectados por deudas impagables.
Tampoco rehuyó de su innegable pasión por la literatura
y el arte. En ese aspecto, llegó a brindar varias conferencias como la
realizada en una sociedad masónica acerca de la obra del francés Emilio
Zola. Convertido en asiduo lector del francés, inglés e italiano, incursionó
también en el teatro con la lectura de Dostoyewski e Ibsen. Podemos considerar
que no ha sido específicamente un autor o poeta pero se destacó por su
voluntad y capacidad para la crítica teatral y literaria.
De la política tampoco escapó en forma definitiva. En
la proximidad de la visión política de Aristóbulo del Valle, aceptó de
éste la propuesta de dirigir el periódico El Argentino. Con gran solvencia,
De la Torre se encargó de la divulgación del ideario político de los radicales,
inflamando con sus editoriales a la gran cantidad de partidarios que,
día a día, se sumaban a las filas de la Unión Cívica. También es cierto
que se ganó la enemistad de varios opositores que, eventualmente, le enviaron
sus padrinos para resolver ofensas a través del duelo. Era evidente que
hacia finales del siglo XIX, Aristóbulo del Valle había reencauzado a
las fuerzas de los cívicos por el rumbo que indicaba su inexorable triunfo,
acompañado por una presencia masiva de juventud. Allí se encontraba, en
la primera línea de campaña el joven Lisandro, con sus veintiocho años,
uno de los máximos referentes de los cívicos en la provincia de Santa
Fe.
Pero quiso el destino que el año 1896 significara un
nuevo golpe de suerte para las ambiciones presidenciales del general Roca.
A finales del mes de enero, Aristóbulo del Valle, el inspirador político
Lisandro de la Torre, moría sorpresivamente, dejando trunco el magnífico
trabajo de acercamiento de los sectores radicales y mitristas. Perdían
los cívicos la figura más preclara para la campaña que se avecinaba. Ante
ese golpe, Alem nada hizo por recomponer el orden en sus cuadros que,
a la espera de una orden o señal del líder, maduraban otra revolución.
Solo atinó a tomar su revólver, subir a un carruaje y descerrajarse un
tiro, quedando el partido huérfano, primero de un líder y luego de un
caudillo. Ninguna figura de prestigio quedó para enfrentar a la oposición
conservadora, salvo la de Hipólito Yrigoyen que, por ese entonces, aún
actuaba a la sombra, tejiendo obstinadamente sus influencias para la revuelta.
Indudablemente era una figura representativa de las masas, envuelto por
el misterio, cuya única consigna era continuar con el último legado de
su desaparecido tío: la intransigencia. De esa manera y dada la situación,
el triunfo electoral de Roca se dio por descontado para el período 1898-1904.
Lisandro de la Torre sintió el golpe por la pérdida sufrida
aunque adhirió a la idea de seguir intentando la política de coalición
con los distintos sectores opositores al roquismo. En la Convención partidaria
se enfrentaron las dos alas en pugna y, a pesar que se preveía el triunfo
de los "coalicionistas", la acción contraria del yrigoyenismo y la presencia
de matones infiltrados del roquismo, terminó volcando al partido hacia
el abstencionismo conspirativo. Sin ninguna duda, de la Torre sintió la
infiltración realizada por agentes del gobierno y terminó acusando directamente
a Yrigoyen de cómplice por su intransigencia, terminando el acalorado
discurso con su famosa frase de "nos merecemos a Roca". La respuesta no
se hizo esperar y el 6 de septiembre de 1897 (fecha siniestra para Yrigoyen
pues treinta y tres años después sería derrocado en un funesto golpe)
ambos líderes se batieron a duelo con espada en los galpones de Las Catalinas.
Ninguno de los dos tenían experiencia en esgrima pero el ímpetu de Lisandro
le significó una herida en su mejilla izquierda y a Yrigoyen un planazo
de sable en su cintura. Aquellos cuarenta segundos de combate representaron
la separación definitiva de ambos líderes.
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El demócrata progresista.
