Repercusiones del genocidio ruandés.
Africa: un continente sin voz.

El general canadiense Roméo Dallaire comandaba las tropas de las Naciones Unidas (los famosos boinas azules) en Ruanda en 1994 y había dado el aviso previo a la ONU de un inminente genocidio. No le hicieron caso y cerca de un millón de seres humanos fueron masacrados en unas pocas semanas de inaudito horror. Ana Mayte Mendía de Coria, nuestra corresponsal en Canadá, nos cuenta la trágica historia de este soldado que clama por justicia y presenta el vergonzante racismo criminal de las cinco naciones permanentes del Consejo de Seguridad (EE.UU., Gran Bretaña, Francia, China y Rusia), de Bélgica y la indiferencia de algunos burócratas de la ONU. 

Por Ana Mayte Mendía de Coria
(corresponsal en Toronto, Canadá).

 
 

"El fracaso internacional para ayudar a Sierra Leona es un ejemplo indignante de racismo y de ignorancia de las lecciones recibidas en Ruanda", decía en abril el general canadiense retirado Roméo Dallaire. Difícilmente encontraremos alguien mejor informado que él sobre las lecciones de Ruanda.

Roméo Dallaire es el general que comandaba en ese país en 1994 las pobremente equipadas tropas de paz de las Naciones Unidas que quedaron sin apoyo ni mandato cuando cerca de un millón de habitantes de ese país fueron masacrados durante el genocidio.

Dallaire decía estar viendo nuevamente todos los errores que se cometieron en Ruanda repetidos en Sierra Leona donde, una vez mas, los poderes occidentales se negaban a intervenir. En una entrevista concedida el pasado mes de abril, Roméo Dallaire dijo sentir absoluta indignación. "¿Que diablos hemos hecho durante los últimos seis años?" "¿De que sirve hablar y escribir tanto durante una investigación pública de los sucesos de Ruanda si volvemos a recrear los mismos escenarios?" " La similitud de ambas situaciones clama al cielo". "Los poderes internacionales, tan prestos a intervenir en Bosnia y Kosovo, una vez mas le dan la espalda a Africa". "Creo sinceramente que el mundo es fundamentalmente racista. Pueden dar multitud de razones -económicas, de riesgo, estratégicas- pero, en el fondo, es racismo".

 

 

Romeó Dallaire, mostrando imágenes del genocidio producido en Ruanda ante sus propios ojos.

En opinión de Dallaire, los mismos culpables que fallaron en Ruanda estaban dejando sus huellas dactilares sobre el desastre de Sierra Leona. "Sigo viendo a los Cinco Permanentes (EE.UU., Gran Bretaña, Francia, China y Rusia) manejando el show desde fuera del Consejo de Seguridad. La dimensión moral no es necesariamente lo que predomina a la hora de tomar las grandes decisiones. Lo que domina es el interés propio y la aversión al riesgo"

"A veces me pregunto si no es que buscan precisamente que la ONU fracase y necesitan Sierra Leona como chivo expiatorio y camuflaje" -continúa diciendo Dallaire- "Siguen utilizando personal mal entrenado y peor equipado". "Leí el primer mandato que dieron en octubre para la misión de Sierra Leona y es una copia calcada del que yo tenía en Ruanda. Podría citarlo línea por línea basándome en el mandato que yo recibí en Ruanda en 1993"

Inclusive cuando el mandato de las fuerzas en Sierra Leona fue reforzado, el Consejo de Seguridad no le dio a la misión los medios suficientes para implementarlo. En el caso de Ruanda, Dallaire pidió 5.000 tropas y después de semanas de retraso, la ONU le envió finalmente la mitad. Cuando comenzó el genocidio, a principios de abril de 1994, las súplicas de Dallaire pidiendo refuerzos cayeron en oídos sordos. La única reacción rápida en Ruanda provino de los paracaidistas belgas y franceses que llegaron para evacuar a los extranjeros y proteger sus propios intereses. En Sierra Leona los paracaidistas británicos llegados para coordinar la evacuación de los extranjeros están prestando cierta ayuda a las tropas pero no está en los planes que permanezcan ahí una vez terminada la evacuación. En opinión de Dallaire, el despliegue de tropas y recursos cuando de evacuar a los extranjeros se trata contrasta con la falta de refuerzos y escasez de recursos para defender a la población y solo se puede comprender aceptando que existe racismo en las decisiones. "¿Donde en la valoración de los factores figura la consideración del sufrimiento de los africanos?" -se pregunta- "¿Cuantos tienen que morir para que la ONU intervenga con los medios necesarios?"

