La historia olvidada.
El Tercio de Gallegos.

A principios del siglo XIX, cuando la Ciudad de Buenos Aires fue invadida por tropas británicas, un grupo de gallegos crearon un regimiento, cuyo protagonismo excedió el plano de lo puramente militar, contribuyendo a la gestación de Argentina como nación. Sitio al margen inicia una serie de artículos dedicados a este tema que irá presentando en sucesivas entregas.

Por Pablo Rodríguez Leirado.

 
 

Muy pocas veces en la historia una ciudad se enfrentó y derrotó con tal determinación a un ejército veterano y profesional para defender su propia cultura, su idioma y su libertad. Una vez que una sociedad pasa airosamente por esa experiencia tan dura difícilmente pueda volver a ser sumisa y aceptar ser menospreciada. Por lo menos por un par de generaciones.

Esta historia nace a partir de una institución concebida por uno de los pocos hombres que merece los apelativos de hacedor y padre intelectual de la Argentina como país: Manuel Belgrano. El 25 de noviembre de 1799, quien era Secretario del Real Consulado de Industria y Comercio del Virreinato del Río de la Plata, crea la Escuela de Náutica, para formar los hombres encargados de transportar los bienes generados en estas tierras. Se trataba de un serio intento para construir las bases de una independencia económica, cuando la Revolución Francesa y la emancipación norteamericana contra el absolutismo y el colonialismo arreciaban en Europa y en América del Norte.

También se estaba fundando el Primer Instituto de Enseñanza de Ciencias Exactas de la Argentina, donde por reglamento, escrito por el propio Belgrano, se establecía que una gran parte de las vacantes debían ser otorgadas a los indios y a los huérfanos, por ser desposeídos y quienes más lo necesitaban. Eran los esbozos de una política social que estaba adelantada por más de un siglo a su época.

En la Escuela se gestó otra institución que hasta hace poco tiempo estaba casi totalmente olvidada y que demuestra la presencia fundamental de una fuerte cultura, el Tercio de Gallegos. Ambas están íntimamente ligadas con el momento en que surge la idea de Argentina como nación.

 

 

Manuel Belgrano
 

El León lanza el zarpazo

España, a inicios del siglo XIX, formaba parte de la coalición de naciones contra Inglaterra que había organizado Napoleón, que consistía en un bloqueo económico y militar. Este conflicto convertía en una seria posibilidad el ataque británico a cualquier punto del inmenso imperio español.

Sin embargo, el 24 de junio de 1806, resultó totalmente sorpresivo para las autoridades de Buenos Aires la aparición de una flota inglesa en el Río de la Plata. A tal punto llegó el desconcierto que desembarcaron con toda comodidad en la zona hoy conocida como Quilmes, nombre que tomó de los indios que estaban en ese territorio.

Entre esa tropa se destacaba el regimiento más ilustre del ejército británico, los escoceses del 71 Highlanders. Al son de las gaitas marcharon los ingleses y el cuerpo escocés, que usaba valerosamente sus famosos kilts por una zona pantanosa en pleno invierno, hacia la sorprendida ciudad y un azorado Virrey, Rafael de Sobremonte, Marqués de Sobremonte, que sólo atinaba a observar la flota con su catalejo desde el fuerte.

Esa expedición había partido de Inglaterra, en agosto de 1805, con dirección al sur de África. Después de algunos contratiempos - por los cuales se detuvieron en Bahía, Brasil -, en enero conquistaron la Ciudad del Cabo, posesión de Holanda, otra aliada de Francia, puerto que constituía un punto estratégico en las rutas marítimas. Esa flota estaba al mando de Sir Home Riggs Popham, y las fuerzas terrestres iban bajo las órdenes de los generales David Bair y William Carr Beresford.

La euforia y la omnipotencia por el triunfo, sumado a los efectos de lo que seguramente fue un importante festejo, provocaron una delirante misión. Enterados por un residente norteamericano, William White, de las precarias defensas que tenía Buenos Aires y que iban a ser embarcadas las arcas reales procedentes del Perú, decidieron, sin consultar y sin la autorización de nadie, apropiarse de tales riquezas. Pensaron que la presencia de tan interesante botín en Londres y una nueva provincia para la corona inglesa cuando recientemente se habían perdido las colonias de América del Norte, convencería al gobierno del rey Jorge III de aprobar el asalto.

 

 

Bandera del gaitero del   Regimiento Escocés 71 de Highlanders, en el Museo Histórico Nacional.
 

Buenos Aires, territorio inglés.

