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En
sintonía con la realidad social rusa de la época, Chéjov creó a sus
personajes insertos en un contexto en el que la antigua clase aristocrática,
habiendo perdido el brillo y el poder de antaño, se consumía lentamente
frente a los dictados de un nuevo orden encarnado en la incipiente burguesía.
La Rusia de la segunda
mitad del siglo XIX, convulsionada por la agitación político-social
que daría vida a la revolución, tomaba conciencia de su historia nacional
de la mano de un grupo de intelectuales liderados por Pushktin, Tolstoi,
Dostoievsky y Chéjov entre otros; y al mismo tiempo era protagonista
de un cambio profundo que amenazaba quebrar los oxidados cimientos del
sistema tradicional.
En 1861, bajo el reinado
del zar Alejandro II, se había decretado la abolición de la servidumbre.
Los antiguos Mujiks se convierten en hombres libres; obligados a trabajar
por sus propios medios, comienzan a formar una baja burguesía concentrada
en el campo y en los reductos obreros de San Petersburgo y Moscú. Las
rígidas estructuras de la nobleza se ven sacudidas por una clase que
comienza a interactúar, los límites se desdibujan y el conflicto se
patentiza entre los herederos de un orden estatuído en la sangre y los
representantes de un nuevo modo de vida regido por el trabajo y el sacrificio.
Chéjov es, al mismo tiempo,
protagonista y privilegiado espectador del cambio que se operaba en
Rusia y supo plasmar, con extrema lucidez, las fluctuaciones de un país
que se encaminaba lentamente hacia la modernidad y la industrialización.
A lo largo de su corta carrera como escritor dio gran impulso a la narrativa
corta y al teatro, siguiendo una original estructura dramática que lo
daría a conocer en el mundo entero.
Original credo
estético
Heredera del realismo social
de sus antecesores, la obra de Chéjov es difícil de encasillar en algún
movimiento, y por esto ha sido blanco constante tanto de admiradores
como de detractores. Si bien sus piezas no revelan claramente su tendencia,
de su lectura surge una línea reacia al romanticismo subjetivista.
En lo que respecta a la
estructuración de sus dramas, mantiene una forma fija, la obra realista
en 4 actos, rechazando la experimentación, y utiliza los recursos técnicos
en la eliminación de lo subjetivo y lo melodramático más que en la creación
de novedosas estructuras. En este punto, su credo artístico se resumen
en la esperanza de que al expresar una visión objetiva y honesta la
forma se desarrollaría por si misma.
La doble dimensión:
Realismo y Compromiso.
Dispuesto a ser un retratista
fiel de su contexto, Chéjov intenta obviar toda referencia a su personalidad.
No sólo en la despreocupación por la forma, también en las motivaciones
y el actuar de sus personajes oficia como un testigo imparcial, como
un demiurgo que da vida para luego desentenderse y dejar fluír el curso
de la historia libremente. Su objetivo es mostrar las cosas como son,
bajo la plácida sensación de lo cotidiano, lo banal. La acción se reduce
al mínimo, los golpes de efecto brillan por su ausencia y la trama se
entreteje en diálogos cotidianos, aparentemente desprovistos de mayor
significado.
De acuerdo con esto se
lo podría definir como naturalista, sin embargo, en una lectura profunda
de sus dramas es evidente que no logra por completo abstenerse de cierto
compromiso con su creación. Claro que esto es poco evidente; la superficie
chejoviana no es fácil de atravesar, pero cuando se lo hace queda al
descubierto una actitud moralizante que impregna toda la pieza y otorga
significado a los diálogos sin objeto.
Las dos dimensiones, realismo
y compromiso, interactúan sutilmente evidenciando la intencionalidad
del autor: pintar objetivamente la realidad con todos sus matices, sin
excluír las fuerzas ocultas que operan sobre ella. Como él mismo le
escribe a Suvorín en 1888: "El artista observa, elige, conjetura,
combina... Usted tiene razón en exigir una actitud consciente del artista
hacia su obra, pero mezcla dos ideas: la solución del problema y su
correcta presentación. Sólo lo último es obligatorio para el artista."
