Una escritora de dos mundos
Mínima autobiografía de una "exiliada hija".

Presentamos a nuestros lectores un texto de la escritora argentina María Rosa Lojo, en prensa en un volumen dedicado al exilio español republicano de 1939, a publicar por la Universidad de Lérida. La destacada autora de La Princesa Federal, Historias Ocultas en la Recoleta o su reciente Amores Insólitos, nos acerca una autobiografía en la que ahonda en sus orígenes familiares y en la que cobra especial relevancia la terrible Guerra Civil Española (1936-1939).

Gentileza, María Rosa Lojo
Noviembre de 2002

 
 

Castiñeiros do meu avó como abadías
suntuosas do outono
ai Dios mío!

X. Méndez Ferrín, Estirpe

"Exiliados hijos". No, meramente, "hijos de exiliados". El exilio en primer lugar, como articulación sustantiva de la vida, como ubicación fundadora de la existencia. Una ubicación paradójica, por cierto: para estos hijos hay dos dimensiones del espacio: la real-aparente, que pisan con sus pies, y la real-esencial, que ni rozan los pies ni ven los ojos vivos: mítico reino del Origen, fuente primordial, donde se ha hecho la materia de la sangre, donde se oculta la raíz de la memoria. Así pues, aunque muchos de nosotros seamos vástagos de socialistas agnósticos o de comunistas ateos, estuvimos -desde nuestro azaroso nacimiento en tierra extraña- condenados ab initio a la Metafísica.

Vivir en tránsito. Mirar la vida desde un "no lugar" donde toda huella amenaza desvanecerse como una marca en el agua. Vivir sobre el agua, yendo y viniendo, flotando en la marea de la historia ajena que sin embargo se impone como la más propia. Desde estas contradicciones -que pueden devenir en aporías- se dibuja un conflictivo perfil identitario.

Emigrantes, exiliados, autoexiliados. Hay, como se ha dicho repetidamente, una sustancial diferencia entre el emigrante -llevado por su voluntad de aventura, de bienestar, de progreso- y el exiliado, al que arranca la fuerza proscriptiva de la Historia de su lugar de pertenencia (la "matria" de Unamuno, o la tierra de los "patres", como queramos llamarla). En el autoexiliado la coyuntura es más compleja porque se mezclan ambos componentes. Una vez salvada la instancia de la persecución y de la muerte, podría haberse quedado. Pero ¿dónde?: ¿en un paisaje familiar que se le ha vuelto extraño, Unheimlich, siniestro: un cuento de Hoffmann leído por Freud? ¿Y para qué? ¿Para que -como en esos cuentos- le arranquen los ojos y le roben el alma en la tierra madre que invierte sus funciones nutricias, y -realizando la más oscura de las fantasías- se transforma en vampiro? El auto exiliado abandona un mundo donde cree que ya no podrá crecer humanamente, donde la violencia ha cambiado todas las reglas del juego para instalar un nuevo orden al que se siente ajeno. No lo sabe aún, pero de todas formas quedará cautivo de la tierra que deja.

 

 

María Rosa Lojo

Antonio Lojo Ventoso, mi padre, era uno de esos exiliados. Para él ya había pasado lo peor: el riesgo de fusilamiento, la cárcel, la "redención de penas por el trabajo". Sin embargo se despidió de los castañares centenarios y los caminos de piedra. Cedió a un hermano sus derechos sobre las fincas que le tocaban -magras por cierto, como miembro de una familia numerosa- hizo las valijas y cruzó el océano. Dejaba irremediablemente truncos los estudios que había iniciado cuando el mundo era otro, el sueño de convertirse en oficial de la Marina de la República. Dejaba negocios equivocados y proyectos irrealizables. Dejaba, también (aunque de eso me enteré después de su muerte: era un hombre pudoroso) una cierta reputación juvenil de "mala cabeza", y de play-boy coruñés, que fascinaba a las muchachitas y escandalizaba a sus madres. Dejaba una España que para sus ojos había retrocedido siglos en el tiempo, donde no cabía la dimensión de su deseo. El futuro estaba afuera. Había resuelto que en las nuevas tierras haría otra cosa, y sería, casi, otra persona.

