Tele - trabajo.
¿Avance o canto de Sirenas?

Al margen de los habituales catálogos y alabanzas a los productos que comentan y venden los suplementos de informática y tecnología en la gran mayoría de los medios de comunicación, Ana-Mayte (Mendia) Coria desde Canadá ofrece una mirada diferente, en donde juegan los beneficios y los perjuicios, de la modalidad de trabajo típica de la Revolución Tecnológica.

Por Ana - Maite Coria, desde Canadá.

 
 

Es indudable que la llamada Revolución Tecnológica –al igual que en su día lo hiciera la Revolución Industrial-- ha traído consigo desplazamientos y cambios radicales al panorama laboral que nos era familiar. La opinión favorable o desfavorable sobre estos cambios dependerá en gran parte de si nos han beneficiado o desplazado. Si nos hallamos entre el primer grupo, es probable que hablemos positiva y entusiastamente. Si, por el contrario, hemos pasado a engrosar las filas de los desocupados debido a que nos ha reemplazado una máquina, lo más probable es que veamos estos cambios con negatividad. Incluso aquellos que hemos tratado de adaptarnos -y lo hemos conseguido en mayor o menor grado- observamos las transformaciones con una buena dosis de escepticismo. No es un claro caso de "blanco o negro". Muy por el contrario, son tantos sus matices que me gustaría profundizar un poco en algunos de ellos.

Como residente de Canadá, yo sólo puedo analizar la experiencia canadiense. Aquí es últimamente difícil abrir un periódico o revista de actualidad sin encontrarse con artículos o comentarios que tratan sobre este tema. Han proliferado los diarios que ahora incluyen secciones especiales dedicadas exclusivamente al tema de la informática. Estas secciones, en su mayoría, tienden a hacer resaltar las virtudes de los ordenadores y a minimizar los defectos. No obstante, su imparcialidad queda un tanto en entredicho ya que esas páginas están invariablemente salpicadas de anuncios de empresas del ramo. Los comentaristas que tratan el tema desde páginas más "neutrales" tienden a juzgar los pros y contras con un poco más de cautela, cuando no de crítica abierta.

En los últimos años --pocos-- la faz de Toronto ha cambiado de tal manera que se hace difícil reconocerla. A principios de 1990 se inició una escalada de despidos masivos en la mayoría de las empresas, pero aun no se hablaba de recesión y los despedidos, dentro de todo, seguían manteniendo una actitud optimista. En 1982 había sucedido algo similar --aunque en menor escala-- y las empresas no tardaron en readmitir, si no a todos, sí a la mayoría de despedidos. La opinión general era que estabamos viviendo una situación similar. Gradualmente, el optimismo fue dando paso a la preocupación. Hoy en día, los trabajadores despedidos saben que su empresa no los volverá a llamar. En muchos casos la empresa ya no existe. En otros, con la apertura de fronteras debido al N.A.F.T.A. (Tratado Norteamericano de Libre Comercio) las empresas –en su mayoría filiales de grandes corporaciones estadounidenses-- han abandonado Canadá para reabrir sus puertas en los estados del sur, donde tienen acceso a mano de obra barata debido a la inmigración ilegal, mayoritariamente desde los países latinos. Por lo general, eran empresas manufactureras que son las que tendían a pagar sueldos altos acompañados de buenos beneficios sociales. Las que han quedado tienden a ser de servicios que podemos dividir en dos categorias: las que utilizan mano de obra barata (como puede ser los sectores de hotelería, comercio, etc.) y las que, si bien pagan mejor, precisan de mano de obra mediana y altamente especializada (las de informática entre ellas).

