El nepotismo de los Posse.
¿Sólo una historia de antaño?

Una muy poderosa familia en la provincia argentina de Tucumán, fue protagonista de una época, cuya historia en la actualidad parece copiada en varias provincias argentinas, a pesar de los tiempos...

Por Pablo Rodriguez Leirado.

 

Esto sucedía en Tucumán, una provincia de la República Argentina, durante el siglo XIX y el clan que tanto temor reverencial generaba fue protagonista de una época. De sólo pronunciar su apellido se temblaba. No hacía falta acompañarlo de ningún nombre para que toda puerta se abriera... la familia era poderosa. Eran los Posse.

Génesis de un nepotismo.

Manuel Posse había llegado, con sus hermanos Gerardo y Francisco, a Buenos Aires en la segunda mitad del siglo XVIII, cuando esta ciudad era la capital del virreinato español del Río de la Plata. Los hermanos Posse eran oriundos Camariñas, provincia gallega de La Coruña. Pero solo Manuel se radicó en Tucumán.

De aspecto severo, con fríos ojos azules, inteligente y laborioso, no le costó mucho hacer fortuna, aunque algunos lo atribuyeron a su casamiento con la bella doña Agueda Tejera y Domínguez, hija del alcalde Fermín Tejera, que era dueño de almacenes, sierras y carretas, que - vía matrimonio - heredó Manuel.

Con las carretas Posse se convirtió en un poderoso intermediario entre el puerto de Buenos Aires y la región más rica y poblada de América del Sur: Perú. Pero las guerras de la independencia fracturaron las redes comerciales trazadas a lo largo de Iberoamérica. En lo que sería luego la República Argentina, la ruptura se produjo a la altura de la quebrada de Humahuaca, y Manuel ya no pudo seguir haciendo aquel negocio.

 

 

Don Manuel Posse, el primero que se afincó en Tucumán y Doña Agueda Tejerina de Posse, tia del general Roca, dos veces presidente de Argentina.

El aire de Mayo

A fines del siglo XVIII la economía basada en la extracción de metales llegó a su fin. Los productos extranjeros se tornaron insustituibles porque la producción española era insuficiente. Así fue como la metrópoli europea se transformó en simple intermediaria. Liberalizado el comercio, Inglaterra - mediante sus casas exportadoras - penetra en América, y el ideario independentista en las oligarquías criollas. Uno de los principales motivos de la Revolución del 25 Mayo de 1810 fue el deseo de eliminar la intermediación de España, cuyo Estado ineficiente y burocrático necesitaba de altos impuestos para sobrevivir. En las colonias se beneficiaron los comerciantes monopólicos y los productores agrícola - ganaderos vinculados a la exportación. Quienes perdieron fueron los artesanos, empobrecidos por la competencia desigual con los productos importados, los pequeños colonos absorbidos por el latifundio y la minería, que decrece por técnicas de producción anticuadas.

A pesar de conocer las nefastas consecuencias que produce la guerra en el intercambio comercial, y su origen europeo, Manuel Posse adhiere fervientemente a la causa de Mayo - que inició la lucha por la independencia que finalmente fue declarada el 9 de julio de 1816 -. No podía ignorar las ventajas de reemplazar el monopolio centralizador de España por el de los comerciantes liberados de su yugo. Sin embargo no siempre mantuvo una relación grata con los partidarios de la independencia Argentina. Su condición de europeo provocaba recelo en algunos criollos, que habían sido discriminados de los cargos públicos durante la Colonia. No obstante, ganó prestigio y consolidó su posición.

 

   
 

Tras la independencia

Las contiendas produjeron el estancamiento de Iberoamérica en materia económica y su transformación en compradora de manufacturas. Además, el costo de las guerras se cubrió con endeudamiento externo. El resultado político fue que la oligarquía de Buenos Aires se alió con los terratenientes y comerciantes del interior, para heredar el sistema de privilegios delineado a fines de la etapa colonial, por medio de gobiernos centralizados y autoritarios.

El esfuerzo realizado para independizarse de España había dejado debilitadas a las burguesías urbanas. Mientras se reorganizaban para tomar el poder, buscaron como aliados a los terratenientes, como Juan Manuel de Rosas, que aceptaron la alianza porque las necesitaban como intermediarias comerciales con Inglaterra, la potencia económica dominante. Ellos, a su vez, les aseguraron el control interno impuesto con férreo autoritarismo bajo el lema "paz y orden"; habían aceptado formalmente el acceso de las masas al poder, pero se esmeraron en impedir su participación real.

