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Castiñeiros do meu avó
como abadías
suntuosas do outono
ai Dios mío!
X. Méndez Ferrín, Estirpe
"Exiliados hijos". No, meramente, "hijos
de exiliados". El exilio en primer lugar, como articulación
sustantiva de la vida, como ubicación fundadora de la existencia.
Una ubicación paradójica, por cierto: para estos hijos
hay dos dimensiones del espacio: la real-aparente, que pisan con sus
pies, y la real-esencial, que ni rozan los pies ni ven los ojos vivos:
mítico reino del Origen, fuente primordial, donde se ha hecho
la materia de la sangre, donde se oculta la raíz de la memoria.
Así pues, aunque muchos de nosotros seamos vástagos de
socialistas agnósticos o de comunistas ateos, estuvimos -desde
nuestro azaroso nacimiento en tierra extraña- condenados ab
initio a la Metafísica.
Vivir en tránsito. Mirar la vida desde un "no
lugar" donde toda huella amenaza desvanecerse como una marca en
el agua. Vivir sobre el agua, yendo y viniendo, flotando en la marea
de la historia ajena que sin embargo se impone como la más propia.
Desde estas contradicciones -que pueden devenir en aporías- se
dibuja un conflictivo perfil identitario.
Emigrantes, exiliados, autoexiliados.
Hay, como se ha dicho repetidamente, una sustancial diferencia entre
el emigrante -llevado por su voluntad de aventura, de bienestar, de
progreso- y el exiliado, al que arranca la fuerza proscriptiva de la
Historia de su lugar de pertenencia (la "matria" de Unamuno,
o la tierra de los "patres", como queramos llamarla). En el
autoexiliado la coyuntura es más compleja porque se mezclan ambos
componentes. Una vez salvada la instancia de la persecución y
de la muerte, podría haberse quedado. Pero ¿dónde?:
¿en un paisaje familiar que se le ha vuelto extraño, Unheimlich,
siniestro: un cuento de Hoffmann leído por Freud? ¿Y para
qué? ¿Para que -como en esos cuentos- le arranquen los
ojos y le roben el alma en la tierra madre que invierte sus funciones
nutricias, y -realizando la más oscura de las fantasías-
se transforma en vampiro? El auto exiliado abandona un mundo donde cree
que ya no podrá crecer humanamente, donde la violencia ha cambiado
todas las reglas del juego para instalar un nuevo orden al que se siente
ajeno. No lo sabe aún, pero de todas formas quedará cautivo
de la tierra que deja.
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María Rosa Lojo
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Antonio Lojo Ventoso, mi padre, era uno de esos exiliados.
Para él ya había pasado lo peor: el riesgo de fusilamiento,
la cárcel, la "redención de penas por el trabajo".
Sin embargo se despidió de los castañares centenarios
y los caminos de piedra. Cedió a un hermano sus derechos sobre
las fincas que le tocaban -magras por cierto, como miembro de una familia
numerosa- hizo las valijas y cruzó el océano. Dejaba irremediablemente
truncos los estudios que había iniciado cuando el mundo era otro,
el sueño de convertirse en oficial de la Marina de la República.
Dejaba negocios equivocados y proyectos irrealizables. Dejaba, también
(aunque de eso me enteré después de su muerte: era un
hombre pudoroso) una cierta reputación juvenil de "mala
cabeza", y de play-boy coruñés, que fascinaba
a las muchachitas y escandalizaba a sus madres. Dejaba una España
que para sus ojos había retrocedido siglos en el tiempo, donde
no cabía la dimensión de su deseo. El futuro estaba afuera.
Había resuelto que en las nuevas tierras haría otra cosa,
y sería, casi, otra persona.
Una genealogía compleja. "Yo,
que anhelé ser otro...". Tal fue el deseo de Francisco
Narciso de Laprida, en el célebre poema de Borges. Diferenciarse
del "destino sudamericano" (la guerra civil, la furia de las
"montoneras") que le deparaba la tierra donde había
nacido. Extrañarse de sí, conjurar las fatalidades de
la carne y de la sangre. Ni Laprida ni mi padre lo consiguieron. En
su huida hacia el Sur, el que declaró la Independencia de las
"crueles provincias" sólo consiguió ser más
cabalmente sudamericano en la crueldad de su muerte, así como
mi padre, que había coreado la gloria naciente de la República,
sólo pudo, en su periplo austral, ser aún más español,
y más gallego.