Una genealogía compleja. "Yo, que anhelé ser otro...". Tal fue el deseo de Francisco Narciso de Laprida, en el célebre poema de Borges. Diferenciarse del "destino sudamericano" (la guerra civil, la furia de las "montoneras") que le deparaba la tierra donde había nacido. Extrañarse de sí, conjurar las fatalidades de la carne y de la sangre. Ni Laprida ni mi padre lo consiguieron. En su huida hacia el Sur, el que declaró la Independencia de las "crueles provincias" sólo consiguió ser más cabalmente sudamericano en la crueldad de su muerte, así como mi padre, que había coreado la gloria naciente de la República, sólo pudo, en su periplo austral, ser aún más español, y más gallego.

Para empezar, se casó con otra española que había conocido en el viaje a Buenos Aires. Mi madre, María Teresa Calatrava, no era gallega, sino madrileña, con raíces castellanas y andaluzas. No había militado para la República. Antes bien, en su familia abundaban los curas y las monjas, y, salvo por mi abuelo materno, vagamente socialista, el terror a la "barbarie roja". Si bien después supe, gracias a mi padre, que -tal como en las guerras civiles argentinas- barbarie hubo de sobra y de los dos lados, reconozco que el terror no carecía de razones. El primo de mamá -y también su primer novio, con quien iba a casarse dos semanas después- había sido fusilado al comenzar la guerra en una requisa republicana que encontró lo que estaba buscando: curas protegidos y escondidos en el sótano de la casa. ¿Por qué se casó con mi padre? Es fácil pensar en el coup de foudre, en cierta inexorable "convergencia de los opuestos", y también, en la tolerancia que dan, al cabo, las mutuas pérdidas. Ambos sonríen, para siempre hermosos, con poco más de treinta años, en la fotografía de bodas que me mira desde el piano. Sufrí las consecuencias de esa extraña pareja. En casa la guerra civil nunca se terminó completamente, aunque mi madre buscara, por sobre todo, las imperfectas reparaciones del olvido. Veo a mi abuela materna pasar una a una las cuentas del rosario, mientras augura la condenación eterna de papá, ese ateo que osa desafiar la Voluntad Divina, sin cuya anuencia no se movería ni la hoja de un árbol. El ateo pierde una batalla cuando mamá logra enviarme al Sagrado Corazón (el Sacré Coeur de Magdalena Barat, las monjas con las que ella había estudiado). Sin embargo, no se desalienta. Unos días antes del ingreso escolar, me llama secretamente: "Tu madre y tu abuela se han empeñado en que vayas a ese colegio. Pero tú no seas tonta hija mía. No creas en lo que te dicen las monjas".

El doble mensaje familiar no me condujo, como acaso hubiera sido previsible, a la esquizofrenia, sino a la locura literaria, algo más benigna. En cuanto a mi educación, creo que papá ganó la partida después de todo, aunque en ese momento no se hubiera imaginado cómo. El viejo Sacré Coeur, lejos de resultar una institución "de derechas", asumió, cada vez más, el perfil de una congregación post-conciliar, que educó a sus alumnas con un fuerte sentido de responsabilidad social. Muchos años más tarde dos de sus monjas (las hermanas Léonie Duquet y Alice Domon) serían otras "desaparecidas" en el terrorismo de Estado que acompañó al sedicente Proceso de Reorganización Nacional.

