Silvina Bullrich, al margen.
Recordando a Silvina Bullrich.

Dejada de lado por la crítica, Silvina Bullrich permanece vigente en parte de su obra, tal vez la más oculta. Su crítica mordaz a la corrupción política y social pasa inadvertida al lector contemporáneo, escondida bajo el cúmulo de obras de corte pasatista que han perdido actualidad frente al carácter propio de los nuevos best sellers. Es por eso que en el presente artículo se intenta rescatar su figura del olvido y recuperar aquellas obras de notoria validez literaria e identitaria que desenmascaran los vicios y virtudes de nuestra sociedad.

Por Mercedes Giuffré
Noviembre de 2002

 
 

Haciendo Justicia:

La memoria de los argentinos es cosa más que curiosa. La memoria literaria, en especial, suele dejar en el camino autores que, luego de décadas o siglos, es necesario reconocer de manera casi arqueológica. Textos valiosos en relación con el entramado identitario de cada momento de nuestra existencia como país, caen negligentemente (o tal vez como consecuencia de nuestra actitud existencial suicida) en el olvido, ese abismo atroz que nos separa de lo que fuimos. ¿Seremos zonzos como se pregunta Arturo Jauretche en uno de sus conocidos escritos? (1) ¿Estaremos despertando finalmente de nuestro adormecimiento a fuerza de golpes e infortunios? No me corresponde aquí tal elucubración sociológica. Lo que propongo en el presente artículo es, precisamente, rescatar del olvido la figura de una escritora que pocos conocen en su dimensión auténtica: Silvina Bullrich.

En los últimos años, los nombres de escritoras argentinas como Victoria y Silvina Ocampo, Martha Lynch, Estela Canto, Beatriz Guido, Alejandra Pizarnik, Eduarda Mansilla, Juana Manuela Gorriti, Norah Lange, etc, han resurgido a la memoria colectiva desde un pasado próximo o lejano, gracias a la dedicación de otras escritoras que decidieron recordarlas en sus obras literarias, ensayos o biografías. La figura de Silvina Bullrich, no obstante, permanece a la rivera del camino, engalanada con el falaz epíteto de "escritora pasatista" que algunos desmemoriados le han concedido. Pero pocos son quienes se han tomado el trabajo de bucear en su obra y reconocer algunos de sus méritos literarios.

Es verdad que la mayor parte de sus libros fue escrita con el fin prosaico de la subsistencia y que no llegó, por tanto, a la exquisitez conceptual y formal de sus célebres contemporáneos. No obstante, es menester diferenciar en sus escritos dos vertientes claras y equidistantes: la de la narrativa circunstancial y fácil, cuyo fin único parece ser la ganancia monetaria que permite a su autora automantenerse y mantener a su hijo, y la de las obras surgidas desde la profundidad y la preocupación identitaria, coincidentes con la segunda etapa de su vida. En relación con ésta última se impone mencionar títulos que merecen pasar a la posteridad como: "Los Burgueses", "Los Salvadores de la Patria", "Los Pasajeros del Jardín" y "Mis Memorias" (las dos últimas, con claros referentes autobiográficos).

 

 
 

Vida de Silvina Bullrich

Silvina Bullrich nació en Buenos Aires el 4 de octubre de 1915. Su padre, Rafael Bullrich, hijo de alemanes y educado en París, fue el fundador de la cardiología argentina, decano de la Facultad de Medicina de la UBA, amante de la cultura francesa y coleccionista de obras de arte. Su madre, María Meyrelles, era hija del embajador de Portugal en Argentina.

Silvina y sus dos hermanas, Laura y Marta, crecieron en un ambiente culto y gozaron de un excelente pasar económico, gracias al cual pudieron realizar frecuentes viajes a París, en donde su abuelo paterno había sido diplomático. La misma autora dijo respecto de aquella época de su vida:

"Fui, en la infancia, terriblemente feliz (...) Nunca me gustaron las muñecas. Para mis cumpleaños me hacía regalar arcos, flechas, hachas, rifles, cañones, soldados de plomo y esa magnífica carpa de indios que era mi gran orgullo.