A mediados de mayo tras una atroz torpeza inicial, las Naciones Unidas descubrieron que, con una mínima muestra de resolución, los tigres como Foday Sankoh, del Frente Unido Revolucionario, resultaban ser de papel. ¿Que fue lo que cambio? Que Tony Blair envió 700 paracaidistas, una flotilla de aviones de ataque Harrier y 600 números de la fuerza naval. Que el presidente nigeriano Olusegun Obasanjo amenazó con enviar dos batallones de sus bien preparadas tropas. Que Canadá se ofreciera a transportar fuerzas de paz de la India y Bangladesh. 

Este limitado "sonar de sables" fue todo lo que hizo falta, lo que viene a confirmar una vez más que Dallaire sabía de lo que hablaba cuando pedía permiso para intervenir antes de que comenzara el conflicto. El Consejo de Seguridad debería sentirse avergonzado de su culpabilidad criminal al no haber prestado atención al llamado del general Dallaire desde Ruanda. Tal vez no estaríamos siendo testigos hoy del padecimiento de una de las víctimas: el teniente general Roméo Dallaire.

Este militar es hoy un hombre quebrantado. El general se autoflagela como si la responsabilidad fuera suya. Su mundo está poblado de fantasmas. Los momentos mas aterradores llegan por la noche o cuando su mente ocupada queda silenciosa. Es entonces cuando el teniente general Roméo Dallaire se siente arrastrar hacia los horrores de Ruanda: los cuerpos hinchados, los aterrorizados niños pidiendo ser rescatados, los rostros de los soldados de las fuerzas de paz a los que no pudo salvar. Fue durante uno de esos momentos de desesperanza que este hombre intentó quitarse la vida. El pasado 12 de abril las fuerzas armadas canadienses entregaron a la prensa un comunicado oficial en el que se decía que el teniente general Roméo Dallaire, a sus 53 años y después de 35 de servicio, había solicitado el retiro adelantado por razones médicas. El Ministro de Defensa canadiense, Art Eggleton, ante un parlamento en pié que ovacionaba al soldado, lo calificó de héroe, patriota y humanitario.

Dallaire dijo que seguirá con su lucha por salir de ese mundo de tinieblas causado por un desorden de estrés post-traumático. "El silencio es intolerable -dijo- ya que abre un sinfín de oportunidades". El simple perfume de una fruta en el supermercado le trae escenas retrospectivas. Conduciendo su automóvil por una carretera cualquiera cree ver pilas de cuerpos donde tan solo hay arbustos. A veces una simple palabra lo hunde en una terrible depresión. Con tremenda humildad y sinceridad admitió haber sido recientemente encontrado en un parque, bajo un banco y en evidente estado de embriaguez. Confesó un intento de suicidio. 

 

   
 

El académico canadiense Gerald Caplan, miembro del panel de siete que ha publicado un informe preparado a petición de la Organización de la Unidad Africana, urgía hace unos días públicamente al general a no culparse de los acontecimientos. "Se flagela por un fracaso sobre el que no tuvo control alguno -decía Caplan- cuando en realidad es el único héroe internacional en todo este triste escándalo y alguien que intentó hacer todo lo que pudo por evitar el genocidio".

El informe concluye que un reducido número de actores pudo haber impedido, detenido o reducido la matanza: Francia en Ruanda; Los EE.UU. en el Consejo de Seguridad; Bélgica, cuyos soldados sabían que podían salvar innumerables víctimas de haber permanecido en el país pero no lo hicieron; y los líderes eclesiásticos de Ruanda.

Por su parte otro de los miembros del panel, Stephen Lewis -ex embajador canadiense ante las Naciones Unidas y Director Ejecutivo de Relaciones Externas de UNICEF- fue contundente al expresar su opinión en el informe: Calificó el papel de los EE.UU. como de "una casi incomprensible cicatriz de oprobio en la política externa estadounidense" y se preguntaba como puede vivir consigo misma Madeline Albright, hoy Secretaria de Estado de su país pero embajadora ante las Naciones Unidas en los días de la tragedia. Si bien era un pequeño grupo de la elite Hutu el que planeaba el genocidio Tutsi, esta terrible conspiración solamente triunfó debido a que ciertos actores ajenos a Ruanda permitieron que siguiera adelante -continuó manifestando Lewis.

 

 

Stephen Lewis, ex embajador de Canadá ante las Naciones Unidas y Director Ejecutivo de Relaciones Externas de UNICEF.
 

El informe pide que la comunidad internacional, en nombre de la justicia, se responsabilice de una de las mayores calamidades de nuestra era y ofrezca reparación por su complicidad antes, durante y después del genocidio. Pedir disculpas a Ruanda no es adecuado ni suficiente. 

