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Un enigma en uno
de los fundamentos de la cultura occidental.
El misterio de Santiago.
Santiago de Compostela es, y ha
sido, uno de los principales lugares de peregrinación cristiana que,
junto con el culto al Apóstol, se transformó en un elemento de vital
importancia desde donde se reconstruyó el mundo europeo. El Licenciado
Higinio Martínez Estévez aborda el enigma histórico, en donde
se entrecruzan el cristianismo y el panteísmo celta, desde el análisis
de la creación y realización del mito, que curiosamente no se contradice
con la fe.
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Por Higinio
Martínez Estévez.
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Pocos
temas históricos hay tan enredados como el de los orígenes del culto
de Santiago. También pocos tan centrales en la trama de la identidad
occidental. Por su íntimo misterio y delicadas implicaciones merece
un poco de atención, sobre todo hoy cuando el tiempo parece ya maduro
para una síntesis. Cada 25 de julio los gallegos celebran el día de
su patria gallega, coincidiendo con la celebración de su patrono Santiago,
apóstol de Jesús, hijo de Zebedeo y hermano de Juan el Evangelista.
Y Santiago es también patrono de todo el estado español. Es patrono
de Galicia porque su culto, nacido en torno a su descubierto sepulcro,
en el noreste peninsular, vertebró la identidad gallega a partir de
la Edad Media. Es patrono de España, porque la identidad del estado
español se cimenta en la reconquista galvanizada por ese culto. En fin,
es una raíz esencial de la identidad europea occidental porque ese santuario,
en el borde del mundo occidental, recreó la autoconciencia de esa parte
del mundo, apagada tras el ocaso de Imperio Romano de Occidente.
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Catedral de Santiago de Compostela.
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Milagro de fe auténtica,
fundado sobre equívocos.
Antes de seguir, quiero
declarar mi condición católica. Si muchos de los extremos a desarrollar
no están hace mucho en el dominio público, es porque desde distintas
posiciones se ha venido estimando que el asunto, o afectaría la fe,
o enconaría los ánimos. Ahora bien, la circunstancia de que, con materiales
misteriosos o equívocos, desde una postración total, se haya podido
construir un renacer europeo, es en sí un portento bastante impresionante.
Es que las sociedades religiosas obedecen también a las leyes de la
sociología y de la historia y es con ellas que la Providencia opera,
encarnadamente, nunca ex nihilo. Así, Roma es la cabeza de la Iglesia
católica romana porque allí estaba el centro del Imperio. Toledo es
la sede del primado español porque era la capital de la Hispania goda.
Y Braga es la sede del Primaz das Espanhas porque allí estaba la capital
de los suevos peninsulares. Y Compostela, el gran santuario occidental,
el centro de la celebrada Jakobsland, que por siglos fue una especie
de capital espiritual de la Europa occidental, parece carecer de un
pasado evidente. Sin embargo lo tiene, y develarlo tal vez permita conocer
mejor esa identidad esquiva de la que todos los occidentales participamos,
cualquiera sea nuestra patria.
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¿Por qué los europeos
de occidente creyeron haber descubierto el sepulcro del apóstol Santiago?
El dichoso dioscurismo.
Santiago (o Jacobo) y su
hermano Juan, hijos de Zebedeo, fueron calificados por Jesús de "hijos
del trueno" (Marcos 3, 17), por su carácter violento (Lucas 9,
54). En cualquier lengua semítica "Hijos del trueno" vale
tanto como "atronadores, ruidosos, alborotadores, violentos".