De haber nacido cincuenta años después me hubieran llevado a un psicoanalista y hubieran creído que tenía tendencias lesbianas. Por fortuna, nací cuando a nadie se le ocurría pensar cómo iba a evolucionar una chica. A mis padres les causaba gracia mi disposición guerrera, y mi padre afirmaba: ´Silvina es mi hijo varón´ ". (2)

Tuvo libre acceso a la biblioteca de su padre y desde niña manifestó su amor por las letras. No obstante, la mujer de clase alta no solía recibir, por aquel entonces, una severa formación que la proveyera de herramientas para una vida de automanutención. Debido a ello, Silvina debió abandonar sus estudios en el colegio Onésimo Leguizamón, luego de la fase elemental. Curiosamente y, por otra parte, continuó asistiendo a las lecciones de la Alliance Francaise, llegando a obtener un diploma en formación humanística en aquella lengua.

Debido a la fascinación provocada por la lectura de Zolá, Balzac, Flaubert, Corneille, Racine y los grandes autores frenceses, operó en la joven una notable paradoja que marcó las primeras décadas del siglo XX en la clase alta de nuestro país: llegó a identificar a la cultura gala como propia y a desconocer la riqueza de las letras argentinas, tal como lo cuenta en sus memorias (situación que, a lo largo de su juventud, sin embargo, logró corregir).

"Vivíamos henchidas de nostalgias ajenas, de una Francia que no conocíamos pero echábamos de menos por interpósita persona: por papá, por su infancia. No ser francesas, no vivir en París, nos parecía un castigo inmerecido. ¿Qué hacíamos en este país donde sin embargo éramos tan dichosas sin saberlo? No era nuestro país, nuestra patria espiritual era Francia." (3)

Habitantes de una Buenos Aires de esplendor, progreso y lujo, en la que la oligarquía, luego tan criticada por la historia, había construído teatros, palacios, petit hoteles, casas de una arquitectura maravillosa y refinada, parques, bibliotecas, el monumental y lírico Teatro Colón, etc, la pequeña Silvina y su familia vivieron en carne propia la época de apogeo económico de la Argentina, la que vieron los inmigrantes que llegaban masivamente en barcos desde una Europa devastada y pobre.

"Tenía yo doce años y medio cuando nos mudamos a la calle Galileo. Mi infancia quedaba atrás con sus carpas de indio (...) Era una casa que constaba de planta baja, piso de recepción, piso de dormitorios y piso de servidumbre.(...) En aquella época el lujo residía en la casa, los autos, los sirvientes (...) Los chicos vivían en medio de amplias habitaciones lujosamente amuebladas, entre obras de arte: en casa, en forma especial, la tercera colección de cuadros del país, servidos por mucamos de guantes blancos, mucamas perfectamente uniformadas, choferes de librea, pero debían pensar mucho antes de comprarse otro chocolatín". (4)

Silvina comenzó a escribir en su adolescencia y logró publicar algunos de sus poemas en la revista Atlántida. En sus memorias recuerda, no obstante, el poco crédito que su padre le otorgaba a tal actividad y el dolor que le provocó a la joven la calificación de simple "valor local" que aquél le adjudicase. Desde entonces entabló una gran amistad con Manuel Mujica Láinez a quien se conocía en el círculo literario como "Manucho" y quien tiempo después la puso en contacto con Borges, Bioy Casares, Estela Canto y los grandes de la generación anterior.

Silvina Bullrich contrajo matrimonio muy joven y tuvo un hijo. No obstante, la convivencia resultó imposible y la relación concluyó, encontrándose Silvina en la obligación de autosolventarse y de mantener a la criatura en soledad. La escritura pasó a ser, de tal modo, no solo una necesidad creativa sino también una posibilidad, la única, de ganar dinero. Muerto su padre, la tragedia envolvió a la familia. Una a una, sus hermanas y su madre (quien había empeñado y desempeñado más de una vez una de sus joyas para que Silvina publicara sus primeros libros) fueron desapareciendo.

A pesar del éxito arrollador de sus novelas y cuentos, que en su momento fueron auténticos best sellers, la vida de la autora transcurría entre la redacción de sus obras, los viajes continuos a congresos y presentaciones y las breves temporadas en un pequeño campo que adquirió a fuerza del ahorro. En reiteradas ocasiones París se convirtió en un refugio del cual, no obstante, era cada vez más necesario retornar. Los viajes le proveyeron material para sus escritos.