Es entonces en forma indirecta,
eligiendo, conjeturando, combinando como Chejov ejerce su función moral.
Presenta los problemas reales de acuerdo a un orden y deja libradas
al arbitrio del espectador las posibles soluciones. Claro que el orden
está preconcebido, no toma personajes ni situaciones al azar; por el
contrario, sus piezas dejan entrever determinados tópicos que se repiten
en forma constante.
Sus dramas manifiestan
la imposibilidad del hombre moderno de poner en acto sus deseos, su
indolencia, la inercia moral y la falta de responsabilidad. Ambientados
en casas de provincia, los personajes se ven sometidos al aburrimiento
y la monotonía característicos de una clase aristocrática que ha perdido
sus motivaciones. Se sienten los últimos baluartes de la cultura, en
contraposición con la vulgaridad generalizada de la vida rusa, ámbito
que sofoca cualquier expectativa. Es preciso aclarar que cuando Chéjov
habla de cultura no se refiere a una particularidad privativa de las
clases altas, cultura no es para él sinónimo de intelectualidad, sino
un compendio de sabiduría, educación, humanidad y capacidad de sacrificio.
También el modelo dramático
es sintomático de su credo estético. Todas sus obras de madurez están
elaboradas según un principio básico: el conflicto entre un explotador
y sus víctimas: en "El jardín de los cerezos" Lopajín se apodera
del jardín de Madame Ranevsky y Gaev, en "Tres Hermanas" es
Natasha quien desaloja a los Prozorov de su casa de provincia, en "La
gaviota" Trigorín destruye la candidez de Nina y Arkadina las esperanzas
de su hijo y en "Tio Vania" la llegada de Elena y Serebriakov
hace tomar conciencia en los demás sus propias miserias.
El teatro chéjoviano ha
sido señalado como el menos dramático debido a la introducción, como
temática central, de la banalidad cotidiana y la rutina. Innumerables
críticos y dramaturgos han rechazado estas cuestiones por creerlas poco
interesantes; sin embargo Chéjov aclara este punto con extrema lucidez:
"Los hombres comen, duermen, fuman y dicen banalidades y sin embargo
se destruyen". El diálogo parece desarrollarse sin objeto alguno,
pero es revelador de las características de los personajes, de sus motivaciones,
sus odios y pasiones y al mismo tiempo se proyecta como un velo sobre
los acontecimientos que bullen en profundidad. Las obras se despliegan
en un crescendo, comienzan serenas, plácidas y se complejizan hasta
el clímax final, en el que el despojo se evidencia en toda su envergadura.
Ni héroes ni villanos.
Otro rasgo esclarecedor
de la antipatía de Chéjov por el romanticismo subjetivista está dado
por el diseño de sus personajes. Sus obras maduras carecen de figuras
centrales bien definidas, mas bien son retratos de un grupo que eventualmente
se subdivide en solos, dúos o tríos sin fuerza suficiente para ser protagonistas.
Además, Chéjov rechaza la visión maniquea de un mundo dividido en fuerzas
externas contrapuestas. Para él, el bien y el mal se confunden en conflictos
internos, personales; por lo tanto sus personajes no son arquetipos
de héroes o villanos, sino seres capaces de amar y odiar al mismo tiempo,
de sufrir y gozar , revelando así la profunda ambigüedad que caracteriza
al hombre. Sus "héroes" son figuras rutinarias, monótonas,
enmarcadas en los lugares comunes de todos los días. "Se exige,
afirma el escritor, que el héroe y la heroína sean dramáticamente vigorosos.
Pero en la vida la gente no se suicida, no se ahorca no se enamora ni
dice cosas geniales a cada minuto. Pasa la mayor parte del tiempo comiendo,
bebiendo... o diciendo tonterías... La vida en la escena debe ser lo
que es en realidad, y la gente, por tanto, debe andar naturalmente y
no sobre zancos."