Para empezar, se casó con otra española
que había conocido en el viaje a Buenos Aires. Mi madre, María
Teresa Calatrava, no era gallega, sino madrileña, con raíces
castellanas y andaluzas. No había militado para la República.
Antes bien, en su familia abundaban los curas y las monjas, y, salvo
por mi abuelo materno, vagamente socialista, el terror a la "barbarie
roja". Si bien después supe, gracias a mi padre, que -tal
como en las guerras civiles argentinas- barbarie hubo de sobra y de
los dos lados, reconozco que el terror no carecía de razones.
El primo de mamá -y también su primer novio, con quien
iba a casarse dos semanas después- había sido fusilado
al comenzar la guerra en una requisa republicana que encontró
lo que estaba buscando: curas protegidos y escondidos en el sótano
de la casa. ¿Por qué se casó con mi padre? Es fácil
pensar en el coup de foudre, en cierta inexorable "convergencia
de los opuestos", y también, en la tolerancia que dan, al
cabo, las mutuas pérdidas. Ambos sonríen, para siempre
hermosos, con poco más de treinta años, en la fotografía
de bodas que me mira desde el piano. Sufrí las consecuencias
de esa extraña pareja. En casa la guerra civil nunca se terminó
completamente, aunque mi madre buscara, por sobre todo, las imperfectas
reparaciones del olvido. Veo a mi abuela materna pasar una a una las
cuentas del rosario, mientras augura la condenación eterna de
papá, ese ateo que osa desafiar la Voluntad Divina, sin cuya
anuencia no se movería ni la hoja de un árbol. El ateo
pierde una batalla cuando mamá logra enviarme al Sagrado Corazón
(el Sacré Coeur de Magdalena Barat, las monjas con las
que ella había estudiado). Sin embargo, no se desalienta. Unos
días antes del ingreso escolar, me llama secretamente: "Tu
madre y tu abuela se han empeñado en que vayas a ese colegio.
Pero tú no seas tonta hija mía. No creas en lo que te
dicen las monjas".
El doble mensaje familiar no me condujo, como acaso
hubiera sido previsible, a la esquizofrenia, sino a la locura literaria,
algo más benigna. En cuanto a mi educación, creo que papá
ganó la partida después de todo, aunque en ese momento
no se hubiera imaginado cómo. El viejo Sacré Coeur,
lejos de resultar una institución "de derechas", asumió,
cada vez más, el perfil de una congregación post-conciliar,
que educó a sus alumnas con un fuerte sentido de responsabilidad
social. Muchos años más tarde dos de sus monjas (las hermanas
Léonie Duquet y Alice Domon) serían otras "desaparecidas"
en el terrorismo de Estado que acompañó al sedicente Proceso
de Reorganización Nacional.
Lugares sagrados, objetos míticos.
Si los exiliados hijos escaparon a menudo a la "religión
oficial", no pudieron en cambio -como dije- escapar a la Metafísica,
ni al Mito. Mi padre trajo con él su Paraíso Perdido.
Un lugar que antaño había resultado limitado y pequeño
para el adolescente ansioso por ver -y conquistar- la gran ciudad, una
aldea de infancia perdida entre montañas, iba a convertirse,
años más tarde, en el Centro del Universo, manantial,
siempre renovado, de una vida tan antigua que se extraviaba en la noche
de los tiempos, entre brillos de cascos romanos, y más lejos
aún, de orfebrerías celtas y enormes piedras blancas brotadas
del suelo, como huellas de dioses gigantescos. Ningún elemento
del legado materno: la Gran Vía madrileña con sus cafés,
el Paseo de la Castellana, la Cibeles, ni siquiera el Museo del Prado,
podían competir -al menos para mí- con la belleza secreta
de ese mundo arcaico y por lo tanto inmortal y seguramente mágico,
porque en él había quedado presa el alma de mi padre.
