Falange y comunismo.
De cenicientas a leviatanes.

Sitio al Margen presenta un trabajo sobre la paradójica situación de dos agrupaciones políticas, enfrentadas ideológicamente, que en la II República Española (1931 - 1939), desde ubicaciones minoritarias en el espectro político español se encaramaron como las columnas vertebrales de los bandos contendientes en la Guerra Civil Española (1936 - 1939).

Por Gabriel H. Cortés
Noviembre de 2005

 
 

A Julián Besteiro

Que complejo que nos resulta tratar de explicar el origen de la gran conflagración española del siglo XX, quizás a “ojo de buen cubero” la podemos enmarcar en el enfrentamiento inicial entre demócratas y fascistas, pero al bucear intensamente en la densa bibliografía existente, nos topamos con serios interrogantes que obstaculizan seriamente nuestra, hasta ahora, firme noción del origen de la guerra civil española.

Como primera idea, sabemos que existía un gobierno legalmente elegido dentro de un sistema republicano, el cual, luego de una múltiple serie de alzamientos revolucionarios y pronunciamientos, el 18 de Julio de 1936 comienza a afrontar lo que sería su “prueba final de fuego”.

Los alzados pertenecen a una melange de militares conservadores de la más dura ralea africanista, monárquicos que no han podido olvidar los viejos tiempos de la arcaica “España Imperial”, grupos enmarcados dentro de las férreas concepciones religioso – tradicionalistas y ciertos altos oficiales militares de estirpe republicana que temían por el “azote rojo” en el sistema de gobierno.

Hasta aquí se puede entender que los republicanos se encaramaban como los demócratas, y los alzados se encontraban representados por los sectores más reaccionarios del crisol político y social español. Por cierto, algo hay de eso efectivamente, pero al interesarse en la gran cantidad de investigaciones realizadas por parte de la historiografía las conclusiones van dando paso a una visión consumadamente más relativa y despojando, por lo tanto, a la primigenia idea de ribetes maniqueos.

 

 


Póster del famoso 5° Regimiento, institución armada gérmen del Ejército Republicano.

Es por esto, que no todos los demócratas se hallaban con la República y no todos los amantes de los regímenes totalitarios interactuaban en las columnas de los alzados.

Quizás para entender en forma más cruda los orígenes de la Guerra Civil Española deberíamos remontarnos a la jura de la Constitución Liberal Española en la ciudad de Cádiz en 1812. La puesta en circulación de esta carta magna suscitó una extrema polémica: unos la amaron intensamente, y ese amor los llevaría irremediablemente al cadalso, y otros la enfrentarían ciegamente, viendo en ella las más pura personificación del anticristo y el elemento legal para enfrentar y aniquilar los “sagrados valores de la España eterna”.

Desde aquí se zanjó una profunda división entre los españoles que nunca más pudo curarse. El progresismo liberal y la reacción clerical – conservadora lucharán por décadas: unos para reformar y transformar España, los otros para mantener los antiguos privilegios y seguir sumiendo a la península en las brumas del oscurantismo, la superstición y la pereza, o como clamaba Machado en sus Campos de Castilla, “...la España de charanga y pandereta, de ramo y sacristía...”

De esta manera se sucederán los alzamientos liberales de Cabezas de San Juan y la Isla de León al mando del ilustre General Don Rafael De Riego y Nuñez, el regreso de la España constitucional y la posterior represión por parte de los Cien Mil Hijos de San Luis.

Una década más tarde, a la muerte de Fernando VII, llegan las Guerras Carlistas, divididas en tres periodos que agobiaron a España por casi cuarenta años durante el siglo XIX y que se transformaron en auténticas guerras civiles, predecesoras de la gran conflagración del siglo XX.

 

 
General Don Rafael de Riego y Núñez
, quien se alzara contra la autoridad absoluta del monarca Fernando VII y el retorno al sistema constitucional.

A mediados del XIX surge la “Revolución Gloriosa” encabezada por los Generales Prim y Serrano que en la batalla del puente de Alcolea terminaron con el accidentado y desgastado reinado de Isabel II.

La ascensión y veloz caída del trono de Amadeo de Saboya, el asesinato de Prim, la llegada de la I República: de anárquica y exigua existencia, dio paso a la restauración borbónica en la figura de Alfonso XII en donde la exaltación del “turnismo eleccionario” y el clientelismo y caciquismo político, produjo un hundimiento progresivo del ya alicaído imperio, el cual en 1898 pierde sus últimas posesiones de ultramar: Cuba, Guam y Filipinas.