Habiendo quedado el terreno libre para
el roquismo y teniendo al Partido Radical en un planteo de abstencionismo
conspirativo, Lisandro de la Torre terminó aquel periodo nuevamente frustrado
en la actividad política. Decidió realizar entonces un viaje a Europa
y a los Estados Unidos. En el Viejo Continente le impactó seguramente
todo aquello que a cualquier argentino de entonces; pero fue su recorrido
por Norteamérica que lo dejaría absolutamente deslumbrado. Podía ver en
la práctica todas aquellas teorías presentadas en su tesis universitaria
sobre el poder de las comunas o condados, la absoluta libertad de culto,
una burguesía de marcada orientación progresista, un sistema político
verdaderamente federal, etcétera. Aquel modelo sería en adelante un permanente
referente en los debates, los proyectos de ley y plataformas electorales
de cada campaña que se avecinara. Una anécdota por él referida cuenta
su experiencia con un labriego norteamericano el cual le pregunta sorprendido
del porque de los golpes políticos permanentes en estos países australes.
Intentando explicar alguna respuesta, Lisandro de la Torre le interroga
si no haría lo mismo él, si la situación política lo requiriese. La respuesta
fue:
- Aquí no pueden pasar esas cosas.
Ahora, eso sí, haríamos una revolución si al gobernador se le antojara,
por ejemplo, elegir a nuestro maestro o nuestro sheriff. ¡Ah, eso sí
que no! ¡A nuestro maestro, a nuestro sheriff, lo elegimos nosotros!
A la vuelta de su viaje, encuentra la magnífica oportunidad
de llevar a la práctica política ese ideario. Aprovechando las llegadas
de las elecciones, Lisandro de la Torre conforma un conglomerado político
en su provincia de Santa Fe denominada "Liga del Sur". El rótulo obedecía
a la intención, por gran parte de los distritos del sur de la provincia,
de obtener condiciones electorales equitativas con el norte que contaban
con una cantidad mayor o igual de representantes siendo su población ostensiblemente
menor. El 20 de noviembre de 1908 se conformó la agrupación con un programa
de gobierno que significó todo un símbolo: reforma amplia de la anticuada
Constitución provincial; recomposición equitativa del Colegio Electoral
de la provincia; el derecho de elegir por parte de los vecinos contribuyentes
a sus intendentes, sus autoridades policiales, la comisión de fomento,
la justicia de paz y el Consejo Escolar; la autonomía municipal con autoridad
e independencia para recaudar tributos; inamovilidad de los jueces y reforma
del sistema tributario sobre la base de hacer libre el trabajo. Su triunfo
no resultó, quedando segundo detrás de los conservadores, pero su presencia
era a todas luces notoria en la sociedad santafecina. Sumando al resultado
el permanente abstencionismo radical, ya se vislumbraba muy cercano el
cambio del escenario político argentino. Sin embargo, esa actitud de su
antiguo partido radical le llevaría a iniciar una crítica feroz, especialmente
a partir de la aplicación concreta de la ley Sáenz Peña de sufragio universal.
Intentó Hipólito Yrigoyen llevarlo a su bando nuevamente
pero don Lisandro negó la coalición con sus ex correligionarios radicales
en su provincia. Por increíble que pareciera, el radicalismo se abstuvo
nuevamente de la participación electoral -a pesar de las garantías ofrecidas
por la nueva ley- pero solo en la provincia de Santa Fe, donde De la Torre
tenía fuerte raigambre, se presentaron con sus candidatos. Esta nueva
maniobra política dejó a su partido fuera de una gobernación segura, a
pesar de haberle garantizado su banca de diputado nacional. Desde allí
inició una campaña despiadada contra sus viejos compañeros radicales que
lo llevaron, insólitamente, a despertar las simpatías de sus verdaderos
enemigos: los miembros del tradicional partido conservador. En la campaña
presidencial de 1916, donde se presentó por fin el radicalismo con Yrigoyen
en 14 provincias, Lisandro de la Torre se postuló con su partido Demócrata
Progresista, infiltrado por simpatizantes del antiguo régimen, ya convencidos
de su pérdida del poder político. Nuevamente el caudillo rosarino perdió
la partida cuando, gran parte de sus electores de la línea conservadora,
terminaron dando sus votos a la causa radical. Parecía ser que un destino
siniestro signaba a este hombre político al fracaso en las contiendas
electorales, a no poder plasmar en forma definitiva todo su ideario.