Ése fue mi segundo descubrimiento: que un hombre terco y obstinado,
duro por fuera como las nueces que gustaba partir con los dientes, tuviese
sin embargo, una inconfesable alma vegetal, húmeda y densa como
la niebla que cubre en las mañanas de invierno, las laderas de
Barbanza. Tal como ella, su alma se aferraba a los seres de la montaña,
se desgarraba cuando se desprendía, y no era nada cuando la aventaba
la luz, con sus claras distancias. Tuve la certeza de que Barbanza jamás
había liberado ni liberaría el alma de mi padre muchos
años después. Ya era viejo, pero sobre todo estaba enfermo.
La inteligencia empezaba a deshacérsele. Una carcoma invisible
le roía la precisión de los números y desarticulaba
el orgullo de los pensamientos. Entonces podía escucharse, nítidamente,
la voz del alma desde otro sitio. En pleno invierno austral, protegido
sólo con la ropa interior, mi padre se escapaba de la cama al
jardín helado para pescar truchas con las manos en el río
Coroño, del lado en que la sombra del bosque caía sobre
el agua. Cuando lo arropábamos otra vez, reprendiéndolo,
como a un chico, se quejaba furioso. Pedía que lo dejásemos
bajar a tiempo del tren que lo llevaba de Madrid a las montañas.
Estaba en su licencia de servicio, durante la guerra, y en la estación
lo esperaban un perro y un carnero viejo, tan bien amaestrado y tan
doméstico como el perro mismo.
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Mucho antes, en la infancia, en la sobremesa
de los domingos, nos instruía sobre su colección preciosa
de objetos míticos, pero todavía con alegre ligereza,
con la desenvoltura y la precisión del experto que va abriendo
a un público lego y ansioso los tesoros de un museo. Pronto los
objetos escapaban de sus vitrinas, incontenibles: había un enorme
castaño de ramas retorcidas cuyo tronco había servido
para labrar los muebles de toda una casa. Había una rueca y un
arcón que guardaba sábanas de lino, y antaño los
papeles perdidos de un enigmático antepasado, "el escribano
de Indias". Había hilanderas con un pañuelo en la
cabeza, arrugadas y dulces como las uvas pasas. Había lobos recortados
como figuras de un cuento contra la luna llena, y cacerías que
dejaban en el monte un rastro de sangre interrumpido.
La luz que emanaba de estos objetos desacreditaba en
los seres de la tierra inmediata toda posibilidad de autónomo
valor. Para el exiliado hijo el lugar de su nacimiento tiene a menudo
la dudosa calidad de las copias platónicas, es un mundo "de
segundo grado", en tono menor, a punto de desvanecerse, deslucido
e insuficiente. De la historia y la geografía argentina, hasta
entonces, sólo me habían hablado los libros de escuela,
incapaces de alcanzar el esplendor de la memoria viva y el peso candente
del extrañamiento. La biografía familiar -yo lo ignoraba
entonces- no hacía sino repetir lo que la ensayística
argentina había rastreado ya en los comienzos de la conquista
del Plata: una fundación que nunca se terminó de realizar,
porque las extensiones vacías u hostiles fueron pobladas con
el espíritu del "campamento" y no de la permanencia
(Martínez Estrada), porque se las enfrentó con la ignorancia
(o el desprecio) hacia los "númenes de la tierra nueva"
(Héctor Álvarez Murena). 1
Mi padre no solamente intentó compensar con imágenes
míticas la llamada "pérdida de los objetos tangibles"
2. Él, que no creía en Dios, creía
en los árboles. Como lo hiciera Rafael Alberti, fuimos a vivir
a Castelar, donde había muchos, y las casas tenían (y
tienen aún hoy) amplios jardines. En el parque trasero de la
nuestra ya había un ciruelo, y varios árboles frutales.
Pero mi padre plantó, también, un joven castaño.