Lugares sagrados, objetos míticos. Si los exiliados hijos escaparon a menudo a la "religión oficial", no pudieron en cambio -como dije- escapar a la Metafísica, ni al Mito. Mi padre trajo con él su Paraíso Perdido. Un lugar que antaño había resultado limitado y pequeño para el adolescente ansioso por ver -y conquistar- la gran ciudad, una aldea de infancia perdida entre montañas, iba a convertirse, años más tarde, en el Centro del Universo, manantial, siempre renovado, de una vida tan antigua que se extraviaba en la noche de los tiempos, entre brillos de cascos romanos, y más lejos aún, de orfebrerías celtas y enormes piedras blancas brotadas del suelo, como huellas de dioses gigantescos. Ningún elemento del legado materno: la Gran Vía madrileña con sus cafés, el Paseo de la Castellana, la Cibeles, ni siquiera el Museo del Prado, podían competir -al menos para mí- con la belleza secreta de ese mundo arcaico y por lo tanto inmortal y seguramente mágico, porque en él había quedado presa el alma de mi padre. Ése fue mi segundo descubrimiento: que un hombre terco y obstinado, duro por fuera como las nueces que gustaba partir con los dientes, tuviese sin embargo, una inconfesable alma vegetal, húmeda y densa como la niebla que cubre en las mañanas de invierno, las laderas de Barbanza. Tal como ella, su alma se aferraba a los seres de la montaña, se desgarraba cuando se desprendía, y no era nada cuando la aventaba la luz, con sus claras distancias. Tuve la certeza de que Barbanza jamás había liberado ni liberaría el alma de mi padre muchos años después. Ya era viejo, pero sobre todo estaba enfermo. La inteligencia empezaba a deshacérsele. Una carcoma invisible le roía la precisión de los números y desarticulaba el orgullo de los pensamientos. Entonces podía escucharse, nítidamente, la voz del alma desde otro sitio. En pleno invierno austral, protegido sólo con la ropa interior, mi padre se escapaba de la cama al jardín helado para pescar truchas con las manos en el río Coroño, del lado en que la sombra del bosque caía sobre el agua. Cuando lo arropábamos otra vez, reprendiéndolo, como a un chico, se quejaba furioso. Pedía que lo dejásemos bajar a tiempo del tren que lo llevaba de Madrid a las montañas. Estaba en su licencia de servicio, durante la guerra, y en la estación lo esperaban un perro y un carnero viejo, tan bien amaestrado y tan doméstico como el perro mismo.

 

   
Mucho antes, en la infancia, en la sobremesa de los domingos, nos instruía sobre su colección preciosa de objetos míticos, pero todavía con alegre ligereza, con la desenvoltura y la precisión del experto que va abriendo a un público lego y ansioso los tesoros de un museo. Pronto los objetos escapaban de sus vitrinas, incontenibles: había un enorme castaño de ramas retorcidas cuyo tronco había servido para labrar los muebles de toda una casa. Había una rueca y un arcón que guardaba sábanas de lino, y antaño los papeles perdidos de un enigmático antepasado, "el escribano de Indias". Había hilanderas con un pañuelo en la cabeza, arrugadas y dulces como las uvas pasas. Había lobos recortados como figuras de un cuento contra la luna llena, y cacerías que dejaban en el monte un rastro de sangre interrumpido.

La luz que emanaba de estos objetos desacreditaba en los seres de la tierra inmediata toda posibilidad de autónomo valor. Para el exiliado hijo el lugar de su nacimiento tiene a menudo la dudosa calidad de las copias platónicas, es un mundo "de segundo grado", en tono menor, a punto de desvanecerse, deslucido e insuficiente. De la historia y la geografía argentina, hasta entonces, sólo me habían hablado los libros de escuela, incapaces de alcanzar el esplendor de la memoria viva y el peso candente del extrañamiento. La biografía familiar -yo lo ignoraba entonces- no hacía sino repetir lo que la ensayística argentina había rastreado ya en los comienzos de la conquista del Plata: una fundación que nunca se terminó de realizar, porque las extensiones vacías u hostiles fueron pobladas con el espíritu del "campamento" y no de la permanencia (Martínez Estrada), porque se las enfrentó con la ignorancia (o el desprecio) hacia los "númenes de la tierra nueva" (Héctor Álvarez Murena). 1