Una de las secciones más duras del informe es la que acusa al departamento de operaciones de pacificación de la ONU por su prohibición a Dallaire de intervenir para proteger a la población civil de Ruanda al mismo tiempo que le exigía saltarse las reglas para ayudar en la evacuación de los súbditos extranjeros. "Esto sólo puede describirse -dice el informe- como una utilización verdaderamente perversa de los escasos recursos de las Naciones Unidas".

El informe castiga duramente también al general canadiense Maurice Baril -actual Jefe del Departamento de Defensa canadiense pero máximo consejero militar de las Naciones Unidas en esa época- que aparentemente definió a Dallaire como un "cowboy" y puso en duda la veracidad del fax/informe enviado por él.

El panel asevera que los líderes eclesiásticos tenían la obligación moral de denunciar el genocidio pero no lo hicieron. Miles de civiles que se cobijaron en las iglesias fueron masacrados. Monjas blandiendo machetes y matando niños. Vecinos masacrando a vecinos. Acusa a Francia de haber estado en situación de evitar la matanza dado que era un aliado del régimen que la estaba llevando a cabo. Acusa a los EE.UU. de haber utilizado su poder en el Consejo de Seguridad para frustrar todo intento de intervención en Ruanda porque debido a la muerte de los 18 soldados en Somalia meses antes no quería involucrarse nuevamente en África. "Una vez iniciado el genocidio -sigue diciendo el informe- los EE.UU., deliberada y repetidamente, minaron todo intento de reforzar la presencia militar en Ruanda. Al final, ni un solo soldado adicional ni una sola pieza de armamento llegó a Ruanda antes del final del genocidio".

El informe detalla una serie de signos claros de la masacre que se avecinaba y que fueron sistemáticamente ignorados al igual que el fax del general Dallaire. Coincide además con la aseveración del militar canadiense de que, inclusive después de iniciada la matanza, una fuerza militar de apenas 5000 hombres con un mandato claro podría haberse desplegado en forma de abanico por Ruanda y detenido el conflicto.

Roméo Dallaire prometió que cuando se sienta suficientemente recuperado escribirá sobre su experiencia en África Central. De momento debe seguir manteniendo silencio sobre algunos aspectos debido a que aun debe declarar como testigo en el juicio por crímenes de guerra contra Theoneste Bagosora, que era el líder militar de facto en Ruanda durante el genocidio. Hasta tanto no haya prestado declaración ante el tribunal en Arusha, Tanzania, Dallaire no quiere hablar más sobre los sucesos de Ruanda. Pero dijo que no piensa mantener silencio indefinidamente. Una vez fuera del uniforme -dijo- me considero libre de todo límite de confidencialidad impuesto por las Naciones Unidas. No culpa de los acontecimientos a este organismo sino mas bien al grupo de países responsables de las decisiones adoptadas. "No utilizaré a la ONU como cabeza de turco -manifestó- a pesar de que he escrito y dicho cosas negativas referentes a las debilidades de esa institución. Con frecuencia la ONU ha tenido que manejarse con la baraja que le ha tocado en el reparto".

A pesar de todo, Dallaire considera crucial hacer un último peregrinaje a Ruanda después de haber prestado declaración ante el tribunal en Tanzania. "Mi objetivo es prestar testimonio ya que lo considero mi deber. Eso forma todavía parte de mis deberes como comandante de las fuerzas. Mi deber solo habrá terminado cuando la comunidad internacional haya hecho justicia".

Se considera un herido de guerra sin una herida de bala en su cuerpo pero con un serio cortocircuito en su mente. Calcula que un 10 por ciento de los soldados de las fuerzas de paz canadienses padecen de esta debilitadora afección que puede tener un impacto devastador tanto físico como mentalmente. A veces toma años para que la víctima sienta el impacto. La mayoría creen poder combatir su problema sumergiéndose en su trabajo pero terminan incapacitados. No pueden comer ni dormir, sienten una rabia increíble. En su estado depresivo un día nublado puede ser catastrófico.

 

 

Aparición pública del general Romeó Dallaire.
 

Las piezas del genocidio.

Lo que el mundo sabe hasta el momento es, en cierto modo, limitado. El periodista de The New Yorker, Philip Gourevitch, autor del libro "Deseamos informarles de que mañana nos matarán junto con nuestras familias", publicado por Farrar, Strauss & Giraux, explora en su obra el genocidio de Ruanda y la débil respuesta de los poderes internacionales. 

