Cafés porteños - 2a. parte.
Un recorrido por las confiterías.

Los cafés y las confiterías son la veta tanguera de Buenos Aires y su cultura nacional; el mito viviente de las costumbres populares. Tertulias infinitas, poetas trasnochados, amores y desamores, negocios y negociados, discusiones políticas y lecturas insospechadas. Segunda parte de un informe sobre estos reductos de la cultura de Buenos Aires, realizado por Karina Donángelo.

Por Karina Donángelo.

 

Muchas de las confiterías clásicas de Buenos Aires lucharon tenazmente por su perpetuación, resistiéndose al paso del tiempo, a la modernidad y a los ajustes económicos. Sin embargo, muy pocas subsistieron, acaso como símbolo de otra época para los nostálgicos, y también para las nuevas generaciones, que todavía pueden intuir en ellas el legado de un pasado dorado.

El Querandí se fundó en 1920, aunque su construcción se inició en 1860, en el predio de Moreno y Perú. Por aquel entonces, nada tenía de confitería; era más bien un residencial familiar, con numerosas habitaciones de techos altos, en torno de varios patios. En el ´20 se transformó en bar y fue el lugar de encuentro obligado de los estudiantes del Colegio Nacional Buenos Aires. El estilo de su fachada era Art Decó y poseía una barra de madera oscura y columnas salomónicas.

También se reunían allí los estudiantes de las facultades de Arquitectura, Ingeniería y Ciencias Exactas, ya que en aquel entonces funcionaban todas las instituciones que componían lo que hoy conocemos como "La Manzana de las Luces", ubicada precisamente enfrente del local.

En 1980 se produjo el cierre del establecimiento, debido a un proyecto, mediante el cual se planeaba efectuar el ensanche de la calle Perú. Luego de haber permanecido cerrado durante 12 años, El Querandí fue declarado Monumento Histórico Nacional. Tras ser restaurado bajo la supervisión y consejo del Museo de la Ciudad y la Municipalidad porteña, reabrió sus puertas el 7 de agosto de 1992. Aún conserva sus viejos pisos y las estructuras principales de antaño. Y actualmente se realizan en él, shows de tango.

La confitería La Ideal se inauguró en 1912. En aquellos años funcionaba como salón de té, y se hizo famosa por su orquesta de señoritas. Entre las 4 y las 6 de la tarde se colmaba de muchachas que trabajaban en las oficinas de los alrededores; llegaban a tomar el té, después del horario de trabajo. Los sábados se realizaban despedidas de solteras, no así de "solteros", ya que no era conveniente mezclar los sexos entre la clientela. Ubicado en Suipacha y la Avda. Corrientes, este lugar conserva la arquitectura y el estilo señoriales de principios de siglo en su decoración. Con el paso del tiempo debió aggiornarse a las necesidades y gustos de su público, con lo cual fue variando el tipo de espectáculos que ofrecía. Y entre 1979 y 1981 se convirtió en café concert. El grupo musical "Los 5 latinos" cantó allí junto a Estela Rabal; y Carlos Figari ejecutó distintas piezas con su orquesta junto al cantante Enrique Dumas.

 

 


Fachada de la tradicional confitería "La Ideal"


Vista del sutuoso interior de la confitería "La Ideal"

Las Violetas fue la confitería vecina de la estación ferroviaria y el tranvía de caballos, que recorría Rivadavia. Ubicada en Avda. Rivadavia y Medrano, fue creada el 21 de septiembre de 1884. En aquella época el barrio de Almagro tenía más tiempo y más eventos, tales como la inauguración de numerosos locales de extramuros, a los cuales concurría un ministro de la Nación, el doctor Carlos Pellegrini, quien luego fue presidente. Fue precisamente en la década del ´20 cuando se levantó majestuoso el edificio actual, con enormes columnas, mampostería y vitraux palaciegos, haciendo referencia a la belle époque. Entre los clásicos de esta confitería estaban el café vienés en vaso cívico o imperial, el candeal con yema, los bizcochitos con chocolate y los huevos quimbo.

Cuenta la leyenda que las chicas que concurrían a ese lugar, nunca se casaban. Decían eso porque muchas de ellas eran maestras y se la pasaban toda la vida abocadas exclusivamente a la docencia. Sin embargo, muchas de ellas se casaron y fueron muy felices...

 

 
El magnífico interior de la Confitería Las Violetas, lamentablemente hoy, cerrada por la crisis...