Mi padre no solamente intentó compensar con imágenes míticas la llamada "pérdida de los objetos tangibles" 2. Él, que no creía en Dios, creía en los árboles. Como lo hiciera Rafael Alberti, fuimos a vivir a Castelar, donde había muchos, y las casas tenían (y tienen aún hoy) amplios jardines. En el parque trasero de la nuestra ya había un ciruelo, y varios árboles frutales. Pero mi padre plantó, también, un joven castaño. Era su árbol fundador, después de todo, un verdadero "árbol madre": árbol de la vida, árbol del mundo, eje cósmico capaz de abastecer las necesidades de toda una familia, y por extensión, de la especie humana. En sus hojas rejuvenecía, cada primavera, la esperanza del reencuentro. Pero los castaños no se avienen con el clima de Buenos Aires: los frutos eran muy malos, casi raquíticos, ni siquiera valía la pena extraerlos de su coraza puntiaguda. Sin embargo el castaño dio otro fruto mejor y más esperado. Cuando ya mi padre había muerto pude, por fin, "volver" a la tierra que yo aún no conocía, y donde él no llegó a retornar nunca. A mi regreso, el castaño empezó a morir, irremediable y violento. En un mes se había secado de la copa a las raíces. Comprendí que simplemente daba por cumplida su misión terrena, que siempre había estado allí sólo para encarnar la fuerza del deseo, la poderosa pulsión de la nostalgia, el primer mandamiento que se le impone al exiliado hijo.

Las lenguas propias. Tanto mi padre como mi madre se aferraron a la lengua "del otro lado" y me educaron en ella escrupulosamente. No fue esta lengua el gallego, porque mamá no lo hablaba, sino un correctísimo castellano peninsular que mi padre pronunciaba sin acento local (como que había pasado en Madrid y otras ciudades de España buena parte de su vida). Al idioma gallego -fuera de palabras sueltas- lo conocí más tarde, por los libros. Fue para mí una lengua culta, totalmente literaria; esto es, lo que había sido en sus orígenes, antes de ser mirado, por obra del poder imperial, y luego del poder fascista, como "lengua de bárbaros". Desde la bruma dudosa de la infancia se me aparecen dos imágenes. Una mujer de ojos claros y tristísimos que me mira gravemente desde las tapas de un libro. Palabras alentadoras: "Follas Novas" contradicen, empero, esa mirada melancólica. También un rey con su coronita de oro, que dirige, como el Maestro al frente de una gran orquesta, una corte de trovadores. Sé que habla muchas lenguas, pero que la "del corazón" es el gallego, que se interesa en todas las ciencias, pero que ha probado, asimismo, los caminos secretos de los magos.

Más allá de la historia y de la fábula, de Rosalía de Castro y de Alfonso el Sabio, lo cierto es que en la vida cotidiana, antes de ir al colegio, yo hablaba con "ces" y con "zetas", de "tú" y de "vosotros", como si acabase de pasar por la Aduana. Extranjera en mi propia tierra, fui un objeto de fascinada curiosidad los primeros días de clase. Por supuesto, pronto me aclimaté, y me convertí -lingüísticamente- en una argentina más. Pero sólo de puertas afuera. En la intimidad de la casa perduraron, hasta la muerte de mis padres, el "tú" y el "vosotros", el léxico de la Península: "cerillas", y no "fósforos"; "falda", en vez de "pollera"; "acera", por "vereda"; "dentro" y "fuera", no "adentro" y "afuera". No fui el único caso de "doble identidad" idiomática: ésa era una de las marcas habituales del "exiliado hijo".3