En Noviembre de 1993, la ONU envió fuerzas de paz a Ruanda, bajo el comando de general Roméo Dallaire, con el fin de contener los renovados ataques de violencia entre Hutus y Tutsis. El 11 de enero de 1994 Dallaire envió un fax al Departamento de Operaciones de Paz en el cuartel general de la ONU en Nueva York. Había recibido de una fuente fidedigna un aviso de que extremistas Hutus que se oponían a compartir el poder con la minoría Tutsi estaban conspirando un genocidio. Solicitaba refuerzos y protección para el informante. En el fax, Dallaire presentaba los planes con considerable detalle y solicitaba permiso para tomar medidas preventivas ya que el elemento de sorpresa era vital para privar a los extremistas Hutus del tiempo necesario para poner en marcha la operación.

La respuesta de la ONU le llegó el mismo día: se le prohibía intervenir. Los oficiales de las Naciones Unidas se rehusaron por mucho tiempo a comentar sobre esa respuesta pero finalmente Gourevitch recibió una copia que le fue enviada de forma clandestina y con ella en mano se encaró a los oficiales de la ONU pidiendo una explicación. Entre los entrevistados por Gourevitch se hallaba Iqbal Riza -que en la época del genocidio era ayudante del actual secretario general Kofi Annan que a su vez era a la sazón el encargado de las fuerzas de paz-. Iqbal Riza, que fue quien escribió la respuesta al fax/informe de Dallaire, le dijo a Gourevitch que tanto el fax enviado por el general al cuartel general de la ONU en Nueva York como su respuesta eran tan solo un par de piezas más en una continua serie de comunicados intercambiados con las fuerzas y, según sus palabras, "Es normal encontrar hipérbole en muchos de los informes".

Gourevitch se quedó anonadado, no solamente por los comentarios de Riza sino también por lo que otros oficiales de la ONU le decían. A juicio del periodista, los oficiales trataban de hacerle entender la carga tan pesada que es la vida del burócrata que se ve anegado en un mar de información y no puede esperarse que atine a discernir o reconocer cuando la información es perentoria y cuando no es apremiante. Reconocieron haberse insensibilizado debido a la ingente cantidad de problemas de gran magnitud que pasaban por sus escritorios.

El genocidio comenzó el 6 de abril. Al día siguiente los extremistas Hutus torturaron y asesinaron a 10 soldados belgas de las fuerzas de paz de la ONU. Una semana más tarde Bélgica retiró sus tropas. Los soldados belgas dijeron haber sido obligados a actuar como cobardes y a salir humillados. En señal de protesta, a su salida desgarraron sus boinas azules en la pista del aeropuerto de Kigali.

Una semana después el general Dallaire seguía insistiendo en que con un contingente de 5000 y un mandato claro todavía estaba a tiempo de parar las masacres. Hasta hoy nadie ha podido discrepar con esa opinión y son muchos los expertos militares que han confirmado esa aseveración. Sin embargo, Dallaire y sus hombres, ante la falta de compromiso por parte de sus superiores en Nueva York, se vieron esencialmente obligados a quedarse de brazos cruzados mientras el genocidio tenía lugar a su alrededor.

 

 

El general canadiense Romeó Dallaire.
 

La opinión generalizada es que la misión pacificadora fracasó por varias razones: seis meses antes del genocidio en Ruanda, 18 soldados americanos habían muerto en una misión de paz en Somalia. El pueblo estadounidense se horrorizó al ver las imágenes del cuerpo de un soldado arrastrado por los rebeldes como un trofeo por las calles de Mogadishu. No existe ya la fortaleza por parte de los líderes de presentarse ante su ciudadanía para informarles de que se van a enviar soldados a otro continente. La tragedia es que esos pueblos creen contar con el respaldo y la protección de los boinas azules (soldados de las misiones de paz de la ONU) cuando no es necesariamente ese el caso. En palabras de Gourevitch: "No es posible luchar por las buenas causas si no existe la voluntad de aceptar bajas. Los "malos" están siempre dispuestos a aceptarlas, lo cual los predispone a dominar en la contienda".

La frase "Never Again" (Nunca Mas) acuñada después de la segunda guerra mundial ha quedado prácticamente devaluada por los acontecimientos de los últimos años en el continente africano. La respuesta al conflicto yugoslavo fue rápida y contundente. También en Kuwait la intervención fue inmediata. África y su estabilidad política y económica -y lo que es peor aun, la seguridad de su población civil- no parecen interesarle a nadie salvo a un heroico soldado con auténtico espíritu de Boina Azul que hoy se debate contra los fantasmas de esa guerra que quiso impedir y no se lo permitieron.

Por Ana Mayte Mendía de Coria
(corresponsal en Toronto, Canadá).
 

Mapa de Ruanda y un nuevo genocidio en el continente africano, con la absoluta incapacidad de las naciones del mundo por detenerlo.

 

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