El Tortoni es, no solo un lugar de encuentro, sino también de producción y difusión artística; símbolo de la Avenida de Mayo; sitio de interés cultural; escala obligada pare los turistas y el rincón por excelencia de la memoria urbana.

Este café se inauguró cuando la provincia de Buenos Aires se había separado del resto de la Confederación. Un inmigrante francés de apellido Tuan abrió sus puertas a fines de 1858. El nombre del local lo tomó prestado de un Establecimiento del Boulevard des Italiens, en el que se reunía la élite intelectual parisina del siglo XIX. 

El primer local del café Tortoni estaba en la esquina de Rivadavia y Esmeralda. Poco después se mudó al local de Rivadavia 826. En 1880 se construyó un nuevo edificio en la manzana de enfrente. La decisión del intendente Torcuato de Alvear de abrir la primera avenida de la ciudad apuró el nuevo cambio del Tortoni; era necesario construir una nueva entrada sobre lo que sería la Avenida de Mayo. Y en 1893, el café abrió sus puertas en Avda. de Mayo 829. El nuevo dueño, un francés de apellido Curuchet fue el anfitrión del local hasta 1927, y el encargado de fomentar la concurrencia del público bohemio. Para diseñar la nueva fachada, se convocó al arquitecto Alejandro Christophersen.

Bajo la dirección de Curuchet, artistas e intelectuales ganaron un lugar de privilegio en el café, pues conferían lustre y fama. Allí se generó un centro de producción. y difusión cultural, gracias al cual el 25 de mayo de 1926 se fundó la "Peña del Tortoni", que le dio brillo y mística al lugar, y lo hizo punto de reunión de grandes personalidades. En el leyó su primer cuento Roberto Arlt; allí tocó sus tangos Juan de Dios Filiberto y allí expuso sus pinturas don Benito Quinquela Martín. Participaron también Antonio Cunil Cabanellas; Raúl Scalabrini Ortiz; Conrado Nalé Roxlo; Leopoldo Marechal; Emilio Pettoruti; Raúl González Tunón; Alfonsina Storni; Baldomero Fernandez Moreno; Lola Membribes; el presidente de la Nación , Marcelo T. de Alvear. Todavía se recuerda la ensalada de flores que solía pedir Xul Solar o la Indian Tonic Cunnington que bebía Borges; sin olvidar tampoco a Edmundo Rivero o Carlos Gardel.

El Tortoni también recibió la visita de ilustres españoles como Ortega y Gasset; Ramón del Valle Inclán y Federico García Lorca, junto a Miguel de Unamuno. Frente al campo literario polarizado de Florida y Boedo, la peña del Tortoni nació como un lugar neutral donde convergieron artistas, hombres de teatro y escritores de las mas variadas tendencias, tal como se explica en el libro "Buenos Aires, los cafés literarios"". Las reuniones de la peña duraron hasta 1943; así y todo, las actividades culturales continuaron y hoy en día se organizan espectáculos de tango y jazz, y se recitan poesías y fragmentos literarios que incluyen charlas y debates. La caja registradora todavía ocupa su lugar, aunque solo sea un elemento decorativo. Entre los clásicos del Tortoni están la leche merengada (la copa tradicional es un helado con crema, claras de huevo batidas a nieve y canela); la cerveza y la sidra "tiradas" y el chocolate con churros, en invierno.

 

 





Después de acoger durante 137 años a los porteños, la Confitería del Molino cerró sus puertas el 23 de febrero de 1997. Azotado por los vientos de una severa transformación económica, el Molino dejo de girar, pese a que los que amamos nuestro pasado guardamos la esperanza de que algún día vuelva a abrirse. Esta confitería fue incluida en una lista considerada por la UNESCO para ser declarada patrimonio art nouveau internacional.

La historia del Molino comienza en 1850, cuando dos reposteros italianos, Constantino Rossi y Cayetano Brenna compraron la entonces Confitería del Centro, en la esquina de Federación y Garantías (hoy, Rodríguez Peña y Rivadavia). Luego la rebautizaron Antigua Confitería del Molino, porque en un ángulo de la plaza Congreso trituraba granos el primer molino harinero de Buenos Aires.

El lugar fue adoptado por la alta burguesía; señoras "bienudas" y elegantes caballeros vestidos de etiqueta se volcaron al amplio salón y conocieron las exquisiteces del establecimiento. Especialmente, el merengue, el marrón glacé, el panettone de castañas y el imperial ruso, curiosamente conocido en Europa como "postre argentino'', ya que fue creado por Cayetano Brenna en 1917, para solidarizarse con la dinastía zarista, cuando los bolcheviques asaltaron el Palacio de Invierno.