Era su árbol fundador, después de todo, un verdadero "árbol
madre": árbol de la vida, árbol del mundo, eje cósmico
capaz de abastecer las necesidades de toda una familia, y por extensión,
de la especie humana. En sus hojas rejuvenecía, cada primavera,
la esperanza del reencuentro. Pero los castaños no se avienen
con el clima de Buenos Aires: los frutos eran muy malos, casi raquíticos,
ni siquiera valía la pena extraerlos de su coraza puntiaguda.
Sin embargo el castaño dio otro fruto mejor y más esperado.
Cuando ya mi padre había muerto pude, por fin, "volver"
a la tierra que yo aún no conocía, y donde él no
llegó a retornar nunca. A mi regreso, el castaño empezó
a morir, irremediable y violento. En un mes se había secado de
la copa a las raíces. Comprendí que simplemente daba por
cumplida su misión terrena, que siempre había estado allí
sólo para encarnar la fuerza del deseo, la poderosa pulsión
de la nostalgia, el primer mandamiento que se le impone al exiliado
hijo.
Las lenguas propias. Tanto mi padre como
mi madre se aferraron a la lengua "del otro lado" y me educaron
en ella escrupulosamente. No fue esta lengua el gallego, porque mamá
no lo hablaba, sino un correctísimo castellano peninsular que
mi padre pronunciaba sin acento local (como que había pasado
en Madrid y otras ciudades de España buena parte de su vida).
Al idioma gallego -fuera de palabras sueltas- lo conocí más
tarde, por los libros. Fue para mí una lengua culta, totalmente
literaria; esto es, lo que había sido en sus orígenes,
antes de ser mirado, por obra del poder imperial, y luego del poder
fascista, como "lengua de bárbaros". Desde la bruma
dudosa de la infancia se me aparecen dos imágenes. Una mujer
de ojos claros y tristísimos que me mira gravemente desde las
tapas de un libro. Palabras alentadoras: "Follas Novas" contradicen,
empero, esa mirada melancólica. También un rey con su
coronita de oro, que dirige, como el Maestro al frente de una gran orquesta,
una corte de trovadores. Sé que habla muchas lenguas, pero que
la "del corazón" es el gallego, que se interesa en
todas las ciencias, pero que ha probado, asimismo, los caminos secretos
de los magos.
Más allá de la historia y de la fábula,
de Rosalía de Castro y de Alfonso el Sabio, lo cierto es que
en la vida cotidiana, antes de ir al colegio, yo hablaba con "ces"
y con "zetas", de "tú" y de "vosotros",
como si acabase de pasar por la Aduana. Extranjera en mi propia tierra,
fui un objeto de fascinada curiosidad los primeros días de clase.
Por supuesto, pronto me aclimaté, y me convertí -lingüísticamente-
en una argentina más. Pero sólo de puertas afuera. En
la intimidad de la casa perduraron, hasta la muerte de mis padres, el
"tú" y el "vosotros", el léxico de
la Península: "cerillas", y no "fósforos";
"falda", en vez de "pollera"; "acera",
por "vereda"; "dentro" y "fuera", no "adentro"
y "afuera". No fui el único caso de "doble identidad"
idiomática: ésa era una de las marcas habituales del "exiliado
hijo".3
Con el ancla de la lengua se nos recordaba, obsesivamente,
un mandato: el "deber ser" españoles, el nacimiento
argentino como una mera cuestión de azar. "¿Es que
serías china si hubieses nacido en la China en vez de aquí?":
esa reiterada pregunta sofística exageraba las distancias étnicas
hasta aplastar cualquier ius solis para proclamar la vigencia
única e incontestable del ius sanguinis. Emanada de la
lengua, una tradición literaria se me imponía también
como entrañable e indefectible, a contra corriente de lo que
las élites argentinas letradas anglófilas y francófilas,
consideraban en el primer rango de legados y de valores: para mí
fueron Calderón de la Barca antes que Shakespeare y Racine, Cervantes
antes que Dickens o Hardy, Unamuno antes que Sartre o Bernard Shaw.
Luego aprendí inglés y francés, leí a esos
autores, y a tantos otros; a Oscar Wilde, a Graham Greene, a Somerset
Maugham (que viajaron en el barco, junto con mi madre). Pero el molde
ya estaba hecho: todas las voces del vasto mundo, forzadas a esperar
su turno, iban a filtrarse por la tela indeleble de una matriz cultural
"original y necesaria".
