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Es
indudable que la llamada Revolución Tecnológica al igual que en
su día lo hiciera la Revolución Industrial-- ha traído consigo desplazamientos
y cambios radicales al panorama laboral que nos era familiar. La opinión
favorable o desfavorable sobre estos cambios dependerá en gran parte de
si nos han beneficiado o desplazado. Si nos hallamos entre el primer grupo,
es probable que hablemos positiva y entusiastamente. Si, por el contrario,
hemos pasado a engrosar las filas de los desocupados debido a que nos
ha reemplazado una máquina, lo más probable es que veamos estos cambios
con negatividad. Incluso aquellos que hemos tratado de adaptarnos -y lo
hemos conseguido en mayor o menor grado- observamos las transformaciones
con una buena dosis de escepticismo. No es un claro caso de "blanco
o negro". Muy por el contrario, son tantos sus matices que me gustaría
profundizar un poco en algunos de ellos.
Como residente de Canadá,
yo sólo puedo analizar la experiencia canadiense. Aquí es últimamente
difícil abrir un periódico o revista de actualidad sin encontrarse con
artículos o comentarios que tratan sobre este tema. Han proliferado los
diarios que ahora incluyen secciones especiales dedicadas exclusivamente
al tema de la informática. Estas secciones, en su mayoría, tienden a hacer
resaltar las virtudes de los ordenadores y a minimizar los defectos. No
obstante, su imparcialidad queda un tanto en entredicho ya que esas páginas
están invariablemente salpicadas de anuncios de empresas del ramo. Los
comentaristas que tratan el tema desde páginas más "neutrales"
tienden a juzgar los pros y contras con un poco más de cautela, cuando
no de crítica abierta.
En los últimos años --pocos--
la faz de Toronto ha cambiado de tal manera que se hace difícil reconocerla.
A principios de 1990 se inició una escalada de despidos masivos en la
mayoría de las empresas, pero aun no se hablaba de recesión y los despedidos,
dentro de todo, seguían manteniendo una actitud optimista. En 1982 había
sucedido algo similar --aunque en menor escala-- y las empresas no tardaron
en readmitir, si no a todos, sí a la mayoría de despedidos. La opinión
general era que estabamos viviendo una situación similar. Gradualmente,
el optimismo fue dando paso a la preocupación. Hoy en día, los trabajadores
despedidos saben que su empresa no los volverá a llamar. En muchos casos
la empresa ya no existe. En otros, con la apertura de fronteras debido
al N.A.F.T.A. (Tratado Norteamericano de Libre Comercio) las empresas
en su mayoría filiales de grandes corporaciones estadounidenses--
han abandonado Canadá para reabrir sus puertas en los estados del sur,
donde tienen acceso a mano de obra barata debido a la inmigración ilegal,
mayoritariamente desde los países latinos. Por lo general, eran empresas
manufactureras que son las que tendían a pagar sueldos altos acompañados
de buenos beneficios sociales. Las que han quedado tienden a ser de servicios
que podemos dividir en dos categorias: las que utilizan mano de obra barata
(como puede ser los sectores de hotelería, comercio, etc.) y las que,
si bien pagan mejor, precisan de mano de obra mediana y altamente especializada
(las de informática entre ellas).
El desasosiego entre la población
trabajadora es evidente. La mayoría de trabajadores desplazados son gente
acostumbrada a ganar bien en puestos que no exigían alta preparación (como
es el caso del sector de la industria automotriz). Muchos de ellos no
tienen estudios secundarios y su resistencia a acudir a cursos de capacitación
es alta porque saben que después del reentrenamiento los trabajos que
les esperan --y no hay promesas en ese aspecto-- son con un sueldo
por hora que puede ser inferior al 50% de lo que estaban acostumbrados
a percibir. Con el agravante además de que un elevado número de estos
trabajadores supera los cincuenta años de edad.
