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Entre
las tantas corrientes inmigratorias que llegaron a la Argentina a finales
del siglo XIX y comienzos del XX se encuentran los judíos europeos, quienes
se asentaron en un principio en zonas rurales. Como todos los pueblos
que recalaron en estas latitudes, trajeron sus costumbres y su cultura
a cuestas y se integraron al mosaico que conforma nuestro país. Una parte
fundamental de esa cultura es, desde luego, la música. Hoy en día, se
la conoce popularmente como música "klezmer".
El término deriva de los
vocablos hebreos kley y zemer, que aproximadamente significan
instrumentos musicales. Posteriormente, ambos términos se conjugaron gracias
al yiddish en una sola palabra: klezmer.
La música klezmer brinda,
entre otras cosas, la posibilidad de rastrear las huellas del pueblo judío
en la diáspora. Su origen remoto está en los cantos litúrgicos de la época
de la segunda destrucción del Templo de Jerusalén, para los cuales estaba
prohibido el acompañamiento musical. Tiempo después, la comunidad judía
en la diáspora incorpora elementos de las canciones francesas y alemanas
de la Edad Media. Más tarde, los músicos itinerantes judíos, que solían
ser contratados para animar fiestas dentro y fuera de la colectividad,
fueron incorporando a la música tradicional las expresiones propias de
los pueblos en donde se asentaban, en especial los de Europa Oriental:
Polonia Rusia, Ucrania, Rumania, Hungría, Bulgaria, como asimismo elementos
de la música turca, gitana y balcánica. Este tipo de expresión es la que
llegó al continente americano con los inmigrantes judíos. Consecuente
con su pasado, una vez más la música klezmer fusionó rasgos locales.
La Argentina no fue la excepción.
Actualmente, hablar de música klezmer en nuestro país equivale a remitirse
al dúo que conforman Marcelo Moguilevsky y César Lerner. De trascendencia
internacional, este dúo sorprende tanto al cultor de música judía como
al neófito que se acerca a esta propuesta musical. A través de sus álbumes
Klezmer en Buenos Aires (1997), Basavilbaso (1999) y
Shtil (2001), fueron granjeándose la admiración de un público cada
vez más numeroso.
Las presentaciones de estos
dos argentinos que, buceando en sus raíces, encontraron una expresión
personal constituyen una experiencia cautivante. Ambos juegan con la intensidad
de la música, destacan los silencios hasta las últimas consecuencias y
son capaces de arrollar como una aplanadora al público hipnotizado. Acercarse
a verlos es compartir una visión abarcativa y personal de la cultura de
un pueblo que anduvo muchos caminos y a través de la música nos muestra
un collage compuesto por diferentes rincones del planeta.
Café de por medio, Sitio
al Margen dialogó con Marcelo Moguilevsky sobre algunas de las características
de la música klezmer y sobre el dúo en sí, su historia y sus proyectos.
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Marcelo Moguilevsky y César
Lerner.
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SaM: ¿Qué es la música
klezmer para ustedes?
Marcelo Moguilevsky: Después de haber buscado en muchas músicas
--compuestas por nosotros, música argentina de distintos géneros, jazz
y demás-- encontramos en la música klezmer nuestras raíces. Era algo que
estaba esperándonos en la mesita de luz y no estábamos valorando como
se debe. Dentro del género que es el klezmer, encontramos la posibilidad
de tener una expresión propia. Ahí se produce una especie de síntesis,
de catalizador que trae mucho del pasado, combina bien con el presente
y nos proyecta hacia un futuro que nos pertenezca. Esta búsqueda de la
continuidad tan propia del judío o de la preocupación judía es inherente
a esta música.
SaM: En los EEUU hay una
corriente klezmer muy fuerte. ¿Qué pasó con los inmigrantes judíos que
llegaron a la Argentina? ¿Trajeron la música también?
MM: Sí, trajeron la música junto con el yiddish, las comidas y
las costumbres. Esos músicos, esos personajes se fueron mezclando con
la cultura del lugar y constituyeron un aporte para el tango --de hecho,
hay muchos compositores de tango que son judíos, tanto de la poesía como
de la música-- o se fueron mixturando con las polcas correntinas en las
provincias, y con otras músicas que son fruto de las corrientes inmigratorias
de principios de siglo. La música klezmer vino junto con mis abuelos hacia
el 1900, y hace treinta años hubo un "parate" bastante extraño -- todavía
no tengo analizadas las causas-- por el cual dejó de existir esa música
como tal. Hasta ese momento se la utilizaba habitualmente más que nada
en las ceremonias de casamiento; éste es el concepto que quedó de la música
como cosa cotidiana de la judería en sus principios, es decir, una forma
de acompañamiento. El klezmer es una música que, como en el hinduismo
y en otras culturas, no es una música sola que uno se pone a escuchar.
Es una música que acompaña situaciones de la vida cotidiana como puede
ser un nacimiento, una festividad, una muerte, una reunión.