En variadas ocasiones los
personajes están impregnados de matices caricaturescos que impiden que
el espectador se identifique con ellos. De esta forma Chéjov restringe
las simpatías por las víctimas -muchas veces es su inercia la causa
de sus sufrimientos- y suaviza el carácter de los victimarios, diluyendo
el tono melodramático en obras que superficialmente se asemejan a farsas
de tono ligero pero que encubren la lenta destrucción de los personajes
en una atmósfera que paraliza todas sus acciones.
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Antón Chéjov
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Las obras de la
madurez
La gaviota: (1986)
El tema central de la obra
reside en las diferentes formas que puede asumir la función creadora
y en la actitud del hombre como sujeto de esa creación. El conflicto
se pone de manifiesto desde las diferentes posturas: por un lado Arkadina,
-actriz madura, egoísta y superficial- se enfrenta con su hijo, el apasionado
pero poco experimentado Treplev, quien quiere instaurar nuevas formas
de representación teatral, y tras no conseguir el éxito deseado se suicida
, evidenciando el despojo espiritual del que ha sido víctima por parte
de su progenitora. Antes del hecho final Chéjov pone en boca del joven
amargas palabras que parecen indicar cual es la solución preferida por
el autor: "Sí, me estoy convenciendo cada vez más que no es cuestión
de formas viejas o nuevas, sino de escribir sin pensar en ninguna forma,
escribir porque fluye libremente del alma".
El segundo despojo se consuma
con la destrucción de Nina, cándida aspirante a actriz que es seducida
y luego abandonada por Trigorín, escritor de gran éxito pero infeliz
y deseoso del destino del hombre común.
Los otros personajes no
están exentos de tragedias personales: Masha es el prototipo de la mujer
insatisfecha que, incapaz de lograr su felicidad se somete a una vida
sin amor. Sorín representa al hombre que por no haber tenido una existencia
plena, ansía realizar en su vejez todo lo que no pudo hacer de joven.
Dorn intenta hacer filosofía mientras su vida transita por la indiferencia.
Tio Vania: (1897)
La acción se desarrolla
en la antigua casa de campo de una familia aristocrática algo empobrecida.
El conflicto se dispara con la llegada del pedante profesor Serevriakov
y su joven mujer.
La aparición de la bella
Elena provoca angustia entre los rutinarios moradores de la finca, obligándolos
a tomar conciencia de sus miserias personales. Astrov, el médico rural,
se enamora perdidamente de la mujer dejando de lado todas sus actividades
para perseguirla o emborracharse debido al despecho al que ella lo somete.
Sonia se da cuenta de su poca gracia y de la imposibilidad de que Astrov
responda a su pasión. Vania se percata de su frustración y el vacío
de su vida. Elena simboliza para él la última oportunidad de realizarse.
La obra delata un grupo
de personajes fracasados, hundidos en sus desdichas personales, paradigmas
de la degeneración de una clase en la vida moderna.
Tres Hermanas:
(1901)
La pieza más sombría de
Chéjov se nubla con cierta atmósfera de fatalismo que desempeña un papel
vital en la derrota de los personajes. Estos son víctimas más evidentes
del despojo perpetrado por Natasha. Todo en esta mujer es vulgar: la
forma en que se viste y se expresa, el frío utilitarismo que caracteriza
su accionar, el mal trato que propina a los sirvientes, su egoísmo y
ambición.
La obra retrata la vida
de los Prozorov (familia aristocrática y culta) obligados a permanecer
en un pueblo de provincia y añorando la lejana imagen de una Moscú idealizada.
El conflicto estalla con la llegada de Natasha, quien lenta pero implacablemente
los despojará de la casa. El duelo silencioso, indirecto simboliza la
confrontación entre la cultura (en el sentido dado por Chéjov) y la
vulgaridad encarnada por Natasha y revelada por su marido: "Mi
mujer es como es. Honesta, seria, buena digamos, pero con todo eso hay
algo en ella que la rebaja al nivel de un animal mezquino, ciego y áspero...