Otra de las consecuencias
de la revolución tecnológica es que los edificios del centro de la ciudad,
que levantaban orgullosamente cincuenta y sesenta pisos de altura y albergaban
las oficinas centrales de grandes corporaciones, se hallan hoy parcial
y hasta totalmente desocupados. Algunos de ellos --cada vez mas-- ya han
sido reconvertidos en apartamentos, para lo cual el Municipio hubo de
cambiar sus "zoning by-laws" (leyes que clasifican las áreas
en habitacionales, comerciales, industriales, etc.). Una buena parte de
los trabajadores de esas grandes centrales se encuentra hoy desempleada.
Otra buena parte ha pasado de ser "commuters" (que el Diccionario
Webster's define como, individuos que viajan largas distancias desde sus
hogares a sus centros de trabajo) a ser "tele-commuters" (o
sea, individuos que realizan su trabajo a distancia, trasladándose a sus
oficinas solo de manera "virtual", sin abandonar sus hogares).
Muchos lo hacen a instancias de sus propias empresas, que pueden así reducir
el costo de mantener una oficina de tres o cuatro plantas en uno de esos
edificios del centro donde el metro cuadrado se paga a precio de oro,
inclusive en plena cúspide de la recesión. En muchos otros casos son los
propios individuos despedidos quienes han creado su pequeña empresa de
autónomo y, desde sus hogares, ofrecen servicios de consultoría de diversos
tipos. Y hay otros grupos de personas (amas de casa, minusválidos, etc.)
que nunca trabajaron y hoy lo hacen desde sus hogares.
En el sector financiero,
con el advenimiento de los cajeros automáticos, cada vez es más reducido
el número de cajeros humanos. Pero no es esa la única área afectada. La
imposición de datos que da lugar al extracto mensual de mi cuenta corriente
o al de mi tarjeta VISA es más factible que haya tenido lugar en Jamaica
o Pakistán que en una oficina de Toronto. En los países del llamado Tercer
Mundo se ha creado toda una economía alrededor de este tipo de servicios.
Por otra parte, si uno llama a una pizzería para pedir que le traigan
la comida a domicilio, la llamada puede haber sido contestada por cualquier
ama de casa o por un minusválido cuyos ordenadores están conectados al
"network" o red de cualquiera de las numerosas cadenas de pizzerías...
Esto, que podría ser positivo --ya que ofrece empleo a grupos hasta ahora
injustamente marginados en el aspecto laboral-- no lo es tanto si consideramos
que la remuneración que perciben estos trabajadores es inferior al sueldo
que percibían los trabajadores por ellos desplazados. Y, por supuesto,
carecen de los beneficios que sistemáticamente acompañaban a los sueldos
de dichas personas. La prensa ha comenzado a denunciar casos, cada vez
más frecuentes, en los que el pago a estas personas no llega ni siquiera
al mínimo estipulado por las leyes laborales. Así pues, la tendencia parece
ser la de crear una especie de esclavitud laboral que desplaza a personas
que cobraban un sueldo razonable y las reemplaza con personas que creen
no estar en situación de exigir.