Por calco del árabe, en castellano se ha usado "hijo de + sustantivo"
como procedimiento de adjetivación. Ahora bien, esto lo entendían rectamente
los letrados, los sacerdotes. El pueblo campesino, durante el primer
milenio del cristianismo, conservaba los códigos y arquetipos del paganismo,
morigerados con una pátina evangélica. Los mitos paganos, que como meras
historietas redescubren las clases cultivadas en el renacimiento, en
el pueblo eran materia viva tradicional, folklórica, tal vez arrinconada
en zonas inconscientes, pero vigente con modulaciones. Por eso, en Occidente,
hijos del Trueno sólo podía entenderse como hijos del dios Trueno, hijos
del dios del rayo y de la tormenta, dios de la llamada "segunda
función" en las conocidas tesis de Georges Dumézil; es decir, el
Thor escandinavo, el Indra védico, el Táranis céltico, etc. Y esos hijos
eran los Dioscuros de la mitología griega en versión doria. Los dorios,
se sabe, eran los griegos recien-venidos, los que no habían sufrido
los cambios profundos operados por las civilizaciones mediterráneas
preindoeuropeas en las tribus indoeuropeas llegadas en la edad del bronce.
Los dioscuros dorios (como los Nasatya védicos, Rómulo y Remo en la
primitiva religión romana, los Alkis germanos, etc.) eran dioses gemelos
representantes del pueblo productor, dioses de la tercera función de
Dumézil. Esos Dioscuros, Cástor y Polux, inmortal uno y mortal el otro,
habían solicitado turnarse en el disfrute de la inmortalidad. Esta condición
alterna los caracterizó secundariamente en el paganismo tardío con unos
caracteres solares que en un principio tal vez no tenían. En las fuentes
de época romana aparecen frecuentemente como símbolos del sol naciente
y del sol poniente.
Se ha objetado - en relación
con la realidad de su culto en Hispania - los escasos rastros arqueológicos
que de ellos nos dejó la antigüedad. La escasez es real, pero totalmente
coherente con su condición de representantes de la masa de la población,
en cuanto productora y diferente de los sectores hegemónicos, sacerdotes
y guerreros nobles. Eran dioses de las capas de población que precisamente
no suelen dejar registros, de aquellos que no tienen voz. Para evitar
el anacronismo que esta última frase puede suscitar, aclaremos que esa
población incluía a los más ricos, a los caracterizados precisamente
por la riqueza, a sus productores. Son los burgueses del Estado Llano
medieval que llega hasta la revolución francesa. Repetimos: todo el
pueblo productor de bienes, rico o pobre, pero caracterizado por producir
riqueza, y diferente de las capas que ejercen algún tipo de liderazgo
o dominio, sea por su prestigio intelectual, sea por su poder o fuerza.
Aunque los rastros de los
Dioscuros sean naturalmente escasos, no dejan de existir. Concretamente
en Hispania se documenta una tradición viva e ininterrumpida en Zalamea
de la Serena, en Extremadura, territorio de la antigua Lusitania. Allí
se construyó, en los primeros siglos de nuestra era, en el paganismo
tardío, un enorme distilo (dos grandes columnas sobre un pedestal, unidas
por un breve cornisamento) sin inscripciones ni más indicios de su significado.
Los arqueólogos, que lo han restaurado, suelen ignorar que ese es el
monumento típico de la devoción a los Dioscuros. Entre los dorios, éstos
eran representados con dos postes verticales cruzados por una viga,
representación esquemática de la casa. Ahora bien, la zona de Zalamea
viene del árabe salamiya "pacífica", nombre que los musulmanes
le dieron subrayando la condición real y mítica del territorio, apto
para la producción y coherente con los valores que representan los Dioscuros.
Como los Vanes escandinavos, los Dioscuros pueden combatir, pero la
paz es su valor preferido. Con tal monumento, los ricos labradores hispanorromanos
demostraban su autocomplacencia y daban prueba de piadoso agradecimiento.
El monumento era ostentoso y mudo, ostentoso como lujo de nuevo rico
y mudo para la Historia como los registros no heroicos.
Decíamos que esa tradición
es tradición viva, y tanto lo es como que en ella abreva la leyenda
que Lope y Calderón recogieron, como supuestamente histórica, en sus
respectivas "El Alcalde de Zalamea", leyenda que no es sino
la exaltación del jefe popular, comunal, del alcalde, que debe enfrentar
la violencia que los guerreros ejercen sobre la tierra. No deberíamos
abundar más en la prueba de la vigencia de los Dioscuros en Hispania,
porque no es el objeto de estas líneas, y pensamos que ha quedado probada.