Con el ancla de la lengua se nos recordaba, obsesivamente, un mandato: el "deber ser" españoles, el nacimiento argentino como una mera cuestión de azar. "¿Es que serías china si hubieses nacido en la China en vez de aquí?": esa reiterada pregunta sofística exageraba las distancias étnicas hasta aplastar cualquier ius solis para proclamar la vigencia única e incontestable del ius sanguinis. Emanada de la lengua, una tradición literaria se me imponía también como entrañable e indefectible, a contra corriente de lo que las élites argentinas letradas anglófilas y francófilas, consideraban en el primer rango de legados y de valores: para mí fueron Calderón de la Barca antes que Shakespeare y Racine, Cervantes antes que Dickens o Hardy, Unamuno antes que Sartre o Bernard Shaw. Luego aprendí inglés y francés, leí a esos autores, y a tantos otros; a Oscar Wilde, a Graham Greene, a Somerset Maugham (que viajaron en el barco, junto con mi madre). Pero el molde ya estaba hecho: todas las voces del vasto mundo, forzadas a esperar su turno, iban a filtrarse por la tela indeleble de una matriz cultural "original y necesaria".

También los sabores, los gozos de la comida, se conformaron y se acuñaron fuera de los hábitos de la cocina argentina moderna. Para mí eran absolutamente familiares los pulpos y los langostinos, los calamares, los camarones y mejillones ajenos a los hábitos de las pampas, y que más bien horrorizaban con sus valvas, sus tintes y sus viscosos tentáculos a la mayoría de mis compañeras de escuela. En cambio, durante la infancia y adolescencia consideré como elementos exóticos las pastas y la pizza -"clásicos" para un recetario argentino, definido por su neta hibridez ítalo-criolla- 4. Mi familia consintió únicamente en incorporar el asado. Otros platos locales, compartidos por ambas cocinas, provenían del más antiguo fondo hispánico colonial: el puchero (versión vernácula del "cocido"), las natillas, el arroz con leche aromado con canela 5. Mis padres se resistieron tenazmente al mate, símbolo supremo de argentinidad que también hubiera representado para ellos -creo- un supremo renunciamiento.

Con la música ocurría algo similar. En casa no se escuchaba folklore rural argentino -zambas, chacareras, carnavalitos- aunque mamá llegó a confesarme que algunas piezas le gustaban mucho; tampoco tango, que habrá tenido para mis padres cierto atractivo sensual y pintoresco cuando estaban en España, pero que, visto de cerca, los impresionaba mal, tanto por el uso del lunfardo -a su juicio un castellano inculto y degradado-, como por el ambiente poco recomendable que evocaba, poblado de proxenetas, malevos, compadritos y mujeres de mala vida. A los proxenetas y compadritos mi abuelo paterno había tenido ocasión de conocerlos muy de cerca, cuando, emigrado y no exiliado, puso un bar en los bajos de Avellaneda. La experiencia no debió de ser muy estimulante, porque decidió volverse a España con mi abuela y dos hijos pequeños (mis dos primeros tíos, nacidos en Buenos Aires). Reclamado por sus padres (que lo "mejoraban" en la herencia) y sin duda por la morriña, prefirió la granja entre las montañas a las grescas con los malevos y borrachines porteños, imitados con entusiasmo digno de mejor causa por algunos galleguitos recién venidos 6. Mi temprana música de fondo no fue, pues, la de Gardel, ni de Pugliese, ni de Magaldi. Me crié con el oído atento a prodigiosas guitarras andaluzas, a Albéniz y a los amores brujos de Manuel de Falla, junto con algunas dosis fuertes de cante-jondo y de flamenco (que siempre me resultó relativamente incomprensible) y también de gaitas profundas que hasta el día de hoy me arrancan lágrimas y una alegría perdurable y áspera, como labrada en piedra.

 

 

1
Me he ocupado de estas ideas en los trabajos: "H.M.Murena y Rodolfo Kusch: "Barbarie" como seducción o pecado", Anales de literatura hispanoamericana, 21, Editorial Complutense, Madrid, 1992, y en "Visiones de la Argentina en Eduardo Mallea y Ezequiel Martínez Estrada", Tres celebraciones para la memoria cultural, Centro de Estudios de Literatura Comparada 'María Teresa Maiorana', facultad de Filosofía y Letras, Pontificia Universidad Católica Argentina, Buenos Aires, 1998, pp. 47-51.