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Montreal (Canadá)
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El rechazo por parte de un
largo sector de la población de la tecnología utilizada hoy por la mayoría
de pequeñas y grandes empresas queda patentemente evidenciado en la acogida
que tuvieron ciertas medidas adoptadas hace algún tiempo por Mel Lastman,
en ese entonces alcalde de North York (uno de los seis municipios que
anteriormente componían el hoy extinto Toronto Metropolitano) y hoy alcalde
de la recientemente amalgamada ciudad de Toronto. Este popular y populista
alcalde muy posiblemente se ganó varios votos para las elecciones a alcalde
de la ahora denominada "megaciudad" de Toronto al imponer que
en las oficinas municipales que regentaba fuera una voz humana la que
respondiera al teléfono en lugar de un ordenador que con voz impersonal
se limitara a transferir de máquina a máquina al frustrado contribuyente
que, en la mayoría de los casos, terminaba colgando el teléfono sin haber
conseguido la información que deseaba porque su pregunta no se ajustaba
al rígido menú de opciones que le daba el ordenador. Algo parecido está
sucediendo con el advenimiento de ordenadores similares a los cajeros
automáticos de los bancos que el gobierno está instalando en sus Oficinas
de Desempleo y que --en lugar de dispensar dinero-- están supuestas a
dispensar información a los desempleados tanto de cómo cumplimentar una
solicitud de Seguro de Desempleo (pomposamente rebautizado por el actual
gobierno como Seguro de Empleo --como si una simple alteración semántica
fuese a afectar la situación de los parados) como de posibles ofertas
de trabajo. Por su parte, el Ministerio Provincial de Transporte --para
conveniencia del consumidor, dice-- ha adoptado los mismos ordenadores
para que los conductores puedan renovar sus permisos de conducir o pagar
multas de tráfico. La acogida no ha podido ser más negativa. El público
en general comienza a darse cuenta de que se están eliminando puestos
de trabajo, que hoy puede ser el de sus vecinos o amigos y mañana puede
ser el propio, y de que las preguntas al ordenador están programadas y
pueden no ser necesariamente las que ellos desean hacer. Hemos sacrificado
en el altar de la nueva técnica el calor del contacto humano, su flexibilidad
y lo hemos reemplazado con la frialdad y limitaciones de los ordenadores.
Se están empezando a levantar
otras voces (prensa --y no necesariamente la de reconocida tendencia centrista
o izquierdista--, sindicatos, trabajadores sociales, etc.) que reclaman
al gobierno que ejerza control sobre los diversos tipos de abuso que se
vienen dando. El sector Bancario, por ejemplo, se ha creado enemigos porque
al mismo tiempo que declara --a regañadientes y porque se lo exige la
ley-- beneficios anuales billonarios no sólo repetidos sino superados
al año siguiente, sigue cesando a decenas de miles de sus empleados. Lo
mismo sucede con la compañía telefónica Bell, hasta hace poco virtual
monopolio en el campo de las comunicaciones en este país. Se empieza a
pronunciar la palabra "boicot". Parece estarse fraguando una
revuelta de los consumidores (un alto número de los cuales es víctima
del desarrollo tecnológico). La gente ve desilusionada que las promesas
que se hicieron desde todos los sectores en los albores de la revolución
tecnológica han resultado ser sólo un canto de sirenas que lleva a nuestro
barco a un inexorable encuentro con las rocas. Se habló de la liberación
del trabajador, que ya no iba a tener que realizar trabajos pesados o
monótonos. Se habló de acortar la semana laboral, lo cual nos iba a dar
más tiempo para dedicarnos al ocio, a nuestras pequeñas o grandes aficiones
personales. Se hicieron promesas que, ni se han realizado, ni parecen
llevar camino de realizarse.
Efectivamente, la tecnología
tiene un gran potencial positivo, pero sus beneficios parecen ser patrimonio
de un sector minoritario y privilegiado de nuestra sociedad, lo que lleva
camino de convertir a los demás, la mayoría, en un grupo resentido que
no ve futuro. De ahí que, cada vez más frecuentemente, se alzan voces
reclamando de los funcionarios un mayor liderazgo. Se les pide que se
exija a las grandes corporaciones cierta responsabilidad cívica. ¿Por
qué los gobierno asisten imperturbables al desmantelamiento de nuestra
sociedad por parte de empresas que no sólo no pueden justificar los despidos
de personal escudándose en las pérdidas sino que, cada año, se ven obligadas
a declarar públicamente ganancias que superan el récord del año anterior?