El desasosiego entre la población trabajadora es evidente. La mayoría de trabajadores desplazados son gente acostumbrada a ganar bien en puestos que no exigían alta preparación (como es el caso del sector de la industria automotriz). Muchos de ellos no tienen estudios secundarios y su resistencia a acudir a cursos de capacitación es alta porque saben que después del reentrenamiento los trabajos que les esperan --y no hay promesas en ese aspecto-- son  con un sueldo por hora que puede ser inferior al 50% de lo que estaban acostumbrados a percibir. Con el agravante además de que un elevado número de estos trabajadores supera los cincuenta años de edad.

Otra de las consecuencias de la revolución tecnológica es que los edificios del centro de la ciudad, que levantaban orgullosamente cincuenta y sesenta pisos de altura y albergaban las oficinas centrales de grandes corporaciones, se hallan hoy parcial y hasta totalmente desocupados. Algunos de ellos --cada vez mas-- ya han sido reconvertidos en apartamentos, para lo cual el Municipio hubo de cambiar sus "zoning by-laws" (leyes que clasifican las áreas en habitacionales, comerciales, industriales, etc.). Una buena parte de los trabajadores de esas grandes centrales se encuentra hoy desempleada. Otra buena parte ha pasado de ser "commuters" (que el Diccionario Webster's define como, individuos que viajan largas distancias desde sus hogares a sus centros de trabajo) a ser "tele-commuters" (o sea, individuos que realizan su trabajo a distancia, trasladándose a sus oficinas solo de manera "virtual", sin abandonar sus hogares). Muchos lo hacen a instancias de sus propias empresas, que pueden así reducir el costo de mantener una oficina de tres o cuatro plantas en uno de esos edificios del centro donde el metro cuadrado se paga a precio de oro, inclusive en plena cúspide de la recesión. En muchos otros casos son los propios individuos despedidos quienes han creado su pequeña empresa de autónomo y, desde sus hogares, ofrecen servicios de consultoría de diversos tipos. Y hay otros grupos de personas (amas de casa, minusválidos, etc.) que nunca trabajaron y hoy lo hacen desde sus hogares.

En el sector financiero, con el advenimiento de los cajeros automáticos, cada vez es más reducido el número de cajeros humanos. Pero no es esa la única área afectada. La imposición de datos que da lugar al extracto mensual de mi cuenta corriente o al de mi tarjeta VISA es más factible que haya tenido lugar en Jamaica o Pakistán que en una oficina de Toronto. En los países del llamado Tercer Mundo se ha creado toda una economía alrededor de este tipo de servicios. Por otra parte, si uno llama a una pizzería para pedir que le traigan la comida a domicilio, la llamada puede haber sido contestada por cualquier ama de casa o por un minusválido cuyos ordenadores están conectados al "network" o red de cualquiera de las numerosas cadenas de pizzerías... Esto, que podría ser positivo --ya que ofrece empleo a grupos hasta ahora injustamente marginados en el aspecto laboral-- no lo es tanto si consideramos que la remuneración que perciben estos trabajadores es inferior al sueldo que percibían los trabajadores por ellos desplazados. Y, por supuesto, carecen de los beneficios que sistemáticamente acompañaban a los sueldos de dichas personas. La prensa ha comenzado a denunciar casos, cada vez más frecuentes, en los que el pago a estas personas no llega ni siquiera al mínimo estipulado por las leyes laborales. Así pues, la tendencia parece ser la de crear una especie de esclavitud laboral que desplaza a personas que cobraban un sueldo razonable y las reemplaza con personas que creen no estar en situación de exigir.

 

 

Montreal (Canadá)
 