SaM: ¿Cómo es la evolución
del dúo a través de los tres álbumes? ¿Fue un proceso consciente?
MM: La historia es algo más vieja; voy a hacer una síntesis. Con
César nos conocimos a los veinte años y hoy tenemos cuarenta. A los veinte
años, cuando nos encontramos, yo ya venía haciendo música judía desde
los trece. En realidad había empezado a los ocho, pero recién a los trece
me subí al escenario con una banda de rock en hebreo que llenaba teatros
de 1.000 personas. Esa banda llegó a grabar un disco. Cuando después lo
conocí a César, una de las cosas que empezamos a hacer juntos fue tocar
música -que para nosotros no era klezmer- en casamientos, ceremonias y
demás. Era música judía, o música yiddish. Klezmer es un término que se
volvió a utilizar con el revival de Nueva York. En ese momento
comenzó a resurgir este término que en realidad es muy viejo.
Desde los veinte hasta los
treinta y tantos, hicimos música klezmer dentro del circuito de las fiestas,
y hace alrededor de cinco años decidimos sacarla de ese contexto y ponerla
en salas de concierto para que la gente la escuchara. Allí se produjo
una metamorfosis muy interesante porque lo que nosotros queríamos hacer
no era música para bailar o comer pollo. En ese momento, al llevar el
klezmer a boliches de jazz o centros culturales o teatros, el espectador
estaba sentado en una silla sin comer y sin bailar, escuchando lo que
nosotros pensábamos de esto, con lo cual empezamos a desarrollar un lenguaje
que atrayera por la forma de tocar y ese proceso sí está representado
en los tres discos: Klezmer en Buenos Aires, Basavilbaso y
Shtil. Hay un disco previo grabado con máquinas que anda rondando
por ahí llamado Pop and Klezmer, que nos encargó un asilo de ancianos
judíos de Buenos Aires para recaudar fondos, y fue nuestra primera promoción
discográfica con el tema del klezmer. Pero se trataba de un klezmer muy
comercial.
SaM: Con sólo buscar información
sobre ustedes en Internet, uno se da cuenta de que han alcanzado gran
trascendencia internacional. ¿El público entiende o acepta mejor lo que
ustedes hacen en el exterior?
MM: Pienso que en Buenos Aires la agente nos quiere mucho. Somos
en cierto sentido los niños mimados --aunque no tan chicos-- de la comunidad
judía porque somos los únicos que hicimos klezmer en serio y no para ganar
plata. Lo hacemos porque es una necesidad de vida, expresiva si se quiere.
Que uno pueda hacer de esto un medio de vida es una situación casi circunstancial.
Hay tanta pasión puesta en esto que casi da lo mismo si uno gana o no
plata, en el sentido interno o espiritual. Esto es algo que la gente recibe
acá y en el exterior.
Cuando estamos afuera, es
muy impresionante lo que pasa. Más que nada, el fenómeno tiene que ver
con que no nos parecemos -según los dichos de afuera, no es algo que lo
diga yo- a las bandas extranjeras, que hacen klezmer a la manera tradicional
con bandas y nunca con dúos. Por lo general son tríos, cuartetos o quintetos
y suele haber percusión o batería y violín, que nosotros no tenemos. En
general hay una cantidad de circunstancias que nos diferencian. Pero aparte
somos argentinos y esto se nota afuera. Nos dicen que el klezmer nuestro
tiene cosas de tango o cosas incaicas, de folclore, lo cual creo que es
cierto. No nos damos cuenta porque es parte de nuestra cultura, pero un
alemán cuando nos escucha dice "¡Pero esto es de las pampas!". Esto es
muy interesante.
SaM: En el exterior se
relaciona a la Argentina con el tango. ¿Qué impresión se lleva la gente
cuando se encuentra con música argentina que no es tango?
MM: En algún lugar se nos ha promocionado como klezmer-tango por
ser argentinos. La gente se da cuenta de que lo nuestro no es tango. Pero
inconscientemente algo piazzoliano debemos estar haciendo, algo con el
ritmo que los deja muy conformes, porque dicen "estuve viendo klezmer-tango".
Es algo muy interesante porque se trata de lo que a uno le pasa por la
sangre.
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Marcelo Moguilevsky y César Lerner.
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SaM: ¿Se puede hablar
de una movida klezmer en la Argentina?
MM: No, todavía no. César y yo estamos abocados a que vuelva a
existir esa movida, y de hecho ahora han aparecido acá en Buenos Aires
dos o tres bandas de chicos que están tratando de hacer algo, quizá más
guiados por la idea de hacer un producto vendible, pero no importa en
realidad. Por algún lado hay que empezar. Yo también empecé por las fiestas
hasta que pude llegar al concierto. Tampoco es necesario que todos los
que se dediquen al klezmer se dediquen al concierto. De hecho el klezmer
nació en las fiestas y es bueno que siga ahí.