¿Terminó siendo Lisandro de la Torre un hombre de fuertes
pensamientos anti-radicales? Era evidente que no pues su posición podría
definirse como la de un "radical socialista". Intentó llegar mas allá
de la postura que consideraba pasiva en Yrigoyen, quien había llegado
al poder con un planteo de ruptura con el régimen anterior pero sin realizar
los muy profundos cambios prometidos al electorado. Y a tal punto es así
que, cansado del constante acercamiento de políticos conservadores que
veían en él la posible figura intelectual y política para oponer a Yrigoyen,
les increpa en una categórica carta: "Uds. son conservadores, clericales,
armamentistas, antiobreristas, latifundistas, etcétera, etcétera, y nosotros
somos demócratas progresistas, de un colorido casi radical-socialista.
¡Vaya Usted a fusionar eso!. Ustedes no son conservadores únicamente de
nombre, lo son de espíritu y no quiero que existan dudas al respecto a
mis tendencias absolutamente liberales y progresistas". Las lanzas estaban
rotas y los grupos quedaban definitivamente marcados, alejándolo claramente
del radicalismo partidario y de los conservadores.
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Hipolito Yrigoyen, primer presidente del radicalismo de la República
Argentina.
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Nuevamente el clericalismo.
Hacia 1920, Lisandro de la Torre repartió su tiempo entre
la actividad política y un proyecto rural que sería su permanente obsesión:
el campo de las Pinas. Referente máximo de los demócratas progresistas,
participó nuevamente en elecciones para gobernador en su provincia donde,
a pesar de perderlas nuevamente, demuestra a las claras que su partido
está encaminado a convertirse en poder. A tal punto es así que el nuevo
gobierno radical convocó a una Asamblea Constituyente para modificar la
Constitución provincial, tal como lo planteó en la campaña proselitista.
El nuevo texto constitucional, avanzado para su tiempo y lugar, era el
producto final del ideario del "Dantón rosarino": inamovilidad de los
jueces, supresión del secreto en los sumarios, aumento de los representantes
del Senado para los departamentos mas poblados, descentralización judicial,
ampliación de las facultades administrativas e impositivas de las municipalidades,
establecimiento de la jornada máxima de trabajo y salarios mínimos, abolición
de los impuestos sobre los artículos de primera necesidad, gravamen al
latifundio, etcétera. Dicha Constitución fue aprobada, evidenciando el
descontento de los sectores del poder económico que veían sus antiguos
privilegios acotados. Sin embargo, una cláusula no esperada terminó siendo
el detonante para la intervención del gobernador, anulando el texto votado:
se había establecido la neutralidad religiosa del Estado. El clero, azuzado
por los intereses económicos afectados, atacó en forma conjunta y sistemática
a la nueva Constitución, se presentaron ante el gobernador radical Mosca
y finalmente ante el mismo presidente Yrigoyen. Este, presionado por los
grupos clericales y no deseando ver afectada su posición con la Iglesia,
emplazó a su correligionario santafecino a anular la promulgación final.
Lisandro de la Torre no dudó un instante de la tarea
a seguir: defender y recuperar los derechos adquiridos por su provincia
a través de los nuevos fueros votados. Su voz se dejó oír firmemente en
el Congreso Nacional, que fue testigo de tremendos debates entre los reformistas
y conservadores. No había jamás actuado hasta la fecha en ninguna actividad
proselitista ni legislativa contra la Iglesia Católica pero se sentía
defraudado y traicionado nuevamente por ella: "Esto lo pongo ante los
ojos de la Cámara: ¡una Constitución argentina está en peligro de ser
anulada por una conjura clerical!". Fue el diputado católico Bas con quien
mantuvo una fuerte discusión parlamentaria que, visto hoy día, mostraba
la capacidad intelectual y legislativa de aquellos miembros del Congreso.
Se habían incluido en el debate argumentos del muy prestigioso constitucionalista
Montes de Oca, que eran rebatidos por el fogoso rosarino. Y la discusión
continuó en los periódicos, a través de las notas y cartas que se dirigían
los contendientes. ¡Todo en vano! Nunca más se pondría aquella Constitución
a la práctica efectiva, siendo remitida a las Universidades para el análisis
por parte de las futuras generaciones de estudiantes que llegarían a la
política abrevando en sus páginas de Derecho Constitucional.