El rechazo por parte de un largo sector de la población de la tecnología utilizada hoy por la mayoría de pequeñas y grandes empresas queda patentemente evidenciado en la acogida que tuvieron ciertas medidas adoptadas hace algún tiempo por Mel Lastman, en ese entonces alcalde de North York (uno de los seis municipios que anteriormente componían el hoy extinto Toronto Metropolitano) y hoy alcalde de la recientemente amalgamada ciudad de Toronto. Este popular y populista alcalde muy posiblemente se ganó varios votos para las elecciones a alcalde de la ahora denominada "megaciudad" de Toronto al imponer que en las oficinas municipales que regentaba fuera una voz humana la que respondiera al teléfono en lugar de un ordenador que con voz impersonal se limitara a transferir de máquina a máquina al frustrado contribuyente que, en la mayoría de los casos, terminaba colgando el teléfono sin haber conseguido la información que deseaba porque su pregunta no se ajustaba al rígido menú de opciones que le daba el ordenador. Algo parecido está sucediendo con el advenimiento de ordenadores similares a los cajeros automáticos de los bancos que el gobierno está instalando en sus Oficinas de Desempleo y que --en lugar de dispensar dinero-- están supuestas a dispensar información a los desempleados tanto de cómo cumplimentar una solicitud de Seguro de Desempleo (pomposamente rebautizado por el actual gobierno como Seguro de Empleo --como si una simple alteración semántica fuese a afectar la situación de los parados) como de posibles ofertas de trabajo. Por su parte, el Ministerio Provincial de Transporte --para conveniencia del consumidor, dice-- ha adoptado los mismos ordenadores para que los conductores puedan renovar sus permisos de conducir o pagar multas de tráfico. La acogida no ha podido ser más negativa. El público en general comienza a darse cuenta de que se están eliminando puestos de trabajo, que hoy puede ser el de sus vecinos o amigos y mañana puede ser el propio, y de que las preguntas al ordenador están programadas y pueden no ser necesariamente las que ellos desean hacer. Hemos sacrificado en el altar de la nueva técnica el calor del contacto humano, su flexibilidad y lo hemos reemplazado con la frialdad y limitaciones de los ordenadores.

Se están empezando a levantar otras voces (prensa --y no necesariamente la de reconocida tendencia centrista o izquierdista--, sindicatos, trabajadores sociales, etc.) que reclaman al gobierno que ejerza control sobre los diversos tipos de abuso que se vienen dando. El sector Bancario, por ejemplo, se ha creado enemigos porque al mismo tiempo que declara --a regañadientes y porque se lo exige la ley-- beneficios anuales billonarios no sólo repetidos sino superados al año siguiente, sigue cesando a decenas de miles de sus empleados. Lo mismo sucede con la compañía telefónica Bell, hasta hace poco virtual monopolio en el campo de las comunicaciones en este país. Se empieza a pronunciar la palabra "boicot". Parece estarse fraguando una revuelta de los consumidores (un alto número de los cuales es víctima del desarrollo tecnológico). La gente ve desilusionada que las promesas que se hicieron desde todos los sectores en los albores de la revolución tecnológica han resultado ser sólo un canto de sirenas que lleva a nuestro barco a un inexorable encuentro con las rocas. Se habló de la liberación del trabajador, que ya no iba a tener que realizar trabajos pesados o monótonos. Se habló de acortar la semana laboral, lo cual nos iba a dar más tiempo para dedicarnos al ocio, a nuestras pequeñas o grandes aficiones personales. Se hicieron promesas que, ni se han realizado, ni parecen llevar camino de realizarse.