Esas fueron las motivaciones para que arribaran 1.600 soldados, veteranos de las guerras napoleónicas, comandados por Beresford. El Virrey Sobremonte, no tuvo mejor idea que salir a enfrentar a los experimentados militares ingleses a campo abierto en vez de esperarlos en una posición fortificada y con el apoyo de una población de 42.000 almas. A la pequeña cantidad de tropas y oficialidad veteranas de Sobremonte había que sumarle una escasa motivación. ¿Quién querría arriesgarse en una de las más remotas ciudades del imperio español, lejos del verdadero lugar de poder que era Europa? ¿Para qué poner en peligro la vida si nadie de la corte podía valorarlo? De esta manera unos 600 hombres, al mando de Don Pedro de Arce, ante los primeros disparos se desbandaron en lo que fue una farsa de resistencia, como lo atestiguó ingeniero gallego Pedro Antonio Cerviño, uno de los futuros protagonistas de esta historia. Mientras tanto el Virrey se encaminaba, precipitadamente, por el Camino Real - actual avenida Rivadavia -, hacia Córdoba.

Finalmente el pequeño ejército invasor conquistó tranquilamente la Ciudad de Buenos Aires en la tarde del 27 junio ante el abandono que hizo Sobremonte, que posteriormente argumentó que había salido a reunir milicias para recuperar la capital del Virreinato del Rio de la Plata y poner a salvo las Cajas de Caudales. Beresford izó la Unión Jack en el Fuerte, tomó posesión de estas tierras y pidió obediencia al rey Jorge III. También exigió la devolución del tesoro, que apenas obtuvo lo envió inmediatamente a Londres.

Si bien algunos aceptaron como un hecho inevitable transformarse en colonia inglesa, la mayoría de la población no admitió el nuevo esquema social e inmediatamente empezaron a conspirar, incluso se llegó a hablar de hacer un túnel hasta debajo del fuerte para destruir a toda la guarnición. Un importante estanciero, Juan Martín de Pueyrredón - futuro Director Supremo cuando se declaró la independencia en 1816 -, reunió algunas tropas y ciudadanos en las Chacras de Perdriel, pero Beresford enterado de la maniobra las dispersó.

El Capitán de Fragata Don Santiago de Liniers y Bremond, un francés al servicio de España, cruzó secretamente el Río de la Plata hacia Montevideo. Se había decidido a encabezar la resistencia. Para el 4 de agosto inició, desde el Tigre, una lenta marcha a fin de aumentar su fuerza con los soldados dispersos y la población. En las primeras horas del 12, con un ejercito improvisado contra soldados experimentados ubicados en una posición defensiva y fortificada, comenzó la reconquista de Buenos Aires. Los ingleses defendieron tenazmente los edificios que rodeaban la Plaza Mayor, principalmente el Cabildo y la Catedral, pero ante la presión de las tropas españolas, terminaron por refugiarse en el Fuerte y levantaron la bandera de parlamento. Se les exigió la rendición incondicional y los británicos no tuvieron más remedio que claudicar. En la casa de Liniers - en la calle Venezuela 469 - se acuerdan los términos de la capitulación con un Beresford totalmente abatido, ya que la invasión, que sólo fue un acto de piratería en busca de los caudales, no había sido ordenada por su gobierno.

Así culminaron los 46 días en que Buenos Aires fue dominación inglesa, en donde fue tratada como una simple factoría y la población local padeció una mayor discriminación producto del racismo instalado en la sociedad del imperio británico.

 

 

Santiago de Liniers y Bremond.

Una ciudad en pie de guerra.

La ciudad deliró durante dos días hasta que retornó a la vida cotidiana, pero con otra actitud. Se convocó a un Cabildo Abierto en el que los vecinos principales exigieron que el Virrey cediera el gobierno militar de la ciudad a Liniers, que a esta altura era totalmente idolatrado. Se lo comunicaron a Sobremonte, a quien no le quedó otra opción que aceptar y delegar el mando político en la Real Audiencia. Así es como los habitantes de Buenos Aires impusieron su voluntad al Virrey. Una nueva relación de fuerzas se vislumbraba en el Virreinato del Río de la Plata. Una ciudad americana empieza lentamente a imponerse sobre la autoridad real.

En virtud de esta situación y para prever una nueva invasión, se reforzaron las defensas, se tomaron precauciones para que no faltaran armas, pólvora ni municiones. El 12 de septiembre de 1806 Liniers ordenó formar milicias populares. La organización se hizo con muy buen criterio desde el punto de vista militar. Se agruparon en regimientos según el origen, cuestión que permitió generar una adecuada cohesión y un espíritu de cuerpo.

Entonces se constituyeron cinco regimientos criollos y un numero similar de españoles peninsulares. Entre los primeros se cuenta la Legión de Patricios, que eran ciudadanos de Buenos Aires; el Tercio de Arribeños, integrado por habitantes de las provincias "de arriba", o sea Córdoba, Tucumán, Salta, Catamarca, el Alto Perú - actualmente Bolivia, con sus provincias de Charcas, Chuquisaca, etc-; los Pardos y Morenos, compuesto por mestizos de negro, español e indios; los Naturales (indios, pampas principalmente) y Castas (esclavos); y una compañía de Cazadores Correntinos, que iban junto con los Vizcaínos. Los cuerpos militares españoles eran, de acuerdo a la región de origen, el Tercio de Vizcaínos, los Miñones Catalanes, los Cántabros de la Amistad; los Andaluces y Castellanos; y el Tercio de Gallegos, que con 600 soldados era el segundo en importancia.