También los sabores, los gozos de la comida,
se conformaron y se acuñaron fuera de los hábitos de la
cocina argentina moderna. Para mí eran absolutamente familiares
los pulpos y los langostinos, los calamares, los camarones y mejillones
ajenos a los hábitos de las pampas, y que más bien horrorizaban
con sus valvas, sus tintes y sus viscosos tentáculos a la mayoría
de mis compañeras de escuela. En cambio, durante la infancia
y adolescencia consideré como elementos exóticos las pastas
y la pizza -"clásicos" para un recetario argentino,
definido por su neta hibridez ítalo-criolla- 4.
Mi familia consintió únicamente en incorporar el asado.
Otros platos locales, compartidos por ambas cocinas, provenían
del más antiguo fondo hispánico colonial: el puchero (versión
vernácula del "cocido"), las natillas, el arroz con
leche aromado con canela 5. Mis padres se resistieron
tenazmente al mate, símbolo supremo de argentinidad que también
hubiera representado para ellos -creo- un supremo renunciamiento.
Con la música ocurría algo
similar. En casa no se escuchaba folklore rural argentino -zambas, chacareras,
carnavalitos- aunque mamá llegó a confesarme que algunas
piezas le gustaban mucho; tampoco tango, que habrá tenido para
mis padres cierto atractivo sensual y pintoresco cuando estaban en España,
pero que, visto de cerca, los impresionaba mal, tanto por el uso del
lunfardo -a su juicio un castellano inculto y degradado-, como por el
ambiente poco recomendable que evocaba, poblado de proxenetas, malevos,
compadritos y mujeres de mala vida. A los proxenetas y compadritos mi
abuelo paterno había tenido ocasión de conocerlos muy
de cerca, cuando, emigrado y no exiliado, puso un bar en los bajos de
Avellaneda. La experiencia no debió de ser muy estimulante, porque
decidió volverse a España con mi abuela y dos hijos pequeños
(mis dos primeros tíos, nacidos en Buenos Aires). Reclamado por
sus padres (que lo "mejoraban" en la herencia) y sin duda
por la morriña, prefirió la granja entre las montañas
a las grescas con los malevos y borrachines porteños, imitados
con entusiasmo digno de mejor causa por algunos galleguitos recién
venidos 6. Mi temprana música de fondo no fue,
pues, la de Gardel, ni de Pugliese, ni de Magaldi. Me crié con
el oído atento a prodigiosas guitarras andaluzas, a Albéniz
y a los amores brujos de Manuel de Falla, junto con algunas dosis fuertes
de cante-jondo y de flamenco (que siempre me resultó relativamente
incomprensible) y también de gaitas profundas que hasta el día
de hoy me arrancan lágrimas y una alegría perdurable y
áspera, como labrada en piedra.
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1
Me he ocupado de estas ideas en los trabajos: "H.M.Murena y Rodolfo
Kusch: "Barbarie" como seducción o pecado",
Anales de literatura hispanoamericana, 21, Editorial Complutense,
Madrid, 1992, y en "Visiones de la Argentina en Eduardo Mallea
y Ezequiel Martínez Estrada", Tres celebraciones para
la memoria cultural, Centro de Estudios de Literatura Comparada 'María
Teresa Maiorana', facultad de Filosofía y Letras, Pontificia
Universidad Católica Argentina, Buenos Aires, 1998, pp. 47-51.
2
Emilia de Zuleta, Españoles en la Argentina. El exilio literario
de 1936. Buenos Aires, Atril, 1999, p. 105.
3
"Para los españoles, un modo de conservar la identidad
nacional era tratar de mantener el idioma y las costumbres, aunque
en realidad se hablaban dos idiomas: 'Mi padre quería que se
hablara español de España, quería que se emplearan
bien los verbos, que se emplearan ciertas palabras como 'acera' ;
en fin, términos que son más españoles que argentinos
[... ] Yo me acuerdo de haber hablado dos idiomas, con los españoles
con las zetas y con los argentinos en argentino. Y todo el mundo consideraba
normal esa disociación.'
