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Cuando
Henry James abrió los ojos un 15 de abril de 1843 en la ciudad de Nueva
York, ya se sabía que ese niño tendría una vida casi sin sobresaltos,
frecuentaría los ámbitos sociales más exquisitos y que se dedicaría, seguramente,
a una actividad humanística.
Los James eran una familia
de muy buena posición social y Henry era el hermano más joven del prominente
William James, un reconocido filósofo y psicólogo, inventor del pragmatismo
y del "fluir de la conciencia", teoría intelectual que, luego, adoptarían
muchos notables escritores para llevar adelante un estilo de escritura.
Virginia Wolf, William Faulkner, el propio James Joyce, fueron entusiastas
seguidores de esta tesis que rondaba la escritura automática y ahondaba
en los buceos psicoanalíticos del yo.
El joven Henry, gran lector,
comenzó temprano su actividad literaria. De educación rigurosa y bien
asistida, con gobernantas y tutores, nada le faltaría para comenzar a
degustar los placeres que la vida ofrecía, como, por ejemplo, viajar por
el mundo.
Y tanto se familiarizó con
los viajes, que decidió abandonar su Estados Unidos natal para recalar
en Europa; más decididamente, en París.
Allí Henry conoció a Goncourt,
a Maupassant, a Balzac. Y también se hizo amigo del ruso Turgueniev, todos
nombres de la literatura que entrarían a la memoria universal, con luz
propia.
James era de trato cordial
pero frío. Los que lo conocieron, lo tildan de "distante" y en sus modales
de gran urbanidad, en su presencia atildada, se notaba el burgués de "buena
familia" que nunca desmintió ni con sus actitudes ni con sus libros.
Escribió muchísimos artículos
y notas en revistas de la época. También comentarios literarios y estéticos.
Sus breves ensayos siempre estuvieron dotados de una fina observación
y de una pincelada certera sobre personajes y situaciones. Éste fue su
mejor tributo junto con una prosa que fue perfeccionando y modelando a
través del tiempo.
En esa expatriación que eligió
para sí, recaló en Inglaterra y allí se quedó. La mayoría de la obra de
James fue escrita en este país. Y siempre tuvo, en su fondo, una especie
de conflicto entre mundos: aquel nuevo que había abandonado y que se llamaba
América y el otro, el viejo y a la vez signado por muchas cicatrices horrendas
que era Europa.
Cada novela de Henry James,
cada cuento, es un fino tejido donde estética y ética se van dando la
mano. Su prosa es morosa, elegante, refinada, profundamente observadora.
Sus personajes están delineados a la perfección y los ambientes en donde
se desarrollan sus tramas son los de una alta burguesía o aristocracia
en decadencia pero que conservan las "buenas costumbres" y algún difuso
secreto familiar.
Cada texto de su autoría,
produce conmoción e interés en el lector. Tal vez, por la forma distinguida
de expresarse, por esa toma de distancia que, adrede, pone entre él y
la escritura y por la perfección de una forma que nunca abandonó y que,
por el contrario, corrigió -como Flaubert- hasta la exasperación.
Si tomamos, a vuelo de pájaro,
algunos volúmenes de James, nos encontraremos con personajes memorables.
El escritor no desdeño la trama pero se pasó la existencia haciendo hincapié
en la forma que, trabajado como él supo hacerlo, le da una dimensión acabada
al producto, lo resalta hasta límites muy extremados de belleza expositiva.
Pero no podemos caer en la
tentación de creer que James sólo reparó en la forma. En esos trazos que
delineaban una situación, un carácter, iba pergeñando el fondo de la cuestión
como lo hace en "Los papeles de Aspern (1888), uno de sus relatos más
logrados, donde la búsqueda de un manuscrito, del poeta romántico Percy
Shelley, le permite trazar uno de los más conmovedores testimonios sobre
la soledad y el dasamor.