2
Emilia de Zuleta, Españoles en la Argentina. El exilio literario de 1936. Buenos Aires, Atril, 1999, p. 105.

3
"Para los españoles, un modo de conservar la identidad nacional era tratar de mantener el idioma y las costumbres, aunque en realidad se hablaban dos idiomas: 'Mi padre quería que se hablara español de España, quería que se emplearan bien los verbos, que se emplearan ciertas palabras como 'acera' ; en fin, términos que son más españoles que argentinos [... ] Yo me acuerdo de haber hablado dos idiomas, con los españoles con las zetas y con los argentinos en argentino. Y todo el mundo consideraba normal esa disociación.'

En la mayor parte de las casas de las familias republicanas se hablaban dos idiomas. Esto era parte de una decisión consciente, una verdadera obsesión. Se trataba de conservar el lenguaje para reafirmar un sentimiento de pertenencia, en un país donde el riesgo de perderlo era inmenso. Para ello se recordaba obsesivamente lo que había sucedido con los inmigrantes que habían perdido los rasgos de su idioma en su afán de asimilación. Tú y vos, tienes y tenés, tiempos verbales compuestos, diferenciación de universos, el uso de la palabra casi con fines terapéuticos y simbólicos para recordar quién se es y sobre todo que se va a volver a España." (Dora Schwarzstein, "Entre la tierra perdida y la tierra prestada: refugiados judíos y españoles en la Argentina", Historia de la vida privada en la Argentina, Vol. 3, Buenos Aires, Taurus, 1999, p.122).

4
Ver el interesante artículo de Eduardo P. Archetti, "Hibridación, pertenencia y localidad en la construcción de una cocina nacional", La Argentina en el siglo XX, Buenos Aires, Ariel-Universidad Nacional de Quilmes, 1999, pp. 217-237.

5
Sobre las varias tradiciones culinarias argentinas ilustra con erudición y amenidad, Los sabores de la patria, de Víctor Ego Ducrot, Buenos Aires, Norma, 1998.

6
Leopoldo Marechal ha dejado, en Adán Buenosayres, una deliciosa pintura del gallego aporteñado que cree "ascender" en la escala social, sustituyendo sus valores tradicionales por los del compadrito. Lejos de la xenofobia de otros autores, mantiene así la tesis de la Argentina como "corruptora" de muchos inmigrantes más o menos desguarnecidos e ingenuos (Adán Buenosayres, Buenos Aires, Sudamericana, 1970, pp. 417-418.)

Un nuevo mundo para los "exiliados hijos". Quien haya leído hasta aquí acaso piense que el peso de la identidad heredada podía llegar a volverse, para los hijos del exilio, un tanto asfixiante. No le faltará razón. Durante mucho tiempo, casi hasta la mayoría de edad, sentí mi permanencia en la Argentina como una estadía transitoria. El momento del regreso era, no sólo inminente sino decisivo: de él dependía la orientación entera de la vida, la trama de los deseos. Ese acontecimiento, tan postergado como próximo, hacía que todo pareciera incompleto y provisorio. Los años de estudio y conflictivo crecimiento no habían sido más que la preparación para el ingreso al "mundo real", a la "vida verdadera". El desgarramiento de los exiliados padres y la incierta, ambivalente situación de los exiliados hijos, fueron el motivo de mi primera novela (Canción perdida en Buenos Aires al Oeste) que, como suele suceder con toda novela primeriza, mucho tenía de autobiográfica: "Yo, Miguel, el desterrado de una tierra en donde no nací, el que vive no sólo en su país -triste país-, sino en el mundo, como en un hotel...", dice, no por nada, uno de sus personajes. Pero el esperado "momento trascendental" no llegó jamás. Mis padres envejecieron y se enfermaron. Papá, que había seguido por la televisión los tortuosos pormenores de la "muerte por entregas" del Generalísimo, empezó poco después que él su camino, más lento y doloroso aún, hacia la muerte propia. Si antes no habían vuelto, sanos, menos lo harían enfermos. Me encontré, de pronto, sin padres, sin patria, y también sin futuro. Al menos, sin el futuro que se me había preparado desde que vi la luz en el "destierro del Plata".