"No sería quien soy sin haber visto tanto mundo. Llevo en mis retinas los sangrantes Cristos españoles, los Budas inmensos, las ciudades, los bosques y las aldeas, los mares semejantes que llevan a distintos nombres." (5)

En uno de ellos, precisamente en París, conoció a quien se convertiría en su segundo marido: Marcelo Dupont. No obstante, la tragedia la golpeó una vez más cuando se enteró, poco tiempo después del enlace, de que él padecía un cáncer terminal. Desconsolada, plasmó la historia de su amor trágico en la novela "Los Pasajeros del Jardín", antes mencionada, que luego fue llevada al cine por Alejandro Doria, con la actuación de Rodolfo Ranni y Graciela Borges.

"Tuve que luchar contra mí misma para no caer en esa anticipación del desamparo y de la desdicha, para volver a ejecutar actos cotidianos, saber que aún vivías y estarías pronto de vuelta en el Jardín Azul" (6)

Las experiencias trágicas y la toma de conciencia de su propia argentinidad maduraron en Silvina su necesidad literaria. Abandonó por completo los temas "femeninos" y "pasatistas" (la incomunicación en el matrimonio, la postergación de la mujer, la traición amorosa, el enamoramiento, las diferencias generacionales entre madres e hijas, etc) y se abocó a desmadejar las entrañas identitarias del país, que ya no era aquel émulo de la civilización europea sino que se había convertido en el espacio periférico de las dictaduras y los avatares latinoamericanos. Silvina Bullrich comenzó a vivir su identidad argentina a partir del despojamiento (rasgo, al parecer, tan propiamente argentino, hoy más que nunca) y a partir de ella, su actividad literaria se redefinió como una necesidad espiritual, como una realización de su propia condición de rioplatense:

"Cada vez me siento mejor en estas tierras y menos a gusto en el extranjero. Me duele demasiado que nos ignoren, que nos menosprecien, que nos juzguen, sin siquiera darnos la oportunidad de defendernos." (7)

"Mi ciudad, sus casas, el cementerio de la Recoleta... Sobre todo esto está cimentada mi vida y mi obra. Por Buenos Aires y para Buenos Aires escribo mis memorias. Para toda la Argentina quizás..." (8)

Pasó los últimos años de su vida recluída en Punta del Este (Uruguay), ciudad a la que prefería debido a su pasividad y quietud. Visitada en ocasiones por amigos y su familia (hijo, nuera y nietos) se quejaba en sus memorias de la crudeza de la soledad y reconocía en ella la pena lógica que debía pagar por haber sobrevivido para contar las tragedias de su gente.

Falleció en 1989. Actualmente sus restos descansan en el cementerio privado "Jardín de Paz", en la Provincia de Buenos Aires.

 

 
 

Acerca de su obra:

"Los Burgueses" es la primera novela de la trilogía "sociopolítica". En ella se advierte la influencia formal del "Nouveau Roman" que proveyó a Silvina la traducción de algunas obras de la escritora contemporánea Natalie Sarraute. La trilogía se completa con "Los Salvadores de la Patria" y "Los Monstruos Sagrados". Las tres obras pretenden dar cuenta de los tres pilares corrompidos sobre los que se sostiene la sociedad argentina de los años ´50 y ´60: la oligarquía, el parlamento, los intelectuales. Silvina no perdona a su propia clase social el haberse prostituído en pos de un vano bienestar material y a costa del país. "Los Burgueses", cuya estructura de monólogo interior y de observación polifónica sorprende al lector "bullrichtiano" denuncia la devaluación cultural y social que ha sobrevenido a la clase terrateniente y hegemónica debido a su ambición, su hipocresía y su desidentidad.

"Hay dos corrientes marcadas en la familia: la de los anglófilos y la de los francófilos. Pero están también los condesitos da Berttini y ellos tienen el deber de hablar en italiano; sería una vergüenza que no supieran su idioma cuando fueran a Florencia (...) Los hijos de los parientes pobres hablan español pero temen que nadie los entienda y sienten además un gran complejo de inferioridad." (9)