Pero este escritor prolífico
(escribió 20 novelas, 112 cuentos, 12 obras de teatro, una infinidad de
crónicas de viaje, numerosísimos artículos y notas periodísticas), en
su medio siglo de literatura, abarcó todas las gamas. Conoció el éxito
como hombre de teatro pero, también, el fracaso de público. Y a medida
que avanzó en el tiempo y comprendió algunas infidelidades, fue cambiando
su estilo hasta terminar utilizando un dictáfono. Su prosa se volvió oral
y en esa búsqueda por definir, aún más, su estilo, James consiguió una
obra maestra como "Otra vuelta de tuerca" (1898).
Pero fueron muchos sus títulos
encomiables. Desde "Daisy Miller" (1879); "El retrato de una dama" (1881);
"Los bostoniano" (1886) o "Los embajadores" (1903), pasando por "Las alas
de la paloma" (1902), editado antes que "Los embajadores" (aunque escrito
posteriormente). El talento de James y su fama llegaron a su país natal,
Estados Unidos, al que retornó para encontrarse con un mundo que le disgustaba,
producto de un desarrollo industrial y masificante que no era el mundo
de James.
Sus últimos años los pasó,
recoletamente, en Rye, Condado de Sussex, lejos del "mundanal ruido".
Fue célibe, misógino, por afecto a exteriorizaciones del corazón pero
con un gran poder para captar los desvíos de las pasiones y las conductas,
certeramente notables.
Su literatura es parcializada.
Abarca los escenarios en donde se desenvuelve una clase social que James
conocía y muy bien. Pero en este aparente ámbito estrecho, su pluma deslumbró
y logró que lectores de diversas clases sociales lo admiraran.
Muchos de sus argumentos
hubieran caído en el melodrama si no hubiese sido él quien los escribiera.
Su formalismo distendido, suave y pleno de impresionismo, grabó a fuego
en la mente del lector cada escena de sus libros. En sus cuentos cortos,
se destaca por describir, en pocos trazos, situaciones que son casi un
universo existencial y sus finales sin efectismo, proclives al discurrir
moroso y discreto, como un secreto contado en un salón a oscuras, es lo
que lo ha hecho tener tanto encanto.
En sus novelas, hay de todo.
Desde radiografías precisas sobre la juventud de su época hasta heroínas
pobladas de incertidumbre y enfermedad, el terror casi pudoroso puesto
en la ambigüedad, las pasiones medidas y nunca desbordadas, la insatisfacción
rozando pañuelitos de encaje, visillos corridos y ocultas melancolías.
Todo pasó por la pluma de
este gurú, que conmovió los andamios literarios del fin de siglo y se
catapultó entre los elegidos, merced a su despliegue del lenguaje y a
su sobria decantación formal.
El escritor de los buenos
modales, el hombre que no pasó sobresaltos en su vida. Aquel que todo
lo encontró a mano, sin embargo supo poner desasosiegos en sus coterráneos,
supo construir existencias paradigmáticas, supo hablarnos de niños que
jugaban a los fantasmas, supo decirnos que la vida, aún desde la opulencia,
siempre tiene ese agridulce clima de infelicidad, el enigma de la finitud
del tiempo, las acechanzas de la enfermedad y el color casi gris y lánguido
de la soledad inevitable.
También explotó el ensayo
con verdaderos retratos morales de muchos escritores que había conocido
y admirado. Desde Balzac a los realistas eduardianos. Muchas de sus crónicas
de viaje por Francia, Italia, Suiza e Inglaterra, le sirvieron para sus
ficciones.
Y, por último, Henry James
falleció el 28 de febrero de 1916 en la ciudad de Londres, luego de haber
sido condecorado con la Orden del Mérito por el Rey Jorge V.
Los lectores, a lo largo
y ancho del mundo, lo siguen condecorando -a diario- cada vez que se abren
las páginas de sus libros y nos introducimos en su mundana seducción.
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Por Roberto
Díaz.
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Henry James.
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