A este escenario político de profundas divisiones y amargas instancias entre la cara liberal y la cara conservadora se suma como tercero interviniente en el marasmo ibérico las izquierdas representadas en el socialismo y el comunismo libertario. El cóctel comenzaba a activarse...

El siglo XX traerá a la monarquía española menos bríos imperiales, perdidas las últimas posesiones asiáticas y americanas, el vetusto león lanza su zarpazo postrero sobre el Norte de Africa: Marruecos es el objetivo, el Rif más específicamente. El fracaso es terrible, veinte años de enfrentamientos que desangra por generaciones a la juventud ibérica. Gran parte de la sociedad se niega terminantemente a seguir mandando a sus hijos al matadero: El barranco del lobo y Melilla son claros ejemplos del desastre fruto de la imprevisión, la carencia de pericia y la desastrosa organización de un ejército de caracteres elefanteásicos.

 

 
El rey Alfonso XII, quien fuera testigo de la pérdida de las últimas colonias del otrora poderoso imperio español, durante la guerra de Cuba contra los Estados Unidos en 1898.

A causa de las infortunadas campañas marroquíes y originados en latentes malestares sociales y económicos, en 1909, principalmente en la zona de Cataluña, se desencadenan los disturbios derivados en una sangrienta represión por parte del gobierno, el pueblo se hallaba arto de Marruecos.

La economía proseguía un rumbo caótico, la Primera Guerra Mundial trajo un poco de alivio, la demanda de materias primas por parte de los bandos en conflicto generó un oasis en medio de tanta carencia, pero no es el fin de los problemas. Al finalizar la guerra, la economía ingresó en una fase de estancamiento y miles de obreros y trabajadores volvieron a quedar sin sustento, las cuestiones sociales y económicas se agudizaron aceleradamente en zonas como Andalucía y Extremadura.

La monarquía y los sectores conservadores no veían la salida al estancamiento político y económico, hasta que el golpe de estado del Capitán General de Cataluña: Gral. Miguel Primo de Rivera, en apariencia, alivió a Alfonso XIII de sus acuciantes problemas. Los conservadores tomaron el control total del gobierno por casi ocho años de paternalismo y mano dura para los descarriados políticos y reactivación del mercado interno por medio de la generación de obra pública, aunque “El quiebre español” y las diferencias ideológicas se acentuaban más y más.

La gran crisis financiera del treinta en Wall Street terminó de derrumbar el andamiaje dictatorial de Primo de Rivera, la monarquía tratará de apuntalar el sistema imperante avalando gobiernos débiles liderados por un general y un almirante, pero la fortaleza conservadora caerá irremediablemente en Abril de 1931 y la Segunda República Española se instalará en la vida política de la península, el estado de derecho y libertad tantas veces mancillados y maltrechos combinados con un gran proyecto reformador en el ámbito educativo, político y económico como no se había visto antes desde la época de los primeros Borbones inunda España. Pero los sectores de la reacción no se encuentran muertos y amparándose en los golpes políticos que recibe la institución matriz, se aúnan nuevamente y juntos darán batalla a los sectores republicanos liberales y de izquierda.

 

 
General Miguel Primo de Rivera, Capitán General de Cataluña, comandó un golpe de Estado con el apoyo evidente del mismo monarca Alfonso XIII.

Los primeros no comprendieron la necesidad de transformar a España, de sacarla de su tradicional “sopor medieval”, de desarrollar sus riquezas y potenciar los recursos de todo tipo para convertirla en una nación próspera e igualitaria, sus millares de emigrados así lo atestiguan.

Como vimos hasta aquí, las causas del estallido de la Guerra Civil Española no fue generado por el ascenso al poder de los fascistas en Italia y los nazis en Alemania, ni mucho menos por los vientos revolucionarios venidos de la estepas rusas y su posterior internacionalización, los orígenes se encontraban forjados en centenaria data, los protagonistas fueron cambiando, las ideologías se fueron modificando y adaptando con el paso de los años, pero la herida se hallaba abierta desde hacía décadas y no se encontraba el modo de suturarla para que dejara de sangrar.

Al llegar a Julio de 1936, España se hunde en la dialéctica de la violencia: acción y reacción de ambos bandos: Revolucionarios que se fagocitan a los reformistas y reaccionarios que aguardan su turno para saltar sobre su presa.