En 1904, Callao era una calle de tierra llena de árboles, pero Brenna, como buen italiano ahorrativo, adquirió la esquina que formaba con Rivadavia. Siete años mas tarde compró la casa de Callao 32 y en 1913 la de Rivadavia 1915. Mientras en Europa azotaba, el fantasma de la Primera Guerra Mundial, don Cayetano Brenna decide construir en esos lotes uno de los edificios mas altos de la ciudad. Mandó traer para ello todos los materiales de Italia: puertas, ventanas, mármoles, manijones de bronce, cerámicas, cristalería y más de 150 metros cuadrados de vitraux.

En 1917 se efectuó la gran inauguración. Los legisladores abrían allí sus cuentas corrientes y Brenna los atendía con levita. El Molino se había convertido en un verdadero foro para el debate, la conversación y las citas amorosas. Entre los dulces, las infusiones interminables y la buena comida, la historia del arte y la política ocupó un lugar definitivo dentro de este recinto. Por las mesas del Molino pasaron Alfredo Palacios, que casi siempre pedía coñac, café y medialunas; Carlos Gardel, que le encargó especialmente a Brenna un postre para regalarle a su amigo Irineo Leguisamo (así fue como se inventó ''el Leguisamo", una exquisita combinación de bizcochuelo, hojaldre, merengue, marrón glacé y crema imperial con almendras). Lisandro de la Torre y Leopoldo Lugones bebieron copetines en este lugar. El tenor Tito Schipa saboreó el champaña y la soprano Lili Pons comió pequeños sandwiches de miga; mientras Niní Marshall, Libertad Lamarque y Eva Perón tomaban el té con masitas secas, aunque ninguna compartía su mesa con la otra.

"Las chicas de Flores tienen los ojos dulces, como las almendras azucaradas de la Confitería del Molino", escribió Oliverio Girondo, quien fuera otro de sus asiduos concurrentes. En el Molino, Roberto Arlt daba cuerpo a sus Aguafuertes Porteñas, y en una de ellas, el mordaz narrador se burló del francotirador que se había amotinado en la confitería, durante la revolución de 1930. La muerte de Brenna en 1938 marcó el fin de la belle époque; y una nueva etapa se abrió para El Molino, ahora regenteado por Renato Varesse hasta 1950 y el pastelero Antonio Armentano, hasta 1978. Este último vendió el fondo de comercio y la marca a un grupo de personas que un año después presentaron quiebra. En ese momento, los nietos de Cayetano Brenna salieron al rescate del patrimonio histórico y lograron volverlo a la vida. Con la vorágine cotidiana y las nuevas costumbres, se fueron introduciendo en la confitería muchos cambios. Se incorporó un salón bar y un mostrador para comidas rápidas, aunque siempre mantuvo su tradicional estilo.

La Confitería del Molino, con su magnífica torre aguja, sobre la ochava, sus vitraux y sus ornamentaciones, fue perdiendo luz y color. Fue muriendo lentamente, mientras poco a poco albergaba a menos parroquianos en sus mesas. Su brillo había quedado arrumbado en algún arcón del pasado.Este, es uno de los rasgos de la personalidad de gran parte de los argentinos; tiramos abajo lo que más queremos, y después lloramos sobre el cadáver...

 


Fachada de la confitería El Molina, en la esquina de las  avenidas Rivadavia y Callao, frente al mismo Congreso de la Nación.


Los "maestros pasteleros" de la confitería El Molino, preparando las exquisitas tortas...

Cafés porteños, parte 1
Un recorrido por los viejos cafés de Buenos Aires. 

En todos los rincones del mundo, el café ha inspirado revoluciones, polémicas, amistades, enamoramientos y separaciones... Dicen que alguna vez, Buenos Aires tuvo un café en cada esquina, y que en los barrios, la noche peregrinaba de un local a otro. Era una ciudad con tiempo para arreglar el mundo desde una mesa de café, con el bolsillo suelto y las esperanzas apretadas. En las mesas, un pocillo de café se alargaba interminablemente, tanto como la nostalgia impregnada por el humo de un cigarrillo... Sitio al Margen inicia una serie de artículos, realizados por Karina Donángelo, dedicados a esta verdadera pasión porteña.

 

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