Efectivamente, la tecnología tiene un gran potencial positivo, pero sus beneficios parecen ser patrimonio de un sector minoritario y privilegiado de nuestra sociedad, lo que lleva camino de convertir a los demás, la mayoría, en un grupo resentido que no ve futuro. De ahí que, cada vez más frecuentemente, se alzan voces reclamando de los funcionarios un mayor liderazgo. Se les pide que se exija a las grandes corporaciones cierta responsabilidad cívica. ¿Por qué los gobierno asisten imperturbables al desmantelamiento de nuestra sociedad por parte de empresas que no sólo no pueden justificar los despidos de personal escudándose en las pérdidas sino que, cada año, se ven obligadas a declarar públicamente ganancias que superan el récord del año anterior? Una opinión muy generalizada es la de que los estados --nuevamente debido a la tecnología que permite mover capitales extraterritorialmente en tan solo segundos-- han pasado a ser meros títeres de las grandes corporaciones multinacionales a las que ya no pueden poner trabas en el llamado "Global Village" (Aldea Global). Si un gobierno se atreviera a exigir el pago de impuestos destinados a paliar los efectos del desplazamiento, las empresas responderían instalándose en otros países. Mientras existan países subdesarrollados o en vías de desarrollo que, comprensiblemente, les den la bienvenida, los gobiernos son impotentes. Tal vez la solución al problema radica en los propios desplazados. Cuanto más elevado su número mayor su poder, ya que no podemos perder la perspectiva de que son ellos, entre otros, los consumidores de los productos que esas mismas empresas ofrecen. Si desaparece el poder adquisitivo, desaparece el cliente. Si desaparece el cliente, desaparecen las ganancias billonarias. Después de todo, es bien sabido que Henry Ford reconoció en su época que sus automóviles tendrían más salida si elevaba el poder adquisitivo de sus empleados por medio de una decorosa remuneración.

Otro aspecto social del tele-trabajo que debemos cuidar quienes utilizamos este medio es el de su potencial para el ostracismo. El tele-trabajador corre el riesgo de, sin darse cuenta, aumentar peligrosamente las horas trabajadas, lo cual puede fácilmente conducirnos al agotamiento . El tiempo que nos ahorramos al no tener que conmutar hasta la oficina no debe de ninguna manera traducirse en tiempo añadido a nuestro horario de trabajo y "robado" a nuestra familia. Reconozco que la tentación de sentarse después de la cena a "adelantar el trabajo" puede ser grande, pero no debemos sucumbir a ella salvo en los casos excepcionales en que, realmente, haya un trabajo urgente o se corra el riesgo de perder el cliente. Tenemos que tomar conciencia de que sólo con autodisciplina podremos escapar a la esclavitud que puede crear. Otro hábito en el que no debemos caer es el de comunicarnos a través del correo electrónico (e-mail) con personas con las que podemos comunicarnos por teléfono o, mejor aún, personalmente. Nada puede substituir al calor del contacto directo. Al mismo tiempo, podemos beneficiarnos de la enorme ventaja que supone mantener contacto con personas que se hallan geográficamente lejos. En ese caso, la rapidez y el bajo costo lo convierten en el medio ideal.

Dicho todo lo anterior, debo haber dejado la impresión de que abomino el progreso tecnológico. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Si bien veo su potencial para el desastre, no es la tecnología la culpable del desaguisado sino aquellos que hacen abuso o mal uso de ella. Personalmente, es el ordenador el que me mantiene informada sobre mi país de origen y el mundo en general. Poder tener acceso a la prensa de todo el mundo es una experiencia liberadora por la enormidad de opiniones y puntos de vista que ofrece. Tampoco tengo que sufrir un paro cardiaco cuando llega mi factura del teléfono porque, gracias al ordenador, me puedo comunicar con familiares y amigos sin pagar un centavo en larga distancia (en mi caso particular debido también a que la conexión al ordenador en Canadá es una llamada local y las llamadas locales no van por medidor sino que son parte del precio básico). Mis hijos no tienen necesidad de tener que desafiar la nieve ni las temperaturas bajo cero para ir a la biblioteca a recopilar datos para sus trabajos escolares, algo muy importante en este clima. Soy pues beneficiaria de las ventajas que puede aportar.

La situación argentina puede no haber llegado todavía al punto que aquí describo. Es de desear que antes de que eso suceda se haya hecho posible una canalización menos destructiva de la tecnología. Los países en los que el león todavía es cachorro tienen la ventaja de poder escarmentar en cabeza ajena y domarlo antes de que su zarpazo sea mortal. La elección es: el ordenador como herramienta y aliado o el ordenador como enemigo. De nosotros depende la respuesta.

Por Ana - Maite Coria, desde Canadá.

 

Montreal (Canadá)

 

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