La presencia de esta fuerza armada en Buenos Aires gravitaría de manera fundamental en el futuro, de tal manera que no fue casualidad que Cornelio Saavedra, líder de la principal unidad militar - la Legión de Patricios -, con más de 1.200 hombres, fuera el presidente de la Primera Junta del 25 de mayo de 1810.

 

   

 

Nacimiento del Tercio de Gallegos

El regimiento o Tercio, como se denominaba desde el siglo XVI a estos cuerpos militares en España, ignorado por la historia hasta hace muy poco tiempo, fue nada menos que el segundo cuerpo armado de nuestra nación. El Tercio de Voluntarios Urbanos de Galicia, o Batallón de Galicia, o Batallón de Voluntarios de Galicia, o simplemente el Tercio de Gallegos, nació el 17 de septiembre de 1806.

¿Cómo se juntan esos 600 hombres? Básicamente surgen de dos instituciones: la "Congregación del Apóstol Santiago el Mayor, de Hijos y Oriundos del Reyno de Galicia" y la Escuela de Náutica, cuyo director fue el creador y comandante del Tercio, el ya mencionado ingeniero gallego Pedro Antonio Cerviño. En esta institución se impartía instrucción militar, ya que en ese momento los mercantes estaban artillados por los ataques de los piratas, por lo cual también se lo puede considerar el primer colegio militar de Argentina.

La larga tradición marinera del pueblo gallego hizo que la Escuela de Náutica se encontrara realmente acaparada por personas de ese origen o de sus descendientes. Por eso, entre los profesores y alumnos que secundaron a Cerviño se destacaron como los más notables, el vice director, Juan Carlos O'Donnell Figueroa, nacido en Galicia pero con ascendencia irlandesa; los cadetes Bernardino Rivadavia, quien posteriormente fue el primer presidente argentino en 1826 - que además era familiar de Benito González Rivadavia, uno de los fundadores de la Congregación del Apóstol Santiago e integrante del Tercio -, y Lucio Norberto Mansilla, criollo de origen gallego, que luego cruzó los Andes con el General San Martín y después comandó las tropas en batalla más significativa de la soberanía argentina: el combate de la Vuelta de Obligado.

En cuanto a la Congregación del Apóstol Santiago, que se había constituido en 1787, aportó la gran mayoría de hombres que integró el Tercio y también el segundo comandante, José Fernández de Castro. En las banderas de aquellos voluntarios figuran los símbolos del estandarte de la Congregación. Esta agrupación, que unía a los gallegos en Buenos Aires, era una organización que prestaba ayuda, con lo cual probablemente sea la primera institución mutual gallega en el exterior, algo para tener muy en cuenta dada la notable trascendencia que la emigración ha tenido por siglos en el pueblo gallego.

 

 
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Oficial y Bandera del Tercio de Gallegos.


Uniforme de soldado de linea del Tercio de Gallegos.

 

Tanto la Escuela de Náutica, como la Congregación del Apóstol Santiago, constituyen dos instituciones que también fueron protagonistas de esta historia, pero nos referimos a ellas con más detenimiento en otros artículos que próximamente aparecerán en Sitio al Margen.

Para el 20 de septiembre el Cabildo aprueba el reglamento de esta unidad, en el que se destaca que sus comandantes y oficiales eran elegidos democráticamente por la tropa. Otro aspecto para tener en cuenta, y que surge de una notificación que Fernández de Castro envía al Cuartel General de Armas, era la consideración acerca de la buena instrucción que demostró, desempeñándose con solvencia e idoneidad, con la clara especificación que nunca colaboró ningún militar de la guarnición de Buenos Aires. Así se hacen 8 compañías de fusileros y una de granaderos, estos últimos eran los encargados de tirar granadas para romper las paredes o los cercos y que pudiera pasar el resto de la tropa.

Una acontecimiento anecdótico, pero que revela una incoherencia en la organización militar de Buenos Aires, fue denunciado por líderes del Tercio de Gallegos. Se ordenó que las armas y municiones se guardasen en el arsenal de armas de los cuarteles y las llaves quedaran en manos del Cuartel Maestre General de Armas, con el argumento de disminuir el delito y los problemas que generaba la soldadesca cuando se emborrachaba. La disposición desvirtuaba el carácter de milicias urbanas que tenía la fuerza militar de la ciudad, ya que los soldados-vecinos necesitaban pasar por el cuartel a buscar sus propias armas cuando se los convocara.

 

 

Bernardino Rivadavia, primer presidente  argentino y en su juventud, soldado del Tercio de Voluntarios de Galicia.
 