Podrá siempre levantarse la opinión escéptica que se extraña de supervivencias
tan demoradas, ahí cabrá contestar con las bien estudiadas y documentadas
supervivencias paganas de la estantigua, de la compaña, la mesnada de
Hellequin, etc., todas antiguas y vigentes en el folklore europeo y
vecinas de las que nos ocupan. Sin duda, los Dioscuros fueron adorados
en el paganismo e hispánico, y los campesinos cristianos siguieron repitiendo
historias y arquetipos dioscúricos, que inconscientemente los representaban.
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Santiago Apostol en su lucha contra los
musulmanes.
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La tradición apostólica.
En cuanto a la tradición cristiana, allá
por el siglo IV o V comienzan a circular por Europa unos opúsculos donde
se intenta poner orden en las noticias escriturales y tradicionales
sobre los campos de predicación evangélica de los apóstoles. De muchos
de ellos se sabía dónde se habían desarrollado su proselitismo, de otros
no. Entre tanto, se había consolidado una leyenda sobre la supuesta
inmortalidad de Juan Evangelista, que él mismo (Juan 21,22) debe encargarse
de desmentir, y que persistía tenazmente por su fama y longevidad. En
estas condiciones, seguían flotando en el aire historias paganas que
hablaban de los hijos del dios Trueno, de los que uno era inmortal y
el otro era mortal, y a uno de los cuales correspondía el Oriente y
al otro el Poniente. De San Juan se sabía su radicación en Éfeso, en
Asia menor. A Santiago, según narran los Hechos de los Apóstoles (Hechos
12), lo había hecho ejecutar Herodes (Agripa I) "por la espada",
en los días de los Ázimos, vísperas de la Pascua del año 44. De Santiago
no había noticias de que hubiese hecho proselitismo fuera de Palestina.
Una versión inocente inspirada en aquel esquema mítico, arquetípico,
como la del "Himno a Santiago" del Beato de Liébana (700?-798)
- que después de aludir a los consabidos "Hijos del Trueno"
adjudica el Asia a Juan y la Hispania a Santiago -, resultaba totalmente
congruente y la repetición machacona la confirmaba en forma constante.
Si Santiago era hermano del apóstol de Oriente con fama de longevo y
casi sospechado de inmortal, a él, al que no se le conocían viajes y
había muerto pronto, como el dioscuro mortal y occidental, le debía
corresponder el Occidente. Cuando se vive dentro de un mito, en una
idea-fuerza vigente y operante, no se tiene conciencia de él y no hay
modo de sustraerse a su dominio.
La versión estaba servida, resultaba congruente,
"necesaria", como la misma verdad, pero además encontraba
un eco complacido en la Europa occidental, que carecía de títulos nobiliarios
desde la caída del Imperio Romano en Occidente y de la aculturación
creciente de sus poblaciones.
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Imágen de Santiago Apóstol en el Pórtico
de la Gloria de la Catedral de Santiago de Compostela.
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El apóstol Santiago
y las fechas.
30 de marzo del 44: En
Oriente se había calculado que la Pascua del año 44 d. C había caído
en 30 de marzo. Los Hechos de los Apóstoles (cap. 12,3) no precisan
el día de la muerte de Santiago: "Eran los días de Ázimos"
cuando se produce la detención de Pedro, por decisión de Herodes Agripa,
ante el eco favorable producido por la ejecución de Santiago. La Fiesta
de los Ázimos, que comprende la Pascua, dura siete días. Luego, sólo
se sabe que esa muerte se produjo pocos días antes de cualquiera de
los siete días anteriores al 30 de marzo del 44 d. C.
25 de marzo: En los primeros
siglos del cristianismo, se conmemoraba a Santiago cinco días antes
- cinco número convencional, menor que siete - de ese 30 de marzo, es
decir, el 25 de marzo. Así consta en martirólogios del la cristiandad
oriental que datan del s. VI.