En la mayor parte de las casas de las familias republicanas
se hablaban dos idiomas. Esto era parte de una decisión consciente,
una verdadera obsesión. Se trataba de conservar el lenguaje
para reafirmar un sentimiento de pertenencia, en un país donde
el riesgo de perderlo era inmenso. Para ello se recordaba obsesivamente
lo que había sucedido con los inmigrantes que habían
perdido los rasgos de su idioma en su afán de asimilación.
Tú y vos, tienes y tenés, tiempos verbales compuestos,
diferenciación de universos, el uso de la palabra casi con
fines terapéuticos y simbólicos para recordar quién
se es y sobre todo que se va a volver a España." (Dora
Schwarzstein, "Entre la tierra perdida y la tierra prestada:
refugiados judíos y españoles en la Argentina",
Historia de la vida privada en la Argentina, Vol. 3, Buenos Aires,
Taurus, 1999, p.122).
4
Ver el interesante artículo de Eduardo P. Archetti, "Hibridación,
pertenencia y localidad en la construcción de una cocina nacional",
La Argentina en el siglo XX, Buenos Aires, Ariel-Universidad Nacional
de Quilmes, 1999, pp. 217-237.
5
Sobre las varias tradiciones culinarias argentinas ilustra con erudición
y amenidad, Los sabores de la patria, de Víctor Ego Ducrot,
Buenos Aires, Norma, 1998.
6
Leopoldo Marechal ha dejado, en Adán Buenosayres, una deliciosa
pintura del gallego aporteñado que cree "ascender"
en la escala social, sustituyendo sus valores tradicionales por los
del compadrito. Lejos de la xenofobia de otros autores, mantiene así
la tesis de la Argentina como "corruptora" de muchos inmigrantes
más o menos desguarnecidos e ingenuos (Adán Buenosayres,
Buenos Aires, Sudamericana, 1970, pp. 417-418.)
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Un nuevo mundo para los "exiliados
hijos". Quien haya leído hasta aquí acaso
piense que el peso de la identidad heredada podía llegar a volverse,
para los hijos del exilio, un tanto asfixiante. No le faltará
razón. Durante mucho tiempo, casi hasta la mayoría de
edad, sentí mi permanencia en la Argentina como una estadía
transitoria. El momento del regreso era, no sólo inminente sino
decisivo: de él dependía la orientación entera
de la vida, la trama de los deseos. Ese acontecimiento, tan postergado
como próximo, hacía que todo pareciera incompleto y provisorio.
Los años de estudio y conflictivo crecimiento no habían
sido más que la preparación para el ingreso al "mundo
real", a la "vida verdadera". El desgarramiento de los
exiliados padres y la incierta, ambivalente situación de los
exiliados hijos, fueron el motivo de mi primera novela (Canción
perdida en Buenos Aires al Oeste) que, como suele suceder con toda
novela primeriza, mucho tenía de autobiográfica: "Yo,
Miguel, el desterrado de una tierra en donde no nací, el que
vive no sólo en su país -triste país-, sino en
el mundo, como en un hotel...", dice, no por nada, uno de sus personajes.
Pero el esperado "momento trascendental" no llegó jamás.
Mis padres envejecieron y se enfermaron. Papá, que había
seguido por la televisión los tortuosos pormenores de la "muerte
por entregas" del Generalísimo, empezó poco después
que él su camino, más lento y doloroso aún, hacia
la muerte propia. Si antes no habían vuelto, sanos, menos lo
harían enfermos. Me encontré, de pronto, sin padres, sin
patria, y también sin futuro. Al menos, sin el futuro que se
me había preparado desde que vi la luz en el "destierro
del Plata".
