El Reino Unido y la Comunidad Europea.
¿La libra o el euro?

Esa es la cuestión que se debate, como la célebre duda del soliloquio de Hamlet, en el Reino Unido. Nuestra corresponsal en Londres, Geraldin Lublin, describe y analiza las características de estas posiciones contrarias y los conflictos que se han generado en torno a la moneda europea en Gran Bretaña.

Por Geraldine Lublin.

 
 

La modificación todavía no ha llegado a las obras del célebre dramaturgo oriundo de Stratford-upon-Avon, pero podría decirse que poco falta para que este polémico tema alcance las tablas. Pese a que el Reino Unido ha venido participando en las elecciones europeas durante los últimos 25 años, el nivel de interés de los ciudadanos se encuentra en su punto más bajo. En las últimas elecciones europeas celebradas en el mes de junio pasado, sólo un 23,3% de los votantes británicos se acercó a ejercer su derecho cívico, cifra que marcó un nuevo descenso con respecto al 36% de electores registrado en las elecciones anteriores. Cabe destacar, sin embargo, que a este respecto Gran Bretaña no hace más que seguir la tendencia negativa generalizada en toda Europa, salvando las honrosas excepciones de Bélgica (donde el voto es obligatorio) e Irlanda.

Según un sondeo de la consultora MORI (Market and Opinion Research International) llevado a cabo antes de las elecciones, menos del 10% de los votantes sabía quién era su representante en el foro europeo y una proporción aún menor estaba al tanto del accionar de su mandatario. El hecho de que la participación del Reino Unido sea la más baja de toda Europa preocupa a la dirigencia local, que insta a los ciudadanos a acudir a las urnas para elegir a los cada vez más poderosos miembros del Parlamento Europeo, que a partir de la implementación del Tratado de Amsterdam no sólo pueden decidir sobre cuestiones educativas, sanitarias y medioambientales sino que también pueden ejercer el valioso derecho a veto.

 

 

¿A qué se debe la flagrante indiferencia del electorado británico? Se han señalado numerosos factores: desinformación, fatiga electoral, falta de un marco de referencia en el cual ubicar el Parlamento Europeo, campañas insatisfactorias, y confusión entre el Parlamento, la Comisión Europea y el Consejo de Ministros. El estrepitoso resultado electoral ha desencadenado un tiroteo de acusaciones cruzadas entre los principales dirigentes oficiales. ¿Quiénes son los responsables de hacer tomar conciencia a la opinión pública, los partidos políticos o los medios de comunicación?

Dado que estas elecciones se pueden contemplar como un pseudo-referendo con respecto a la incorporación del Reino Unido al esquema de moneda única, el triunfo del partido conservador fue interpretado como una elocuente señal de que el electorado británico no apoya la unificación monetaria. William Hague, líder de la oposición Tory, consideró que la victoria en las urnas constituía una advertencia hacia el Primer Ministro Tony Blair y una expresión de apoyo a la postura antieuro que pregonan los conservadores. Este primer triunfo electoral de los Tories desde 1992 seguramente obedece a que la campaña del partido se concentró en la defensa de la libra esterlina, posible motivo por el cual algunos electores declararon haber votado al partido conservador "en contra de sus instintos naturales".

No obstante, nada parece modificar la apatía imperante con respecto a la unificación del continente. La imagen del parlamento europeo es sumamente negativa, ya que se lo percibe como un organismo vetusto y corrupto a cuyos miembros sólo les interesa acumular poder. Como a tantas instituciones directivas, a este foro se le reclaman medidas drásticas que apunten a modernizar y "purificar" sus estructuras.

Pese a que los sectores industriales apoyan vehementemente la unificación monetaria debido a los eventuales beneficios comerciales y financieros, el lobby antieuropeo ha tenido éxito en ejercer presión sobre el Primer Ministro. Tras haber propiciado la adopción del euro como moneda nacional, Blair se ha visto en la situación de dar marcha atrás y declarar que para el Reino Unido sería una tontería abandonar la libra en las condiciones actuales. Por si esto fuera poco, un estrecho colaborador que se encuentra al frente de la Secretaría de Comercio ha descartado la posibilidad de reemplazar la libra por el euro al menos hasta el 2001. El oficialismo ha logrado aquietar un poco las aguas al anunciar que su intención de convocar a un referendo el año próximo, para someter el tema a votación pública, quedaría relegada. La actitud adoptada finalmente favorece la expectativa ante lo que depare el futuro, mientras la política nacional constituye el centro de atención. Antes de alentar la unificación monetaria, el gobierno debe abocarse a defender la participación del Reino Unido en la Unión Europea.