La segunda invasión.

Los ingleses se encontraban sumamente satisfechos con la conquista que Beresford y Popham habían conseguido. A tal extremo llegaba la euforia que a mediados de septiembre de 1806 el Times manifestaba que "Buenos Aires en este momento forma parte del imperio Británico, y cuando consideramos las consecuencias que de esto se deducen por su ubicación y su capacidad comercial, además de su influencia política, no sabemos cómo expresarnos acerca de las ventajas que se derivan de la conquista. Como resultado de semejante unión, tendremos un mercado continuo para nuestras manufacturas...". Cualquiera se puede imaginar la cara que habrán puesto cuando se enteraron de que zapateros, campesinos, artesanos, herreros, etc, los habían derrotado tan contundentemente. Una nueva expedición, con 12.000 soldados, al mando de John Whitelocke partió con destino al sur para dar cuenta de esos "insolentes". Para dar una idea de lo que militarmente significaba esta nueva incursión, recordamos que el general José de San Martín realizó toda la campaña de los Andes, diez años después, con tan sólo 5.500 efectivos aproximadamente.

El general Samuel Auchmuty arribó a la Banda Oriental (antiguo nombre de Uruguay) y derrotó fácilmente a las tropas que envió el Virrey Sobremonte. Luego sitió por dos semanas la ciudad de Montevideo que finalmente se rindió el 3 de febrero. Ante una nueva huida de Sobremonte se reunió una Junta de Guerra en Buenos Aires, el 10, y decidió reemplazarlo por Santiago de Liniers, modificación que mucho después avaló el mismísimo rey Carlos IV.

Whitelocke, comandante supremo de la invasión en el Río de la Plata, se decidió a tomar personalmente la capital del Virreinato y el 28 de junio desembarcó en la Ensenada de Barragán, a 60 km de la ciudad.

Así se inició una campaña caracterizada por la enorme cantidad de errores que cometieron los comandantes militares. El lugar en donde desembarcaron los ingleses era pantanoso, con lo cual perdieron una buena cantidad de sus cañones y pertrechos. Como si fuese poco se ordenó inmediatamente la marcha hacia Buenos Aires con lo cual separó sus tropas, en vez de reagruparlas y luego atacar.

Otra anécdota, muy importante para el espíritu del batallón gallego, sucede el 30 de junio. Se realizó una parada militar en la Plaza Mayor que debió haber sido imponente por la presencia de más de 8.000 soldados, o sea todo el ejército. Allí el Cabildo le obsequió al Tercio de Gallegos una gaita del regimiento 71 Highlanders de Escocia, por considerar que era un instrumento adecuado para el Tercio en la batalla.

Liniers salió a enfrentar a un ejército veterano con sus milicias, cuando lo más lógico hubiese sido esperar en una posición defensiva y fortificada como la ciudad. El lugar elegido fue el Puente de Gálvez (cerca del actual Puente Barracas, sobre el Riachuelo). Allí esperaba con su ejército formado pero con la capital del virreinato totalmente desguarnecida. En la Junta de Guerra, en donde Cerviño manifestó su desacuerdo con las medidas que se tomaron, la mayoría de los oficiales expresaron sus temores con respecto de la capacidad combativa de sus soldados, por eso se ordenó cruzar el Riachuelo. Se pensaba que al ponerlos del otro lado río se los forzaba a luchar, ya que no tenían escapatoria. Otro error muy grave porque si los ingleses hubieran atacado, no quedaba ninguna posibilidad para replegarse o maniobrar, y el Riachuelo se hubiera transformado en una trampa mortal.

Sin embargo una nueva equivocación salvó la situación. El general Lewison Gower, que mandaba la vanguardia inglesa, decidió esquivarlos y cruzar por el vado de Burgos - hoy puente Alsina, en Lanús -, dirigiéndose a los Corrales de Miserere, en lo que actualmente es el Barrio de Once de la ciudad de Buenos Aires.

Sin aprovechar la oportunidad que la providencia le presentaba, Liniers decidió salir velozmente, otra vez, a buscar a los británicos, en un paseo que tuvo como resultado cansar a sus tropas y dividirlas por la separación que simplemente ocurre entre los regimientos al marchar con sus banderas, cañones y pertrechos.

En este punto hay que recordar las características sumamente caballerescas que se exhibieron en esta guerra. Los dos ejércitos se enfrentaron en Miserere, el 2 de julio, lo cual implicó toda una cuestión sumamente formal. Primero, que ambos se decidieran a presentar batalla, es decir, desplegar todas sus fuerzas, formarse frente a frente a escasos metros, exponer las banderas como si fueran a sacarse una fotografía, y los oficiales darse la mano y decidir quien empezaba la guerra. Los hombres de Liniers, luego de su marcha, se habían ordenado apresuradamente como les fue posible. Tal vez por eso al iniciarse el combate desarmaron su línea de batalla, aspecto que terminó por decidir el combate a favor de los invasores.