Casi ochenta años después, la misma Iglesia acepta mayoritariamente
la posición neutral del Estado en materia religiosa. Nadie pondría el
grito en el cielo o movilizaría las fuerzas del clero con tal ímpetu como
se hizo con aquella Constitución santafecina. Sin embargo, por una falsa
valoración hecha por la jerarquía eclesiástica, se perdieron largos años
de evolución en las instituciones democráticas y republicanas de la Argentina.
Quien esto escribe, católico de formación y creyente práctico, no puede
dejar de reconocer el error de la Iglesia argentina, que sumó un punto
más en la larga lista de evidentes flaquezas que mostraba el radicalismo
y su facilidad para ser condicionado. A la conspiración había un trecho
muy corto...
Como en otras oportunidades, la conjura derrotó a un
Lisandro de la Torre. Ya empezaba a sentirse cansado y vencido de tantas
infructuosas luchas por dotar a su país de lo que consideraba necesario
para su progreso y desarrollo. Su postura se volvió hacia la izquierda,
en abierta confrontación con el gobierno radical. Ya en la segunda presidencia
de Yrigoyen, sus dardos eran lanzados hacia un oficialismo al cual acusó
de no quebrar el estado de privilegio que consideraba pernicioso y una
rémora del antiguo régimen. Violentas frases lanzó contra ellos que, consternados,
veían en su viejo correligionario a uno de los más feroces críticos de
su gobierno. Las revueltas obreras de la Patagonia, las huelgas en los
cordones urbanos, el grupo de personajes que rodean a un Yrigoyen encerrado
en una falsa realidad, terminaron siendo los puntos de enfrentamiento
más violentos de su acción.
Tras el desgraciado golpe del general Uriburu (amigo
personal de Lisandro desde la revolución del Parque) en 1930, creyó este
ver en el aguerrido santafecino la figura política para la salida institucional
del país. Sin embargo, Lisandro de la Torre se apartaría absolutamente
del general, perdiendo su amistad y poniéndose en la postura opuesta de
su pensamiento político. Nada tenían ya que ver los ideales compartidos
desde la revolución del Parque: eran evidentes las simpatías del general
con los pensamientos de Benito Mussolini y Primo de Rivera. Corrían tiempos
de la crisis del ´30 y el fraude asomaba nuevamente en la política argentina.
Con un radicalismo nuevamente en el abstencionismo, la fórmula presentada
por la Alianza Civil con Lisandro de la Torre y el socialista Nicolás
Repetto, parecía una alternativa para aquellos radicales que no se resignaban
a perder sus derechos electorales. Era, tal vez, una última oportunidad
de producir un cambio en las estructuras políticas y sociales de la República
Argentina. En las elecciones realizadas el 8 de noviembre de 1931, el
binomio de la Concordancia, del general Agustín Pedro Justo y Julio Argentino
Roca (hijo), triunfaron con mas de 600.000 votos contra 487.955 de la
Alianza. No se recuerda elecciones en este siglo que tuviera las proporciones
de escandalosas y fraudulentas como las del ´31: voto sin cuarto oscuro,
secuestros de libretas de identidad, robos de urnas. Argentina involucionaba
hasta los años previos a la ley Sáenz Peña de 1912, para no volver posiblemente
nunca mas a los carrilles políticos normales hasta el año 1983...
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El fin del Fiscal de la Nación.
Perdidas las ilusiones de una salida electoral limpia
para la Nación, terminó de hundirse en la desilusión por la desgraciada
quiebra de su querido emprendimiento agrícola de las Pinas. Muchos años
de esforzado trabajo de investigación, de atrevidas y novedosas plantaciones
que daban sus frutos magníficamente, a pesar de las burlas de sus coetáneos,
fueron instantáneamente terminadas por la pertinaz sequía que afectó a
la zona. Quebrado anímica y económicamente, Lisandro de la Torre fue inducido
por sus partidarios a una nueva puja electoral por una banca en el Senado,
por considerar su voz como la más apropiada para la denuncia pública de
la corrupción imperante en los círculos más altos del gobierno. Obtuvo
su banca senatorial nuevamente e inició al instante una campaña de divulgación
de los negociados que involucraban, entre otros, a ministros de la Nación.