Sin embargo, el porvenir -muy distinto- estaba más cerca de lo que yo pensaba. Me enamoré de un argentino de tercera generación que había venido a estudiar a Buenos Aires desde Misiones, la provincia de las cataratas del Iguazú, en el Norte del país. El descendía más bien de emigrantes, no de exiliados: los campesinos alemanes que, hacia 1880, le volvieron la espalda a la política militarista de Bismarck, y llegaron a las Américas (primero al Brasil, luego a la Argentina) con una Biblia bajo un brazo y una azada bajo el otro. No habían olvidado su lengua ni la religión luterana, pero tomaban mate, mezclaban el alemán con el castellano, el guaraní y también el portugués, alternaban el folklore de una Heimat lejana con romanzas, guaranias e incluso las canciones de los gaúchos en el Sur del Brasil.

El amor, por un lado, la necesidad de cuidar -aquí- a los que ya no volverían, el viraje de mi propia orientación profesional: todo había conspirado para que comenzara a mirar como mío el mundo inmediato. Debo reconocer que papá había hecho lo suyo para que esto ocurriera, pero sin medir, seguramente, las consecuencias. En uno de mis cumpleaños (aunque en realidad festejábamos más mi "santo" -en Santa Rosa- que el aniversario de nacimiento al uso argentino) apareció con un pequeño estante de madera, donde se alineaba una colección de libros en miniatura. Allí convivían, entre otros, Recuerdos de Provincia de Domingo F. Sarmiento; parte de las causeries de Lucio V. Mansilla, el de los indios ranqueles, las Bases, de Juan Bautista Alberdi, el Martín Fierro de José Hernández; Fausto, de Estanislao del Campo. Mientras escribo estas líneas, miro ese bonsai de biblioteca argentina, que después creció y se expandió hasta convertirse en bosque e invadir toda la casa. Al estante, que se sostiene precariamente, le faltan dos clavijas. Las letras negras sobre el lomo rojo de los libritos están casi borradas, en algunos ha desaparecido la portadilla; otros tienen los bordes deshilachados y abiertos. Todos ellos llevan las marcas de ese uso amoroso tan intenso que puede causar, por la fuerza del desgaste, los mismos efectos que el odio. El más destrozado, ya sin tapa, es de las Causeries mansillianas: en este microcosmos, abigarrados y cambiantes como los colores y las formas de un caleidoscopio, giran y dialogan los personajes de una familia virtual que en muchos aspectos me parece tan real como la mía propia, que ha poblado mis novelas, y mis ya largas reflexiones sobre la Argentina, y sobre la Argentina y España. El mismo Lucio Victorio Mansilla (héroe de La pasión de los nómades, paródica epopeya gallego-argentina), su hermana Eduarda (a quien dediqué Una mujer de fin de siglo), su tío Juan Manuel de Rozas, y su prima Manuelita, hija de don Juan Manuel (que recorren las páginas de La princesa federal).

¿Volver?.... Sí que "volví", después de todo, a ese país en donde nunca había estado. Pero no para siempre. No para hacer otra vida (la vrai vie) en el mundo ausente. Reemplacé la trascendencia por la inmanencia. Encontré, del lado de acá, mitos para deshacer y nuevos mitos para construir, desde la ficción y la poesía. No desoí el llamado del origen: me puse a buscarlo por los caminos de la Historia, pero en la tierra donde había nacido, que en este siglo también produjo, desdichadamente, sus exiliados propios, y que es hoy, la tierra donde se limpian los huesos de mis muertos.