Aquí es donde los ingleses cometieron el principal error, ya que sus tropas, que habían llegado hasta lo que hoy es avenida Callao, el límite de la ciudad, recibieron la orden de retroceder porque tenían que replegarse para esperar al resto del ejército. Whitelocke, creyó que su victoria le había abierto definitivamente las puertas de la ciudad.

 

 

Ingeniero Pedro Antonio Cerviño, primer comandante del Tercio de Voluntarios de Galicia.
 

El león inglés, domado.

Después del combate, se produce una gran dispersión de hombres. El Tercio de Gallegos, según cuenta Cerviño, se replegó hacia la Plaza Mayor en el mejor orden que pudieron. Entre la noche del 2 al 3 julio, que pasó a la historia como la "noche triste", porque la ciudad se encontraba a merced del enemigo y Liniers andaba por la Chacarita de los Colegiales. Chacra proviene del quechua - un idioma indígena -, que significa "campo", Chacarita viene a ser como "campito"; y de los Colegiales, porque era el lugar del Colegio Real de San Carlos - actual Nacional Buenos Aires- en donde los estudiantes iban a recrearse; y que hoy constituyen dos barrios con esos nombres.

Mientras tanto, el Tercio de Gallegos y el tercer batallón de la Legión de Patricios estaban en la Plaza Mayor, en donde, un civil, el Alcalde Don Martín de Álzaga, tomó la gran decisión de toda la guerra. Este vasco empezó a organizar la resistencia, a levantar trincheras, poner cañones, organizar a la población y a las tropas. Así los atacantes tenían que pasar por unas calles en donde las casas tenían unas pesadas puertas, que poseían unos cerrojos con unas llaves enormes, imposibles de voltearlas, las paredes eran aproximadamente de un metro y medio de espesor, que a ni a cañonazos casi se las podían derribar; y recibían disparos desde los agujeros de las terrazas, que existían para el desagüe de la lluvia. De esta manera el soldado local estaba totalmente protegido por una fortaleza y el británico venía por un desfiladero que era un verdadero matadero, y en cuanto los invasores rompían una puerta, como las terrazas estaban conectadas, los soldados españoles escapaban rápidamente, lo cual proporcionaba una fabulosa guerra de guerrillas.

Sorprendido Liniers de que no se había conquistado la ciudad, vuelve con sus hombres y se suma a la defensa de Álzaga. Así renace la esperanza y el optimismo. El día 5 de julio fue la gran batalla por la defensa. Los ingleses fueron tomando algunas posiciones en donde izaban sus banderas. Las columnas de ataque se realizaron en tres grandes direcciones, el centro hacia la Plaza Mayor; la izquierda tomaría El Retiro; y el ala derecha se encaminó hasta la ribera sur del río para amenazar la Plaza Mayor, donde estaba el Fuerte.

Pero aquí viene el acto más heroico de toda la defensa de Buenos Aires, como fue la lucha por la Plaza de Toros, algo no todos saben que existió en la ciudad y que estaba en lo que hoy es el Círculo Militar y la Plaza San Martín. Allí estaba ubicado el cuartel de El Retiro, en donde estaba el arsenal de la ciudad. Además, sobre la barranca, había una batería de cañones que apuntaban hacia el río, pero que habían sido clavados - o sea inutilizándolos con un clavo en el agujero por donde va la mecha - para que no fueran usados por los ingleses si tomaban esa posición que era sumamente estratégica, porque la flota, que estaba fuera de alcance pero frente al Retiro, podía realizar un desembarco allí, y uniéndose a las tropas que provenían de tierra, tomar El Retiro y bombardear la Plaza Mayor.

Era seguro que uno de los ataques se iba dirigir hacia ese lugar, por lo cual se destacó a una compañía de Patricios; una de marineros - de la Real Marina Española -; otra de Pardos y Morenos, como asistentes de artillería; y la compañía de granaderos del Tercio de Gallegos, mandada por el capitán Jacobo Adrián Varela (1758-1818) nacido en La Coruña (Galicia), padre de Florencio Varela y entre cuya descendencia se cuentan varios próceres con ese apellido. En total eran alrededor de 600, que mantuvieron un duro combate hasta que empezaron a acabarse las municiones. Se ordenó a algunos soldados, de Pardos y Morenos, ir a buscarlas a los depósitos. Cuando llegaron descubrieron que estaba cerrado con llave. Como es de suponer en estos casos nadie tenía la llave y tampoco se podía romper la puerta de un pistoletazo. La situación era desesperada para el comandante de El Retiro, el capitán de la marina española Juan Gutiérrez de la Concha. Algunos dicen que se mareó, otros que se acobardó, o que la situación lo superó; lo cierto es que el liderazgo en ese momento no apareció por ningún lado. Varela propuso abrir una brecha - con los últimos tres cartuchos - en el cerco enemigo para luego evacuar al resto de la tropa. Mientras se mantenían las deliberaciones, el capitán gallego, sin autorización, se dirigió con algunos de sus hombres y, al grito de Santiago, encabezó un ataque con la espada en la mano y descalzo, porque las botas se le habían enterrado en un barrial. Los gallegos abrieron fuego una vez y realizaron una carga a bayoneta calada que consiguió crear un hueco en las líneas inglesas. Retornó para decirle al resto, que todavía discutía, que ya podían salir y así se pudo evacuar casi una tercera parte de las tropas. Los ingleses, comandados por Auchmuty, comenzaron a reagruparse y contraatacaron. Allí fue herido mortalmente el teniente de navío Cándido de Lasala. Un monolito, enfrente de la Plaza San Martín a la salida del subte, puesto por la Infantería de Marina recuerda al primer caído de ese cuerpo militar.