Quizás, para entender mejor la naturaleza de la guerra civil y ordenar en forma clara todo el digesto de hechos que se acaban de señalar en los parágrafos precedentes, nos vemos en la necesidad placentera de consignar un tramo de la alocución realizada el día 2 de Octubre de 1986 por el filósofo español Julián Marías en la sede de la Escuela de Defensa Nacional en Buenos Aires, en recordación del 60º aniversario del inicio de la conflagración civil. “...Las cosas se fueron agudizando. Se produjo en España un estado que es muy peligroso. Es la politización. Entiendo por politización no el que exista la política, no el que las gentes se ocupen de política ni que se apasionen por ella, sino el hecho de que pongan la política en primer plano. Hubo en momento en que la reacción media de un español, con excepciones naturalmente, era ante una persona cualquiera, preguntarle si era de izquierdas o de derechas, expresiones que no quieren decir nada. Yo tengo una profunda antipatía por las dos. Ante una persona no se le preguntaba si era un hombre inteligente, si era una persona decente, si era simpático, si se trataba de una mujer guapa, atractiva o inteligente también. No; se preguntaba si era de izquierdas o de derechas. Y entonces se reaccionaba automáticamente a esta filiación política, con hostilidad o con simpatía, según una actitud política que, además, era sumamente simplificada. Esto, naturalmente, llegó a un estado de tensión que condujo al estado más grave que puede tener un país, que es el estado de discordia. Discordia que no quiere decir oposición, ni intención, ni lucha. Eso lo hay en todas partes, y lo debe haber, y es normal. Discordia que quiere decir la pérdida de la concordia, y la concordia quiere decir la decisión de vivir juntos, todos, pase lo que pase. La discordia se produce cuando una parte de un país no quiere convivir con el resto. Esto es un estado completamente distinto. No tiene que ver con las formas políticas. No tiene que ver con la discrepancia. No tiene que ver incluso con la lucha. La lucha puede ser civilizada y fraterna. Pues así es, en España se produjo un estado de discordia. Había una parte del país que no podía soportar a la otra. Dirán ustedes, ¿pero cómo se puede producir este estado de ánimo en una gran sociedad? En realidad no fue así. En realidad, esto se produjo en dos grupos pequeños, muy pequeños, en los dos extremos del espectro político y social. Ustedes saben que en inglés se habla de lunatic crench: el fleco lunático, el fleco demencial, diríamos en el mejor español. Siempre hay grupos que no quieren convivir, que son en cierto modo excéntricos, y mientras es un fleco, no pasa nada. En todas partes hay flecos, no tienen importancia. Lo malo es cuando la sociedad, en lugar de rechazar ese fleco, dejarlo fuera del juego político, no darle importancia, no darle beligerancia; cuando la sociedad se deja romper por la atracción en los dos sentidos de esas minorías extremistas, entonces se produce un estado de discordia, fue provocada, fue, en definitiva, contra la voluntad de la mayoría del país, o aprovechando la falta de voluntad o la debilidad de la voluntad de la mayor parte del torso de la sociedad española. Ésta no resistió a esa atracción en ambos sentidos y quedó rota, quedó dividida. Ese fue el clima que hizo posible la guerra civil...”

 

 


Julián Marías

Es importante destacar el concepto que maneja el Dr. Marías al consignar el término de “fleco demencial”, es decir grupos políticos que al inicio de las hostilidades se hallaban con escasa o nula representación política y que con el transcurso de la contienda se convirtieron en la columna vertebral de las dos causas enfrentadas.

Si partimos de esta original idea, el Partido Comunista Español y la Falange Española se convierten en claros exponentes de lo que Julián Marías nos explica en forma abstracta, pero sin dejar de ser claro y revelador en sus conceptos.