30 de diciembre: Sin embargo,
en la cristiandad occidental la fecha de conmemoración de Santiago era
otra. En Hispania cristiana el reino de León, todavía en el 898, cuando
ya se lo veneraba en Santiago de Compostela, el día era el 30 de diciembre,
es decir, el día siguiente del entonces destinado a honrar a su hermano,
San Juan el Evangelista, el 29 de diciembre. Así lo testimonia un documento
de Alfonso III del referido año 898: "in die festivitatis supradicti
patroni nostri sci. Iacobi, III kalendas januarias" ("tertio
kalendas januarias" = el tercer día anterior a las kalendas de
enero; kalendas januarias = 1ro de enero).
25 de julio y el Venerable Beda:
El origen de la elección del 25 de julio como día de Santiago es otra
compleja historia. Los datos escuetos, como los pudo establecer Sánchez
Albornoz, son que el 25 de julio aparece por primera vez referido a
Santiago en obras anglosajonas atribuidas al Venerable Beda (675-735).
De ahí la costumbre pasó al mundo carolingio y luego a la restante cristiandad
occidental. Aparece en la península en la Marca Hispánica del imperio
carolingio, es decir, en la Cataluña cristiana. De los cristianos de
los Pirineos pasa a los cristianos de Al-Andalus. Es recién después
de todo ese curso que los cristianos de Gallaecia, es decir, del Reino
de León, acaban por adoptar el nuevo uso, ya bien entrado el s. XI.
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El 25 de julio y los
orígenes del culto imperial.
Otro asunto es determinar por qué ese uso
surge entre los sajones insulares. Aunque daría lugar a un trabajo mucho
más extenso, es preciso decir aquí que todo nace de la genial manipulación
que César Augusto hizo de la teología del paganismo céltico para sacralizar
su nuevo poder imperial. Impedido de utilizar la memoria de los últimos
reyes romanos, usurpadores etruscos sobre cuya denigración se había
fundado la historia civil y oficial de Roma, apeló a la religiosidad
de tres cuartas partes de sus nuevos súbditos, los pueblos de lengua
y cultura céltica. Entre éstos, en nuestro primero de agosto, al concluir
las cosechas, se celebraba el festival de Lugus, el dios-rey. Este festival,
el más importante para estos pueblos, celebraba el hierogamos o matrimonio
sagrado de Lugus con la Tierra, que es el arquetipo de poder de todo
rey más o menos primitivo. Todo rey es un consorte de la tierra, que
fecunda si es fuerte y potente, y que en los tiempos primitivos era
depuesto por un sucesor más apto. Desde Frazer esta estructura arquetípica
es reconocida por la vía consciente. Pues bien, Augusto fundó el culto
imperial, la adoración del emperador, en Lyon (Lugdunum "la ciudad
de Lugus) en el primero de agosto del 12 a. C, con la inauguración
por su yerno Druso del santuario federal de las Galias. Ya no hubo Sextilis
en Roma, ni Lugunastada o Elembiwi entre los celtas, sino Augustus o
Agosto, mes del nuevo Lugus, el nuevo dios-rey Augusto.
Los otros tres festivales célticos del
año subsistieron en el folklore o reciclados. El de la diosa Briganti,
el primero de febrero (o equivalente) hoy es la Fiesta de la Candelaria,
el 2 de febrero, en honra de la Madre de Dios. El primero de mayo (o
su equivalente) se celebraba "Belotenia" (en irlandés antiguo
Beltene), una fiesta del renacimiento, aún celebrada en el siglo pasado
por los campesinos de Europa como fiesta de los Mayos y hoy curiosamente
reciclada como día del Trabajo. El primero de noviembre es el día cristiano
de Todos los Santos, pero todavía el folklore (Hallowe'en) recuerda
que es, en el hemisferio norte, el comienzo del año oscuro, es decir,
el Samonis de los celtas, su primero de año.