El ataque final a Buenos Aires se produjo en el Convento de Santo Domingo. Este lugar fue ocupado por el general Robert Crawfurd, que era el militar inglés de mayor graduación dentro de la ciudad, ya que Whitelocke estaba en el cuartel general en Miserere, en la casa de William White, contrabandista y comerciante de esclavos negros, que fue el aliado local y el guía de las tropas británicas.

Crawfurd estaba en el Convento de Santo Domingo, cuando llegó Varela con sus granaderos y tomó por asalto, desde atrás, a una columna británica. Un hecho sumamente curioso sucedió en este lugar. Los ingleses manifestaron sus intenciones de rendirse y avanzaron para formalizar la rendición un oficial británico y Varela, que le preguntó si el cañón que tenían allí enfrente, apuntándolos, estaba descargado. El inglés afirmó que sí. Entonces Varela sacó el sable y lo introdujo en el cañón, motivo por el cual el artillero le tiró un bayonetazo que le pegó en el costado, y otro soldado, también ofendido porque se había dudado de la palabra de un oficial británico, le pega en el vacío, según dice un cronista de la época. Pero Varela había actuado con muy buen tino porque realmente estaba cargado el cañón.

También es digno de mencionar Bernardo Pampillo, capitán de la 7ª Compañía del Tercio de Gallegos, que según consta en varios documentos, pedía ayuda para buscar a los enemigos y volvía al combate, cruzaba por arriba de las azoteas, traía prisioneros, andaba por todas parte y con su personalidad incitaba a todos a la lucha.

Finalmente Pampillo fue quien tuvo a su cargo la rendición del último bastión británico, o sea el Convento de Santo Domingo, al recibir en sus manos la espada del general Crawford, en la tarde del 5 de julio de 1807. En las capitulaciones, firmadas el 7, Whitelocke aceptó retirarse del Río de la Plata en un plazo de dos meses, devolver Montevideo e intercambiar los prisioneros.

Se desvanece el Tercio

¿Qué pasó luego con el Tercio de Gallegos? En esa época Napoleón había impuesto, luego de la renuncia de Fernando VII en la "Farsa de Bayona", a su hermano José I como rey de España. Esto provocó, desde el 2 de mayo de 1808, la revuelta de todo el pueblo español que ante la ausencia del rey se organizó mediante juntas populares. En Buenos Aires se estaba gestando la Revolución de Mayo y había dos bandos, los criollos favorecían a Liniers como Virrey, y los españoles, apoyados por los tercios peninsulares, entre ellos el Tercio de Gallegos, que proponían la creación de juntas como en España.

La cuestión era que si el virrey, que era francés, representaba a las juntas o al rey que respondía a Napoleón. ¿Virrey? Si no había nadie legítimamente reinando. Si en España la soberanía recae en las juntas, lo más lógico era formar una en Buenos Aires. Ese partido, que era liderado por Martín de Álzaga, el alcalde de primer voto, se declara en rebelión el 1 de enero de 1809. Álzaga le exigió al virrey la renuncia y Liniers, que estaba en el Fuerte - donde actualmente está la casa de gobierno, "La Casa Rosada" - aceptó. Ya se había constituido una Junta, liderada por el alcalde y formada entre otros por Mariano Moreno - quien posteriormente sería el alma mater de la Junta de mayo de 1810 -, y Julián de Leyva. En ese momento apareció Saavedra, el comandante de Patricios, y le pidió que salga al balcón para fijarse en lo que decía el pueblo. Hasta ese instante se estaba gritando ¡juntas, juntas como en España! Misteriosamente se empezó a vitorear a Liniers. La revuelta fue aplacada e igual suerte tuvieron los regimientos que participaron en ella.

Esta sublevación fue la semilla de la Revolución de Mayo, que un año después impulsó la mayor parte de los mismos argumentos propuestos en la Revolución de Álzaga, como por ejemplo, la creación de una junta local que gobierne en nombre de Fernando VII. La mayoría de los autores, de los muy pocos que han hablado escasamente del Tercio de Gallegos dijeron que después de la revolución de 1809 se disolvió.