Así mismo, se torna necesario, remitirnos nuevamente a la alocución del Dr. Marías donde nos clarifica y confirma aún más esta aseveración: “...Hay que tener presente lo siguiente, para que vean ustedes, en definitiva, el carácter muy minoritario y hasta última hora, azaroso, de aquel tremendo suceso. Ustedes saben que en la zona republicana, el Partido Comunista llevó el peso de la orientación política. En la zona llamada nacional o nacionalista, el partido único - único al cabo de muy poco tiempo - fue Falange. Ahora bien, el Partido Comunista era sumamente pequeño; en las elecciones de 1931, el Partido Comunista había tenido un diputado. En las elecciones de 1933, un diputado. En las elecciones de 1936, en febrero, con los votos de los republicanos de izquierda y socialistas, en el Frente Popular, me parece que fueron dieciséis. Es decir, era mínimo. Y Falange nunca pudo tener un diputado: ni uno solo. José Antonio Primo de Rivera fue diputado por las elecciones de 1931, antes de la fundación de Falange. Por lo tanto, no fue diputado de Falange, pues era un partido que todavía no existía. Y sin embargo, los dos partidos decisivos entre los beligerantes de la guerra civil, fueron dos partidos mínimos, casi inexistentes. Es decir, no cabe una mayor inversión de la democracia. Esto, me parece un hecho que no se subraya suficientemente y que me parece absolutamente decisivo...”

 

 


Cartel de propaganda perteneciente al Partido Comunista Español

Los dos partidos comparten la significativa característica de haber sido organizaciones políticas con escasa influencia en la realidad española de su tiempo, hundidos en la clandestinidad más rigurosa, y por complejos mecanismos de la dialéctica política, trocaron en los bastiones y principales defensas de las dos españas enfrentadas.

Con respecto al partido comunista, podemos decir que se fundó en Abril de 1920 por dirigentes que habían abandonado anteriormente las filas del socialismo, el mismo se configuró como una “sección” del partido mundial de los trabajadores, de la cual la sede se encontraba en Moscú.

Debemos tener en cuenta que al partido comunista le costó ingresar para ocupar espacios en el movimiento obrero español, dominado mayoritariamente por la corriente socialista y la anarquista. En gran parte esta imposibilidad de penetración se hallaba generada en el discurso plagado de retórica sectarista y más proclive para hombres instruidos y poseedores de un sentimiento teñido de heroísmo romántico que para captar grandes cantidades de simples trabajadores, analfabetos y plagados de necesidades básicas insatisfechas, esto desembocaba directamente en una falta total de comunicación sobre los sectores del trabajo.

Otro factor importante que influenció al escaso desarrollo de este proyecto de partido de masas fue el golpe de estado del Gral. Primo de Rivera, que en sus primeras acciones de gobierno trató de mantener silenciadas las acciones de este tipo de organizaciones políticas.

 

 


Enrique Líster, en la ampliación, el tercero contando desde la izquierda, miembro del Partido Comunista y uno de los fundadores del 5° Regimiento de Milicias.

Luego de a un año de su fundación el número de afiliados no superaba el millar, lo que obligó a la Internacional Comunista a remitir delegados a la sección española con la intención de influenciar ideológicamente y estructurar un rumbo para el desorganizado partido.

A partir de Marzo de 1932 el Partido Comunista Español comenzó a experimentar un relativo crecimiento con el liderazgo del dirigente sindical panadero José Díaz, en donde bajo su égida se intentó: solidificar la organización política; consolidar la disciplina partidaria y generar un centralismo democrático. Las intenciones del comité central nacido en el ’32 resultan interesantes y positivas para el robustecimiento del partido, pero sus integrantes se hallan incapacitados intelectualmente para llevar a fondo las reformas, a pesar del asesoramiento recibido desde Moscú.

Los años de la Segunda República Española, el Partido Comunista los pasó sumido en crisis internas e intentando ingresar de alguna manera en el movimiento obrero español, implementando para ello, medidas de fuerza y colaborando a “modo de ensayo” en la revolución asturiana de Octubre de 1934. Llega Julio de 1936 y con el estallido de la guerra civil el partido toma a la gran conflagración como una cuestión esencial, no teniendo claro aún cual ha de ser el carácter de la revolución española, más allá de las etapas en que esta ha de pasar por la experiencia democrático – burguesa.

La opción principal desde el estallido de la guerra es ganarla. El Partido Comunista Español se erige como columna vertebral de la resistencia, el virtual surgimiento del partido en el ’36 como líder y férreo defensor de la República se basa en el desorden que se genera en el republicanismo tradicional y el porfiado aventurerismo de ciertos grupos de izquierdas como el caso del comunismo libertario, los cuales eran identificados por parte de los comunistas y ciertos sectores del socialismo como “enterradores de la revolución”.