La España presente no me decepcionó de la España soñada. Lamenté, sí, que mi padre no pudiera ver al fin realizadas muchas de las cosas por las que había luchado: una educación extendida y accesible a todos, una lengua hablada, escrita y leída, de la que ningún gallego tenía ya que avergonzarse, una tierra verde, comunicada por anchas carreteras, iluminada hasta en las curvas más esquivas de los senderitos aldeanos. No escuché aullar a los lobos -la electricidad los habría ahuyentado- pero vi las escobas de las meigas en el museo de San Domingos de Bonaval, de donde vuelven a tomarlas, sin duda, para echarse a volar por los cielos nocturnos, mientras el apóstol Santiago las mira con envidia, sentadito en su nicho prestigioso pero quizá, muy aburrido.

 

   
También fui al Museo del Prado, y pasé un largo rato frente al Caballero de la mano al pecho, como lo hizo mi madre alguna vez, y crucé bajo el Arco de Cuchilleros donde todavía se ve la sombra de una manola con el rizo agitanado y un lunarcito en la mejilla, y se compra una entrada para la Verbena de la Paloma y para los toros de Carabanchel.

Volví para rendir homenaje a la memoria, no para quedarme; me acompañó, gustosa, la familia argentina: mi marido y tres hijos. Entre tantos otros regalos de parientes y amigos, trajimos con nosotros a Buenos Aires, como obsequio de Miguel Anxo Seixas Seoane, un CD que, gracias a las magias de la tecnología, más eficaces que las de las pobres meigas¸ conserva en su memoria plateada los Sons da terra, y que pongo a girar cuando me acosa la nostalgia de las ruedas de los últimos carros, y de los saltos de agua que acechan al viandante, con un golpe de transparencia entre follajes.

No renuncié a ninguna de mis tierras, a ninguna de mis historias. He aceptado plenamente mi doble identidad, así como mi doble ciudadanía. La escisión, la ambivalencia iniciales, se han convertido en intrincada riqueza. Puedo mirar a España desde la Argentina y a la Argentina desde España. Y como todo empieza y acaba en la poesía, quiero cerrar esta autobiografía mínima con un poema:

 

   
SEMPRE EN GALIZA (7)

La montaña es un cambio en la respiración. Las botas comienzan a resbalar por la tela de musgos radiantes con que el monte se cubre, y el aire se enriquece con el olor de las raíces expuestas a la humedad perenne y al silencio.

Más arriba cae el torrente de aguas de lluvia que se ve desde las ventanas del valle y en la corteza del invierno el bosque oculta tus memorias de antes de nacer. Una muchacha se sentaba allí para mirar el mar con sueños tercos. Tenía las ropas negras y las trenzas rojas y gritaba al futuro para que la escucharas. El grito era una canción que podía curar o levantar las almas de sus mezquinos territorios en camposantos remotos y extranjeros.

Cuando la canción concluía, ella te ordenaba en voz baja: Me traerás mi rizo guardado en un relicario. Me traerás el corazón de tu padre en un papel de Biblia, aplanado y tranquilo como las hojas secas. Me traerás el rosario de tu comunión para que sus cuentas iluminen mi oscuridad y reflejen las caras de otro tiempo. Me traerás la tierra de la llanura para que mis huesos aprendan a bailar en el revés del mundo.

Me traerás tu deseo.

 
7
Del libro Esperan la mañana verde, Buenos Aires, El Francotirador Ediciones, 1998, p. 50.

Libros citados de la "exiliada hija"

Canción perdida en Buenos Aires al Oeste, Buenos Aires, Torres Agüero, 1987.
La pasión de los nómades, Buenos Aires, Atlántida, 1994.
La princesa federal, Buenos Aires, Planeta, 1999.
Esperan la mañana verde, Buenos Aires, El Francotirador Ediciones, 1998.
Una mujer de fin de siglo, Buenos Aires, Planeta, 1999.

Gentileza, María Rosa Lojo
Noviembre de 2002
 

 

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