Horacio Vázquez afirmó para Sitio al Margen que encontró documentos que prueban lo contrario. El Tercio fue desarmado, es decir que se le retiraron sus armas, sus instrumentos y sus banderas. Cuando a mediados de 1809 llega el nuevo Virrey, Baltasar Higalgo Cisneros, nombrado por la Junta Suprema de Sevilla, para aquietar los ánimos devuelve, en un acto público y con gran pompa, el armamento y las insignias. Vázquez también descubrió un documento, de finales de diciembre de 1809, en donde capitán Pampillo, ya con el grado de teniente coronel graduado, muy ofendido pide su retiro porque la jefatura de su compañía se le había asignado a otro individuo, lo cual habla del funcionamiento y por consiguiente de la existencia del Tercio.

En la opinión de Vázquez el Tercio de Gallegos prácticamente deja de funcionar, más que de existir, por los antagonismos que se forman dentro del mismo regimiento desde 1809 hasta 1810. Por un lado el bando patriota, o sea los que propugnaban una junta de gobierno local, con Cerviño a la cabeza y Bernardino Rivadavia. Por el otro lado, la facción realista, que quería mantenerse fiel al soberano, encabezada por Varela y Pampillo, que tenían mucha influencia dentro del Tercio. Posiblemente sus hombres seguían diciendo que eran del Tercio, seguían vistiendo los uniformes hasta la revolución de Mayo cuando se cortan los lazos, no formalmente, pero si pragmáticamente con todo lo que era hispánico.

 

 
Detalle de cuadro
Cuadro que representa la noche del 2 al 3 de julio de 1807.
 

El Tercio de Gallegos del nuevo milenio.

Después de casi doscientos años, en julio de 1995, el Tercio de Gallegos volvió a marchar gallardamente frente al Cabildo de Buenos Aires, como Guardia de Honor Histórica de la Escuela Nacional de Náutica "Manuel Belgrano".

Al año siguiente la Xunta de Galicia, con motivo del 190º aniversario de su creación (el 20 de septiembre de 1806), reeditó el libro de Manuel Castro López, "El Tercio de Voluntarios Gallegos en la Defensa de Buenos Aires", publicado en 1911, que contenía una interesante documentación y del que sólo quedaban 3 ejemplares (uno de ellos en la biblioteca del Centro Gallego de Buenos Aires). En esta última edición también se agregaron los trabajos del investigador gallego Carlos Sixirei Parede, "Las Invasiones Inglesas en el Río de la Plata y la participación Gallega en la defensa de Buenos Aires", y "El cuerpo de Voluntarios de Galicia en Buenos Aires" del historiador argentino Guillermo Palombo.

En realidad, esta recuperación histórica se inicia hace veinte años, por la increíble labor personal de quien era cadete en la Escuela Nacional de Náutica, Horacio G. Vázquez, descendiente de gallegos, que buscaba el origen de la academia y de su regimiento fantasma, del cual hasta se dudaba su existencia. Vázquez es el capitán y jefe del actual Tercio y por su empeño se dio nuevo valor a la tarea de Castro López y los demás investigadores. Esta labor individual permitió llevar luz a una parte de la historia e incluso revelar la existencia de la antigua Congregación del Apóstol Santiago.

En la reaparición del Tercio fue importante el aporte del Centro Galicia y del Centro Gallego de Buenos Aires que donaron gran parte de los uniformes. Posteriormente la Asociación Centro Partido de Carballino regaló un fusil original modelo 1778.

En el Salón Azul del Congreso Nacional, el 11 de marzo de 1998, tuvo lugar el homenaje en que la Asamblea Legislativa, por unanimidad, decidió otorgarle la "Distinción al Valor en Defensa de la Patria", máxima condecoración del Congreso. Esta iniciativa fue motorizada por Lilian de Mera, Presidenta del Centro Argentino de Estudios Estratégicos Nacionales, sobre la base de una iniciativa del actual Jefe de Gobierno de Buenos Aires, Fernando De la Rúa (cuando era senador), promovida por el Senador Nacional Alfredo Avelín, y coronada con la promulgación de la Ley de la Nación No. 24.895.

El 17 de septiembre, por gestiones de Vázquez, le fue entregada la bandera original de guerra (1807), que se encontraba en el Museo Histórico de Luján y estaba extremadamente deteriorada (sólo se conservan las partes hechas con hilos de plata y oro a causa de haberla afectado una inundación). Actualmente se realizan los estudios necesarios para efectuar una réplica exacta en Galicia.

 

 

Horacio Vazquez, capitán y jefe del actual Tercio de Gallegos.