 

 
José Díaz, dirigente panadero, uno de los primeros secretarios generales del Partido Comunista Español (PCE)

En definidas cuentas, los comunistas, son a principios de la conflagración la única fuerza republicana dispuesta a enfrentar a la reacción partiendo desde premisas que valoran el orden, la disciplina y el criterio de afirmación de objetivos para dar pelea al enemigo. Los republicanos y los socialistas confundidos y desorganizados controlan nominalmente el poder pero necesitarán del Partido Comunista para materializar la resistencia plasmada en su mayor expresión con la creación desde cero del Ejército Popular a partir de los despojos del ejército que permaneció leal al gobierno legal y las milicias sindicales y partidarias de los inicios de la guerra, al mismo tiempo y en cambio los anarquistas y otros partidos del ala izquierdista se hallaban enfrascados en sus profundas “filípicas” y “catilinarias” diatribas de ensayos revolucionarios y experimentación de nuevos sistemas de convivencia sociales y económicos.

Pero al reconocer este valioso aporte del Partido Comunista a la salvación de la República, también debemos señalar la otra cara de la moneda, en donde las inapelables órdenes de Moscú se ponían en práctica con singular celo mediante los comisarios políticos y técnicos llegados de la capital moscovita, quizás allí también anidó la causa del fracaso de los comunistas españoles en ganar la pulseada. Es claro que la prudencia de la URSS afectó en forma negativa la actuación del PC en la España de la Guerra Civil.

El comunismo español, si bien poseyó una cuota de poder, no se decidió a encarar con el necesario vigor la ofensiva política que le otorgara una responsabilidad acorde con sus decididos aportes a la cuestión en juego, es decir: contando con la confianza de la población, siendo dueño del liderazgo en los frentes de batalla republicanos y contribuyendo al progresivo ordenamiento en las zonas leales al gobierno, no existió la fuerza ni la voluntad necesarias para encarar una actitud que desembocara en una ofensiva política determinada a sus actos.

 

 
Santiago Carrillo, durante la II República fue miembro de las Juventudes Socialistas Unificadas y Jefe del comité de seguridad de la Junta de Defensa de Madrid en Noviembre de 1936. Secretario General del PCE en la transición española.

Quizás, podríamos arriesgar, y de esta manera entregar una lógica explicación a este tímido comportamiento del Partido Comunista con respecto al control de la República. Es perfectamente demostrable que la Rusia Stalinista era la única potencia que soportaba los esfuerzos de la golpeada República Española, las potencias democráticas dieron sistemáticamente la espalda al gobierno constitucional, del cual el Comité de No Intervención es un claro ejemplo de lo que exponemos.

Librada a la suerte del destino, la República abrazó con entusiasmo la ayuda soviética no exenta de interés. Pero no debemos olvidar que en frente de la Rusia comunista, más allá de Franco y sus fanáticas legiones y de las bravuconadas de Mussolini, se hallaba la amenazadora sombra de la Alemania de Adolf Hitler, Stalin debía contar con un equilibrio a su favor en la Europa Occidental, ganándose el apoyo de Francia e Inglaterra. Es por cierto, que a esta última y mucho menos a Alemania, le entusiasmaban la idea que en las milenarias “tierras del norte o de los conejos” se instaurara un gobierno rojo. Por esto, se debía ayudar a España, pero no plantar directamente los pies en la nación íbera.

Con lo cual, el Partido Comunista Español, plegado al jerárquico orden stalinista luchaba conciente o inconscientemente para proteger a la Unión Soviética en detrimento de la infinitamente menos poderosa República Española, el resultado le sirvió a Stalin para soportar dos años más sin alemanes en sus tierras. El enojo nazi indefectiblemente estalló y sólo la natural voluntad y el espíritu de sacrificio del pueblo ruso hicieron dar por tierra las ínfulas imperiales germánicas.

De los comunistas españoles, poco quedó, los líderes se refugiaron mayormente en Rusia y México y los hombres comunes debieron enfrentarse al pelotón de fusilamiento o al medieval garrote vil u otros purgaron cárcel y escarnio por décadas, y muchos que pudieron evadirse del territorio en las postrimerías de Marzo del ’36, pelearon en la resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial soñando con su quebrada revolución burguesa y obrera, cuarenta años de franquismo fueron demasiado...

 

 
Dolores Ibarruri "La Pasionaria", miembro del Comité Central del Partido Comunista Español (PCE), durante la guerra civil. Luego se exiliaría a la Unión Soviética.

En cuanto al Partido Falangista, debemos remontarnos para ubicar sus orígenes ideológicos en el período inmediato posterior a la finalización de la Primera Guerra Mundial.

