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Cinco
cuerpos sobre el piso ensangrentado de la parroquia San Patricio, en
el barrio de Belgrano de la ciudad de Buenos Aires, son la mayor tragedia
de la historia de la Iglesia católica argentina. Esta terrible matanza
sucedida el 4 de julio de 1976, durante la dictadura militar, permanece
impune, pues los asesinos y encubridores se escudaron en las leyes de
punto final, obediencia debida y el indulto presidencial.
Increíblemente la única
condena que existe por ese episodio criminal pesa sobre quien escribió
el libro que constituye un testimonio de los asesinatos, el periodista
e historiador Eduardo G. Kimel.
La Sala IV de la Cámara
Nacional de Apelaciones en lo Criminal y Correccional - ateniéndose
a lo requerido por la Corte Suprema de Justicia de la Nación -, condenó
al autor de "La masacre de San Patricio" a un año de prisión
en suspenso y al pago de 20.000 dólares por presuntas expresiones difamatorias
en su libro contra el actual camarista penal Dr. Guillermo Rivarola.
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Eduardo G. Kimel
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La persecución
En 1976 Rivarola fue el
primer magistrado que intervino en la causa de los cinco religiosos
asesinados, ya que era Juez Nacional de 1ª Instancia en lo Criminal
y Correccional Federal. La secretaría la ejerció el Dr. Gustavo Guerrico
y la fiscalía el Dr. Julio Strassera. En agosto de 1977 se dictaminó
el sobreseimiento provisorio porque no se había llegado a ningún resultado.
El libro La masacre
de San Patricio constituye una investigación personal de Kimel,
en el cual se presenta un exhaustivo análisis de los hechos y sus causas,
conformado en una labor que contó con más de 50 testimonios tomados
de fuente directa y el contenido de diarios, revistas folletos, libros
y varios documentos entre los que se destaca la causa abierta por la
Justicia, a la que el autor tuvo acceso.
La obra pone al desnudo
que los sacerdotes Alfredo Leaden, Alfredo Kelly, Pedro Duffau y los
seminaristas Salvador Barbeito y Emilio Barletti, pertenecientes a la
orden palotina, fueron torturados y asesinados por un "Grupo de
Tareas" perteneciente a las Fuerzas Armadas Argentinas. Sólo Barbeito
era extranjero (había nacido en Galicia, España), el resto eran argentinos.
Esta es la temática central del libro publicado en noviembre de 1989.
A pesar de que los criminales
jamás fueron procesados ni juzgados y permanecen en libertad, pocos
meses después el citado magistrado inició una causa judicial contra
Kimel por calumnias e injurias, exigiendo su condena y el pago de una
suma de dinero como reparación por el supuesto daño moral. En octubre
de 1995, la Dra. Angela Braidot, del Juzgado Correccional Nro. 8, Secretaría
63, sentenció al escritor a un año de prisión en suspenso y al pago
de 20.000 pesos al juez Guillermo Rivarola. La Unión de Trabajadores
de Prensa de Buenos Aires (UTPBA) acusó a la doctora Braidot por reiterados
ataques contra la libertad de prensa.
Posteriormente, en noviembre
de 1996, mediante un fallo unánime, la Sala VI de la Cámara Nacional
de Apelaciones en lo Criminal y Correccional revocó el fallo de la jueza
Braidot.
El juez Rivarola apeló
esa sentencia ante la Corte Suprema de Justicia de la Nación, que en
diciembre de 1998, por seis votos (Julio Nazareno, Eduardo Moliné O'Connor,
Carlos Fayt, Antonio Boggiano, Guillermo López y Adolfo Vázquez) contra
tres (Enrique Petrachi, Augusto César Belluscio y Gustavo Bossert) ordenó
que la causa regrese a la Cámara de Apelaciones para que se dicte condena
contra el periodista Eduardo Kimel, como se menciona al inicio de este
artículo.
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Las palabras y
la supuesta ofensa.
En la página 125 de la
segunda edición (1995) de "La masacre de San Patricio" se
encuentra las frases por las cuales se condena al escritor y que aquí
repetimos para quien no leyó el libro:
"El juez Rivarola
realizó todos los trámites inherentes. Acopió los partes policiales
con las primeras informaciones, solicitó y obtuvo las pericias forenses
y las balísticas. Hizo comparecer a una buena parte de las personas
que podían aportar datos para el esclarecimiento. Sin embargo, la lectura
de las fojas judiciales conduce a una primera pregunta: ¿Se quería realmente
llegar a una pista que condujera a los victimarios? La actuación de
los jueces durante la dictadura fue, en general, condescendiente, cuando
no cómplice de la represión dictatorial. En el caso de los palotinos,
el juez Rivarola cumplió con la mayoría de los requisitos formales de
la investigación, aunque resulta ostensible que una serie elementos
decisivos para la elucidación del asesinato no fueron tomados en cuenta.
La evidencia de que la orden del crimen había partido de la entraña
del poder militar paralizó la pesquisa, llevándola a un punto muerto."
En el prólogo de la segunda
edición el actual sacerdote de San Patricio, Kevin O'Neill, director
del periódico de la comunidad irlandesa The Southern Cross y uno de
los principales luchadores por rescatar la memoria de sus compañeros
y discípulos asesinados, refiriéndose a la actuación del juez Rivarola,
expresa que "no logró echar la mínima luz para esclarecer el horrendo
crimen, a pesar del tiempo que lo tuvo a su cargo. Por supuesto que
las circunstancias en que se desenvolvía la nación, de violencia generalizada
que producía una amnesia moral, nos hacen reconocer que no podía esclarecer
el crimen y sus autores ideológicos y materiales. Si es así, la única
cosa que podría haber hecho era la renuncia al cargo que podría haber
presentado "por razones personales", lo cual hubiéramos comprendido."