Los privilegios formados, las prebendas a privados, los monopolios favorecidos
por leyes vergonzosas, eran ahora los blancos preferidos del virtual fiscal
de la Nación. Estaba prácticamente solo en la Cámara de Senadores, con
poca repercusión en los medios que callaban su voz o divulgaban parcialmente
su lucha.
Fue el pacto Roca - Ruciman otra muestra de las presiones
del gobierno británico sobre los intereses de la República Argentina.
Nuevamente la voz de Lisandro de la Torre se dejó oír en el Senado, denunciando
la virtual entrega del comercio exterior argentino a los intereses exclusivos
de Gran Bretaña. Negociados con los cupos de exportación de carnes, evasión
de impuestos y cohecho, son puestos en evidencia, llegando a tener que
estar presente en una interpelación el mismo Ministro de Agricultura,
Luis Dahau. Rodeado de toda una bancada que le era adversa, se lo miraba
amenazadoramente en el recinto de debates. Para colmo de males, su compañero
de bancada Pancho Correa, cayó enfermo y su reemplazo, un joven de futuro
promisorio dentro del Partido Demócrata Progresista, Enzo Bordabehere,
no terminaba de recibir el diploma senatorial, demorado adrede.
El debate estaba en su punto más álgido. Ante los argumentos
irrefutables de senador por Santa Fe, el Ministro solo atinaba a insultar
y amenazar. Ante esa situación, la presidencia llamó al orden. Parecía
que todo volvía a sus carriles normales cuando, el ministro interpelado,
se levantó sorpresivamente de su pupitre y lanzó una serie de improperios
hacia su interlocutor. Este, si bien había conservado la calma ante situaciones
similares, ya no pudo contenerse. Don Lisandro, de pié y amenazador, cayó
sorpresivamente hacia atrás, tal vez producto del cansancio y los nervios.
Su colega Bordabehere, quien asistía con sumo respeto y admiración a su
maestro a un costado del recinto, se lanzó inmediatamente en su ayuda
cuando sonó un fuerte disparo que reverberó en la grandiosa cúpula de
la Cámara. Al terminar la confusión, el joven discípulo, a quien tanto
estimaba, agonizaba en sus brazos con un disparo en la espalda, dejándolo
en una congoja de la cual no pudo salir. El responsable era un matón a
sueldo, Ramón Valdés Cora, un ex - policía y guardaespaldas de un importante
dirigente conservador, el cual se desconocía que hacía en el recinto.
Lisandro de la Torre jamás se habría imaginado que aquellos adversarios
le temieran tanto como para llevar esbirros a sueldo al recinto del Congreso
de la Nación.
Años mas tarde, vencido absolutamente, terminó renunciando
de su bancada, sin el apoyo de ninguna agrupación política o social que
escuchara sus denuncias. La prensa casi no difundió su prédica, acallándola
o fraccionando sus argumentaciones, incluso llevando la voz de la crítica
por su actitud de retiro. Mas tarde se quitaría la vida, silenciando para
siempre su voz.
Quizás, y como ejemplo hacia las futuras generaciones
políticas, queda su ejemplo de permanente lucha y crítica contra el poder
establecido y sus privilegios: su enfrentamiento contra el roquismo en
su máximo esplendor, la oposición al fuerte y cada vez más influyente
clericalismo, su ataque al radicalismo en medio de su multitudinario apoyo,
su violenta y solitaria acción legislativa contra los grupos extranjeros
involucrados en negociados. Todo un símbolo para una Argentina que quedó
en el imposible y el olvido.
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Por Eduardo Rodriguez Leirado.
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- "Lisandro de la Torre, el solitario de Pinas". Raúl Larra.
Editorial Hemisferio, sexta edición (1956), Buenos Aires.
- "La Argentina en el siglo XX". Edición del diario La Nación.
Buenos Aires.
- "Soy Roca". Félix Luna. Editorial Sudamericana (1989),
Buenos Aires.
- "La Argentina como invención". Buenos Aires.
- "La Nación. Un siglo de vida (1870-1970)". La Nación,
Buenos Aires, 4 de enero de 1970.
- "Todo es historia". Director: Félix Luna. Varios números
consultados. Buenos Aires.
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< Fuentes |
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