Una vez mas, las oligarquías urbanas se encaramaban en la cúspide política, gracias a los intereses del tráfico comercial. Los estancieros de entonces se dedicaban a la exportación del cuero a Europa y el tasajo (carne salada) a los estados esclavistas de Norteamérica. La gran propiedad del interior se basaba en los mismos principios de la estancia, pero no producía para las exportaciones, sino para el mercado interno.

 

 

Brigadier General Juan Manuel de Rosas.

"El juez de paz... Ay no más hizo una arriada en montón" 
(Martín Fierro)

La gran hacienda fue la nueva estructura económica rural. Originalmente, la estancia era una extensión pequeña o mediana de tierra dedicada a la agricultura, pero cuando poderosos grupos urbanos obtuvieron enormes extensiones territoriales casi gratuitamente - como sucedió en la provincia de Buenos Aires con la ley de Enfiteusis en 1823 de Bernardino Rivadavia, el primer presidente argentino -, aparecen los grandes hacendados.

Este sistema de explotación requirió mucha mano de obra. El gaucho, convertido en asalariado rural quedaba atrapado por la "boleta de conchabo", certificado de trabajo que debía portar para no ser confinado al servicio militar en las fronteras con el territorio de los indios, como se cuenta en el "Martín Fierro". La represión se lograba fácilmente porque se había delegado la autoridad pública a los hacendados, convirtiéndolos en jueces de paz. Además contaban con el sistema de endeudamiento del gaucho: la pulpería.

A mediados del siglo XIX la nueva lucha de poder se dio entre los unitarios liberales - anticlericales, antimilitaristas y partidarios del libre comercio - y los conservadores o federales - terratenientes, hacendados, herederos del orden colonial -. Los Posse, que habían sido comerciantes antes de llegar a ser grandes terratenientes, tomaron partido por los unitarios, lo que provoco que fueran perseguidos durante el régimen de Juan Manuel de Rosas, el gobernador de Buenos Aires. En realidad Rosas era la autoridad suprema del país, ya que el resto de los gobernadores delegaron en él la representación exterior de sus provincias y dirigía los destinos de la principal provincia Argentina. Su mandato se extendió desde 1829 a 1832, período en el que ejerció con "Facultades Extraordinarias"; y desde 1835 a 1852, etapa en la que gobernó con "la suma del poder público". Por la férrea disciplina y el rigor que impuso después de la anarquía reinante como consecuencia de los largos años de lucha por la independencia, fue denominado "El Restaurador de las Leyes", generándose una situación de culto a su personalidad.

Los primos Wenceslao y José Posse, nietos del Manuel de nuestra historia, deben emigrar en 1841 - uno a Bolivia y el otro a Chile -, por la sublevación contra el Restaurador en Tucumán, cuyo líder revolucionario era Marco Avellaneda (padre del futuro presidente Nicolás Avellaneda), quien terminó decapitado en Metán (Provincia de Salta). Ambos retornaron en 1845. Wenceslao retomó la actividad económica instalando un ingenio azucarero, y José ocupó diversos cargos públicos en Tucumán.

 

 

De izquierda a derecha: José, periodista en tiempos de la organización argentina; David, médico destacado en la epidemia de cólera de 1886-87; y Wenceslao, retratado por Lola Mora de joven.

El irresistible ascenso

Si hasta entonces las grandes potencias industriales habían buscado en América un mercado donde ofrecer sus manufacturas, a fines del siglo XIX necesitaban materias primas para abastecer sus industrias y alimentar a un proletariado que colmaba las ciudades. También buscaban un lugar donde invertir sus excedentes de capital. Este cambio del panorama internacional consolidó la monopolización del poder de las oligarquías urbanas, que también eran importantes en el área rural pues poseían estancias y grandes extensiones de tierra.

Luego de la derrota de Rosas en la batalla de Caseros (1852), el país adquirió su organización definitiva, de la mano del presidente Justo José de Urquiza - el vencedor - con la sanción de la Constitución en 1853. Los Posse no dejaron pasar esta oportunidad, ya que una vez liquidado el régimen de Rosas, nada se interpuso en su ascenso.. Para este fin armaron un sistema de influencias, constituido por una red de notables: nada menos que su primo, Julio Argentino Roca, que fue dos veces presidente y quien manejó los hilos del poder desde 1880 hasta la primera década del siglo XX; también el tucumano Nicolás Avellaneda, presidente desde 1874 a 1880 - hijo de su antiguo compañero de lucha Marco Avellaneda - ; y un amigo íntimo de la familia, el presidente Domingo F. Sarmiento (1868-1874).