"Los Salvadores de la Patria", obra de una actualidad desgraciadamente atroz, desnuda la deslealtad y el accionar turbio de nuestros legisladores, los hombres que detentan inútilmente el poder, vendidos a sus intereses personales y a los lobbies de orígenes inciertos. Precedida por una cruda cita de Bertold Brecht ("Desgraciados los pueblos que necesitan héroes"), la obra describe descarnadamente lo ridículo y la desfachatez que envuelven una sesión ordinaria en la cámara de diputados. En ella, nuevamente, se aprecia el choque solapado entre la oligarquía y la clase media, resultantes sociales de la antigua dicotomía entre lo patricio y lo inmigrante. Los primeros, no obstante, no se muestran a la altura de sus antepasados, de quienes solo han heredado un apellido y una posición que desmerecen en sus actos, pero que enarbolan como bandera del favoritismo y el acomodo:

"No se violente, Señor diputado; nadie le impide admirar a nuestros próceres y menos quienes descendemos de ellos, cosa que, según tengo entendido, no le ocurre al señor diputado." (10)

En la mencionada sesión, el ministro de economía ha de ser interpelado por la cámara, a fin de que rinda cuentas sobre sus actos y desmanes.

"Déjese de macanas, sabe perfectamente que la interpelación es una cortina de humo, una de tantas, para cubrir los acuerdos secretos de los partidos antagónicos, para realzar la titubeante y brumosa personalidad del Ministro; para hacerle creer al pueblo que la oposición está viva y distraerlo de la ininterrumpida suba del costo de vida." (11)

"Esto está cada vez peor, estamos al borde del caos, espero que alguien se atreva a decirlo... El caos, no hay otra palabra, yo por si acaso, se lo digo confidencialmente, he mandado a EEUU toda mi fortuna, lo poco que tengo, claro está ...Por eso yo ni un peso coloco en el país." (12)

La memoria de los argentinos es frágil y selectiva. Los escritos literarios y los documentos históricos deberían servir (entre otras cosas) para refrescarnos continuamente nuestra identidad, nuestro pasado y nuestros vicios y virtudes. Estamos entrampados en un eterno retorno, en un no tiempo que, cual obra del Absurdo beckettiano simboliza la condena a causa de la propia elección del sin sentido. Debemos conocer más y reconocernos más en los escritos de nuestros autores. ¿Por qué se reedita "Los Burgueses" y no "Los Salvadores de la Patria"? ¿Por qué lo que se narra en ésta última se parece tanto a nuestro presente? ¿Por qué no superamos la etapa adolescente de la autodestrucción? No me competen tales respuestas, al menos no en este lugar y en este momento.

Recordando a Silvina Bullrich nos viene a la mente la imagen del país que fuimos y el que dejamos de ser, del país que somos y el que quisiéramos volver a ser. Tal vez el recuerdo, la recuperación de nuestra memoria, sea un buen comienzo...

 
Notas

(1) Jauretche, Arturo, Manual de zonceras argentinas, Buenos Aires, Corregidor, 1998.
(2) Mis Memorias, página 23.
(3) Ibidem, pág. 44.
(4) Ibidem, pp 49, 59 y 60.
(5) Ibidem, pág. 372.
(6) Los Pasajeros del Jardín, pág. 63.
(7) Mis Memorias, pág. 375.
(8) Ibidem, pág. 390.
(9) Los Burgueses, pp. 35 y 36.
(10) Los Salvadores de la Patria, pág. 11.
(11) Ibidem, pp. 12 y 13.
(12) Ibidem, pág. 85.

Bibliografía

  • BARCIA, Pedro Luis.
    La Catarsis del autor: de lo autobiográfico a lo ficcional, estudio introductorio a "Los Pasajeros del Jardín", Buenos Aires, Nuevo Siglo, 1995.
  • BULLRICH, Silvina.
    Bodas de Cristal, en Tres Novelas, Buenos Aires, Sudamericana,
    La Mujer Postergada, Buenos Aires, Sudamericana, 1982.
    Los Burgueses, Buenos Aires, Sudamericana, 1964.
    Los Monstruos Sagrados, Buenos Aires, Sudamericana, 1966.
    Los Pasajeros del Jardín, Buenos Aires, Nuevo Siglo, 1995.
    Los Salvadores de la Patria, Buenos Aires, Sudamericana, 1965.
    Mis Memorias, Buenos Aires, Emecé, 1980
    Su excelencia envió el informe, Buenos Aires, Emecé, 1974.
  • GRONDONA, Adela.
    ¿Por qué escribimos?, Buenos Aires, Emecé, 1969.

Obras de Silvina Bullrich.

 
Por Mercedes Giuffré
Noviembre de 2002

 

 

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