SaM: A veces da la impresión
de que la música klezmer requiere más que otras músicas por parte del
intérprete recién iniciado. ¿Es esta una percepción real?
MM: No. El klezmer es una música muy sencilla en un sentido: es
una música estrófica; hay un tema A, un tema B y a veces un tema C. Es
muy sencillo en el sentido de los ritmos, porque no es como, por ejemplo,
la música búlgara que está en once por ocho o siete por ocho. Es una música
que habitualmente está en dos, tres o cuatro tiempos, con algunos ejemplos
ternarios, como un seis por ocho. La dificultad está en el gusto. Ahí
entiendo que sea difícil de abordar. Los adornos son difíciles porque
responden a otra cultura que no es la de Buenos Aires ni la de Argentina.
Ahí es donde hay que aguzar un poco el oído para darse cuenta de que el
klezmer es una música devocional que se originó en los cantos litúrgicos
de la Edad Media y esto hace que tenga algo de quejido o de intento de
llegar al cielo, a la divinidad. Esto hace que uno tenga que buscar en
el acordeón, en el clarinete, en el violín o en donde sea esa forma de
quejido tan judaica con notas que se arrastran, se lamentan y expresan
un algo como si fueran una voz humana.
SaM: Se dice que el violín
es la quintaesencia de lo judío en lo musical. Ustedes hacen música judía
sin violín ¿Sienten que hay un bache o algo por el estilo?
MM: No, para nada. Cuando uno estudia un poco lo del klezmer descubre
que se menciona al violín y después al clarinete, que fue una incorporación
posterior pero que actualmente desplazó por completo al violín. Si vas
a un festival de klezmer, todos los grupos tienen clarinete, pero no todos
tienen violín. Más allá de eso, no creo que haya un bache porque nosotros
no somos klezmer puro. Hacemos un dúo de César Lerner y Marcelo Moguilevsky,
y ahí no hay bache. Somos como una pareja de baile: trabajamos juntos,
nos oímos mucho.
SaM: ¿Qué discografía
básica le recomendaría a alguien que desea comenzar a introducirse en
el mundo de la música klezmer?
MM: El problema más grave que tenemos de la discografía klezmer
es que la distribución en la Argentina todavía no funciona muy bien, pero
igualmente existe el envío por Internet y ahí podés conseguir lo que quieras.
Creo que hay que referirse a los discos de colección de los primeros
klezmorim (intérpretes de música klezmer). En esos discos, que están
editados en Alemania, por ejemplo, hay klezmer muy antiguo, de entre 1890
y 1914, las primeras grabaciones de unas bandas que son increíbles. Ahí
hay que comenzar, ahí están las bases y desde allí se puede llegar hasta
la banda de John Zorn del downtown neoyorquino en donde al klezmer ya
no lo reconocés. Una banda que todavía conserva el espíritu es Brave Old
World. Además de ser amigos nuestros, son una banda que trabaja muy profundo,
saben lo que están haciendo y desarrollan a la vez el klezmer hacia delante.
Hay otra banda que se llama The Klezmatics, que estuvo acá. También son
amigos nuestros y son muy buenos músicos. Éstas son bandas que hay que
tener en la discografía. También la Chicago Klezmer Band, en la que toca
uno de los integrantes de Brave Old World con su banda que tocan a la
forma antigua. Y un tipo muy especial es Andy Statman, que toca el clarinete
y la mandolina: un gran músico para escuchar.
No recomendaría el disco
de Itzhak Perlman. Es un disco lindo hecho por un maestro del violín que
no hace klezmer. Es mucho más grossa Alicia Svigals -la violinista de
Klezmatics- que Perlman, que hace maravillosamente bien lo que hace, pero
es como Barenboim con Piazzolla. Es una música que toma prestada.
SaM: Con respecto a iniciar
una escuela para enseñar y difundir la música klezmer en Buenos Aires,
¿cuán avanzada está la idea?
MM: Es un proyecto serio sobre el que estamos trabajando con César
desde hace unos meses. Estamos en tratativas para que una fundación del
Reino Unido nos auspicie y así lograr que la escuela sea muy accesible
o incluso gratis. Para que funcione en ámbitos no judaicos, incluso, para
poder abrirla a la comunidad. Creo que en poco tiempo vamos a tener novedades
de esta escuela, ya sea en forma de talleres o de asistencia permanente.
De alguna manera vamos a arrancar con esto. Por ahora seríamos nosotros
los profesores hasta que tengamos discípulos que nos puedan ayudar. Hay
mucho para sembrar, dado que hay poco klezmer en la Argentina, y en estos
tiempos en que todo está tan mal y hay tan pocas esperanzas, es una alegría.
Además, hay mucha gente capaz y con ganas de hacer cosas.
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Por Geraldine
Lublin y Walter Ariel Brooks
Marzo de 2002
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Marcelo Moguilevsky y César Lerner.
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