 

 

Don José Posse con su íntimo amigo y quien fuera luego Presidente de la República, Domingo Faustino Sarmiento.

Así, en Tucumán José Posse fue ministro de Gobierno en 1852, se desempeñó varias veces como interino en el Ejecutivo y fue gobernador titular de 1864 a 1866. Camarista y juez en varias oportunidades, diputado nacional, senador suplente por la capital (1858), fiscal de Estado, constituyente del ´60, rector del Colegio Nacional y, al mismo tiempo, un famoso periodista.

Por su parte, Wenceslao Posse, que en 1856, como Convencional, fue uno de los sancionó la Constitución Provincial, fue partidario incondicional de la modernización de la industria azucarera de su provincia. En 1866 trajo maquinaria de Liverpool y como en esa época no llegaba el tren a Tucumán, hizo subir las máquinas desde Buenos Aires a lomo de burro. Esta base económica le permitió ser gobernador en 1866.

Entre otros miembros destacados de la familia cabe mencionar a Juan Posse (hermano de Wenceslao), gobernador en 1886 y posteriormente diputado nacional; y su hermano Emidio, diputado nacional en 1884.

La caída

Hasta la primera década del siglo XX, el poder de esta familia fue absoluto. Aun cuando no tuvieran cargos públicos, eran una especie de señores feudales que se permitían elegir a todo tipo de funcionarios en la provincia. Construyeron puentes, caminos, hospitales y escuelas. Pero también dirimieron, sin apelación, los conflictos sociales, económicos y políticos de su tiempo. No rindieron cuentas a nadie y nadie se las pidió, o tal vez, nadie se animo a hacerlo...

Eso si, trabajaban duro. La fábula del dueño de estancias que vivía en Europa todo el año, en su caso es una leyenda, ya que las ganancias de sus establecimientos que iban modernizándose, debían ser reinvertidas en un proceso duro y costoso. Por ese entonces todavía contaban con mano de obra barata (aun no existían los reclamos gremiales).

Era la Argentina de la Generación del '80, positivista, progresista, autoritaria, elitista pero con una fachada democrática. La Argentina que fue liquidada con el ascenso de las clases medias que impulso el radicalismo de Hipólito Yrigoyen. La Argentina en la cual las burguesías urbanas fueron desplazadas u obligadas a competir por el poder.

Es el caso de los Posse, cuyo rastro se pierde entre los nombres de nuevas familias pudientes - producto de la industrialización -, como los Terán o los Padilla, que les arrebatan poco a poco su papel preponderante en la provincia. El cambio, en ese aspecto, fue definitivo, a tal punto que actualmente no existe nepotismo en Tucumán, situación que si sucede en otras provincias, como en Corrientes con los Romero Feris, y en otras familias como los Menem y los Yoma en La Rioja, los Sapag en la provincia de Neuquén, los Bravo en San Juan, los Rodríguez Saá en San Luis, los Juárez en Santiago del Estero, y todavía se siente la presencia de los Saadi en Catamarca. Muchas veces - aparte de la evidente violación de los principios democráticos y republicanos -, quienes portan estos nombres no se manejan con la dignidad que caracterizó al clan Posse. Nombres con los cuales - ya se sabe que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra - la historia vuelve a comenzar.

   
  • "Los Posse de Tucumán"
    Carlos Páez de la Torre (h). Revista "Todo es historia". Nro. 62. Junio 1972. Buenos Aires, Argentina.
  • "Nepotismos Provinciales"
    Eduado Saguier. Revista "Todo es historia". Nro. 291. Septiembre 1991. Buenos Aires, Argentina.
  • "Tucumán: vida política y cotidiana (1904-1913)"
    Carlos Páez de la Torre (h). Revista "Todo es historia. Nro. 74. Junio 1973. Buenos Aires. Argentina.
  • "Historia de los Gobernadores de las Provincias Argentinas"
    Antonio Zinny. 1921 Buenos Aires, Argentina
Por Pablo Rodriguez Leirado.
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