Una opinión muy generalizada es la de que los estados --nuevamente debido
a la tecnología que permite mover capitales extraterritorialmente en tan
solo segundos-- han pasado a ser meros títeres de las grandes corporaciones
multinacionales a las que ya no pueden poner trabas en el llamado "Global
Village" (Aldea Global). Si un gobierno se atreviera a exigir el
pago de impuestos destinados a paliar los efectos del desplazamiento,
las empresas responderían instalándose en otros países. Mientras existan
países subdesarrollados o en vías de desarrollo que, comprensiblemente,
les den la bienvenida, los gobiernos son impotentes. Tal vez la solución
al problema radica en los propios desplazados. Cuanto más elevado su número
mayor su poder, ya que no podemos perder la perspectiva de que son ellos,
entre otros, los consumidores de los productos que esas mismas empresas
ofrecen. Si desaparece el poder adquisitivo, desaparece el cliente. Si
desaparece el cliente, desaparecen las ganancias billonarias. Después
de todo, es bien sabido que Henry Ford reconoció en su época que sus automóviles
tendrían más salida si elevaba el poder adquisitivo de sus empleados por
medio de una decorosa remuneración.
Otro aspecto social del tele-trabajo
que debemos cuidar quienes utilizamos este medio es el de su potencial
para el ostracismo. El tele-trabajador corre el riesgo de, sin darse cuenta,
aumentar peligrosamente las horas trabajadas, lo cual puede fácilmente
conducirnos al agotamiento . El tiempo que nos ahorramos al no tener que
conmutar hasta la oficina no debe de ninguna manera traducirse en tiempo
añadido a nuestro horario de trabajo y "robado" a nuestra familia.
Reconozco que la tentación de sentarse después de la cena a "adelantar
el trabajo" puede ser grande, pero no debemos sucumbir a ella salvo
en los casos excepcionales en que, realmente, haya un trabajo urgente
o se corra el riesgo de perder el cliente. Tenemos que tomar conciencia
de que sólo con autodisciplina podremos escapar a la esclavitud que puede
crear. Otro hábito en el que no debemos caer es el de comunicarnos a través
del correo electrónico (e-mail) con personas con las que podemos comunicarnos
por teléfono o, mejor aún, personalmente. Nada puede substituir al calor
del contacto directo. Al mismo tiempo, podemos beneficiarnos de la enorme
ventaja que supone mantener contacto con personas que se hallan geográficamente
lejos. En ese caso, la rapidez y el bajo costo lo convierten en el medio
ideal.
Dicho todo lo anterior, debo
haber dejado la impresión de que abomino el progreso tecnológico. Sin
embargo, nada más lejos de la realidad. Si bien veo su potencial para
el desastre, no es la tecnología la culpable del desaguisado sino aquellos
que hacen abuso o mal uso de ella. Personalmente, es el ordenador el que
me mantiene informada sobre mi país de origen y el mundo en general. Poder
tener acceso a la prensa de todo el mundo es una experiencia liberadora
por la enormidad de opiniones y puntos de vista que ofrece. Tampoco tengo
que sufrir un paro cardiaco cuando llega mi factura del teléfono porque,
gracias al ordenador, me puedo comunicar con familiares y amigos sin pagar
un centavo en larga distancia (en mi caso particular debido también a
que la conexión al ordenador en Canadá es una llamada local y las llamadas
locales no van por medidor sino que son parte del precio básico). Mis
hijos no tienen necesidad de tener que desafiar la nieve ni las temperaturas
bajo cero para ir a la biblioteca a recopilar datos para sus trabajos
escolares, algo muy importante en este clima. Soy pues beneficiaria de
las ventajas que puede aportar.
La situación argentina puede
no haber llegado todavía al punto que aquí describo. Es de desear que
antes de que eso suceda se haya hecho posible una canalización menos destructiva
de la tecnología. Los países en los que el león todavía es cachorro tienen
la ventaja de poder escarmentar en cabeza ajena y domarlo antes de que
su zarpazo sea mortal. La elección es: el ordenador como herramienta y
aliado o el ordenador como enemigo. De nosotros depende la respuesta.
Por Ana - Maite Coria,
desde Canadá.
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Montreal (Canadá)
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