Otro homenaje público se realizó, el 3 de octubre, en la Basílica de San Francisco de Asís, en Buenos Aires, cuando se lo designó como "Custodia Perpetua" de la Cripta de la Basílica, donde se encuentran los restos del creador del regimiento, el coronel Pedro Cerviño, y del heroico capitán Jacobo Varela. El momento más emotivo de la ceremonia fue cuando el Primer Gaitero Honorario del Tercio de Gallegos, nuestro colaborador Manuel Castro, junto al tambor del regimiento, ejecutaron un conmovedor toque al "Soldado Caído" en el atrio de la Basílica. Cabe recordar que Castro es el director de la Banda de Gaitas Ciudad de Buenos Aires, que es la banda de gaitas del Tercio de Gallegos.

A fines de 1998 el Tercio viajó a Galicia y presidió el desfile, efectuado el 9 de diciembre, de cinco mil gaiteros que marcharon por las antiguas calles piedra de Santiago de Compostela, con motivo de la asunción del presidente de la Xunta de Galicia, Manuel Fraga Iribarne, y ocuparon el palco oficial como guardia de honor. En esa misma época, Xosé Lois Baltar, presidente de la Diputación provincial de Ourense entregó tres reproducciones de los instrumentos que el Tercio utilizaba en 1808: un tambor y dos gaitas.

Desde 1995 ha realizado más de 150 servicios de ceremonial y protocolo, y recientemente ha sido nominado oficialmente a la Medalla de Galicia, la más alta condecoración en una época que es doblemente especial, el último año Xacobeo del milenio y el segundo centenario de la Escuela Nacional de Náutica.

Asimismo están por ser publicadas los resultados de las exhaustivas investigaciones de Horacio Vázquez en un libro, del cual informaremos en un próximo artículo, cuyo prólogo es realizado por el Senador Nacional, el escritor Mario "Pacho" O'Donnell, descendiente directo del gallego-irlandés Juan Carlos O'Donnell, quien fue integrante del Tercio y segundo de Cerviño en la Escuela de Náutica que luego dirigió de 1833 hasta su muerte en 1835.

A inicios de un nuevo milenio, un accidente en el almanaque muy útil para realizar una evaluación histórica, se puede afrontar el futuro de una mejor manera y con optimismo si se aprende de los errores y aciertos del pasado. La ignorancia no sólo consiste en desconocer los datos históricos, la incapacidad de interpretar y cuestionar las enseñanzas adquiridas demuestran una mayor omisión que, en este caso, afecta la comprensión del origen y formación de la Argentina como nación y el papel que en ese proceso le cabe a la cultura gallega.

Una fascinante historia caracterizada por la traición, la prepotencia, la corrupción y la incompetencia. Pero también por el coraje, la solidaridad, la inteligencia, la dignidad y el amor a la libertad. Lamentablemente hoy en día algunos de estos valores parecen estar más cerca de su abandono que de constituirse en principios que modelan la personalidad.

Los hombres del Tercio de Gallegos ya han sido ignorados por bastante tiempo. Es hora de establecer que ese olvido es una seria falta de varias generaciones. Es la intención de esta publicación recordar, en varios artículos, que el sacrificio de esos hombres no ha sido en vano.

 

Estado actual de la original bandera del Tercio de Voluntarios de Galicia.
  • "Los gallegos en la Argentina". Alberto Vilanoba Rodríguez. Ediciones Galicia.1966 Buenos Aires.
  • "El Tercio de Voluntarios Gallegos en la Defensa de Buenos Aires". Manuel Castro López. 1911. Buenos Aires.
  • "Historia integral de la Argentina". Félix Luna. Tomo IV. Editorial Planeta Argentina. Buenos Aires 1995.
  • Varias entrevistas realizadas a Horacio G. Vázquez, jefe y capitán del Tercio de Gallegos.
  • Conferencia de Horacio G. Vázquez en la sede de la Liga Celta de Argentina el 19/3/99.
  • "Tercio de Gallegos". Por Horacio G. Vázquez. Periódico "Mundo Gallego". Marzo de 1998 y en diciembre de 1998
  • "Los Coruñeses en la Argentina", por la Licenciada Juana Isabel López de Gwegen". Revista "Galicia", Nro. 672, 1997.
  • Revista Galicia. Nro. 673. Páginas 58 y 59. Enero - Mayo 1998
  • Revista Galicia, Nro. 670. Página 8. Septiembre de 1996.
  • Programa y revista del Tercer Festival de Música Celta, Keltes (del 31/10/97 al 1/11/97).
  • Información suministrada por el Centro Gallego de Buenos Aires.
  • Información suministrada por la Escuela Nacional de Náutica.

    Escuela Nacional de Náutica.
    E-mail:  esnn@rina.ara.mil.ar
  • "Las invasiones inglesas del Río de la Plata". Carlos Roberts. Buenos Aires. Talleres Gráfico SA. Jacobo Peuser Ltda. - 1938.

Por Pablo Rodríguez Leirado.

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