Sólo el primero de agosto hoy no se recuerda,
pese a haber sido el festival más importante. ¿Por qué? El significado
político determinó su absorción en el culto imperial, es decir, para
la religión oficial, que es la religión del estado y del rey que lo
preside y conduce. Ahora bien, cuando Roma cae, la única referencia
visible que sustituye al emperador es el Romano Pontífice, que por ser
ya entonces célibe dificultaba la transmisión del mito. Además, esta
concepción era de las Galias, comprendida la Cisalpina. Tanto la interferencia
de carácter político cuanto la condición célibe del pontífice acabaron
por enervar la memoria del festival. Sin embargo, subsistieron algunos
indicios de que en el primer milenio, los campesinos de los territorios
que habían hablado céltico todavía asociaban a Pedro con Augustus-Lugus.
Es por eso que la liturgia anglosajona santificaba el 1 de agosto, la
fiesta de la cosecha, el Lammas o fiesta del Pan, con la celebración
de la Fiesta de la Liberación de Pedro (Saint Peter in Chains). El primero
de agosto, día de Lugus, día de Augusto, era entre los sajones cristianos
el día de Pedro, el Romano Pontífice, y de su gloriosa liberación. Coherentemente
con esa concepción, el Venerable Beda fija la fecha conmemorativa de
Santiago "octavo kalendas augusti", es decir exactamente siete
días antes del primero de agosto. San Pedro había resultado milagrosamente
liberado de la cárcel en la Pascua del 44, pocos días después de la
ejecución de Santiago. Como la Pascua cristiana es de Cristo, para honrar
al primer obispo de Roma debía elegirse otra fecha. La costumbre reciclada
de los cristianos occidentales que hemos estado siguiendo le asignaba
el 1 de agosto. Luego para Santiago quedaba la semana anterior. Es complicado,
pero a la vez extremadamente simple.
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Camafeo con la efigie de César Augusto.
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Volvamos a Galicia.
De predicación apostólica en Hispania solo
hay datos de San Pablo, que en sus cartas anuncia la intención de llevarla
a cabo. La predicación de Santiago era cronológicamente casi imposible:
tendría que haber contado con medios de transporte casi modernos, y
es inverosímil por muchas razones. ¿Cómo pudieron creerlo tan fervorosamente?
Es tópico hablar de la credulidad medieval, pero se olvida que en sus
formas más chocantes un fenómeno popular. Aquí los letrados de la época
participan candorosamente del entusiasmo del descubrimiento.
Prisciliano: En el año
385, ante la Porta Nigra de la ciudad de Tréveris, orientada hacia el
norte, fue decapitado -bajo la potestad del usurpador Clemente Máximo,
dux Britanniarum levantado contra el emperador Teodosio- el obispo Prisciliano,
cabeza de un movimiento religioso que aún hoy se debate si era heterodoxo,
aunque tiende a prevalecer la opinión que lo exculpa. Envidias y la
codicia del fisco del usurpador darían la clave de su destino. Carismático
y polémico, fue el primer cristiano muerto por la voluntad de otros
cristianos a causa de sus opiniones religiosas. No estudiaremos aquí
el priscilianismo, pero podemos al menos caracterizarlo como una tendencia
mística de aspecto gnóstico, que despertó odios personales.
Su influencia persistió en todas las tierras
occidentales, particularmente en Galicia, adonde fue llevado su cuerpo,
con el de los discípulos ejecutados con él. Consta que allí se les dio
sepultura y se los veneró como mártires, al menos durante los dos siglos
siguientes. En las excavaciones efectuadas en el subsuelo de la catedral
de Santiago aparecieron restos de un cementerio paleocristiano no anterior
al siglo IV.