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Las adhesiones
a Kimel
Una conferencia de prensa,
convocada por La Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires (UTPBA)
y la Asociación para la Defensa del Periodismo Independiente (Periodistas),
junto a Eduardo Kimel y religiosos de la Orden de los Palotinos, se
realizó el lunes 19 de abril a las 12:30 en el Centro de Capacitación
y Comunicación de la UTPBA, en calle Alsina 779.
En esa oportunidad se acercaron
para expresar su solidaridad el Dr. Gil Lavedra; los periodistas Horacio
Verbitsky y Magdalena Ruiz Guiñazú; el presidente de la Asociación Argentina
de Actores, Pepe Novoa; los docentes de la Carpa Blanca; las Madres
de Plaza de Mayo; León Gieco, la Asociación de Abogados; entre otros.
También numerosas personas y entidades hicieron llegar su adhesión,
por citar algunas: Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS); la
Sociedad Interamericana de Prensa (SIP); la Asociación de Entidades
Periodísticas Argentinas (ADEPA); la Federación Latinoamericana de Periodistas
(FELAP); la Organización Internacional de Periodistas (OIP); y el Relator
Especial para la Libertad de Expresión de la Organización de los Estados
Americanos (OEA), Santiago Canton, quien afirmó que "el debate
libre de ideas y opiniones es un pilar fundamental del sistema democrático".
También recordó "la necesidad de que exista un debate abierto y
amplio, que es crucial para una sociedad democrática, debe abarcar necesariamente
a las personas que participan en la formulación o la aplicación de la
política pública".
El Secretario General de
la UTPBA, Daniel Das Neves, recordó que este fallo judicial se da en
un marco caracterizado por las continuas agresiones, intimidaciones,
amenazas y querellas judiciales contra periodistas y trabajadores de
prensa, que en la última década alcanzan la penosa y gravísima cifra
de 1.107 casos, de acuerdo al registro de esa organización.
La Comisión Interamericana
de Derechos Humanos, a instancias de la entidad PERIODISTAS, decidió
abrir un caso contra el Estado Argentino por violaciones reiteradas
a la libertad de expresión. El caso incluye tres decisiones de la Corte
Suprema de Justicia, las condenas contra: la actriz Gabriela Acher y
el canal 13 de televisión; el director de la revista "Humor",
Tomás Sánz; y la prolongación indefinida del juicio del ministro del
Interior Carlos Corach contra Horacio Verbitsky y su tramitación irregular
en la Corte Suprema, donde desaparecieron sin explicación dos cuerpos
del expediente. A todos estos casos se les sumó un cuarto proceso: el
de Eduardo Kimel, promovido por PERIODISTAS y la UTPBA.
El sacerdote Kevin O'Neill
se dirigió al auditorio para recordar a sus hermanos y el momento de
total consternación de la comunidad palotina cuando tuvo que hacerse
cargo de la parroquia acéfala. Expresó su firme determinación para mantener
viva la memoria y también elogió a la comunidad israelita que no permite
ninguna afirmación acerca de que los atentados a la Embajada de Israel
y la AMIA fueran hechos circunstanciales. Consideró que "fue la
providencia divina" la que acercó a Eduardo Kimel, de quien admiró
la enorme dedicación de un hombre que pertenece a otra religión "y
que salvó del olvido en la cual se quiso sepultar a una comunidad mártir".
Anteriormente Kimel había
manifestado su orgullo por su libro, "por haber dejado un testimonio
de algo que nuestro pueblo jamás debe olvidar". Lamentó la derivación
judicial y expresó que en un principio se sintió abatido "porque
me sentí solo, que nuevamente tenía que luchar contra algo muy fuerte:
una fuerza formada por magistrados que todavía tienen demasiado poder
y que no han hecho una sola autocrítica respecto de sus actuaciones.
Pero pasó muy poco tiempo y hubo una reacción muy grande impulsada por
los medios de comunicación con el compromiso decidido de muchos periodistas,
otros que me hicieron llegar su adhesión, amigos y mucha gente que no
me conoce que me llamó para decirme: "no estás solo, hay que seguir
hasta el final".
Como interpretación del
motivo por el cual padece la persecución - "la pequeña lucha a
la que me obligó el juez Rivarola" -, Kimel consideró que "mi
libro tenía como objetivo otro tema: el testimonio del asesinato de
cinco personas acribilladas en una parroquia. Pero se me ocurrió hablar
de un juez de la dictadura. Y de eso, no se habla... La conclusión fundamental
a la que yo arribé, es que semejante ensañamiento a lo largo de estos
siete años, tiene como objetivo acallarme para determinar y establecer
que ningún periodista pueda abrir juicio sobre esta época y el poder
judicial, que cumplió una función extraordinariamente funcional y adecuada
a los objetivos de la represión."
La barbaridad de acusar
a quienes investigan nos retrotrae a casi medio siglo atrás, cuando
Rodolfo Walsh ante otra masacre decía los asesinos probados, pero
sueltos. Tal vez, mientras el poder judicial está adormecido,
lo único que nos queda es hacer conocer los hechos y a sus protagonistas,
para que la condena social inicie el camino hacia un restablecimiento
de la justicia.
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Los sacerdotes y seminaristas
asesinados...
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