Antes de estallar la misma, el sentimiento nacionalista en Europa se hallaba absolutamente diferenciado de la lucha de clases, las constantes huelgas obreras y actos – violentos o no – generaron al mismo tiempo un sentimiento marcadamente nacionalista que se venía incubando desde hacía décadas.

Inmediatamente de finalizada la contienda, el estado de disconformidad y rebeldía de la clase obrera se agravó más aún y como expresa Stanley Payne en su obra “Falange: Historia del Fascismo Español”, “...la colusión del fanatismo chouvinista con los intereses conservadores consiguió desplazar a la opinión pública en favor del nacionalismo y en detrimento del concepto de clase...”. Es decir, comenzaron a surgir híbridos políticos que trataban de amalgamar los intereses conservadores con los objetivos de clase, para de esta manera mediante los lineamientos nacionalistas tratar de controlar el pensamiento socialista.

Su fuerza radicó en el temor de las capas medias de la sociedad europea al avance de las ideologías de izquierda y que veían en la coordinación corporativa de las fuerzas económicas de la nación como una nueva doctrina, la única capacitada para enfrentar la rebelión proletaria.

Ya todos tenemos muy claro que el nacionalismo caló hondamente en naciones como Italia, en donde el fascismo trató de conciliar las aspiraciones nacionales y sociales y en la Alemania Hitleriana en donde se logró ahogar al sectarismo con una pasmosa oleada de nacionalismo.

 

 
José Antonio Primo de Rivera

Un punto a tener en cuenta, es que la corriente de pensamiento nacionalista se generó en forma primaria en países en gran parte o totalmente industrializados en donde una buena porción de la población se hallaba en condiciones de goce de ciertos adelantos tecnológicos y culturales brindados por su propio sistemas productivo, a los cuales, obviamente, no deseaban renunciar. En cambio, en el caso que nos hallamos analizando, España, la situación era inversamente proporcional a la realidades económicas y sociales de una buena parte de Italia y ni que hablar de Alemania, nos podemos encontrar con sobrados ejemplos que ilustran lo afirmado anteriormente en el bajo nivel de educación popular, el aislamiento cultural – aún entre las mismas regiones hispánicas – y su mediocre ritmo de desarrollo económico, lo que convertía a España en pluma de José Antonio Primo de Rivera en un país desestructurado o invertebrado.

Todos estos factores indicados, sin duda, generó un atraso real en la formación de la conciencia de clase organizada, encontrando puntos aislados de incipiente organización en la Barcelona industrial, la Asturias minera y ciertos sectores de la Andalucía latifundista.

Quizás el punto de inflexión para el surgimiento de un pensamiento nacionalista equiparable a los cánones europeos dentro de España, fue el surgimiento o, si se quiere llamar, el desbordamiento de un espíritu vengativo y revanchista por la pérdida de su estatus imperial y los estrepitosos fracasos militares en el Norte de Africa. España, en los albores del Siglo XX, era una nación pobre, atrasada y con nímeos recursos, pero su vocación imperial no se resignaba a desaparecer. Seguramente en este punto se halla un espacio en común con el resto de los nacionalismos, pero es palpable la diferencia de dinámica entre el nacionalismo europeo y el especialísimo y peculiar nacionalismo español.

Pero más allá de los conceptos generales que hemos plasmado, es interesante verificar que el germen específico de la creación de falange nace en la mente de un oscuro empleado de correo en el invierno de 1930. Ramiro Ledesma Ramos comienza a editar el diario “La Conquista del Estado”, donde tratará de dar forma a un novel concepto de nacionalismo. Intelectual, munido de un carácter peculiar, con pronunciados e irrefrenables ataques de entusiasmo combinados con profundas caídas en la inactividad más pasmosa, en palabras de Stanley Payne, Ledesma consideraba que la ideología nacionalista española no debía ser ni corporativista ni nacionalsocialista. Por aquellas épocas, el agrupamiento político más radical y revolucionario en el ámbito ibérico era el anarcosindicalismo, por todo, Ledesma pensaba que la cualidad izquierdista de la revolución nacionalista y la cualidad nacionalista de la revolución izquierdista podría sintetizarse y plasmarse en la revolución nacionalsindicalista, a su vez, Ledesma despreciaba tanto a los hombres de izquierda como de derechas, categorizando a los primeros como apátridas y a los segundos como reaccionarios, Albiñana incluido.