Apelo de nuevo a la autoridad católicamente
ortodoxa de Claudio Sánchez Albornoz para no extender más el misterio
del sepulcro de Prisciliano. No caben demasiadas dudas de que el cuerpo
guardado en el santuario de Compostela es el suyo. Corre por cuenta
de cada uno el uso que se haga de esa afirmación, que no es nueva, que
corre desde hace mucho y no es sano reprimir. El apóstol Santiago de
los Evangelios está en ellos y en unión con el Señor; pero sus restos
mortales - seguramente perdidos en Jerusalén, o en la Achaia Marmárica
que mencionan los documentos medievales - ciertamente en Compostela
no están. La interferencia del mito y el folklore en la devoción popular
era inevitable y toca a los que saben y guían, que alumbren y guíen.
Pongamos el caso de un modo más claro,
con el esquema aristotélico de las causas. Tal vez así veamos que hubo
realmente un milagro de fe histórico, un portentoso despertar de energías,
surgidas de no se sabe dónde y reconducidas para cambiar la historia.
No por parecer escolásticos, sino para poner en orden en el caso, veamos
la causa eficiente (el principio por el que algo se produce), la causa
material (la materia prima que resulta informada), la causa formal (la
esencia o forma que adopta la materia prima) y la causa final (el fin
que el agente se propone).
Hay opinión pacífica en cuanto a que la
causa eficiente del culto a Santiago fue la angustia mortal de los galecos,
de los hispanos cristianos, y de los cristianos europeos en general
ante el avance musulmán, que en un momento pareció que iba a inundar
a la Cristiandad toda. No hay angustia más dura que la de un mundo que
se derrumba, mucho más afligente que la de la muerte individual.
La causa material, es decir, la materia
prima brindada en bandeja de plata era la tumba venerada de Prisciliano,
tanto tiempo objeto de devociones, ahora vagamente apagadas, pero aun
rodeada del aura del sepulcro de un santo, venerable y anónimo mártir
de la fe. La tumba de un santo mártir más la noción vastamente difundida
de que Santiago, nuevo Dioscuro cristiano, habría predicado en Hispania.
El mentado Himno a Santiago del Beato de Liébana, autor de un prestigioso
comentario al Apocalipsis, en el primer siglo de Al-Andalus, ya documenta
la creencia en el Santiago fundador excelente y específico de la cristiandad
occidental, u destaca su apellido de Hijo del Trueno, junto con Juan:
"regens Johannes dextra solus Asiam/elus frater politus Spaniam...".
La causa formal que adopta esa materia es cuestión de opinión y de fe.
Los ladrillos renuevan su forma desde la raíz. Sólo un cambio mental
nos puede dar cuenta de la nueva situación. Ningún reduccionismo monista
explicará lo portentoso a partir del análisis de sus elementos. Es preciso
que se abra la mente a otras realidades simultáneas y sumar a todo la
síntesis. Nuestro siglo XX, como el XIX, aún está verde para entenderlo.
Para no extendernos, digamos que esa causa es misteriosa, como lo es
en general todo lo que viene del inconsciente individual y colectivo.
La causa final es obviamente la voluntad de reconquista, de expulsión
del Islam. El fin intrínseco sería consolidar a Occidente, y el fin
extrínseco expulsar a los que lo impedían. Todo lo cual se plasma en
la anti-Meca que de hecho Santiago de Compostela en efecto fue.
Como se habrá podido comprobar --si se
tuvo la larga paciencia de llegar hasta aquí--, el asunto es simple
pero complicado; fascinante y crucial, pero tremendamente embrollado.
Tal vez por eso el misterio seguía rodeándolo. ¿Qué sucederá si, según
parece, se ha acertado a desatar los nudos? Seguramente algo bueno;
los optimistas persuadidos no podemos sentir de otro modo. Y aunque
así no fuera, en esta sociedad global, cualquiera sea nuestra condición
o creencias, no podemos sustraernos al influjo de las aguas hondas que
se agitan allá abajo. Y un poco de claridad nunca viene mal.
 |
Por Higinio
Martínez Estévez.
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Urna funeraria de plata ubicada en la cripta
de la Catedral Compostelana con los restos de Santiago (¿o de Prisciliano?)
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En este espacio,
estimado lector,
vuelque sus
comentarios e
inquietudes.
Muchas gracias.
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