Quiero a Natasha, es verdad, pero a veces me parece increíblemente vulgar,
y entonces me pierdo, no comprendo porqué la quiero tanto, o por lo
menos la quise tanto."
Toda la obra está regida
por una visión sumamente pesimista de la vida provinciana, una existencia
que devora las ilusiones y embrutece al ser humano. También entreteje
una dialéctica entre la esperanza y la desesperación, una doble visión
sustentada por Vershinin y Tusenbach. Para el primero -cuya existencia
es, paradójicamente la más desdichada- la historia es dinámica e implica
un contínuo progreso de la humanidad. Por el contrario, Tusenbach interpreta
al mundo con una perspectiva estática, mucho más sombría y pesimista.
La obra culmina con las
tres hermanas fuera de la casa, resignadas al destino que les ha tocado
en suerte.
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Escenas de "El Jardín de los Cerezos",
representada en el Teatro San Martín de Buenos Aires en 1988.
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El jardín de los
cerezos:
Con esta pieza, escrita
en 1903, Chéjov finaliza su producción, ya que muere pocos meses después
del estreno. La historia se centra en un grupo de terratenientes, representantes
de la antigua aristocracia, que pierden sus propiedades en manos de
una nueva clase enérgica y abocada al trabajo. El mismo autor calificó
a "El jardín..." de comedia, ya que en vez de limitarse a
despertar compasión por las víctimas, las reviste de rasgos caricaturescos,
invirtiendo el estereotipo esperado. Al mismo tiempo otorga humanidad
e inocencia al despojador (Lopajín) con lo que dificulta enormemente
la reducción de los personajes a meras categorías.
Los aristócratas son simpáticos
y encantadores, pero también perezosos, derrochones y pomposos, y su
derrota final se debe a su inercia e inadecuación. Lopajín, en cambio,
es exitoso, trabajador y poco pretensioso. Su efecto es destructivo
pero sus motivaciones no son crueles. Hasta el final intenta convencer
a Liuva y Gaev de vender el jardín y al no ser escuchado hace su propio
negocio. El jardín de los cerezos cae como símbolo del derrumbe de un
modo de vida que no se adecua a las nuevas circunstancias.
"Todo lo que quise
fue decir honestamente a la gente: Mírense a ustedes mismos y vean que
malas y monótonas son sus vidas. Lo importante es que la gente se dé
cuenta de ello, porque entonces seguramente crearán para ellos mismos
una vida distinta y mejor... Y mientras esa vida diferente no exista,
seguiré diciéndole a la gente una y otra vez: por favor, comprendan
que su vida es mala y monótona.
Antón Chejov

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Los actores Roberto Carnaghi y María Rosa
Gallo en "El Jardín de los Cerezos"
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Antón Pávlovich Chéjov
nació en Taganrog, Rusia, el 29 de enero de 1860. En 1879 se traslada
con su familia a Moscú, donde alterna los estudios de medicina con la
composición de narraciones cortas para distintas publicaciones humorísticas.
Gana el premio Pushkin
en 1888 y con más de 200 relatos publicados en diarios y revistas es
considerado "el mejor prosista de su generación" ("La
estepa", "Ladrones"; "La sala Nro. 6", "Relato
de un desconocido", "La isla Sajalín").
En 1887, con el estreno
de "Ivanov", se inició en el teatro, el cual le atrajo un
patrimonio considerable y gran fama mundial.
Aquejado por la tuberculosis
se establece en Melíjovo, cerca de Moscú, en 1891. Allí abordará la
creación de sus más grandes obras dramáticas, las cuales serán estrenadas
en el Teatro de San Petersburgo o en el Teatro de Arte de Moscú entre
1896 y 1904. ("La Gaviota, 1896; "Tio Vania, 1897; "Tres
Hermanas", 1901; "El jardín de los cerezos", 1903).
Muere en Badenweiler, Alemania,
el 15 de julio de 1904
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Biografía

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