 

 
Ramiro Ledesma Ramos

Ledesma en sí, en su peculiar forma de pensamiento, abogaba por un llamado “filoanarquismo táctico”, es decir mediante la utilización de métodos violentos socavar las bases del entramado político español y a partir de esa crisis crear una nueva sociedad. A estas alturas, de todo se podía dar en España... y Ledesma Ramos no fue la excepción.

Otro de los padres fundadores del nacionalismo moderno español estuvo representado en la figura del vallisoletano Onésimo Redondo, creador de las Juntas Castellanas de Acción Hispánicas. El presente grupo poseía ideas afines a las de Ledesma, pero se diferenciaban en forma significativa en el tratamiento sobre temas relacionados con la Iglesia Católica en España. Pulidos estos asuntos en apariencia, en Octubre de 1931, Redondo y Ledesma fundan las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalistas, que nace de la fusión de los grupos de Madrid y Valladolid. Pero sin duda el actor más importante que actuó en beneficio del desarrollo del nacionalsindicalismo fue José Antonio Primo de Rivera, hijo del ex dictador General Primo de Rivera. Abogado y dedicado intelectual, el cual trató de generar en el movimiento conceptos de estética e idealismo tan ajenos y lejanos a las concepciones de Ledesma y Redondo.

 

 


Foto que inmortaliza el momento de la fusión entre los grupos de Ledesma Ramos y Onésimo Redondo en el año 1931.

Para José Antonio, el fascismo se hallaba encaramado en un plan que debía dirigir una minoría audaz, dispuesta a emprender una política radical de reformas económicas por medio de procedimientos autoritarios, utilizando el interés ideológico para suscitar el entusiasmo de la juventud. De esta manera, Primo de Rivera trata de infundir una corriente decididamente más estética a los duros pensamientos de Ledesma y Redondo, algo que a la postre el partido lo pagaría con creces.

El Partido Falangista se funda el 29 de Octubre de 1933 con un acto oficial ocurrido en el Teatro de la Comedia de Madrid en donde toman la palabra Primo de Rivera, Julio Ruiz de Alda (uno de los héroes de la expedición del hidroavión Plus Ultra junto con Ramón Franco) y Alfonso García Valdecasas. Los primeros tiempos fueron extremadamente duros, los fondos financieros eran escasos y los afiliados solo se podían reclutar de integrantes del partido monárquico Renovación Española, ex simpatizantes primorriveristas y un reducido grupo de estudiantes universitarios.

 

 
Onésimo Redondo.

En la realidad, el partido adolecía de grandes problemas económicos y de carencia de afiliados, el mismo se hallaba impotente para captar a los simpatizantes dentro del espectro de la derecha española, copada por elementos tradicionalistas, monárquicos y clericales. Para paliar esta calamitosa situación, tanto la Falange como las JONS decidieron en Febrero de 1934 unir fuerzas, el movimiento sería manejado por un triunvirato conformado por José Antonio, Ramiro Ledesma Ramos y Julio R. de Alda, la ideología fascista española adoptó el tono estético joseantoniano y el gran contenido práctico de Ledesma.

Más allá de la fusión de los dos partidos, la estructura no se moldeó correctamente y las destempladas y desesperadas ideas de Ledesma comenzaron a chocar con el intelectualismo y la visión política de José Antonio, lo que evidentemente no logró provocar impresión alguna en la política española, fracasando en todo acto eleccionario o acción política encarada.

Es importante sumarle a todos los problemas de índole político y financiero, la tensa situación interna en que se debatía José Antonio debido a la activa acción callejera de las izquierdas contra los partidarios de falange, su correspondiente respuesta a los actos violentos y la notoria represión del gobierno. Acerca de este tema, uno de los máximos estudiosos de la vida política de Primo de Rivera, Julio Gil Pecharromán, establece que la cuestión de las acciones violentas callejeras de los grupos de falange estaba en directa relación con los fondos que giraban los partidos monárquicos a Falange para tratar de hacer el mayor daño posible en las estructuras sindicales y partidarias de izquierda, es decir, que para los grandes partidos de derechas, Falange no era una opción de camino político, sino una mera agrupación de pistoleros encubiertos con una leve pátina de ideologismo.

 

 


Frente actual del Teatro de la Comedia donde se realizó el acto de creación de la Falange Española de las J.O.N.S.