Sin embargo, el porvenir -muy distinto- estaba más
cerca de lo que yo pensaba. Me enamoré de un argentino de tercera
generación que había venido a estudiar a Buenos Aires
desde Misiones, la provincia de las cataratas del Iguazú, en
el Norte del país. El descendía más bien de emigrantes,
no de exiliados: los campesinos alemanes que, hacia 1880, le volvieron
la espalda a la política militarista de Bismarck, y llegaron
a las Américas (primero al Brasil, luego a la Argentina) con
una Biblia bajo un brazo y una azada bajo el otro. No habían
olvidado su lengua ni la religión luterana, pero tomaban mate,
mezclaban el alemán con el castellano, el guaraní y también
el portugués, alternaban el folklore de una Heimat lejana
con romanzas, guaranias e incluso las canciones de los gaúchos
en el Sur del Brasil.
El amor, por un lado, la necesidad de cuidar -aquí-
a los que ya no volverían, el viraje de mi propia orientación
profesional: todo había conspirado para que comenzara a mirar
como mío el mundo inmediato. Debo reconocer que papá había
hecho lo suyo para que esto ocurriera, pero sin medir, seguramente,
las consecuencias. En uno de mis cumpleaños (aunque en realidad
festejábamos más mi "santo" -en Santa Rosa-
que el aniversario de nacimiento al uso argentino) apareció con
un pequeño estante de madera, donde se alineaba una colección
de libros en miniatura. Allí convivían, entre otros, Recuerdos
de Provincia de Domingo F. Sarmiento; parte de las causeries
de Lucio V. Mansilla, el de los indios ranqueles, las Bases,
de Juan Bautista Alberdi, el Martín Fierro de José
Hernández; Fausto, de Estanislao del Campo. Mientras escribo
estas líneas, miro ese bonsai de biblioteca argentina,
que después creció y se expandió hasta convertirse
en bosque e invadir toda la casa. Al estante, que se sostiene precariamente,
le faltan dos clavijas. Las letras negras sobre el lomo rojo de los
libritos están casi borradas, en algunos ha desaparecido la portadilla;
otros tienen los bordes deshilachados y abiertos. Todos ellos llevan
las marcas de ese uso amoroso tan intenso que puede causar, por la fuerza
del desgaste, los mismos efectos que el odio. El más destrozado,
ya sin tapa, es de las Causeries mansillianas: en este microcosmos,
abigarrados y cambiantes como los colores y las formas de un caleidoscopio,
giran y dialogan los personajes de una familia virtual que en muchos
aspectos me parece tan real como la mía propia, que ha poblado
mis novelas, y mis ya largas reflexiones sobre la Argentina, y sobre
la Argentina y España. El mismo Lucio Victorio Mansilla (héroe
de La pasión de los nómades, paródica epopeya
gallego-argentina), su hermana Eduarda (a quien dediqué Una
mujer de fin de siglo), su tío Juan Manuel de Rozas, y su
prima Manuelita, hija de don Juan Manuel (que recorren las páginas
de La princesa federal).
¿Volver?.... Sí que "volví",
después de todo, a ese país en donde nunca había
estado. Pero no para siempre. No para hacer otra vida (la vrai vie)
en el mundo ausente. Reemplacé la trascendencia por la inmanencia.
Encontré, del lado de acá, mitos para deshacer y nuevos
mitos para construir, desde la ficción y la poesía. No
desoí el llamado del origen: me puse a buscarlo por los caminos
de la Historia, pero en la tierra donde había nacido, que en
este siglo también produjo, desdichadamente, sus exiliados propios,
y que es hoy, la tierra donde se limpian los huesos de mis muertos.
La España presente no me decepcionó de
la España soñada. Lamenté, sí, que mi padre
no pudiera ver al fin realizadas muchas de las cosas por las que había
luchado: una educación extendida y accesible a todos, una lengua
hablada, escrita y leída, de la que ningún gallego tenía
ya que avergonzarse, una tierra verde, comunicada por anchas carreteras,
iluminada hasta en las curvas más esquivas de los senderitos
aldeanos. No escuché aullar a los lobos -la electricidad los
habría ahuyentado- pero vi las escobas de las meigas en
el museo de San Domingos de Bonaval, de donde vuelven a tomarlas, sin
duda, para echarse a volar por los cielos nocturnos, mientras el apóstol
Santiago las mira con envidia, sentadito en su nicho prestigioso pero
quizá, muy aburrido.
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