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La crisis del progreso.
El escritor argentino, Rafael
Barret decía en uno de sus libros que "los bancos son templos". Y no se
refería, precisamente a las características arquitectónicas de este tipo
de instituciones; sino más bien al poder, que por momentos parece estar
más allá de lo meramente terrenal. Porque, aunque un país se esté cayendo
a pedazos, los bancos permanecen intactos, imponentes y nunca pierden.
La actual crisis económica,
junto al indiscutible protagonismo de los bancos, la especulación financiera
y la deuda externa tiene en nuestro país interesantes antecedentes, dignos
de analizar.
La clase gobernante argentina
de 1880 se erigió sobre el credo político conservador y liberal a la vez:
conservador porque intentaba mantener el poder político y social en beneficio
de las familias tradicionales, y liberal porque incorporaba el país a
las corrientes dominantes en el mercado mundial, derribando barreras económicas
interiores y exteriores para favorecer la iniciativa privada.
Con la llegada de Miguel
Juárez Celman al poder se acentuó el sesgo liberal de la política económica,
que disminuía la presencia del Estado, privatizando empresas estatales,
como el Ferrocarril del Oeste y el servicio de obras sanitarias de la
capital. Se propició además el ingreso masivo de capitales extranjeros
y el aumento de la circulación monetaria.
Durante la década del 80',
el crecimiento económico había tenido un importante fundamento en el ingreso
masivo de préstamos extranjeros. Sin embargo, hacia 1890, la crisis se
hizo presente. Y donde primero impactó fue en el mercado de Londres, fuente
de los recursos financieros argentinos. El corte de los préstamos externos
dejó al país imposibilitado de seguir creciendo, porque las importaciones
argentinas y el servicio de la deuda eran muy grandes. Y como si esto
fuera poco, las inversiones extranjeras todavía no se habían traducido
en un crecimiento de las exportaciones, es decir que la Argentina tenía
mucho que pagar anualmente y tenía escasos medios de pago.
La situación explotó a través
de la cotización del oro, que era la moneda de pago internacional. Al
subir el valor del oro se desvalorizaba el salario de los que dependían
de un ingreso fijo, particularmente trabajadores y empleados.
Inexorablemente, la crisis
económica arrastró a la crisis política. Se produjeron sucesivas huelgas,
mitines, barricadas y levantamientos populares en la capital y en el interior
del país.
Aunque los grupos revolucionarios
habían sido controlados y disgregados por la fuerza pública; el gobierno
de Juárez Celman estaba herido de muerte.
Al respecto, y hace poco
más de ciento diez años, el escritor Carlos D'Amico se refería a la crisis
de 1890 y los años venideros con una clarividencia escalofriante: "Dominada
esta crisis, otra vez serán (los argentinos) deslumbrados por las riquezas
excepcionales de esa tierra privilegiada y volverán a las andadas. Cada
cinco años tendrán una crisis cuyos peligros irán creciendo en proporción
geométrica, hasta que llegue un día en que deban a los de Londres y Frankfurt
todo el valor de sus tierras; en que los usureros del otro lado del mar
sean dueños de todos sus ferrocarriles, de todos sus telégrafos, de todas
sus grandes empresas, de todas sus cédulas y de las cincuenta mil leguas
que les hayan vendido a vil precio."
Y sigue diciendo D'Amico;
"Cuando no tengan más bienes que entregar en pago empezarán por entregar
las rentas de sus aduanas, seguirán con entregar la administración, la
ocupación de su territorio, y concluirán por ver flotar sobre sus ciudades,
en sus vastas llanuras, en sus caudalosos ríos, en sus altísimas montañas,
la bandera del imperio que protege la libertad de Inglaterra pero que
ha esclavizado el mundo con la libra esterlina".
Desgraciadamente, no todos
aquellos que parecían gozar de clarividencia dieron en el blanco. Un ejemplo
de esto lo encontramos en las palabras de Carlos Pellegrini, presidente
de la Nación, hacia fines de 1890: "El país debe mucho al extranjero y
está obligado a pagar. Sé que dicen por ahí que el gobierno no tendría
cómo hacerlo y que es mejor suspenderlo. Es un gravísimo error. El día
que dejemos de pagar ese servicio no seremos nada ni nadie. Seremos una
nación sin crédito y sin honra. Si la Argentina falta a sus compromisos
no se levantará ni en treinta años. Por eso me esforzaré en hacer ese
servicio puntualmente, y si las rentas no alcanzaron para pagarlo, aunque
no se pague la administración, pediré autorización para vender los bienes
de la Nación, y cuando no hubiese más, pondría la bandera de remate hasta
la misma casa de gobierno..."
Esta mentalidad ha perdurado
por años. Tanto es así, que efectivamente se terminó rematando todos los
bienes que le quedaban a nuestro país, en pos del pago de la deuda.
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