A partir de estas cuestiones de fondo, la Falange comenzó a resquebrajarse internamente ante un José Antonio – paciente e intelectual – y la cada vez más militarizado y operativo sector liderado por el ex aviador Antonio Ansaldo, era evidente que la derecha no se hallaba interesada en el pensamiento falangista por ciertas características de su accionar político, su tono literario de la propaganda y su actitud radical en cuestiones de justicia social.

Para Noviembre de 1934, la situación no lucía ribetes de mejoría, Falange se iba debilitando como lo hacía la II República, el partido poseía menos de cinco mil afiliados y la capacidad económica era cada vez más crítica. Mientras tanto, José Antonio continuaba con su discurso “principista” y peculiarmente revolucionario, mientras el incendio lentamente lo iba rodeando todo. Al cabo de unos meses, Ledesma abandonó el partido, disgustado y peleado con José Antonio.

A partir de este momento, José Antonio se hará cargo absolutamente del destino de Falange y liberado del peso intelectual del desvariado Ledesma Ramos, propiciará un programa político intitulado los Veintisiete Puntos de la Falange, en donde impulsa la realización de un revolución de carácter nacional, basada en un estado fuerte, con gran intervención en las cuestiones económicas y una nacionalización absoluta de los servicios públicos y la banca financiera, mientras que en lo tocante a la participación política la misma estaría expresada en la manifestación de organismos naturales como la familia, el municipio, el sindicato y las corporaciones. Algo que posteriormente Franco lo tomó como su estandarte discursivo y táctico en lo político.

 

 
Francisco Franco utilizaría parte de la estética y discurso de la Falange durante su larga Dictadura.

Esta fue la ocasión en donde Falange trató de generar una doctrina política para su ecléctica ideología. Pero la misma no se plasmó en resultados positivos dentro del marco de la legalidad. Llegado el año 1936, las elecciones de Febrero resultaron un verdadero fiasco para introducir un legislador en las cortes, pero en cambio comenzó a producirse un aumento en las filas de afiliados para enfrentarse desde la táctica violenta a las agrupaciones políticas del triunfante Frente Popular. Quizás, este fue el hito que marcó el fin de la falange auténtica: perseguidos y combatidos sus afiliados por las izquierdas y por el gobierno, José Antonio fue apresado en Marzo de 1936, acusado de intervenir en una conspiración golpista, el estallido de la guerra civil lo sorprendió en la Prisión Modelo de Alicante donde fue fusilado el 20 de Noviembre de ese año, casualmente el mismo día que moriría el Generalísimo pero en el año 1975. Para colmo de males también fueron asesinados Onésimo Redondo y Julio Ruiz de Alda, este último dentro del grupo de víctimas de la Cárcel Modelo de Madrid en Noviembre del ’36, Ledesma Ramos, al poco tiempo, también seguiría el mismo destino. Es decir, toda la cabeza de Falange fue aniquilada los primeros días de la guerra, dejando al partido sin sus actores de primer orden, a la deriva. A la postre, le llegaría el turno a Manuel Hedilla, Dionisio Ridruejo y Raimundo Fernández Cuesta los cuales serían actores y testigos de la unificación con los carlistas en el “Movimiento Nacional” instaurado por el General Franco.

 

 
José Antonio y Ledesma Ramos.

El pensamiento de José Antonio sería tomado como bandera, pero adaptado a los gustos e intereses franquistas, a la postre, solo quedaría una leve cáscara, sin el contenido ideológico puro y ecléctico que pregonaba la primera falange.

El partido minoritario y débil, se convirtió en la expresión política del régimen, único lugar de expresión en el foro participativo a la sombra del General Franco y con el hipócrita recuerdo de José Antonio como estandarte destacado en todos los ámbitos.

Como conclusión al presente artículo, y tomando como reseña todo lo expresado anteriormente, sólo rescataré una sola característica que hermana a los dos partidos que llegaron a representar las dos caras de esa España que espero no se repita más. Esa característica esta representada en la impotencia para no cortar con sus respectivos agentes benefactores y controladores. El Partido Comunista no osó enfrentar a Moscú y la Falange prefirió doblegarse ante la acaparadora sombra de Franco.

A la vez sus destinos, y aunque parezca difícil de creer, fueron comunes, ambas agrupaciones se hundieron en el oscuro mar de la proscripción: los comunistas en la legalidad política y los falangistas en la ideológica y para colmo de males terminaron defendiendo las causas y los valores que habían jurado desterrar del ajetreado y pestilente ámbito político español.

Por Gabriel H. Cortés
Noviembre de 2005
 

Clásica estampa falangista de José Antonio.

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