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Tú que te aproximas, curioso,
Desvaído, incierto espectro
¿me traes la vida o la muerte?
Hojas de hierba- Walt Whitman
La
primera vez que lo vi me sonrió como si fuéramos viejos amigos. La segunda
vez noté que no tenía piernas, esto me sorprendió pero no sé por qué no
tuve miedo. Sin embargo no era una situación normal.
Me visitaba en los momentos
más tristes del día, cuando caía la tarde o bien acompañando las lloviznas
del otoño envuelto en ese halo gris de las
nubes de tormenta.
Al principio no hablaba,
sólo se sentaba, me miraba, muy rara vez parecía sonreírse. Sus ojos eran
tristes y soñadores y se detenían en las cosas más tiempo del debido,
cómo estudiando los detalles más sencillos.
Por qué tomaba tan tranquilamente
esas visitas es algo que aun hoy me pregunto. No me sorprendían sus vestidos,
su cara sucia, ni el pelo rubio cayendo en mechas desprolijas sobre la
frente.
Por las mañanas me gustaba
caminar y aspirar el olor del pasto recién cortado, ver a los jardineros
de la residencia donde me hospedaba cortando los ligustros en formas perfectas
y parejas. Solía dar vueltas por la excavación arqueológica que se hacía
cerca del castillo.
A veces, pero sólo a veces
lo suponía cerca. Me parecía entrever una sombra esquiva entre los setos;
pero seguramente mi activa imaginación agrandaba un poco las cosas.
Siempre fui imaginativa desde
muy pequeña. No le sorprendió a nadie cuando dije que viajaría para escribir
un artículo sobre los castillos más antiguos de Europa. Es más, los comentarios
fueron pocos y del estilo "Ya me lo esperaba..." "A quien
puede interesarle un artículo de ese tipo..." En fin los comentarios
habituales cuando a una la han catalogado de rareza.
Los dioses estarían contentos,
el pueblo estaba contento. Sólo ella no quería salir de la lluvia y volver
a la casa incompleta. Sabía que era lo justo. Su madre también lo había
pasado y dos de sus hermanas; pero ese desgarrón profundo en el pecho,
esas ganas de correr, de irse lejos de no existir, de no tener recuerdos,
no podía evitarlo. Su marido se lo había dicho hacía diez días: "Esta
vez es uno de los nuestros...". Ella no pudo seguir escuchando, algo
le quemaba las entrañas y retorcía despacio cada uno de sus miembros.
La agonía no cesó aunque
lo supiera necesario, y los otros no alcanzaban para cerrar la herida.
Golpeó sus pechos con los puños cerrados hasta ver aparecer los moretones.
La casa se veía apenas pasada
la loma, cálida y ordenada. Parecía un juguete en medio de la enorme campiña.
No siguió el camino, se desvió y corrió hacia el bosque aullando su dolor.
Fue rebotando de árbol en árbol hasta caer bajo el roble. Allí se durmió.
Un cisne la visitó. La elevó
tomándola por el pico y volaron más allá del mar. Una isla azul se divisaba
con manchas diminutas amarillas. Cuando se acercaron sintió el perfume
de las flores. Se veían manchones de bosques difusos que desgajaban toda
la gama de los verdes, los azules y los pardos.
Desde un claro la asaltó
una canción que subía, el coro de voces infantiles se oía cada vez más
cerca. Lo vio entre los otros niños un poco tímido, alejado de la ronda
de voces; pero atento. No pudo evitar el grito, más que grito aullido.
Logró entrever el rostro asustado vuelto hacia ella antes de que el cisne
la soltara.
Despertó llorando en medio
de la noche del bosque, con la garganta seca y el temor de haber hecho
algo irremediable.
Una voz la llamaba entre
las sombras. El marido la abrazó y lloraron juntos. "El intercederá
por nosotros, está mejor ahora... Es un mensajero..." Los argumentos
no variaban demasiado. Ella los conocía a todos desde niña. Desde que
nació sintió la sombra siniestra sobre su cabeza. Al principio temía por
ella y por los hermanos, más tarde por los hijos. Ahora ya no tenía más
nada que temer, el destino se había cumplido.
- Hay una construcción más
antigua debajo del castillo.
Daniel me miraba con entusiasmo,
por fin había podido demostrar su teoría, justo cuando se le acababan
los fondos.
- Te das cuenta- me decía
con los ojos llenos de chispas. -Es una construcción que tiene por lo
menos mil años o más.
La excavación era un revuelo,
llegaba hasta los muros del castillo. Lo más seguro era que continuara
debajo.
Dennis los miraba atentamente.
Le puse Dennis como nombre, me gusta, le va con su cara sucia y su melena
desgreñada.
Cada vez lo veo más a menudo,
a veces parece que trata de decirme algo; pero no puedo oírlo. Debo oírlo
en sueños porque me despierto a veces bañada en sudor como si hubiera
corrido toda la noche detrás del llamado.
Daniel sigue hablando, me
cuenta como se acostumbraba levantar construcciones en la edad media sobre
las ruinas de los santuarios célticos.
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