¿Cómo argumentan los euroescépticos su oposición a los "eurófilos"? No resulta sorprendente que mientras que un 31% de los encuestados se declara "contrario a la incorporación al esquema de moneda única", la proporción asciende a un 66% cuando la opción es lisa y llanamente "abandonar la libra". En esta actitud, la estrategia económica se mezcla con el nacionalismo, el orgullo patriótico y la tradición.

Durante sus primeros seis meses de existencia, el euro ya se ha depreciado en alrededor de un 12% con respecto al dólar, y se teme que en los próximos meses su valor descienda a un nivel incluso inferior a la moneda estadounidense. Pese a que una devaluación de la moneda única reforzaría las economías europeas, su debilidad le quita apoyo en algunos países. Cabe señalar que lo que genera temor no es tanto su posible impacto económico como su degradada reputación. Para complicar aún más la situación, se acaba de filtrar un informe secreto de la Comisión Europea que advierte que el futuro de la moneda única se vería amenazado por el persistente déficit presupuestario de países como Italia, Francia y Alemania. (¿Hace falta aclarar que a fin de alcanzar la requerida meta de un déficit menor al 3% del PBI se recomiendan reformas radicales tendientes a reducir el gasto social?)

¿Por qué debería la quinta economía más poderosa del mundo sacrificar una moneda fuerte en pos de lo que algunos consideran una endeble y falsa convergencia paneuropea? Según aquellos que propician la unión, de ingresar inmediatamente, el Reino Unido podría afianzarse como uno de los miembros principales de la Comunidad. La intención es evitar lo ocurrido al momento de constituirse el Mercado Común Europeo en las décadas del 50 y 60, cuando Gran Bretaña quedó marginada del bloque comercial más promisorio del mundo. Si bien la economía británica no tiene necesidad de compatibilizar con su contraparte continental, es innegable que adoptar el euro le reportaría atractivos beneficios comerciales.

No obstante, los euroescépticos consideran que la postura proeuropea es ingenua y no guarda relación con la realidad actual. La creciente hostilidad hacia el euro se fundamenta en que la economía nacional muestra el nivel de solidez suficiente para mantener su independencia; en tanto que los sistemas económicos y financieros del continente se perciben como fundamentalmente diferentes y poco sofisticados, en comparación con los británicos. Además, detrás del discurso unificatorio se señala la velada intención de que Frankfurt se quede con el papel de principal centro financiero de Europa, que hoy en día ostenta Londres.

A diferencia del cambio introducido hace 28 años, momento en el que se decimalizó el sistema monetario, este cambio parece conmover la identidad nacional. Acusados de aferrarse emocionalmente al pasado, los defensores de la libra consideran que la moneda forma parte del legado cultural británico y ven al euro como una amenaza a su cultivada herencia histórica que los dejaría a merced de las impredecibles decisiones de una cúpula extranjera. (Hay incluso quien ha llegado a afirmar que el euro no es más que el dólar disfrazado.) Sin embargo, cabe aclarar que la perspectiva de que la moneda única escogida no sea el euro sino la libra esterlina no parece escandalizar a los euroescépticos, que estarían más que satisfechos de conservar la preciada efigie de la Reina en sus billetes.

Mientras que los propios británicos reconocen su etnocéntrica naturaleza insular (con todo lo positivo y lo negativo que implica esta calificación), hay quienes se refieren a este rasgo con el adjetivo inglés "parochial". Si bien deriva del concepto religioso referente al limitado alcance de la parroquia local, el término ha cobrado un matiz negativo que los diccionarios intentan traducir como "provinciano, pueblerino" [sic]. Más allá de las palabras, el concepto queda claro a través de la descripción de las actitudes comentadas.

¿Prosperará la situación una vez que el euro deje de ser una inasible moneda virtual y se concrete en los billetes que pronto comenzarán a emitir los once países involucrados? Más bien, quizás la razón la tengan quienes sostienen que, cualquiera sea la denominación de las monedas nacionales, la verdadera divisa fuerte ha de ser el metálico electrónico que impongan IBM y Microsoft en el campo internacional. ¡Dios salve a la Reina, y a la libra!

Por Geraldine Lublin.

 

 

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